Aramburu
Camino a La Celma
El Peugeot abandonado por los secuestradores detrás de la Facultad de Derecho.
La Nación del 30 de mayo de 1970 informa sobre el secuestro.
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Timote, viernes 29 de mayo de 1970
Mientras esperaba que sus compañeros salieran del edificio donde vivía Pedro Eugenio Aramburu, el policía que fingía ser Mario Firmenich observó que un patrullero avanzaba por la calle Montevideo. Con los nervios de punta calculó cuánto podía tardar en sacar la ametralladora del asiento trasero de la camioneta que había quedado en la puerta del colegio Champagnat. En una fracción de segundos cambió de idea y llevó la mano con los dedos tiesos hacia la gorra. Desde dentro del auto, los policías le respondieron con la misma venia y siguieron de largo.
Apenas el peligro se había perdido al final de la calle, vio que el general de la Revolución Libertadora salía, tranquilo, y se dirigía al estacionamiento. Cuando relató los hechos para La Causa Peronista rememoró su sorpresa: «De golpe, lo increíble. Habíamos ido allí dispuestos a dejar el pellejo, pero no».
Aramburu se había creído la parodia de sus secuestradores; en el living de su casa solo había detectado el acento de Emilio Maza:
—Usted es cordobés —le marcó.
Él mismo había nacido cerca de Río Cuarto, adonde se había instalado su padre, un inmigrante español de origen vasco.
—Sí, mi general —reconoció Maza.
Luego Fernando Abal Medina le mostró el arma que escondía en el uniforme. Lo miraba a los ojos cuando le ordenó:
—Mi general, usted viene con nosotros.
Y Aramburu obedeció.
¿Por qué no hizo siquiera un intento de resistir?
Bajó ocho pisos en el ascensor, se digirió a la puerta de calle, abrió con sus llaves, cruzó la mirada con la vendedora del negocio de la otra vereda, caminó media cuadra hasta el estacionamiento, vio al encargado y subió al auto de los Montoneros. Y en ningún momento, a absolutamente nadie dejó entrever que lo llevaban contra su voluntad.
Acaso interpretó la visita hostil como un mensaje de Juan Carlos Onganía, su enemigo político, y no sospechó más.
Sara Herrera repasó esa secuencia numerosas veces. Si era toda una farsa, también lo habían engañado a él, tanto más experimentado que ella: esa perspectiva aligeraba un poco el peso de la culpa que sentía por haber
ordenado que sirvieran café a las visitas y haber salido de compras, sin dedicarle al asunto un pensamiento más.
Su conducta resultó más que predecible para sus inesperados visitantes, que conocían al detalle las rutinas de la familia. Habían fichado los movimientos de la casa a lo largo de cinco meses, y no solo desde la biblioteca del colegio Champagnat. Ubicaron un punto estratégico, por la visión que les ofrecía, en la esquina de Santa Fe y Montevideo, y se rotaron con una frecuencia de cinco minutos para observar y no despertar sospechas.
En la planificación del secuestro, habían pensado primero en levantarlo por la calle cuando salía a caminar. «Pensábamos usar uno de esos autos con cortina en la luneta —siguió Firmenich— y tapar las ventanillas con un traje a cada lado. Le dimos muchas vueltas a la idea hasta que la descartamos y resolvimos entrar y sacarlo directamente del octavo piso.
Para eso hacía falta una buena llave. La mejor excusa era presentarse como oficiales del Ejército».
Gracias a la vigilancia —reveló— habían detectado que Aramburu se movía solo, sin ninguna protección. El portero del edificio les despertó sospechas, infundadas, solo por su aspecto físico: «Tenía pinta de cana, era un morocho corpulento».
Si no tenía custodia —razonaron—, ¿por qué no se la ofrecían? «Era absurdo, pero esa fue la excusa que usamos».
Gracias a su paso por el Liceo Militar, Maza e Ignacio Vélez Carreras conocían perfectamente los modales de un oficial del Ejército; solo iban a tener que entrenar un poco a Abal Medina y buscar formas de aparentar algo más de edad, para que no los tomaran por conscriptos rasos.
