Aramburu
Devolución del cadáver de Aramburu
Traslado de los restos de Eva Perón de Aeroparque a Olivos, 1974.
Portada de Clarín sobre los movimientos de los cuerpos de Eva y de Aramburu.
El doctor Pedro Tellechea investiga el estado del cuerpo de Eva Perón.
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Con los huesos de Aramburu
vamo’ a hacer una escalera
¡para que baje del cielo
nuestra Evita montonera!
Buenos Aires, 17 de noviembre de 1974
En el vértigo de su último año de vida —regresó a la Argentina después de casi dos décadas de exilio, arrasó en las elecciones, asumió un tercer mandato y falleció sin haber completado un año en el poder—, Juan Domingo Perón no llegó a darle al cuerpo de Eva un lugar de descanso definitivo.
Cuando él murió, el cadáver de ella seguía en la casa de Puerta de Hierro, en Madrid, donde se lo habían devuelto.
Pensó en alojarlo en la capilla de la residencia de Olivos; incluso llegó a poner en marcha las obras de refacción, que encargó a su secretario de vivienda, Juan Carlos Basile. El secretario contactó a José Santiago Lombardi, dueño de la constructora IANUA. Lombardi se resistió mientras pudo: nunca había tenido, y prefería seguir así, contratos con el Estado.
Pero nadie se negaba a un pedido de Perón. Aceptó solo la dirección de obra y puso a cargo a la arquitecta Elsa Garibaldi.
Apenas empezaron a proyectar las reformas, en la constructora se toparon con un motivo de preocupación tras otro. Perón exigía medidas de seguridad excepcionales: los vejámenes que había sufrido el cuerpo de su segunda mujer lo habían llenado de aprensiones.
La cripta debía tener dos niveles: en el inferior, un ambiente revestido en madera, estaría el cuerpo, inaccesible; su techo sería un cristal templado y blindado, montado sobre cuatro columnas: una barrera de protección para que nadie pudiera escupir ni tirar nada sobre el cuerpo embalsamado de Eva.
Garibaldi objetó la baranda en forma de óvalo con borde de mármol que le había encargado el secretario de Vivienda para el segundo piso. Con esa forma y ese material era prácticamente imposible de realizar. Pero Basile no quería ceder. «El pobre marmolero casi enloqueció», recordó la arquitecta.
En el momento fue el mayor dolor de cabeza de todos los que trabajaban con Lombardi. Porque no hubo manera de negociar el diseño de la baranda: quien quisiera observar a Eva, debería inclinarse sobre ella.
Por fin el marmolero le encontró la vuelta. Pero el alivio de haber resuelto ese desafío no duró mucho: un nuevo pedido obligó a modificar los planos.
Las crecientes limitaciones físicas de Perón volvieron tan difícil su movilidad que ya no iba a poder afrontar los veinte escalones hacia la planta inferior de la cripta, a la que él quería tener un acceso privado: había que agregar un ascensor. Garibaldi, que ya se había acostumbrado a no preguntar, hizo los ajustes necesarios.
Tampoco ese cambio duraría mucho: la salud de Perón se complicó velozmente y murió el 1º de julio de 1974. La obra se frenó por un tiempo.
Cuando Lombardi recibió la orden de continuar, la capilla se reconvirtió en la tumba del presidente fallecido. Garibaldi realizó nuevos arreglos para prever que serían dos los cuerpos a exhibir: algún día yacería junto a Eva.
Pero la cripta se inauguró, en agosto de 1974, solo con los restos de Perón.
Hasta que el 15 de octubre de 1975 Paco Urondo y su comando montonero entraron al cementerio de la Recoleta, robaron el cuerpo de Pedro Eugenio Aramburu y para devolverlo exigieron la repatriación del cuerpo desde Madrid.
La estrategia escandalizó a muchos: era una extorsión macabra. Pero funcionó.
Pasó un mes exacto y un avión procedente de España aterrizó en una base de la Fuerza Aérea en Morón con el cuerpo embalsamado de Eva Perón en la cabina. José López Rega, el hombre más influyente del gobierno de Isabel Perón, se había encargado de completar el regreso de la pequeña momia.
La gestión de López Rega, rodeada de misterios e intrigas, continuó en otro vuelo desde Morón hasta el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires.
El periodista Santo Biasatti, entonces un cronista de Canal 11, hizo allí una larga guardia hasta que por fin lo vio aterrizar. El tedio no lo distrajo: los coches oficiales salieron rodeados de hombres armados y en medio del tumulto alcanzó a escuchar, en la radio de un policía, que su jefe pedía refuerzos en el parque de Las Heras. «Vamos», le pidió, sin dudarlo, a un camarógrafo.
