Aramburu

Maria O'Donnell · Capítulo 11 de 30

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Aramburu

El hecho de sangre

Juan Carlos Onganía y el ministro Francisco Imaz.

Cardenal Antonio Caggiano.

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Buenos Aires, mayo y junio de 1970

Pedro Eugenio Aramburu escuchó mencionar por primera vez la palabra Montoneros en Timote. Estaba sentado sobre una cama de madera en una de las dos habitaciones principales de la estancia La Celma cuando Fernando Abal Medina le anunció:

—General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria peronista que lo va a someter a un juicio revolucionario.

A Aramburu le habrá resultado extraño que esos muchachos armados se arrogasen el poder del Estado: estaba «detenido» y le harían «un juicio».

Acaso estaba en shock como para sobresaltarse.

Respondió, según Mario Firmenich, con una sola palabra:

—Bueno.

Serían las seis de la tarde del 29 de mayo de 1970.

Lo habían llevado desde su casa hasta el municipio de Carlos Tejedor en la camioneta que manejaba Carlos Ramus. Viajaron por la ruta alternativa que habían ensayado en detalle, sin pasar por ningún control policial.

Llevaron, según Firmenich, un segundo auto de apoyo: el taxi de su propiedad, que manejaba Carlos Capuano, el chofer más hábil.

Capuano no entró al pueblo para no llamar la atención: en el punto convenido pegó la vuelta y regresó a la ciudad de Buenos Aires. Las caras de Ramus y de Firmenich eran ya familiares en la zona, por la compraventa de ganado y su dúo en las peñas. Y sobre todo se habían ganado la confianza del casero de La Celma, Blas Acebal, aunque ellos no se fiaban de él, ya que lo encontraban demasiado reservado.

Contó Firmenich en La Causa Peronista: «El taxi se volvió a Buenos Aires y nosotros entramos. La primera tarea de Ramus fue distraer la atención de su capataz, el Vasco Acebal. Esto no fue fácil, porque la casa de Acebal y el casco de la estancia estaban casi pegados, y Ramus tuvo que arrinconar al Vasco a un costado de la entrada hablándole de cualquier cosa, mientras Fernando y otro compañero metían a Aramburu en la casa de los Ramus».

Carlos le pidió al casero que lo acompañara a Pehuajó, a una hora y diez minutos de Timote. Ramus le inventó que tenía que hacer una diligencia en esa localidad que la escritora María Elena Walsh hizo célebre con la canción infantil de la tortuga Manuelita. Antes hicieron una parada en la casa de Dolores Lucero, la cuñada de Acebal, encargada de limpiar la finca:

Ramus le quería avisar que no era necesario que fuera, que él se arreglaba con el casero. «Usted mejor descansa, así cuida un poco las piernas, que esas várices siempre la tienen a mal traer», le dijo.

Pero a pesar de las precauciones, a La Celma igual llegaron visitas inoportunas.

Eduardo Godoy, un contratista rural, quería cobrar un trabajo: había pasado la rastra de discos por cincuenta hectáreas de campo. Con Ramus ausente, Firmenich lo recibió en el patio, inquieto y con un aspecto que llamó la atención del hombre: tenía un pantalón arena y el torso desnudo y sudado.

—Carlos está en Pehuajó con el Vasco —le dijo.

—¿Paso a la noche, entonces?

Godoy, en efecto, regresó horas más tarde. En la oscuridad se destacaban las luces dentro de la finca; golpeó las manos. Pero, en lugar de salir a recibirlo, los que estaban dentro apagaron todo y se quedaron en silencio.

Godoy vio entonces que un vehículo se acercaba a la tranquera. Era Ramus.

—A la tarde hablé con un muchacho acá.

—A lo mejor ahora se asustó, porque lo iluminaste de frente —desestimó Ramus. No le pagó.

Poco rato antes, cuando caía la noche, Jorge Antonio Bocacci, periodista de la agencia Saporitti, recibió una llamada en su casa de Buenos Aires.

Una persona que no se identificó le avisó que en Zapata 573, barrio de Colegiales, debajo de una cortina metálica, encontraría información sobre el secuestro del general Aramburu. Y cortó.

Dentro de un sobre que Carlos Maguid preparó según le había indicado Abal Medina, Bocacci encontró el primer comunicado con la firma del Comando Juan José Valle de Montoneros. Una organización guerrillera ignota anunciaba en ese papel que había secuestrado al expresidente Aramburu. Lo más extraño: no pedía absolutamente nada a cambio.

