Aramburu
De Sabino a Firmenich
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Buenos Aires y Córdoba, 1970 y 1971
Entre Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, Montoneros tuvo otro jefe: Sabino Navarro, quizás el menos conocido de los tres y el único que no formó parte de las células originales que participaron del asesinato de Pedro Eugenio Aramburu.
Navarro llegó a ser número uno por la seguidilla de bajas que la guerrilla peronista soportó en muy poco tiempo después del Aramburazo. La sucesión en los puestos de mando funcionaba en forma casi automática: cada combatiente tenía un número asignado, en orden de importancia; de no existir sanciones o promociones, ante una vacante, ascendía el número siguiente. Con una única excepción: aunque las mujeres combatían a la par, rara vez había más que hombres a ese nivel.
Esa serie se había alterado poco antes del tiroteo en William Morris con la incorporación de la célula de Sabino Navarro, quien como líder de su grupo se intercaló en Montoneros en el segundo puesto (y su segundo, en el cuarto lugar; el tercero en el sexto, y así). Y al morir Abal, escaló al primer cargo, en un momento extremadamente delicado para la organización.
El juicio por el crimen de Aramburu obligaba a Firmenich, a Norma Arrostito, a Carlos Martínez Capuano y al resto de los cuadros vivos más importantes a vivir prófugos y escondidos. Los demás sobrevivientes estaban presos y el desastre en que resultó la toma La Calera había dejado a la célula cordobesa al borde de la extinción.
A esos desafíos se sumaban otros, vinculados al papel que Montoneros jugaba dentro del peronismo.
«No existía todavía un proyecto estratégico», señaló Roberto Perdía, miembro de la célula original de la provincia de Santa Fe (el Grupo Reconquista), abogado y defensor de los hacheros de la zona del Gran Chaco, que llegaría a ser número tres de la conducción nacional detrás de Firmenich y Fernando Vaca Narvaja. «Aún no estaba definido cómo íbamos a actuar: si éramos una organización político-militar o si éramos el brazo armado de alguien». En otras palabras, faltaba resolver si responderían a Juan Domingo Perón o si se moverían de manera autónoma. Nada menos.
Vivían con la ilusión, muy conveniente en la coyuntura, de que esa definición podía esperar. Como si el choque de la juventud revolucionaria con el Perón de carne y hueso, un hombre mayor que vivía en Madrid con
su nueva mujer, Isabel, y que compartía la intimidad con José López Rega, no fuese inevitable.
Perón tampoco mostraba apuro por resolver ese asunto tan espinoso. En la carta que dirigió a «los compañeros de la juventud» en febrero de 1971
había apelado a la figura de las «formaciones especiales», muy útiles para dejar la definición del rol de Montoneros dentro del Partido Justicialista en suspenso. Como tales, podían actuar «tanto dentro de nuestro dispositivo como fuera de él, dentro de las formas impuestas por la guerra revolucionaria».
Un Perón de manual: con esa ambigüedad podía capitalizar las acciones de Montoneros sin cargar con la responsabilidad de haberlas ordenado.
La biografía de Navarro, el nuevo jefe de Montoneros, no ofrecía grises: él era inequívocamente peronista.
El Negro, como lo apodaban, había vivido experiencias y había sido testigo de hechos que la gran mayoría de los Montoneros de clase media solo habían conocido por el relato de terceros. No había entrenado en Cuba ni tenía la formación intelectual de otros dirigentes, pero su historia personal, su origen obrero y su entrega revolucionaria le daba todas las credenciales que podía necesitar.
La Fundación Eva Perón había salvado la vida de su madre, Juana Fernández, quien perdió un bebé en un parto y hubiese muerto también si no recibía en Corrientes la penicilina que necesitaba. El padre, Cesáreo Navarro, había salido del campo a la ciudad en 1948, durante el primer gobierno de Perón, atraído por el creciente empleo industrial. Se instaló en un barrio de emergencia en Villa Martelli, al norte del conurbano, y comenzó a trabajar en una fábrica de ladrillos. Al cabo de un tiempo mudó a toda la familia. Las dos hermanas de Sabino, Lucía y Cintia, se quedaron a vivir en la capital, en casas donde hacían tareas de limpieza; Sabino, el menor, estudió hasta que, a los dieciséis años, debió salir a procurar otro ingreso con el cual cooperar con sus padres.
Cesáreo llevó a Sabino hasta los basurales de José León Suárez en cuanto supo de los fusilamientos ilegales que siguieron al levantamiento de Juan José Valle: vivían tan cerca que había alcanzado a escuchar los tiros. Como el padre, el hijo fue delegado sindical. Sabino entró en la planta de la Algodonera y se afilió a la Juventud Obrera Católica (JOC), hasta que concluyó que los problemas de los obreros no se arreglarían con catequesis.
