Aramburu

Maria O'Donnell · Capítulo 24 de 30

Páginas del PDF

Aramburu

La amnistía

Mario Firmenich, conducción de Montoneros.

Banderas de organizaciones políticas cuelgan de las paredes de la cárcel de Villa Devoto.

OceanofPDF.com

¡Qué lindo, qué lindo

qué lindo que va a ser

el Hospital de Niños,

en el Sheraton Hotel!

Buenos Aires, 25 de mayo de 1973

Mientras se vestía para asistir a la asunción de Héctor Cámpora, Juan Manuel Abal Medina recibió una llamada de Julio Mera Figueroa. El diputado estaba frente a la puerta de la cárcel de Villa Devoto, donde los detenidos por causas políticas de distinta índole se disponían a recuperar la libertad.

«Los presos habían salido de sus celdas y estaban medio sueltos dentro de la cárcel. Había mezclados presos comunes también», recordó en una de nuestras charlas. Intentó localizar a Cámpora pero solo dio con Esteban Righi, quien iba a asumir como ministro del Interior y prometió ubicar al presidente:

—Tratá de aguantar. Voy a buscar al Tío.

Pero ya no dependía de él: la situación en las calles era insostenible.

Cámpora había ganado las elecciones del 11 de marzo de 1973 con casi el 50% de los votos, pero su poder era delegado. Alejandro Lanusse —el último de los tres presidentes de facto de la llamada Revolución Argentina, detrás de Juan Carlos Onganía y Roberto Levingston— había levantado, por fin, la proscripción del peronismo. Sin embargo, Perón no pudo ser candidato, por no cumplir con los requisitos de tiempo de residencia en el país que fijó Lanusse.

«Cámpora al gobierno / Perón al poder» fue la fórmula ganadora.

Los Montoneros se sintieron acreedores de ese triunfo. Las grandes dificultades que debió enfrentar Mario Firmenich cuando se hizo cargo de la conducción ya eran parte del pasado: la juventud de espíritu revolucionario nunca había contado con tantos seguidores.

Después de superar sus dudas, la guerrilla peronista se había comprometido con el proceso electoral y había puesto su poder territorial al servicio de la campaña del Luche y Vuelve que llevó a Cámpora a la presidencia. Obtuvo a cambio importantes espacios de poder. La presencia de aliados Montoneros en ministerios, listas de legisladores nacionales y gobernaciones (Oscar Bidegain en provincia de Buenos Aires y Ricardo

Obregón Cano en Córdoba, entre otros) expresaban el vínculo entre el Tío y las formaciones especiales.

En las calles había fotos de los mártires de la causa: Carlos Ramus, Fernando Abal Medina, Emilio Maza; la presión de las columnas de Montoneros, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que exigían la inmediata liberación de sus militantes presos, se hacía sentir. Cámpora les había prometido una amnistía generosa y no iban a esperar.

«Ni un solo día de gobierno peronista con presos políticos» era la consigna que había agitado desde la Tendencia Revolucionaria, el nombre general que contenía a las organizaciones sindicales, estudiantiles y sociales que se referenciaban en Montoneros. Bajo el mismo paraguas habían proliferado agrupaciones como la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), la Agrupación Evita (AE), la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), el Movimiento Villero Peronista (MVP).

El tema de los presos era un asunto especialmente sensible.

Todavía se percibían como demasiado frescos los sucesos que siguieron a la fuga de la cárcel de Trelew, en la provincia de Chubut. En agosto de 1972

un puñado de detenidos de alto perfil de distintas organizaciones guerrilleras (Mario Santucho, Fernando Vaca Narvaja, Roberto Quieto y Enrique Gorriarán Merlo entre ellos) había escapado de ese presidio y desviado un avión a Chile, donde el gobierno socialista de Salvador Allende les dio un salvoconducto para seguir hasta Cuba. Los demás, que pensaban fugar con ellos, quedaron varados en el aeropuerto por una falla en la planificación del operativo. Si se entregaban, no habría represalias, prometieron las autoridades, y se entregaron. A las pocas horas, dieciséis presos eran ejecutados ilegalmente en un centro de la Armada. Entre ellos estaba Susana Lesgart de Yofre, la cordobesa que había participado de la toma de La Calera, luego a cargo de Montoneros en la provincia de Tucumán, de veintidós años.

Para evitar nuevas fugas, el régimen de Lanusse ordenó que los presos alojados en la cárcel de Resistencia se juntaran con los que habían sobrevivido en Trelew. Los subieron esposados a un avión militar Hércules en plena noche y volaron atados a unos caños, con la cabeza entre las piernas, hasta la base naval Almirante Zar. Ignacio Vélez Carreras y los

demás Montoneros que viajaron con él temieron que los fusilaran también.

Los militares no llegaron a tanto: los desnudaron, les revisaron incluso los genitales y los alojaron en celdas individuales hasta que el contexto externo empezó a cambiar.