Otra copia del comunicado —con un membrete impreso de tinta roja en la parte superior, inclinado, que decía «Montoneros» y otro en la parte inferior, un óvalo con la letra «P» dentro de la «V»— apareció en la ciudad de Rosario. Tras separarse de sus compañeros, que llevarían al secuestrado hasta Timote, Ignacio Vélez Carreras había manejado esa misma tarde casi trescientos kilómetros para dejar ese papel y generar así la impresión de que

el grupo tenía un despliegue territorial extendido. Una maniobra del manual de consejos revolucionarios de Régis Debray.

Esa misma noche se presentaba en el barrio porteño de San Telmo, en un local del sindicato de Luz y Fuerza, un conjunto de folklore que había elegido el nombre de Montoneros. Juan José Grumo, Armando Mogliani, Roberto Bernich y Carlos Leoz hacían música juntos desde hacía siete años.

Tocaron sin inconvenientes en el local de Perú 823, pero al salir, camino al conurbano sur, la policía los demoró en el puente Pueyrredón. El grupo de control —uno de los que, tardíamente, el gobierno había puesto en los principales puntos de salida de la ciudad— revisó el baúl del auto de Bernich; al verlo repleto de instrumentos los dejó ir.

Al día siguiente, cuando el comunicado se hizo público, la policía citó a declarar a los Montoneros musicales. No quedaron detenidos, sin embargo: los interrogadores notaron de inmediato que ni Grumo, estudiante de administración de empresas, ni sus amigos tenían idea de qué les hablaban.

Analizaron las pistas del texto. Juan José Valle, el general ejecutado por orden de Aramburu, había escrito a su hija antes de morir: «Querida Susana, no te avergüences de tu padre, muerto por una causa justa: algún día te enorgullecerás de ello», comenzaba la carta. Y terminaba: «Nuestro honor no ha sido manchado jamás y con orgullo puedes ostentar nuestro nombre. Mi linda pequeña, trabaja con fe en la vida y en tus fuerzas. Adiós, querida, besos y muchos cariños de tu papito que siempre te ha adorado».

Susana Valle estaba viva.

Más interesante para la policía, la hija de Valle no ocultaba la furia que le daba ver a Aramburu convertido en una figura honorable para parte de la sociedad, haciendo alarde de credenciales democráticas. Cuando presentó su candidatura a presidente en 1963, la joven empapeló la ciudad con afiches para recordarle su crimen.

Formaba parte de la resistencia peronista y había dormido en un calabozo muchas veces. No se asustó ni sintió compasión por la familia del secuestrado cuando la policía le contó por qué la detenía esta vez, pero ella no tenía ni la menor idea de dónde podía encontrarse Aramburu ni de quiénes podían estar detrás del sello Montoneros. Le creyeron y quedó libre en cuestión de horas.

El lunes 1º de junio Clarín tituló en su portada: «Ningún resultado arroja la investigación»; el texto principal decía que se habían realizado «algunas detenciones que no proporcionaron nada útil». A un costado, un segundo

artículo repetía el énfasis: «Otra jornada sin novedades en torno del secuestro del teniente general Aramburu». Y aun un tercer recuadro agregó:

«Incontables fueron los llamados anónimos, los cuales en ninguno de los casos aportaron datos concretos».

El hecho de que fuera una organización completamente desconocida, a la que ninguna pista conducía, abonaba todas las sospechas: para los funcionarios del régimen de Onganía las del autosecuestro; para el entorno de Aramburu, las que apuntaban contra ciertos funcionarios de Onganía. En ese clima, corrían todo tipo de versiones; algunos impostores que decían ser los Montoneros pedían lo que se les antojara.

Entre esos emprendimientos oportunistas uno tomó el reclamo clásico del cadáver de Eva Perón: otorgaba cuarenta y ocho horas para devolverlo o el cuerpo de Aramburu sería quemado en el Uruguay. Otro dejó una proclama en una iglesia, bajo una Virgen de Itatí, que exigía la liberación de unos presos.

Abal Medina seguía desde La Celma las noticias por la radio y se molestó al ver cómo subía la pila de farsas. Redactó a mano un segundo comunicado: ellos, y no sus imitadores, guardaban a Aramburu. Era fácil distinguirlos: no tenían la menor intención de negociar. Nada.