No era muy lejos. Llegó a tiempo para registrar el momento en que la policía sacaba de la caja cerrada de una camioneta Ford Falcon blanca unas placas de telgopor que cubrían un bulto grande, recubierto a su vez con
lonas marrones. Biasatti se acercó, vio que asomaba un ataúd, buscó la placa metálica con el nombre y leyó:
Pedro Eugenio Aramburu
El vehículo, luego se supo, había quedado ahí, estacionado en la calle Salguero al 2400, desde la madrugada. Los agentes de la seccional 21 de la Policía Federal cortaron el tránsito y llamaron a la brigada de explosivos.
Asomó también un helicóptero, pero la polvareda que levantó al tratar de aterrizar en la plaza hizo que el piloto desistiera y diera la vuelta.
Una gran cantidad de vecinos se acercó a curiosear. Anónimos gracias al tumulto, se mezclaban entre ellos dos integrantes de Montoneros: el que había comprado las planchas de telgopor, sin saber qué destino tendrían, y el responsable de su columna, que lo había llevado para que lo descubriera con sus propios ojos.
A ellos no se les escapaba el significado del lugar que Urondo había elegido para dejar el cadáver: en esa plaza enorme que se extendía entre las avenidas Las Heras y Coronel Díaz y las calles Salguero y Juncal había funcionado la Penitenciaría en la que Juan José Valle murió ejecutado por orden de Aramburu en 1956, hasta que en 1962 la demolieron para crear un parque público.
Cuando la brigada de explosivos terminó su trabajo, una ambulancia trasladó el féretro hasta el cuartel de la Policía Montada —muy cerca, en Cavia y Figueroa Alcorta—, donde ya aguardaban Eugenio Aramburu hijo y dos fieles amigos de su padre, el teniente coronel Bernardino Labayru y el capitán de navío Aldo Luis Molinari. Con ellos de testigos y en presencia del juez Ojeda Febre, se procedió a levantar la tapa.
El ambiente era tenso.
El hijo del militar miraba sin querer ver los raspones en la madera que daban testimonio de los movimientos que había sufrido el cadáver de su padre. La columna de Urondo nunca reveló el lugar donde escondió el ataúd a lo largo de un mes, hasta aquel 17 de noviembre. Según la versión más difundida, lo guardaron en un depósito que alguna vez había sido un local partidario de la familia Lizazo, a la que pertenecía uno de los fusilados de 1956, en la zona norte del conurbano.
Sobre la superficie se destacaban huellas redondas, como si alguien hubiese apoyado vasos húmedos. La caja mortuoria —de cobre, con una
mirilla transparente sobre la cabeza del muerto—estaba intacta. Nadie había tocado el cuerpo. Los restos estaban bien preservados. El juez dispuso que se firmara un acta y autorizó un nuevo traslado del cadáver, de regreso a la Recoleta.
Sara Herrera de Aramburu esperó junto a la bóveda de mármol gris que había gestionado la Comisión de Homenaje a su marido. Estaba nerviosa: había decidido que este nuevo entierro estaría a su cargo, que no habría más controversias y que toda la despedida sería un breve responso.
No quería seguir removiendo el dolor. Hacía muy pocas semanas que La Causa Peronista —una publicación de los subversivos, según le habían explicado— había publicado un relato escalofriante sobre las últimas horas de vida de su marido. Sara no daba más.
Isabel Perón tomó cartas en el asunto: interpretó la aparición del reportaje con Mario Firmenich y Norma Arrostito como una provocación de Montoneros a su gobierno y ordenó la inmediata clausura de su revista. A los guerrilleros, que en ese mismo momento pasaron a la clandestinidad, poco les importaban ya esos gestos de autoridad de la viuda.
Con Isabel de vicepresidenta, Perón no había llegado a gobernar ni un año. Pero en ese breve lapso, se recostó en la burocracia sindical y la derecha de su movimiento, y amparó los primeros pasos de las bandas de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, una estructura que perseguía y mataba opositores con cobertura del Estado.
Antes de morir, había roto con Montoneros, el 1° de mayo de 1974. Los llamó «estúpidos» cuando lo interrumpieron para quejarse: «¿Qué pasa, general, que está lleno de gorilas el gobierno popular?». Les gritó
«imberbes» e «infiltrados» desde el balcón de la Casa Rosada, donde los jóvenes —sentían— lo habían ayudado a regresar.
El conflicto entre ellos, en rigor, se había presentado desde el momento mismo del regreso definitivo del exiliado. Las distintas facciones del justicialismo, reunidas para darle la bienvenida y competir por su atención, se enfrentaron a tiros en las inmediaciones del Aeropuerto de Ezeiza. A los pocos días fue asesinado José Ignacio Rucci, el secretario general de la CGT, por quien Perón sentía gran afecto: «Rucci, traidor, saludos a Vandor», celebraron los Montoneros.