Una corriente entera de la JOC quiso dar el salto a la actividad político-gremial y se enfrentó con la Iglesia, que solo buscaba propagar contenido religioso. El arzobispado saldó el conflicto con un decreto: disolvió la JOC.
Navarro desembocó en el peronismo revolucionario. En la víspera del Cordobazo, viajó atraído por la agitación, participó de las protestas y terminó preso durante unos días.
Fernando Abal Medina lo reclutó para Montoneros. Le interesaba más su prestigio que la experiencia que traía en operativos de guerrilla urbana. Los hitos militares del grupo de Navarro eran más coloridos que relevantes: el robo de la recaudación de un albergue transitorio en el Once y un asalto, el 16 de julio de 1969, para comprobar la utilidad adicional del factor sorpresa: mientras el mundo estaba pendiente de la llegada del hombre a la Luna, ellos vaciaron una armería en Hurlingham, provincia de Buenos Aires.
Después de la intermediación de Graciela Daleo, Abal Medina acudió a una reunión del grupo en un departamento de Billinghurst y Las Heras, en Barrio Norte, alquilado por José Amorín. No a todos cayó bien ese joven tan de clase media que hablaba como si estuviera a cargo y parecía demasiado fierrero, como se llamaba a los seducidos por las armas. Ellos se identificaban más con las rutinas de las asambleas, estaban más acostumbrados a los debates horizontales.
Carlos Falaschi, primera generación de profesionales de una familia de inmigrantes del barrio de Mataderos, llegó a plantear dudas. Tiempo después, cuando los Montoneros usaron sin permiso su quinta de González Catán para guardar a Carlos Maguid y las hermanas Arrostito, comprendió que el tiempo le había dado la razón: una vindicación tardía e inútil, pensó.
«La reunión se hizo para que Fernando conociera a los principales combatientes de nuestro grupo y para que aceptáramos las normas de funcionamiento del suyo, diferentes a las nuestras», recordó Pepe Amorín en un libro que publicó años antes de su muerte en 2012. Unos y otros tenían culturas políticas bien diferentes, escribió: «En el grupo de Fernando las decisiones se tomaban entre pocos y las órdenes no se discutían.
Nosotros, en cambio, teníamos una conducción colegiada entre el Negro
[Navarro], [Carlos] Hobert, [Gustavo] Tato Lafleur y yo. En cada operativo, la jefatura rotaba y el resto de los combatientes tenía una amplia participación en todas las decisiones. Tampoco teníamos un régimen de sanciones: ni siquiera se nos había ocurrido».
Hasta que quedó al frente de Montoneros, Navarro trabajó largas jornadas como operario textil y metalúrgico. Dejó pasar un ascenso para no perder su condición de obrero raso, se casó con Josefa Mateika, una compañera de la fábrica, tuvieron dos hijos y se fueron a vivir a una casilla en San Miguel que construyeron sobre un terreno que pagaron en cuotas.
Mateika también militaba y sabía que muchas veces entrenaban allí, y hasta enterraban en los fondos algunos panes de trotyl, pero se enojó cuando supo que Navarro, con Abal Medina y Walter, el hijo más pequeño, de meses, habían llegado en el colectivo 740 con dos granadas escondidas en la ropa.
Con la cantidad de pozos del camino a la casa, le reprochó, cualquier sacudida podría haber producido una explosión.
A diferencia de Abal Medina, que había sido un jefe principalmente porteño, cuando se encontró en la cúpula de Montoneros Navarro dejó a su familia en el gran Buenos Aires, se subió a un Peugeot 404 y salió a recorrer el país. «Había grupos en Santa Fe, en Salta y en Corrientes: Fernando nunca llegó a ser jefe de todo eso», recordó Perdía. Si bien la decisión de que Navarro asumiera la conducción «fue de Buenos Aires», nadie la cuestionó porque «el Negro era el articulador nacional a quien todos reconocían como el integrador de distintas experiencias».
Se dejó el bigote, convencido de que el detalle le daba el aspecto de un policía. Si un militar hacía dedo en la ruta, se ofrecía a llevarlo sin dudar: descubrió que así pasaba mucho más tranquilo los controles. Cuando le preguntaban decía ser un viajante que vendía agroquímicos y semillas por los pueblos; tenía muy bien armado su personaje de cobertura.