En el tono categórico que impregnaría para siempre el lenguaje montonero, exigió además una retractación por parte de los usurpadores del nombre. Una vez conforme con el original, se lo envió a Maguid —tal vez por medio de Capuano, alguien en condiciones de ir y venir— para que lo pasara a máquina. Agregó las instrucciones para su difusión.

PERÓN VUELVE

COMUNICADO NÚMERO 2

31 de mayo de 1970

Al pueblo de la Nación:

Ante la difusión de falsos comunicados atribuidos a organizaciones armadas proclamando la autoría de la detención de PEDRO EUGENIO

ARAMBURU, e imponiendo condiciones para su rescate, la conducción de nuestra organización se ve en la obligación de efectuar las siguientes declaraciones:

1) El día 29 de Mayo a las 9.30 horas nuestro comando Juan José Valle procedió a la detención de PEDRO EUGENIO ARAMBURU.

2) Para demostrar la veracidad de esta afirmación daremos los siguientes detalles:

a) Pedro Eugenio Aramburu no llevaba en su poder ninguna documentación.

b) Los efectos personales que llevaba encima comprendían: una medalla-llavero con la inscripción «El Regimiento 5 de Infantería al General Pedro Eugenio Aramburu - Mayo de 1955», dos bolígrafos Parker, un calendario plastificado del Banco del Interior, un pañuelo, una traba de corbata de oro y un reloj pulsera automático.

c) La detención se produjo en la sala comedor de su domicilio.

3) Que la naturaleza de los cargos que decidieron la detención de Pedro Eugenio Aramburu, a los fines de someterlo a juicio revolucionario, es tal que resulta totalmente descartada la posibilidad de negociar su libertad con el Régimen.

4) Que solicitamos a las organizaciones cuyos nombres han sido utilizados la pronta desmentida de los falsos comunicados.

PERÓN O MUERTE

VIVA LA PATRIA

MONTONEROS

Abal Medina también le hizo llegar a Maguid, por medio de Norma Arrostito, los objetos personales de Aramburu que se mencionaban en el comunicado, para que los fotografiara: en el laboratorio de la casa de la calle Bucarelli podía imprimir copias de los negativos. Luego debería esconder las pertenencias del secuestrado, que muy pronto iban a necesitar.

No las usaría para un prueba de vida; todo lo contrario. Dos días de interrogatorios le habían dado la seguridad de tener todo lo necesario para anunciar el fin del juicio y la definición de la sentencia. Pero como no estaba en los planes de Montoneros entregar el cuerpo de Aramburu, Abal Medina tomaba precauciones: iban a tener que demostrar de alguna otra manera que ellos lo habían matado.

El mismo 31 de mayo, el comunicado número 3 de la Organización Montoneros anunció que el tribunal revolucionario había resuelto: Condenar a Pedro Eugenio Aramburu a ser pasado por las armas en lugar y fecha a determinar.

Hacer conocer oportunamente la documentación que fundamenta la resolución de este Tribunal.

Dar cristiana sepultura a los restos del acusado, que solo serán restituidos a sus familiares cuando al Pueblo Argentino le sean devueltos los restos de su querida compañera Evita.

¡PERÓN O MUERTE! ¡VIVA LA PATRIA!

MONTONEROS

Sara Herrera de Aramburu pidió una reunión urgente con el presidente Onganía, la máxima autoridad del país cuyo poder tambaleaba ya inevitablemente.

Perjudicado por la revuelta social del Cordobazo y el asesinato de Augusto Vandor, se había aliado con los sindicatos peronistas más negociadores: les había concedido su mayor ambición, la representación única por actividad que había diseñado Perón, y les había regalado una fenomenal fuente de ingresos, que perdura hasta la fecha: el manejo de las obras sociales y sus fondos, lo cual los convirtió en empresarios de la salud con clientela cautiva. Pero nada alcanzaría para salvarlo del abismo que se abría bajo sus pies después de la muerte de Aramburu.

Cuando el general recibió a la viuda inminente y a su hijo Eugenio, le quedaba solo una semana en la Casa Rosada: los tres comandantes en jefe de la Fuerzas Armadas ya le habían indicado a Roberto Marcelo Levingston que regresara a las apuradas de Washington. El siguiente presidente de facto se desempeñaba como agregado militar en la embajada argentina en los Estados Unidos.

