Aramburu

Maria O'Donnell · Capítulo 13 de 30

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Aramburu

La máquina de escribir

Comunicado de Montoneros por la toma de La Calera, escrito con la Olivetti Lexikon 80.

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Buenos Aires, julio de 1970

Carlos Maguid no dudó: con todo lo que había ocurrido en Córdoba, se cumplían sobradamente las condiciones que Fernando Abal Medina había indicado para que abriera el misterioso sobre con instrucciones, que permanecía guardado en la casa de la calle Bucarelli para casos de emergencia.

Lo abrió junto con Mario Firmenich. A ellos dos, en particular, Abal Medina los instruía para que sacaran de la casa la mayor cantidad de objetos potencialmente comprometedores en caso de una requisa. Les encargó sobre todo que se deshicieran de la máquina de escribir Olivetti que les había regalado Osvaldo Arrostito, el padre de las hermanas Nélida y Norma. Por si necesitaban ayuda, les dejaba el número de teléfono del Instituto Superior de Cultura Religiosa para que preguntaran por el cura Alberto Carbone, a quien Firmenich conocía muy bien.

El instituto funcionaba como punto de encuentro para sacerdotes y estudiantes de agrupaciones como la Juventud Estudiantil Católica (JEC), de la cual Firmenich había sido presidente. Él había seguido en contacto con Carbone, y a Emilio Maza lo había ayudado a encontrar una pensión cuando se mudó a Buenos Aires, a fines de 1968. El cura también conocía a Abal, porque la juventud de la Acción Católica Argentina se reunía en esa misma sede.

Firmenich cargó su auto y se dirigió hacia el instituto, que funcionaba a pocas cuadras del departamento de Aramburu, en una casona antigua sobre la calle Rodríguez Peña. Conocía la zona de memoria. Se estacionó en segunda fila, cruzó unas pocas palabras con Carbone y volvió para sacar del baúl los objetos que le quería dejar a su cuidado: un maletín con documentación, una caja con papeles y la Olivetti. Le pidió que escondiera todo en el altillo, pero Carbone pensó que la máquina de escribir podía ser útil para las actividades de los estudiantes y sugirió que la dejaran a mano.

Firmenich se negó, la máquina lo conflictuaba.

—¿Por qué?

—El asunto de La Calera. Nos puede generar dificultades.

Carbone no dijo más.

—No preguntaba, pero tampoco quería saber —me diría luego Firmenich en Barcelona.

Aquel otro día guardaron todo en el altillo y Firmenich salió a las apuradas, con la excusa de mover el auto.

Aun sin saber que todos sus datos personales habían caído en el bolsillo de Maza, Norma Arrostito activó, por precaución, los demás protocolos de seguridad de la célula porteña.

Llamó a su cuñado al trabajo en Canal 11 y pronunció la clave de alarma:

—Murió la mamá del Gordo.

Carlos Maguid salió disparado a buscar a Nélida, quien a esa hora daba un examen de primeros auxilios para sumar puntos en su calificación como maestra. Ella se sorprendió al verlo. Maguid le dijo, con una leve variación acaso infiltrada por su esperanza de que no les sucediera nada realmente irreparable:

—La mamá del Gordo está grave.

También ella entendió.

Norma los recibió con su auto Renault 4L cargado de otros objetos que levantó de esa casa en Parque Chas. Apenas su hermana y su cuñado se bajaron del taxi, sin entrar en detalles, les confió que había una falla grave en el sistema de seguridad, como consecuencia de la toma de La Calera.

Debían armar un bolso con unas pocas pertenencias en el menor tiempo posible.

Fueron a una cafetería en Olazábal y Triunvirato, en Belgrano, para encontrarse con Abal Medina. Esperaron tres horas —algo más de lo conveniente— sin que Fernando apareciera. Subieron otra vez al Renault 4L; Norma se dirigió al departamento al que se habían mudado juntos poco antes, sobre Dorrego, en el barrio de Chacarita. Le urgía limpiar —sacar cualquier evidencia que los pudiera comprometer— ese lugar también.

Nélida y Maguid se quedaron en el auto; la vieron regresar con cara de desilusión y un bolso más. Sin decir casi palabra manejó hasta Viamonte y Callao, a un edificio ubicado frente a la embajada de Paraguay. Otra vez cerca del departamento del que se habían llevado a Aramburu.

Tocaron el timbre del cuarto piso. Les abrió Ana María Portnoy, una amiga de su hermana Nélida, a quien Norma había conocido cuando trabajaba en el jardín Arco Iris.