A favor de los impostores jugó que Aramburu estuviera bien predispuesto al engaño: como conspiraba contra Onganía, imaginó que lo habían descubierto. «Debía creer que alguien se adelantaba al golpe que habían planeado», especuló Firmenich en La Causa Peronista. La teoría de la cola de paja, se llamó.
También los benefició el factor sorpresa: «Teníamos una ventaja: nadie sabía que existíamos. No había guerrillas urbanas operando tampoco», me dijo en Barcelona.
Por las razones que fuesen, aquella mañana vio pasar a sus compañeros delante de él: «Caminaban apaciblemente».
Maza acompañaba a Aramburu con un brazo sobre su hombro, «como palmeándolo»; Abal Medina lo llevaba del otro brazo y le rozaba el cuerpo
«con la metra bajo el pilotín». Vélez Carreras marchaba un paso más atrás.
El falso cabo Firmenich y el falso sacerdote Carlos Maguid subieron enseguida a la pickup estacionada sobre Montevideo. Norma Arrostito rubia ya estaba en el asiento del acompañante y Carlos Ramus, al volante.
Aguardó que el Peugeot en el que trasladaban a Aramburu saliera del garaje y aceleró para no permitir que otro auto se interpusiera. Avanzaron, un vehículo pegado al otro, por el camino ensayado: doblaron en la esquina para tomar Charcas, recorrieron cien metros y doblaron otra vez en Rodríguez Peña, que entonces iba hacia Avenida del Libertador.
Los apremiaba la necesidad de desprenderse del Peugeot al que la policía le podría seguir el rastro en cualquier momento: era un auto robado y con patente falsa, pero descontaban que el encargado del estacionamiento daría los datos necesarios para que salieran a buscarlo.
Lo dejaron a unas treinta cuadras del lugar donde Sara Herrera viviría sola desde ese momento. Quedó abandonado en una calle paralela a las vías del tren Mitre, lejos del tránsito, tras una plaza pegada a la Facultad de Derecho.
Antes limpiaron las huellas dactilares para borrar cualquier rastro de su identidad. Tenían un método que, según Firmenich, respetaban a rajatabla.
«Hacíamos todo con guantes, para no dejar impresiones digitales. No sabíamos mucho sobre el asunto pero por las dudas no dejábamos huellas ni en los vasos. En las prácticas llegamos a limpiar munición por munición con un trapo».
Pasaron a Aramburu a la camioneta Chevrolet —también robada y de la que se desprenderían pronto— y lo sentaron en la parte trasera, sobre la rueda de auxilio. «Uno de los jóvenes peronistas —continuó el relato de Firmenich— tenía a mano un cuchillo de combate. Ante cualquier eventualidad (…) iba a eliminar al jefe de la Libertadora. Aunque después cayeran todos. Así se había decidido desde el principio. El fusilador tenía que pagar sus culpas a la Justicia del pueblo».
Según la versión oficial, ellos se dividieron.
Arrostito, ya sin peluca, bajó con Maza, Vélez y Maguid en el cruce de Figueroa Alcorta y Pampa. Entre los cuatro se llevaron parte del armamento, la sotana y los uniformes —los militares y el de policía— y subieron a dos Renault 4L que desde la noche anterior permanecían
estacionados en la zona: uno era de Arrostito, que se fue con Maza y Maguid, y el otro de Vélez, que se fue solo en el vehículo que le había regalado su padre.
¿Qué habrá pensado Aramburu sobre el policía y el cura, salidos quién sabe de dónde y para qué? ¿Y sobre los dos jóvenes militares que se quitaron la chaqueta como quien se saca de encima un disfraz?