No siempre andaba solo, sin embargo. Había conocido a Graciela Roldán en la provincia de Santa Fe. La Petisa, doctora en leyes, también se destacaba por su osadía probada en los operativos. En las rutas nació una relación amorosa que, vista desde la moral cristiana de los fundadores de Montoneros, resultaba reprochable: él seguía casado con Mateika.
Aunque suene extraño, su fama de mujeriego es una de las razones por las que —se especula— Navarro fue corrido en muy poco tiempo de ese rol de articulador nacional de la estructura de Montoneros.
Hay hechos controvertidos y otros indiscutidos.
Entre los segundos, que el 24 de julio de 1971 Navarro mató a dos policías.
Cerca de la medianoche, con su Peugeot 404 estacionado cerca de la intersección de Díaz Vélez y Ayacucho, en Villa Ballester, Navarro vio cómo se acercaba un patrullero de la policía bonaerense. Del vehículo bajaron el cabo Domingo Moreno y el agente Fernando Cidraque, que le pidieron documentos. El Negro sacó su pistola y disparó.
Pero hay detalles que modifican la historia de manera significativa.
Según la versión oficial de la guerrilla, Navarro tuvo mala suerte. Ese mismo día y en esa misma zona, sin que él lo supiera, la columna norte de Montoneros había robado un banco; en un operativo rastrillo, la policía se topó, por casualidad, con su auto detenido en una esquina. Al distinguir el patrullero, Navarro arrancó, avanzó unos metros y frenó delante de una vivienda; se bajó y simuló que tocaba un timbre. Cuando le preguntaron qué hacía, inventó una historia: como su novia no salía, se había acercado para buscarla. Mostró un documento —posiblemente a nombre de Sergio Santillán o Luis Viscay, sus dos identidades falsas—, dejó que le revisaran el auto y no tuvo otra opción que reaccionar cuando intentaron palparlo de armas: sacó su .38 y mató a los dos agentes. Luego les quitó sus Browning 9 milímetros reglamentarias y se las llevó, junto con una ametralladora que encontró en el vehículo de Moreno y Cidraque.
Sin embargo, según el informe policial, Navarro estaba dentro del auto estacionado en compañía de Mirta Sileki, una mujer de veinticinco años.
Sileki quedó detenida por unos pocos días, hasta que demostró su completa ignorancia de las actividades del hombre al que consideraba su novio, quien
—descubrió— ni siquiera se llamaba como le había dicho. Si lo que contaba la joven era cierto, el Negro tenía una esposa, Mateika, y al menos dos amantes, la Petisa que lo acompañaba en sus viajes y esta joven que, para colmo, ni siquiera formaba parte de la organización.
Una suma de desprolijidades inaceptables para alguien de su jerarquía.
Los defensores de Navarro desestimaron esta versión como quien se enfrenta a una calumnia y la consideraron: «Indemostrable y no corroborable».
Hasta cierto punto, su fama de mujeriego también aportaba a la leyenda de un carismático morocho de ojos verdes que se hacía tiempo para todo.
Pero el jefe máximo de la organización no se podía permitir ese volumen de irresponsabilidad que le atribuían.
El comunicado de Montoneros salvó las apariencias: nadie conocía «a la señorita Sileki» (sugerían que en verdad no existía) y Sabino estaba en esa
esquina «por razones de funcionamiento». Pero el episodio había terminado con la vida de dos oficiales rasos que no hicieron otra cosa que un control de rutina: ¿eran los enemigos de Montoneros? También eso se justificó:
«No luchamos contra la policía sino contra el imperialismo y la oligarquía que explota y entrega a nuestro pueblo. Pero toda vez que las fuerzas represivas, verdadera carne de cañón del sistema, se nos crucen en el camino, recibirán el mismo trato».
En una reunión con el resto de la conducción, tras analizar el panorama, se decidió que Navarro se mudaría temporariamente a Córdoba. Él llamó a su mujer y le pidió que lo encontrara en una plaza en Haedo. Le explicó que se ausentaría por un tiempo y ella no le preguntó nada más. Fue la última vez que vio a sus hijos.
El traslado se podía justificar por dos razones: la necesidad de alejarlo de Buenos Aires, donde las fuerzas de seguridad redoblarían los esfuerzos por encontrarlo —tenía pendiente, además, un pedido de captura en la causa por el secuestro y el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu— o la importancia de la tarea de reconstruir las redes de Montoneros, dañadas después de La Calera, en una provincia relevante para su historia.
Existe una tercera posibilidad. Navarro ya era conocido en la zona (había liderado una asamblea multitudinaria durante el Cordobazo) y la estructura que iba a recibirlo era muy precaria: la mudanza pudo haber sido también una sanción, si era cierto lo de Sileki.