Los Aramburu fueron a la residencia presidencial de Olivos, donde habían vivido dos años y medio, el tramo final de la escuela secundaria de Eugenio. Fueron a rogarle a Onganía como habían ido Cristina Prieto de Valle y su única hija, Susana, a rogarle a Aramburu por la vida del general sublevado. O no: Eugenio lo negaría años más tarde.

Cuando les tocó a ellos, Sara y su hijo se guardaron los reproches que les merecía Onganía —la falta de custodia, a pesar del atentado en la quinta familiar; la versión insidiosa del autosecuestro; la impericia de la investigación— y se concentraron en una sola cosa: pedirle que hiciera lo necesario para encontrar al general.

Sara, que no había perdido del todo las esperanzas, le dijo:

—Mi única preocupación es tener a mi marido en casa.

Resultaba ya improbable no sospechar que darían con un cadáver, pero ante la duda Eugenio calló. Onganía los escuchó, sin interrumpirlos, entre desorientado e indiferente a la angustia que le transmitían.

La crónica de Clarín dio cuenta de la visita y del regreso de Sara y su hijo a la casa: aunque ella evitó cualquier contacto, «los hombres de prensa pudieron advertir su rostro sumamente atribulado y sus ojos enrojecidos por el llanto».

Los amigos de Aramburu habían invitado a una movilización frente al departamento; el gobierno advirtió que no se toleraría tal cosa: no era una marcha de repudio a la violencia guerrillera, sino más bien un señalamiento contra Onganía. El principal aludido, el ministro del Interior, el general Francisco Imaz, envió ocho patrulleros y la Guardia de Infantería para que dispersara a las cuatrocientas personas que intentaron cortar la calle Montevideo.

En el octavo piso funcionaba un grupo de investigación paralelo. Los amigos de Aramburu habían seguido varias pistas falsas —rastrillaron la costa cuando les dijeron que lo tenían en una embarcación frente a Punta Indio, simularon el pago de un rescate en un tren camino a City Bell—

antes de caer en un estado de cierta resignación. Recelaban del gobierno; solo confiaban en la palabra de Alejandro Lanusse, el jefe del Ejército, aunque eran conscientes de que apelaban a un vínculo atravesado por la competencia.

Aramburu hijo se encontró con Lanusse en una reunión sin testigos, en el tercer piso del edificio del Comando en Jefe del Ejército.

El general Aramburu había tenido más afecto personal que respeto intelectual por Lanusse; nunca le había parecido brillante ni muy valiente, pero habían estado casi siempre del mismo lado en las peleas internas del Ejército. Sus caminos se bifurcaron con Onganía. Aramburu, que se consideraba un hombre de ideas políticas liberales firmes, lo enfrentó; Lanusse, en cambio, asumió como jefe del Ejército. En la mirada de Aramburu, oscilaba entre las facciones porque subordinaba sus principios al objetivo principal que se había fijado: llegar al poder.

Lanusse había pagado con la cárcel su participación en un levantamiento fallido del año 1951 contra Juan Domingo Perón, que terminó con la carrera de más de doscientos oficiales. Aramburu no estuvo entre aquellos conspiradores porque había sido destinado a Brasil, pero defendió a uno de los enjuiciados y visitó a Lanusse y al resto de los detenidos. Cuando se

produjo el golpe de 1955, Aramburu le encomendó a Lanusse, entonces jefe del Regimiento de Granaderos a caballo, el asunto más delicado que tuvo entre manos: la coordinación del operativo secreto que sacó al cuerpo de Eva Perón de la Argentina y la dejó enterrada bajo un nombre falso en un cementerio en Italia.

El cadáver de Eva, el gran misterio nacional que se mencionaba en el tercer comunicado de Montoneros: resolverlo, tal vez, podía salvar la vida de Aramburu, se ilusionó su hijo. ¿Qué tal si los militares ofrecían entregarlo a cambio de la liberación de Aramburu? No había por qué aguardar a que fuese un canje entre muertos: podían mover contactos y tratar de localizarlo. Esa posibilidad no requería de ningún tipo de claudicación moral: podía ser una reparación, incluso.

Además le rogó a Lanusse que no descartara ninguna otra opción: la liberación de presos políticos —«subversivos», según la expresión militar—

podía ser otra.