Perón entendió el crimen como una afrenta a su autoridad.
Con su muerte todo empeoró. Los parapoliciales de López Rega amplificaron sus acciones; y entonces la juventud maravillosa rompió el único hilo que sostenía con la legalidad y volvió a la lucha armada, y ya no contra una dictadura: esta vez, contra el gobierno de Isabel, la sucesora constitucional de Perón en el poder.
Junto con la camioneta, la columna de Montoneros que conducía Urondo devolvió el manojo de llaves que le habían quitado al sereno del cementerio de la Recoleta seducido y engañado por la Gorda Susana. Lo dejaron en el depósito de agua sobre un inodoro en el baño de un bar y llamaron a la prensa para avisar dónde se encontraba la prueba de que la devolución y el robo formaban parte de una misma operación: querían evitar que la policía volviera a tergiversar los hechos.
En la versión que había difundido el comisario Alberto Villar, nombrado por Perón a cargo de la Policía Federal, dos empleados del cementerio, Vicente Orduna y Santos Verón, habían sido sorprendidos en las oficinas del cementerio por un grupo armado que les ató las manos, les colocó capuchas y los dejó inmovilizados en la parte superior de una bóveda. Solo lograron desatarse a las 3 de la mañana, salieron preocupados a inspeccionar las tumbas de las personalidades más destacadas del cementerio y descubrieron la de Aramburu abierta; bajaron la escalinatas y vieron con horror que faltaba el féretro. La bandera argentina que lo recubría, subrayó el comunicado de Villar, había quedado tirada en el piso.
Los Montoneros no dejaron pasar ese detalle, que pretendió dejarlos a ellos en falta con la insignia patria. En su versión oficial incluyeron un comentario al respecto: «Mientras esperábamos, recordamos la famosa bandera argentina que, según los gorilas, cubría el cajón de Aramburu. No existía».
Arrastraban otras disputas con Villar, el comisario que se había especializado en Francia en la lucha contra las guerrillas. Había participado de la investigación del caso Aramburu en su etapa inicial pero, sobre todo, era un cruzado contra cualquier forma de insurgencia. Durante el gobierno de Alejandro Lanusse había entrado con tanquetas a la sede del Partido Justicialista donde se realizaba el velorio de tres fusilados en Trelew y se llevaron los ataúdes. Con Héctor Cámpora debió pasar a retiro, pero cuando Perón volvió a la Casa Rosada recibió un ascenso por decreto, a comisario general: así quedó al frente de la Policía Federal y extendió su poder
mediante la Triple A. En agosto de 1974 se presentó a patear escritorios y colocar la faja de clausura en la redacción del diario Noticias, que controlaba Montoneros.
No llegó a ver la devolución del cadáver: dos semanas antes de que apareciera la camioneta en el parque Las Heras, Villar fue asesinado.
A media mañana del 1° de noviembre de 1974 llegó con tres Ford Falcon y diez custodios al muelle donde amarraba su yate Marina, en el Tigre.
Subió a la embarcación solo con su esposa, Elsa Marina Pérez. Los guardias solían esperarlo en tierra: el río era uno de los pocos lugares donde Villar se sentía seguro. El yate se movió y, apenas comenzó a internarse en el delta, voló por el aire.
Un comando de buzos había instalado, exactamente debajo del timón, una carga de trotyl que se activó con las vibraciones del desplazamiento. El atentado se atribuyó a Montoneros, que guardó un silencio llamativo.
Por entonces la vida cotidiana transcurría entre atentados frecuentes a objetivos militares y policiales, un número en aumento de víctimas civiles, gran cantidad de secuestros extorsivos de altos ejecutivos de empresas para financiar la lucha armada y el accionar impune de los paramilitares de López Rega, con el aparato del Estado, que se deslizaba hacia la represión ilegal como respuesta a la actividad creciente de los guerrilleros.
En ese caos se había perdido la vida del cura Carlos Mugica: una ráfaga de ametralladora le acertó catorce balazos cuando salía de dar misa en la Parroquia San Francisco, aquella donde había despedido los restos de Fernando Abal Medina y de Carlos Ramus. El gobierno de Isabel apuntó contra los Montoneros; los Montoneros acusaron a López Rega. En base al testimonio de un colaborador del cura, que dijo haber identificado entre los atacantes al comisario Eduardo Almirón, muchos años más tarde la justicia responsabilizó a la Triple A, pero entonces casi cualquier versión resultaba verosímil.