Los volvieron a trasladar pocas semanas antes de las elecciones que iba a ganar Cámpora, esa vez a la cárcel de Devoto, en la ciudad de Buenos Aires: señal de que estaban más cerca de recuperar la libertad. Vélez Carreras fue a parar en una celda con el poeta montonero Francisco Urondo, que recibía visitas ilustres, como la del escritor Julio Cortázar, que vivía en París. Ahí mismo, Urondo alcanzó a entrevistar a tres sobrevivientes de las ejecuciones de Trelew y en base a esos testimonios escribió un libro, La patria fusilada.

A pocas horas de que Lanusse le entregara la banda presidencial a Cámpora, otro contingente llegó a Buenos Aires. Los presos volaron en una aerolínea comercial, acompañados por diputados electos de la Juventud Peronista, y el comandante los saludó con una frase que parecía inaugurar un cambio de época: «Austral Líneas Aéreas les da la bienvenida a los patriotas». Al final, entre cuatrocientos y quinientos miembros de organizaciones guerrilleras y activistas iban a resultar beneficiados por una amnistía a los delitos cometidos por móviles políticos, sociales, gremiales o estudiantiles».

Mera Figueroa con Héctor Sandler (aquel amigo de Aramburu, electo legislador en una alianza política) y otros diputados se habían acercado a Devoto para evitar males mayores, pero los detenidos querían salir enseguida, y los familiares y los militantes, en la calle, querían verlos salir sin más dilaciones.

Righi se negó a reprimir, por lo que alrededor de las 9 de la noche se ordenó la liberación inmediata de los detenidos por razones políticas. Se improvisó una lista de los que iban a ser beneficiados y Cámpora debió firmar a las apuradas una simple acta: no alcanzó ni a darle forma de indulto, una facultad del Poder Ejecutivo a la que se podía acudir en el mero acto de la firma de un decreto.

Una multitud había rodeado la cárcel de Devoto al grito de consignas impacientes: «¡Abran, / carajo, / o la tiramo’ abajo!» o «Reviente quien reviente, / libertad a los combatientes». Adentro, los pabellones estaban tomados; los guardias ya nada podían hacer, los habían despojado de sus armas horas atrás. En ese gran desorden los dirigentes apenas podían

verificar los nombres en la nómina de los indultados. Abal Medina, que se había acercado para colaborar, sumó otras preocupaciones.

—Cuando salieron los del [Ejército Revolucionario del Pueblo] ERP, formados militarmente y saludando con el puño en alto, pensé: «Esto no viene bien» —recordó.

Mientras los presos salían «de manera bastante anárquica», Abal Medina entró en la celda que Vélez Carreras compartía con Urondo.

—Yo lo había visto en las audiencias del juicio de Aramburu, pero él no me conocía a mí. Cuando me vio me dio un abrazo —recordó Abal Medina.

—Es que lo vi entrar y era igual a Fernando: me emocioné —me contó, por su parte, Vélez.

No faltaba tanto para que se hicieran buenos amigos.

A la medianoche la policía llegó a las inmediaciones de la cárcel de Devoto, se enfrentó con las columnas del ERP y dos jóvenes militantes murieron por la represión: Carlos Sfeir, de diecisiete años, miembro de Vanguardia Comunista, y Oscar Lisak, de dieciséis, de Juventud Peronista.

Los Montoneros habían celebrado la liberación de los suyos en la sede del Partido Justicialista, sobre avenida La Plata, donde los esperaba Mario Firmenich en persona. A Vélez Carreras le causó gran impresión salir de la cárcel y ver a sus compañeros «farolear con las armas»: lo quisieron arrastrar al local de Avenida La Plata, por su condición de veterano de la Operación Pindapoy, pero se negó. No se sentía parte de esa fiesta, que iba a durar poco y sabía a borrachera.

Salvador Allende y el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, habían llegado a Buenos Aires como invitados especiales a la asunción de Cámpora.

Esa efervescencia de las fuerzas de izquierda no se daba en el contexto de una crisis económica: aunque a la distancia suene curioso, se produjo al cabo de una década de crecimiento sostenido.

Según el sociólogo Daniel Schteingart, aquella Argentina atravesada por la violencia política mostraba indicadores de relativo bienestar. Había movilidad ascendente, el poder adquisitivo de los trabajadores subía, la pobreza alcanzaba al 11% de la población, la más baja de la que se tenga registro. El país no exportaba solo materias primas: el 25% de lo que le vendía al mundo eran manufacturas. Hasta 1975, cuando la tendencia

comenzó a revertirse, existía un desarrollo no demasiado distante de algunos países europeos.

Pero el crecimiento capitalista en democracia no era suficiente para los jóvenes que querían la revolución socialista, y la veían a la vuelta de la esquina.

—Dorticós, Dorticós / el pueblo está con vos —le cantaron las columnas de guerrilleros en las calles de Buenos Aires al enviado de Fidel Castro.

Los cubanos seguían sin entender al peronismo pero creían que Cámpora podía ayudar a que Allende, asediado por los militares y el gobierno de los Estados Unidos, no quedara tan aislado en la región. Con un perfil más bajo, Régis Debray también viajó a observar el proceso que a sus ojos podía iniciar una etapa revolucionaria en la Argentina, con el protagonismo de grupos entrenados en Cuba por veteranos del Ejército Rebelde del Che Guevara que habían estudiado sus textos.