Sin saber bien por qué escapaban de la policía, Portnoy les dijo que se podían quedar ahí solo por una noche. El departamento que compartía con su hermano Rubén y su novia, Liliana Pelman, era pequeño y no había

camas suficientes para todos. Cuando Rubén regresó del cine, a las 3.30 de la mañana, Norma pidió hablar a solas con él: tenían una relación de mayor confianza. Se animó a pedirle unos días más de refugio para su hermana y su cuñado.

—Nelly y el marido se van a tener que quedar hasta el sábado —le explicó Rubén a su hermana.

Por pocos días, Nélida y Maguid siguieron yendo a trabajar, ella al jardín a dar clases y él a Canal 11. Norma, que había renunciado al Arco Iris, iba y venía sin dar explicaciones de sus movimientos.

El sábado —tal como les había prometido a los hermanos Portnoy, a quienes no quería comprometer en exceso— Norma pasó a buscar a su familia. Tomó la autopista General Paz en dirección a La Matanza. A mitad de camino se desvió de la ruta y frenó en un café, donde hizo contacto visual con un hombre que llegó en un Peugeot bordó: era Sabino Navarro, un obrero correntino que ya formaba parte de la conducción de Montoneros.

Había conocido a Abal Medina en el espacio de Cristianismo y Revolución y el Comando Camilo Torres que se formó alrededor de Juan García Elorrio, pero habían perdido el contacto. Hasta que en febrero de 1970 Graciela Daleo se cruzó con Abal Medina en el subte de Buenos Aires y le pasó el teléfono de Navarro: atravesaban procesos paralelos, le anticipó.

Era un tipo de un gran carisma. De origen muy humilde, había crecido en una familia peronista y había trabajado como operario en fábricas textiles y metalúrgicas del norte del conurbano. Le llevaba algunos años a Abal Medina (se acercaba ya a los treinta) y contaba con bastante más experiencia política. Se había incorporado a Montoneros poco antes del crimen de Aramburu; se había sumado con su pequeño grupo, que tenía menos armas y menos preparación militar, pero en esas circunstancias podía ayudar.

Navarro guió al Renautl 4L hasta una quinta en González Catán, propiedad del abogado laboralista Juan Carlos Falaschi, que formaba parte de su círculo más cercano, y se fue.

El lunes por la mañana el auto de Arrostito no quiso arrancar. Maguid y Nélida debieron tomar un colectivo en La Matanza para ir a trabajar: continuaban con sus rutinas sin saber que durante el fin de semana que ellos pasaron en la quinta, las fuerzas de seguridad habían encontrado en el

expediente judicial de La Calera el hilo que ligaba a la célula cordobesa con la porteña.

Alejandro Virasoro, inspector de la Comisión Coordinadora Conjunta que investigaba el secuestro de Aramburu, había viajado el día anterior, el domingo 5, a Córdoba. Una primera conexión entre los dos hechos resultaba evidente: la toma del pueblo y el crimen, ambos hechos, llevaban la firma de unos tales Montoneros. Y como en los dos habían entregado comunicados, el inspector pidió una pericia para ver si habían salido de una misma máquina de escribir.

Virasoro, criado en Córdoba, se jactaba de conocer bien a los que llamaba «extremistas». Llegó acompañado por otro policía que también creía tener cualidades óptimas para esa pesquisa: el comisario Alberto Villar, el jefe de la 5ª Circunscripción de comisarías. Villar pregonaba que en las masas se incubaba el mal que la policía debía descabezar. Había copiado el modelo francés de brigadas de seguridad contra las guerrillas —

los militares franceses habían aplicado métodos de tortura contra los rebeldes argelinos, como se veía en La Batalla de Argel, la película favorita de los Montoneros— y se consideraba un especialista en los nuevos métodos de lucha contra «la subversión». El secuestro de Aramburu lo ocupó desde el primer día: le había tocado dirigir el operativo de búsqueda con helicópteros.

Frente a los comunicados de Montoneros, observó —Virasoro estuvo de acuerdo— que a simple vista daba la impresión de que se había usado una misma máquina para escribir los textos en un papel salido de la misma resma, marca Witcel Bond. En pocos días los peritos iban a corroborar esa sospecha a partir de ciertas características distintivas de algunos tipos del teclado. Los análisis expertos también concluyeron que probablemente habían sido redactados por la misma persona, dado que en ciertas letras la tinta se empastaba con igual intensidad.

Mientras aguardaban el resultado de las pericias, Virasoro y Villar se llevaron del juzgado de Marcelo Barrera la pista que resultó más útil para ellos: el permiso de una tal Norma Arrostito para que Maza pudiera manejar su auto.