En cualquier caso, Navarro se instaló en Córdoba. Llevaba un mes cuando tomó otra decisión torpe. Como había sucedido en la ocupación de La Calera, el nuevo jefe de una guerrilla que había sido capaz de ejecutar el Aramburazo a la perfección iba a cometer errores de principiante.
Necesitaba tres vehículos para un operativo en la capital provincial y le encargó a la célula que operaba en Río Cuarto los relevamientos de inteligencia para ir en persona a asaltar un estacionamiento.
Por su condición de líder estaba obligado a dar el ejemplo de valentía, pero siempre que el objetivo valiera la pena. No era el caso. «Puso la cabeza en una acción que no tenía mucha importancia», lo justificó Vaca Narvaja, porque el operativo sirvió para mandar un mensaje «a la interna, a los compañeros de la provincia, como para decir: “Vuelvan a salir a operar”».
El 22 de julio de 1971, Navarro y otros tres Montoneros se presentaron en el garaje Echeverría, maniataron al encargado, se llevaron una pickup Peugeot y otros dos autos, y salieron en caravana. Jorge Cottone, un estudiante de medicina de veintidós años que participaba de su primer operativo, avisó a sus compañeros que el auto que manejaba tenía poco combustible. Frenaron cerca de una estación de servicio; y durante la carga de nafta, notaron que la policía los perseguía.
El sereno se había desatado muy rápido de la cuerda con que Cottone, que había recibido un entrenamiento muy liviano, lo había amarrado; llamó a la policía y se subió a un patrullero que comenzó a recorrer la ruta de Río Cuarto a la ciudad de Córdoba. La camioneta recién robada que manejaba Cecilio Salguero recibió el impacto de los primeros tiros, y aunque sus compañeros frenaron brevemente en la banquina para asistirlo, fue el primero de los cuatro en caer, preso en su caso. Los otros tres se juntaron en un único auto, que abandonaron a los pocos kilómetros para internarse en las sierras. Caminaron por un cañadón paralelo a las vías del tren hasta la estación más cercana, Berrotarán. Ahí mismo la policía mató a Juan Antonio Díaz, el Negro, un delegado ferroviario de Río Cuarto y el único que conocía bien la zona.
Navarro y Cottone treparon una tapia y escaparon por los fondos de la cafetería de la estación. Robaron otro auto y avanzaron hasta Santa Rosa de Calamuchita, donde lo abandonaron. Antes de continuar, Navarro exigió un recuento de armas. Cottone cantó una 9 milímetros y dos cargadores; él iba mejor munido: tenía granadas y dos pistolas.
Les faltaban, sin embargo, los elementos que realmente iban a necesitar en la sierra: alimentos y ropa que los protegiera del frío. Era invierno y la temperatura bajaba mucho por la noche.
Sabino nunca había tenido que sobrevivir en una geografía así. A Cottone, criado en la provincia de Santa Fe, le sirvió de poco su experiencia de campamentos en las sierras, que solía hacer desde que se había mudado a Córdoba: casi enseguida cayó en un río y quedó con la ropa empapada.
Habría muerto de hipotermia si Navarro no hubiera dormido sobre él para darle calor.
Por el ruido de los helicópteros sabían que los seguían; desconocían, en cambio, que Montoneros también había puesto en marcha un operativo de rescate. Sus compañeros conocían su ubicación casi en tiempo real porque
habían infiltrado a la policía local y contaban con el apoyo del padre de Carlos Capuano Martínez, propietario de enormes campos en la zona.
También llegaron guerrilleros desde otras provincias: «Era una locura, una especie de éxodo. Todos querían ir a buscarlo al Negro a Córdoba», recordó Vaca Narvaja. «Pero estaba toda la policía rural, avisada con tiempo de sobra».
Al cabo de seis días, agotados, mal comidos y mal vestidos, Navarro y Cottone resolvieron bajar a Villa General Belgrano, en el valle de Calamuchita, un pueblo sacado de una postal de Baviera. Eran conscientes de que iban a correr un gran riesgo para abordar un micro a Córdoba, pero ya no tenían fuerzas para resistir en las sierras.
Ninguno de los dos supo el nombre verdadero del otro, pero al encontrarse en esa situación extrema se confiaron algunos secretos. Navarro se presentó como hijo y nieto de obreros y le preguntó a Cottone, un joven de clase media, qué lo había acercado a la guerrilla:
—¿Y vos por qué tenés conciencia de clase?
—Lo mío fue más por los libros —le respondió.