En ausencia de otras fuerzas de seguridad, los Montoneros habían tomado a su cargo la seguridad de la Casa Rosada durante la ceremonia del traspaso de mando.

—Se van / se van / y nunca volverán —le gritaron a Lanusse en el Salón Blanco de la Casa Rosada.

El Arzobispo de Buenos Aires, Antonio Caggiano, observó la escena en silencio y absorto: jamás imaginó que el grupo que interrumpió su sermón en la Catedral en el año 1967 podía llegar a acumular tanto poder.

El gobierno de Cámpora resultó muy breve. Renunció al cabo de cuarenta y nueve días para poner a funcionar la ley de acefalía, convocar otra vez a elecciones y que pudiera asumir directamente Perón. En ese breve lapso, el Congreso alcanzó a tratar una amnistía que formalizó la decisión que Cámpora había tomado a las apuradas, y benefició —entre otros— a todos los condenados y prófugos de la causa por el secuestro y el crimen de Aramburu.

Con esa ley —superior a un indulto, porque condona el delito y no solo la pena— Vélez Carreras, Carlos Maguid y el cura Alberto Carbone quedaron libres de culpa y cargo. También quedaron sin efecto los pedidos de captura de Norma Arrostito, Mario Firmenich, Carlos Falaschi y Rubén Portnoy: todos fueron sobreseídos. Por fin la Cámara Federal en lo Penal de la Nación, el Camarón, aquel tribunal con poderes extraordinarios que los había juzgado, terminó disuelto.

Con la situación penal resuelta, a los integrantes de las células originales de Montoneros que habían sobrevivido a esos meses tan agitados les quedaban asuntos pendientes entre ellos. Algunos estaban distanciados desde que Firmenich se había negado a permitir que circulara de manera orgánica la crítica de los presos de La Calera a la dirigencia, pero aún no habían roto formalmente.

Vélez Carreras había recibido de su abogado Eduardo Luis Duhalde una carpeta de cartulina verde que contenía el texto que le habían pasado desde la cárcel, en papelitos redactados por Luis Rodeiro, ahora prolijamente tipeado en una máquina de escribir. Los autores de ese «Documento verde»

viajaron a Córdoba, donde se había instalado la conducción con Firmenich.

Antes que con él se reunieron con Graciela Doldán, quien había acompañado a Sabino Navarro cuando recorrió el país —una relación de militancia que también había sido amorosa—, y en una asamblea decidieron sumarse a la Columna Sur que ella lideraba: la Norte estaba a cargo de Firmenich.

En un último intento por conciliar, Firmenich y Vélez Carreras se encerraron a conversar solos durante horas.

—Una frustración total. Estuvimos en la casa de mi vieja, que no sabía quién era el otro. Discutimos muchísimo. A mí me costaba mucho romper con la conducción, me daba pena y dolor. Por los muertos… —rememoró Vélez.

No hubo caso. Saltaron diferencias irreconciliables. No se ponían de acuerdo en las valoraciones del pasado, y mucho menos en el análisis del porvenir.

La renuncia de Cámpora modificó sustancialmente la relación de fuerzas dentro del movimiento justicialista. Con Isabel Perón como compañera de fórmula y con su aliado incondicional, José López Rega, que también era ministro de Bienestar Social, ganaron espacio los sectores más reaccionarios.

Algunos Montoneros eligieron permanecer dentro del peronismo y formaron la JP Lealtad. La conducción evaluó que no quedaba otro camino que la confrontación abierta con Perón, ahora sin intermediarios. Con las armas como recurso preferente de resistencia, la militarización asomaba como su apuesta para medir fuerzas: el camino que los Sabinos más objetaban.

Así, la separación se dio en malos términos.

La conducción degradó a los expresos de La Calera y, en un intento por humillarlos, los mandó como aspirantes de una Unidad Básica Revolucionaria (UBR), el escalafón más bajo de iniciación para un aspirante. Los reprendidos no se dieron por enterados y se escindieron como Montoneros - Columna Sabino Navarro.

Firmenich objetó que siguieran llevando el nombre del grupo original, al que ya no obedecían; los Sabinos, a su vez, encontraron irónico que Montoneros organizara un acto público multitudinario para mover los restos de Navarro —hasta ese momento enterrado sin manos y sin identificación en el cementerio de San Vicente, en el conurbano bonaerense— a Olivos.

Como si hubiese oportunismo en la reivindicación de esa figura, y una historia repetida: otra vez la disputa política proyectada sobre un cadáver.

En su estilo de liderazgo, Navarro no había salido del molde militarista.

Urgido tal vez por las circunstancias que le tocaron, se había concentrado en reorganizar el aparato clandestino de la organización; pero al elegir llevar su nombre, Los Sabinos quisieron rescatar otra cosa: su origen obrero, rasgo que no tuvo ningún otro jefe Montonero.

OceanofPDF.com