«Debió parecerle esotérico: un cura y un policía, y el cura que en su presencia empezaba a cambiarse de ropa», especuló Firmenich. También en La Causa Peronista Arrostito contó que habían comprado la ropa para el operativo (las insignias, las gorras, los pantalones, las medias y las corbatas) en Casa Isola, una sastrería militar con un local de venta al público sobre la Avenida de Mayo. El uniforme del Abal Medina era reciclado: había pertenecido a Raúl Conte Grand, Guzzo, un oficial retirado y peronista, padre de un montonero, que lo donó sin saber para qué lo usarían. «El problema es que a Fernando le quedaba enorme. Tuve que hacer de costurera, amoldárselo al cuerpo».
Los demás avanzaron por Figueroa Alcorta en dirección a la cancha de River Plate y frenaron cerca del Aeroparque en una calle cortada, poco visible detrás de unos árboles, donde en la madrugada habían dejado un vehículo de recambio con todos sus papeles en regla. Era la camioneta Gladiator 380 de la madre de Ramus, María Iribarren, que le prestaba al hijo para que fuera al campo de la familia en la provincia de Buenos Aires.
Abal Medina y Firmenich sacaron al secuestrado de la pickup Chevrolet, que quedó allí abandonada, y lo ayudaron a subir a la segunda cabina de la Gladiator. La parte trasera de la camioneta, descubierta, iba cargada con fardos de pasto bajo un toldo. Ramus arrancó: tenían por delante un viaje de más de cuatrocientos kilómetros hasta llegar al pueblo de Timote, del municipio de Carlos Tejedor, a la estancia La Celma, una herencia por vía materna.
Eludieron la autopista e hicieron gran parte del trayecto por una camino de tierra que corría paralelo a las vías del tren. Tardaron ocho horas en recorrer una distancia que se podía cubrir en cuatro, pero les pareció más seguro evitar controles. No se detuvieron para cargar combustible —
llevaban un bidón extra por si el tanque se vaciara—, comer o ir al baño.
Aramburu no les dio el menor problema, contó La Causa Peronista. «Se sentó en la rueda de auxilio. No decía nada, tal vez porque no entendía
nada. Le tomé la muñeca con fuerza y la sentí floja, entregada. No habló en todo el viaje. Salvo cuando alguien preguntó dónde estaba el bidón. “Acá está” —dijo».
Mientras ellos viajaban hacia La Celma, la familia y los amigos de Aramburu habían hecho sus gestiones para que, finalmente, casi cuatro horas después del operativo, la policía iniciara la búsqueda del único vehículo que había quedado expuesto, el Peugeot 504. Demasiado tarde, analizó luego Firmenich: «Ya estábamos a mitad de camino».
En toda su vida operativa —me dijo al recordarlo— no experimentó una vía de escape más sencilla: «Fue un paseo».
COMUNICADO NÚMERO 1
AL PUEBLO DE LA NACIÓN
Hoy, a las 9.30 horas, nuestro Comando procedió a la detención de PEDRO EUGENIO ARAMBURU, cumpliendo una orden emanada de nuestra conducción, a los fines de someterlo a JUICIO
REVOLUCIONARIO.
Sobre Pedro Eugenio Aramburu pesan los cargos de TRAIDOR A LA PATRIA Y AL PUEBLO Y ASESINATO en la persona de 27
argentinos.
Actualmente Aramburu significa una carta del régimen que pretende reponerlo en el Poder para tratar de burlar una vez más al Pueblo con una falsa democracia, y legalizar la entrega de nuestra Patria.
Oportunamente se darán a conocer las alternativas del juicio y la sentencia dictada.
En momentos tan tristes para nuestra Argentina que ve a sus gobernantes rematarla al mejor postor y enriquecerse inmoralmente a costa de la miseria de nuestro Pueblo, los MONTONEROS
convocamos a la RESISTENCIA ARMADA contra el GOBIERNO
GORILA Y OLIGARCA siguiendo el ejemplo heroico del GENERAL
VALLE y de todos aquellos que brindaron generosamente su vida POR
UNA PATRIA LIBRE, JUSTA Y SOBERANA.
PERÓN O MUERTE!
VIVA LA PATRIA!
Comando Juan José Valle
MONTONEROS
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