Sin revelarle que era el número uno de Montoneros, el Negro le advirtió:
—Yo vivo no voy a caer. Tengo toda la organización en la cabeza: muchos compañeros dependen de mí. Demasiados.
Cottone guardó silencio: sabía que no podía preguntar más. Escuchó una última consideración de Navarro:
—Es que no sé cuánta resistencia tengo a la tortura.
Entraron al pueblo, compraron los boletos (llevar algo de dinero en efectivo formaba parte de la seguridad básica) y subieron a un micro de TOA que hacía el recorrido Río Cuarto-Córdoba. Al cruzar el dique El Molino se toparon con un control policial. Cuando dos oficiales subieron al ómnibus para controlar la documentación de los pocos pasajeros, Navarro sacó su arma. Se produjo un tiroteo y los dos policías salieron heridos.
Bajaron todos los demás y en el micro solo quedaron Cottone y Navarro, herido también en un brazo. Llovía y era de noche.
Aunque sangraba mucho, el jefe de Montoneros se ubicó en el asiento del conductor y manejó por un camino de curvas muy cerradas, hasta que rozó con la pared de piedra, perdió el control y chocó con una montaña. Cottone lo ayudó a saltar por la ventanilla. Robaron el auto de una familia que se había acercado a ayudarlos creyendo que habían tenido un accidente,
avanzaron unos kilómetros y cuando Cottone creyó que se dirigían otra vez al monte a pie, Navarro se frenó.
—No puedo seguir más —le dijo—. Andate.
Cottone se negó: le pareció que se desangraba.
—No te voy a dejar. Me quedo con vos.
—Es una orden —la voz de Navarro sonó imperativa.
Solo le pidió, como quien confía su última voluntad, que contactara a sus hijos y les dijera que los quería mucho y que partía tranquilo porque no les faltarían salud ni educación de calidad: tal era su fe en que la revolución triunfaría.
Mientras se alejaba, Cottone creyó escuchar el sonido de dos disparos.
Al día siguiente unos policías lo detuvieron en el cañadón de un río. Dar con el cuerpo de Navarro, en cambio, les llevó un mes. Con la ayuda de un baqueano llegaron a una cueva, donde encontraron el cuerpo recostado sobre una piedra y con una pistola en la mano. El jefe del operativo ordenó que le cortaran las manos para cotejar las huellas dactilares con las que tenían en los archivos policiales: después de tamaña persecución, descartó demasiado rápido otros métodos que podrían haber evitado la mutilación del cuerpo.
La autopsia determinó que Navarro se había matado de un tiro en el corazón. Con toda probabilidad, el 28 de julio de 1971.
Según Vaca Narvaja, Navarro mostró en poco tiempo grandes virtudes para la conducción: «Un tipo muy calmo, muy sereno, transmisor de una gran seguridad, con un sentido común y un olfato político espectaculares».
Tanto lo admiró que llamó Sabino a uno de sus hijos. «De los jefes históricos, es uno de los que más se recuerda», dijo. «Está ahí, en un bronce imaginario».
Sentí extrañeza al leer tantos elogios en Sabino Navarro: pasión revolucionaria, un libro en tono de homenaje, muy rico en datos novedosos, que Justo Pereira publicó en 2012. Elogios de Vaca Narvaja y también de Perdía, los dirigentes que secundaron a Firmenich en la conducción.
Hablaban de su predecesor como fascinados.
Me sonó extraño porque Navarro asoma en la historia de Montoneros como una contrafigura de todos ellos y porque el camino inexorable de Navarro hacia la muerte temprana sigue rodeado de controversias.
En todo caso, así fue como el número dos de Montoneros, Mario Firmenich, llegó a la cúpula de la organización. Allí se quedó hasta su disolución.
También recordé una anécdota que él me había contado en el almuerzo en Sitges, en la que en el momento no había reparado.
Para exorcizar el miedo a la muerte en combate, los comandos operativos, que al principio llevaban los nombres de sus mártires históricos
—Comando Juan José Valle, Comando Camilo Torres—, comenzarían a adoptar los de sus propias víctimas a medida que las tuvieran. Jugaban a probar cómo sonaban «Comando Fernando Abal Medina» o «Comando Emilio Maza», y se reían.
—Bromeábamos. Carlos me dijo que no se podía imaginar comandos con los nombres de todos. Por alguna razón que no sabía explicar, me dijo que le sonaba raro un Comando Mario Firmenich —recordó el líder montonero, frente a su plato de pescado.
Ramus parece haber tenido razón: su gran amigo de la escuela perdió muchas cosas por la apuesta guerrillera, pero no la vida.
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