Gracias a los datos que ahí figuraban, la policía no demoró en dar con la concesionaria donde Arrostito había comprado el auto. El vendedor Roberto Tocaro recordó que, si bien los papeles salieron a su nombre, un muchacho

flaco, alto y más joven que ella, que siempre la acompañaba, parecía ser quien tomaba las decisiones.

Mucho más útil resultó la visita a la calle Uruguay 127, en el municipio bonaerense de San Martín: la casa donde los padres de las hermanas Arrostito vivían desde hacía quince años. La madre, María del Carmen Rebolini, no estaba, internada todavía por sus problemas psiquiátricos, pero el inspector Ricardo Sosa encontró a Osvaldo Arrostito muy dispuesto a cooperar. Era el lunes 6 de julio.

Osvaldo repasó la historia familiar: Norma y Nélida (que se llamaba Nora Nélida) tenían treinta y veintiocho años respectivamente. Siempre habían sido muy unidas. Llegaron a trabajar al mismo tiempo en el jardín Arco Iris, pero últimamente Norma había renunciado para vender de manera independiente cerámicas hechas por distintas comunidades indígenas argentinas. Creía que incluso vivían juntas, pero no estaba en condiciones de asegurarlo.

De la vida de Norma —se excusó— no podía aportar precisiones: su hija mayor era parca y se había distanciado desde que él le criticó sus ideas activistas.

—¿Tendrán una máquina de escribir en la casa?

—Podría ser… Nelly y Carlos me ayudaron mucho a cuidar a mi esposa.

La pobre está mal, sufre un cuadro de delirio imaginativo y amnesia depresiva, ese es el diagnóstico de los médicos. Como fueron tan buenos conmigo, les quise agradecer y les regalé mi Olivetti.

—¿Y ellos la tienen todavía?

—Nelly le va a saber decir. Ella está en su trabajo a esta hora. Si quiere lo acompaño a verla.

Osvaldo llegó con Sosa al instituto Arco Iris y casi desconoció a su hija menor: Nélida se negó a responder a las preguntas del policía. «Se encerró en un mutismo absoluto», escribió luego el inspector en su informe. Como también rechazó el pedido de que les abriera la puerta de su casa, pidieron al juez una orden de allanamiento para la vivienda de Bucarelli.

Pese a la limpieza que Norma había hecho a las apuradas, la policía secuestró en la casa de Parque Chas dieciocho pares de esposas y distintas armas y explosivos: frascos con pólvora aluminizada, municiones, vainas servidas, un cuchillo tipo monte, un cargador y siete granadas de fabricación casera, además de sobaqueras y una caja con materiales para limpiar armas. Esos elementos sugerían que Montoneros tenía estructura

con capacidades que acaso las fuerzas de seguridad hubieran debido detectar antes.

Entre los productos de limpieza descubrieron elementos de oficina: cola para pegar, almohadilla para sellos, marcadores y lápices de colores, sobres y hojas tamaño oficio con sellos variados y papelería robada de dependencias públicas, como un talonario de boletas de fiscalización del servicio de calle de la Policía. En la biblioteca había recopilaciones de discursos de Juan Domingo Perón, Fidel Castro, el Che Guevara y Evita; también tres ejemplares de Cristianismo y Revolución.

El laboratorio fotográfico de Maguid tenía todas las herramientas para revelar e imprimir imágenes: ampliadora, bandejas, químicos y papel sensible. Había equipos costosos de fotografía y de filmación: una cámara de 35 mm, una filmadora AK8, flash, fotómetro, trípode, un chasis de rollo de 35 mm y una lata con película para cine de 16 mm.

Y allí, caída, la primera prueba concreta que conducía directo al crimen.

El negativo de una de las fotos que los Montoneros habían tomado en La Celma: una imagen con la medalla que Aramburu usaba como llavero.

Pero lo que más buscaban los policías, la máquina de escribir, no aparecía.

El comisario Mario Alberto Pandolfelli regresó con Nélida a la vivienda de Bucarelli por la tarde. A ella no le importó ver todo revuelto. Una sesión de torturas y abusos —entre varios hombres la desnudaron, la ataron a un mueble y le pusieron la picana en los pechos, las axilas y los genitales externos— la había dejado arrasada.

Sobre la Olivetti no pudo aportar demasiado: solo sabía que solía estar en la habitación de su hermana, cuando todavía vivía con ellos, y que no tenía idea de quién la había sacado ni dónde la había llevado.

Esa parte la completó Maguid.

La policía había detenido a Maguid en su trabajo, en los estudios de Canal 11 en la calle Pavón, casi al mismo tiempo que a Nélida. Lo dejaron incomunicado y lo sometieron a golpes y las descargas eléctricas de una picana mucho antes de que pudiera acceder a un abogado.