El cuerpo de Eva —la piel amarilla, como quemada, los pies manchados de alquitrán, una falange menos, una abrasión en la sien, la nariz aplastada
— requirió la restauración de Domingo Tellechea. Después de su periplo internacional (de la sede de la CGT a Génova, de Italia a España y de Madrid a Buenos Aires) fue a parar a la capilla de la residencia de Olivos, junto con Perón. La modista personal de Isabel, Ana de Castro, le cosió una mortaja nueva y detrás del féretro se colocó una cruz, una joya de nácar de
1,80 metros comprada en un anticuario. La iluminación se reforzó con dos faroles antiguos de hierro rescatados de la ciudad de La Plata, que había renovado su alumbrado público.
Hubo una nueva ceremonia fúnebre, privada, para Perón y Eva, ahora juntos, se suponía, para toda la eternidad.
Pero López Rega tenía otros planes, más ampulosos, para esos cuerpos, y otros.
El Congreso había aprobado una ley que puso en marcha el gran proyecto del ministro afecto a las brujerías, que tenía a su cargo Bienestar Social: crear un Altar de la Patria, una versión remozada del Monumento al Descamisado y del mausoleo gigante para Eva, que habían quedado truncos. El altar la contendría a ella, pero también a Perón y a otros grandes de la historia nacional: todos los cuerpos juntos conformarían un monumento enorme a la argentinidad. Algún día, tal vez, hasta sus propios restos podrían ser honrados allí.
La ubicación sería prácticamente la misma del plan original: el parque de la avenida Figueroa Alcorta, entre la calle Tagle y Austria, pegado a la Facultad de Derecho. Y también la inspiración vendría de París, del panteón que alojaba a las figuras históricas de la política, la ciencia y las artes de Francia: Voltaire y Rousseau, Victor Hugo y Émile Zola, Alexandre Dumas y Marie Curie, y así.
El contrato para la construcción fue adjudicado a Socma, la empresa de Franco Macri, y el predio llegó a exhibir el cartel de obra con el emblema de la Secretaría de Vivienda y Urbanismo. Sin embargo, a poco de comenzar las excavaciones los ingenieros encontraron imprevistos.
Descubrieron, por ejemplo, que parte del hormigón del mausoleo de Eva había quedado enterrado. También encontraron cables de electricidad y colectoras cloacales que no aparecían en los planos.
Esas minucias de la realidad no detenían la imaginación de López Rega, que proyectó un monumento de más de cincuenta metros de altura. El panteón de los grandes próceres nacionales, que al reunirlos terminaría de manera simbólica y definitiva con las diferencias que los habían enfrentado en vida, tenía que ser más alto que el obelisco, una pirámide anodina que en ausencia de otros íconos había ganado demasiado protagonismo en el diseño urbano de Buenos Aires.
Lopecito —como lo había llamado Perón, con cariño— sería el arquitecto de la historia: su legado sería el del constructor de la unidad nacional, no el
del artífice de la Triple A. No tenía que cerrar los ojos para soñar con una delirante procesión de cortejos fúnebres llegados de distintos cementerios, del país y el extranjero, que ingresaban al mismo tiempo. Los veía atravesar el atrio que decía: «Hermanados en la gloria, vigilamos los destinos de la Patria. Que nadie utilice nuestro recuerdo para desunir a los argentinos».
En el mausoleo, los grandes protagonistas desde 1810, y sus antagonistas, acompañarían a Perón y a Eva. Se habló de Bernardino Rivadavia y José de San Martín, de Bartolomé Mitre y Juan Manuel de Rosas, de Hipólito Yrigoyen. La lista oficial nunca llegó a ser pública.
¿Pensó López Rega en incluir también a Aramburu?
A su vez, ¿qué sentido tuvo para Montoneros el robo de ese cadáver?
Según Ernesto Jauretche, quien participó del operativo, Urondo planeó la operación para recobrar algo de la mística que, se daba cuenta, se les escapaba de las manos.
—Fue un intento de Paco —me dijo— para recuperar el pasado que estábamos perdiendo. Había que recuperar el heroísmo, y el máximo acto de heroísmo que habíamos hecho había sido Aramburu.
Un texto que se publicó sin firma, aunque se le atribuyó al poeta, en Evita Montonera, remitía al hecho fundacional: El rescate del cadáver de Aramburu tuvo una finalidad, cumplir con la decisión del tribunal revolucionario que lo condenó a muerte en 1970: Aramburu por Evita. El responsable de la desaparición de los restos de Evita y fusilador del pueblo peronista debía estar oculto hasta que la Abanderada de los Trabajadores fuese devuelta a Perón, a su Pueblo y a su Patria. En julio de 1970 no devolvimos el cadáver de Aramburu; lo encontraron las fuerzas de la represión.
Querían completar el trazo de un círculo, terminar una tarea que había quedado inconclusa, y —de paso— reafirmar que eran ellos —y no Isabel y López Rega, dos personajes menores de la historia— los legítimos herederos políticos de la rebeldía de Evita y del peronismo combativo.
Ellos, los que habían ajusticiado al verdugo de Juan José Valle.
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