Aramburu
Día del Montonero
Cadáver de Gustavo Ramus, con la mano destrozada, frente a la pizzería La Rueda.
El sacerdote Carlos Mugica en un oficio fúnebre. Detrás, la bandera de Montoneros.
Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus en El Descamisado. Día del Montonero el 7 de septiembre.
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Buenos Aires, septiembre de 1970
La lírica de la juventud maravillosa era morir.
Tomás Abraham
Fernando Abal Medina sobrevivió catorce semanas a Aramburu.
El único jefe que le quedaba a Montoneros tras el entierro de Emilio Maza se apresuró hacia su muerte el lunes 7 de septiembre, cuando pocos minutos antes de las ocho de la noche ingresó a la pizzería La Rueda, en Potosí y Moctezuma, localidad bonaerense de William Morris.
Ninguno de sus compañeros había llegado aún y en el salón no había más que seis personas, dos mozos y el encargado del bar. Se ubicó en una mesa vacía junto a la ventana, de frente a la puerta como indicaba el protocolo de seguridad. Nadie lo tomaría desprevenido. Además tenía su pistola en una sobaquera debajo de la camisa. Carlos Ramus lo custodiaba desde la calle, armado también, desde un Peugeot 404, robado y con patente falsa, cargado de explosivos y con una ametralladora en el baúl. Mientras esperaba pidió un café.
Sabino Navarro también había llegado a la zona con custodia, como correspondía a su nueva jerarquía, número dos desde la muerte de Maza.
Carlos Capuano Martínez se encontraba en otro auto estacionado a doscientos metros. Se había alejado de Ramus para ofrecer, entre los dos, una mejor cobertura a los jefes. Abal había empezado a compartir responsabilidades de la conducción con Navarro, quien tras haberse integrado a Montoneros después del Aramburazo había escalado posiciones velozmente.
Navarro bajó del auto y caminó hasta la estación del ferrocarril San Martín, a tres cuadras de La Rueda. Esperó en el andén a Luis Rodeiro, también buscado por la policía, que llegaba desde una vivienda provisoria en San Telmo, a quien por precaución no le habían dado la ubicación exacta del bar. Abal Medina y Norma Arrostito le habían anticipado que iban a enviarlo a Salta, por su seguridad y para fortalecer la estructura de la organización en esa provincia. Bajó del tren más que ansioso por continuar aquella conversación.
Sabino y Rodeiro se sumaron a la mesa de Abal Medina, que pronto debían completar Arrostito y Mario Firmenich. Los recién llegados pidieron otros dos cafés, y el mozo alcanzó a llevar solo uno.
Un patrullero de la Policía Bonaerense había frenado en la puerta de La Rueda, y los cabos Rodolfo Caruso, Mario Bravo y Roque Hernández entraron con el agente Clemente Ríos. Todos, excepto uno, vestían de civil.
El encargado, que los conocía, los saludó mientras se acercaban a las pocas mesas ocupadas a pedir los documentos de identidad de los clientes.
Sabino y Abal Medina pasaron el control sin sobresaltos con sus papeles falsos, y también Rodeiro logró que no lo identificaran como prófugo. Pero el alivio les duró poco.
Apenas dos de los cuatro policías habían salido del bar, escucharon tiros que provenían de afuera. En la vereda, alrededor del auto donde esperaba Ramus.
Sin que mediara palabra, Ramus había comenzado a disparar al verlos.
Entre Abal Medina y Navarro hirieron a los dos policías que quedaban dentro del bar y salieron a la calle; metido dentro del auto, Ramus sacó una granada casera de la guantera e iba a arrojarla por la ventana cuando explotó en su mano derecha y se la arrancó. Los mozos, el encargado y el resto de los clientes, agazapados en la cocina, alcanzaron a escuchar aullidos de dolor.
Los dos policías, que se habían refugiado en una obra en construcción uno y detrás de un árbol otro, seguían respondiendo. En minutos los ventanales de cristal de La Rueda quedaron hechos trizas y el Peugeot 404, todo perforado por balas.
Ramus ya no se movía. Abal quedó tendido en el piso sobre un charco de sangre: una bala le había atravesado el pecho en la puerta de la pizzería.
Cuatro meses más tarde hubiera cumplido veinticuatro años.
Navarro disparó hasta que se quedó sin municiones; hirió al oficial que estaba detrás del árbol, recibió un impacto en la pierna y, aunque rengueaba, se metió en una casa, se trepó a los techos y logró escapar. Cuando estimó que todo estaba perdido, Capuano partió en el auto que manejaba.
Rodeiro, el único que no estaba armado, se había escondido detrás del mostrador. Lo llevaron a la Superintendencia de Coordinación Federal.
Durante el gobierno de Juan Domingo Perón, hasta el golpe de 1955, en ese mismo lugar había funcionado la Unidad Especial que perseguía a los opositores. Cambió de nombre con la dictadura de Juan Carlos Onganía y amplió sus funciones: comenzó a ser conocida como la Coordina e incorporó como práctica rutinaria la tortura. Rodeiro, como todos los Montoneros que caían presos, pasó por ahí.
«Cayeron en Hurlingham dos de los secuestradores de Aramburu», tituló Clarín al día siguiente en su portada. En una misma acción la policía había abatido a dos de los fundadores de Montoneros.