El jefe del Ejército se sintió en la obligación de compartir su pesimismo: casi no había chances de que estuviera vivo. El hijo de Aramburu se aferró a las débiles esperanzas que le quedaban: Antonio Caggiano, el arzobispo de Buenos Aires, una de las figuras más gravitantes y conservadoras de la Iglesia, se había ofrecido a intermediar.

¿Por qué no dejaban que Caggiano lo intentara?

No pedía nada que no estuviese ocurriendo en países vecinos con el auge de la guerrilla. Por esos días el gobierno brasileño negociaba el canje de cuarenta presos políticos por el embajador de Alemania, Ehrenfried von Holleben, secuestrado en Río de Janeiro por la Acción Libertadora Nacional y Vanguardia Popular Revolucionaria.

En vista de tanta insistencia, Lanusse cambió de argumento.

—¿Qué haría tu padre en mi lugar?

Eugenio hizo silencio. Lanusse notó su incomodidad; insistió:

—Tu padre, ¿negociaría con terroristas?

La pregunta sugería una correlación con los argumentos que Aramburu había usado al ordenar la ejecución de Valle y los sublevados: en 1956 su padre había supeditado la vida humana a otros preceptos y valores. Si en su hora más difícil Aramburu había actuado así, su hijo no podía pedirle a Lanusse que se apartara de ese ejemplo.

Ese razonamiento, o esa extorsión moral, dejó un silencio definitivo en la sala. Aunque su respuesta era ya innecesaria, Eugenio murmuró:

—Seguramente no negociaría.

El padre, aunque su hijo no se resignara, ya estaba muerto; aunque él no lo supiera, ni la mediación ni el canje tenían ya ningún sentido.

La ejecución no se demoró.

En la tarde del 1º de junio una mujer llamó a la redacción del diario Clarín y describió un punto específico del baño de hombres de un bar ubicado en la esquina de Juan B. Justo y Carrasco, en el barrio de Floresta.

Allí estaba oculto otro mensaje de Montoneros, agregó, y cortó. Al día siguiente, muy temprano a la mañana, el país entero conoció ese cuarto comunicado, el más famoso de todos, el primero que indexan los buscadores cuando se escribe montoneros y aramburu. Invocaba a Dios: 1º de Junio de 1970.

COMUNICADO Nº 4

Al Pueblo de la Nación:

La conducción de MONTONEROS comunica que hoy a las 7.00

horas fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu.

Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma.

PERÓN O MUERTE - VIVA LA PATRIA

M O N T O N E R O S.

Cuatro días después de la ejecución de Aramburu en La Celma, el cardenal Caggiano recibió una nota. Habían pasado tres años desde la irrupción del Comando Camilo Torres en su misa con una lluvia de panfletos, el 1º de mayo de 1967. Los Montoneros aún se veían a sí mismos como integrantes de la Iglesia: ese sentimiento de pertenencia era más fuerte que su identidad como peronistas.

Le hablaron de igual a igual:

Monseñor:

En primer lugar, deseamos aclararle que el respeto que sentimos por la alta investidura que Ud. reviste es la que nos obligó a enviarle estas líneas (…)

Muchos hoy hacen amplias declaraciones de humanismo y de fe cristiana sobre el suceso. [Pero] ¿Cuál es, Monseñor, la vara con que se mide? (…)

Nosotros sentimos un gran respeto por la vida humana y si arriesgamos la nuestra en esta lucha sin cuartel es justamente porque queremos que las próximas generaciones de argentinos sean libres, porque consideramos que es tan importante la vida de centenares de personas que mueren diariamente (¿Ud. lee los diarios?) de polio, fiebre, por falta de remedios, higiene y educación, como la de los figurones que se creen dioses porque ordenan desaparecer argentinos por decreto y duermen plácidamente sin oír los pedidos de angustia de los familiares.

¿Por qué, preguntamos, una violencia merece tal unánime repudio mientras que la otra tan solo la atenta y afligida beneficencia de los hombres libres?

Monseñor, estamos en esta lucha imbuidos del más hondo patriotismo y del más puro sentimiento cristiano (…) No somos ni seremos más ingenuos, no nos dejaremos engañar más: lo nuestro, lo del Pueblo, lo de todos los argentinos, lo conseguiremos peleando, no rogando, no negociando.