Para empezar el interrogatorio, uno de los diez integrantes de la Comisión Coordinadora creada para investigar el crimen de Aramburu le pegó una primera trompada sin más. Otro advirtió que no había que dejarle marcas: entonces otro lo sacudió del pelo con tanta fuerza que imaginó que

se le desprendía la cabeza. En un momento lo sacaron a un patio, le vendaron los ojos y lo subieron a una camioneta. Un par de horas más tarde lo bajaron en una casa donde dos hombres jóvenes lo acostaron en una cama, lo desnudaron desde la cintura hasta los pies, lo ataron y le aplicaron electricidad en el abdomen y en los genitales.

Cuando pasara el tiempo iba a ser peor: los policías supieron de la tendencia a la depresión que lo había rondado desde la adolescencia y se ensañaron más con él; lo creían más débil de carácter. Su madre, que sufría de problemas mentales, había sido una presencia solo formal y su padre nunca había comprendido su sensibilidad. Por su gusto por la poesía y el arte lo habían llevado a un psiquiatra, quien sin ningún tipo de empatía concluyó que podía ser homosexual o tener problemas de impotencia.

Quiso denunciarlos, pero un inspector de apellido Colombi le sugirió que rectificara sus dichos si quería evitar que su mujer también fuese torturada.

Maguid no podía saberlo, pero ya lo habían hecho, el mismo día en que detuvieron a ambos. Ante el dolor físico y el temor a lo que pudiera pasarle a su novia se derrumbó emocionalmente y contó todo lo que sabía sobre la breve historia de Montoneros.

Que no era poco.

Solo dejó a salvo a Nélida. Sin necesidad de mentir dijo que ella cumplía un papel menor: se encargaba del archivo de diarios, recortaba las noticias sobre las actividades de la organización, como los robos de bancos o los asaltos a policías, y las clasificaba.

Él se había integrado a Montoneros más por amor a Nélida que por convicciones políticas, pero adquirió un gran compromiso con la causa y sintió una gran congoja cuando dejaron de lacerarlo: había entregado datos muy valiosos.

Sin embargo, su «confesión» no ayudó a que lo medicaran de inmediato

—debió esperar horas— cuando sufrió un ataque de asma. Identificó con fotos y nombres de guerra a los principales líderes de la Organización: el Gordo Maza; Mario Firmenich, o Manuel, y Abal Medina, Fernando o Germán; contó que el alerta interna se había activado con la frase sobre la salud de la mamá del gordo y proveyó la localización de todos los lugares por los cuales habían transitado hasta caer presos, ninguno de los cuales quedó a salvo del raid policial.

En el departamento que compartían Arrostito y Abal en Dorrego 169, segundo piso, casi esquina Warnes, no encontraron mucho: un bastón de

caucho de los que usaba la Federal, un almanaque con días marcados, una guía Filcar de la ciudad de Buenos Aires, un tocadiscos Wincofon con un disco de la Marcha Peronista, anteojos oscuros, una tijera y un grabador Geloso. La barrida de Arrostito había sido eficaz.

Tampoco en el departamento de Rubén y Ana María Portnoy, aunque los hermanos, que también quedaron detenidos y serían torturados, debieron dar cuenta de la tenencia de una cantidad de rarezas: un rifle, un manual sobre guerrillas urbanas, libros «de tendencia izquierdista» —como consignó la requisa— y una hoja con dibujos de las insignias policiales y el rango al cual correspondía cada una.

Creyeron que de la quinta de González Catán en la que Maguid había pasado el fin de semana con Nélida se habían ido con las manos vacías. Sin embargo, pronto iban a descubrir que gracias a esa propiedad había encontrado el lazo con la célula de Navarro.

La policía también fue a buscar a Firmenich a la casa que alquilaba en el norte del conurbano, en Bernardo de Irigoyen 2123, Florida. Como ya no estaba, los patrulleros siguieron hacia el domicilio familiar en La Matanza.

Su padre Víctor se enojó tanto al saber que lo buscaban por el asesinato de Aramburu que, de haber podido, hubiese cooperado; pero hacía tiempo que no se comunicaban. El futuro líder empezaba a mostrar su habilidad para quedar a salvo cuando todos los demás caían.

La última escala de los policías, para quienes Montoneros ya casi no guardaba secretos, fue el Instituto Superior de Cultura Religiosa. Carbone les mostró el altillo donde había colocado los objetos que le había llevado Firmenich. Primero les dio el maletín y la caja, donde no había más que cosas de las Arrostito: un acta de nacimiento y certificados de estudios, libreta universitaria y de enseñanza preescolar y primaria. Entonces los policías vieron lo que querían.

Ahí estaba, al fin, la máquina de escribir Olivetti, modelo Lexicon 80.

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