Por eso le pedimos a Ud. y por su intermedio a toda la jerarquía de la Iglesia Católica Argentina, que si bien comprendemos su obligación moral de ofrecerse como mediadores, no se coloquen frente al pueblo, que no asuman indiscriminadamente la defensa de la violencia oficial.

Saludamos a Ud. solicitándole le pida al Señor nos dé fuerzas para esta lucha en la que estamos empeñados.

PERÓN O MUERTE

VIVA LA PATRIA

MONTONEROS

Necesitaban explicarse en su fe: aunque políticamente el crimen cumpliera con todos sus objetivos, como católicos habían cruzado una barrera.

La formación del cristiano sintonizaba en algo con la de un revolucionario: el martirio por la fe equivalía al sacrificio de la vida por la revolución. Pero se separaban en un punto determinante, porque la doctrina religiosa no habilitaba a matar: por algo el sacerdote Carlos Mugica no se había sumado a la guerrilla. Los Montoneros no solo estaban dispuestos a cumplir el rol de mártires, a sacrificar la vida propia, sino que se arrogaron, también, el derecho a segar la ajena.

Se dieron a conocer en una acción propia de la lógica del ojo por ojo.

Aramburu pagó por Valle y el resto de los fusilados de 1956. Y por el vejamen al cadáver de Eva. Y por más también: debió morir por lo que le había ocurrido mucho antes a Dorrego.

Un desquite —escribió Beatriz Sarlo— singular: «La operación Aramburu fue una venganza no porque sus jóvenes ejecutores fueran, de modo directo, los ofendidos por las acciones pasadas, ni porque alguien muy próximo a ellos (como hubiera sido el caso de la hija del general Valle) hubiera padecido la ofensa. Se trata de una venganza porque Montoneros se sintió representante de los injuriados y, en consecuencia, ocupó su lugar».

En un sistema político que les había clausurado otros caminos, crearon su justicia que sentenció a Aramburu. Una construcción de sentido que apelaba a los mismos términos usados de manera corriente, pero que pretendía revertir la concepción dominante sobre el bien y el mal, sobre la legitimidad de cada quien para impartir esa justicia.

También lo analizó Pilar Calveiro: «El nacimiento de la guerrilla representaba la disputa del monopolio de la violencia, que ejercían las Fuerzas Armadas, por parte de un sector de la sociedad civil». El grupo de Abal Medina se plantó ante el mismísimo poder reconocido como autoridad y le disputó la propiedad y el uso de las armas. «Las expropiaciones, los ajusticiamientos, los juicios revolucionarios, eran un intento de justicia y poder armado paralelo al del Estado», agregó.

Dentro de la dinámica de las organizaciones armadas, el secuestro y el asesinato de Aramburu constituyeron las actuaciones que se esperan de una vanguardia: primero ejecutó su misión y luego obtuvo el reconocimiento por haber cumplido con su deber.

El impacto del crimen, en efecto, legitimó a Montoneros. Con la discreción necesaria bajo una dictadura en la que no se podía ni mencionar a Perón, los jóvenes de la clase media, las familias trabajadoras y las agrupaciones de la resistencia peronista festejaron la muerte, o al menos sintieron alegría al conocerla, de quien había instaurado la prohibición.

Acaso lo más notable haya sido que, como una reacción química inesperada que arroja un resultado importante, los Montoneros capitalizaron así todos los años de resistencia peronista, de los que no habían participado porque entonces eran niños. Todo el menoscabo, toda la indignación, toda la tristeza de esos grupos que sufrieron o repudiaron lo sucedido desde 1955

se combinó con la expectativa revolucionaria de ellos, y de otros jóvenes

que ni siquiera debían estar radicalizados para sentir el impacto de ese hecho.

De golpe —y a pesar de la paradójica elección de disfraces de militares, policías y curas para su debut en sociedad— los Montoneros opacaron todas las luchas que los precedieron.

La Operación Pindapoy se transmutó en el Aramburazo: una expresión inequívocamente celebratoria. En palabras de Sarlo: «Como sea, la venganza debe elegir qué muerte, y la muerte de quién, le da contenido al hecho y asegura el principio de reparación. La de Aramburu pareció, con razón, más adecuada que ninguna otra».

El objetivo enunciado por Firmenich —«un hecho que se explicara por sí mismo»— se había, sin dudas, alcanzado.

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