Los vecinos contaron que habían alcanzado a ver cerca a una mujer que podría haber sido Arrostito, en un auto con otro hombre, que podría haber sido Firmenich. O no: nunca se aclaró lo que hicieron esa noche, excepto llegar unos veinte minutos tarde, algo inverosímil dadas las medidas de seguridad que tomaban, lo cual evitó el descabezamiento casi completo de la organización. Arrostito no dio detalles en vida; Firmenich se negó a explicar. Si, en efecto, llegaron, probablemente escaparon de inmediato, mezclados entre los pasajeros del tren.
Josefa Mateika, la mujer de Navarro, llenó algunos huecos con su testimonio: ese día, su marido llegó al departamento de Núñez, donde se habían mudado con sus dos hijos, acompañado por Mario Firmenich. Tenía el pantalón ensangrentado; ella se puso a lavar las manchas y ellos salieron a buscar a Arrostito, que los esperó, destrozada por la muerte de Abal Medina, en la estación Saénz Peña del tren San Martín: había bajado cinco localidades después de William Morris. Volvieron los tres juntos. Luego se sumó Carlos Capuano y, dada la emergencia, Mateika accedió a que todos se quedaran allí hasta tener un mejor plan.
El espacio era tan acotado que iban a tener que dormir vestidos y evitar que las indiscreciones de Walter, el más charlatán de los dos chicos, los delataran con los vecinos. Mateika sufrió horrores mientras atendía al encuestador que llegó a su casa por el censo del año 1970: mientras mentía sobre la composición de su familia, tenía a los demás Montoneros buscados por la justicia escondidos en el placard. El niño, por fortuna, no dijo nada inconveniente.
La conducción había pasado a Navarro. Pero Firmenich, cuarto en la línea de mando, les marcaba los tiempos con una rutina bastante estricta: cada mañana tenían que hacer «orden cerrado»: gimnasia y karate para mantenerse en forma. Arrostito y Mateika practicaban por su cuenta desarme y armado de armas nueve milímetros. El presupuesto de gastos no podía exceder, por cada uno, el salario de un obrero industrial; habían calculado que les alcanzaba como máximo para cinco cigarrillos y medio vaso de vino al día. Nada nuevo para Navarro y su familia, que siempre
habían sufrido privaciones; pero Arrostito debió controlar cuánto fumaba para poder comprar el helado que tanto le gustaba.
Sobre aquella noche en William Morris ha perdurado otra incógnita: ¿por qué cayeron? ¿Acaso alguien los delató?
Lo primero que se dijo es que una llamada anónima había alertado a la policía sobre la presencia de Abal Medina y los demás en La Rueda. Según otra hipótesis, el encargado del bar los había identificado por la foto del afiche y los había denunciado. No sonaba descabellado: la ciudad estaba empapelada con sus rostros. Rodeiro nunca creyó en esas versiones: la Bonaerense —especuló— no hubiera enviado un patrullero con cuatro policías, sin respaldo alguno, para atrapar al hombre más buscado de la Argentina. Rodeiro consideró también la posibilidad de que hubieran actuado con premura por temor a que escaparan. Pero en cualquier caso la presencia de tres extraños en un bar de barrio, donde todos los vecinos se conocen, pudo haber despertado sospechas, reconoció.
Navarro se criticó a sí mismo. Admitió que había cometido traspiés, y errores muy serios; le contó a Carlos Hobert, integrante de su grupo original y parte de la conducción de Montoneros, que había quedado muy afectado cuando le tocó «pasar junto al cuerpo de Fernando» y luego por el coche donde se desangraba Ramus «sin poder hacer nada».
No habían aprendido de los traspiés de principiantes que habían cometido en La Calera. Que siete de los Montoneros más importantes, todos además buscados, se hubiesen reunido en un bar y sus inmediaciones sin un motivo que justificara semejante riesgo parecía casi más que un error: una obra de autodestrucción.
El llanto de María Iribarren de Ramus se escuchaba desde fuera de la cocina del departamento de Caballito, donde estaba cuando radio Colonia difundió la noticia del tiroteo en William Morris. A su hija Susana apenas logró decirle entre sollozos que, antes de escuchar los nombres, ella había sabido —por el vacío que se le metió en el cuerpo— que Carlos estaba entre los muertos.
Aturdida, la madre de Ramus aceptó el ofrecimiento de Juan Manuel Abal Medina de ir juntos a la morgue de Haedo, en el partido de Morón, donde estaban sus familiares. Aunque había perdido una mano, Ramus fue muy fácil de identificar; Abal, en cambio, tenía la cara dañada. Pero su hermano no tuvo dudas.
Juan Manuel se hizo cargo de los trámites para enterrarlos. Con la ayuda del abogado Eduardo Luis Duhalde consiguió los certificados de defunción en un par de días. Para decidir qué harían con el cuerpo de Fernando, armó una reunión familiar con su padre, Antonio Abal, y dos de sus otros hermanos: el mayor, un arquitecto de veintisiete años, también llamado Antonio, y Mario, estudiante de agronomía y, como su hermano muerto, militante de Acción Católica. Los otros dos hermanos, Pablo y María, no participaron porque eran chicos, aún iban a la escuela.
Los cuatro Abal Medina comprendían el valor simbólico de los caídos en William Morris, elevados a la categoría de mártires por la resistencia peronista. Celebrar sus vidas y reivindicar sus acciones implicaba, de algún modo, justificar el asesinato de Aramburu. Era delicado.
Al consultar con personas del nacionalismo católico y con dirigentes peronistas de izquierda, Juan Manuel encontró el aliento necesario para hablar en público en nombre de la familia. Acordó con el padre y los hermanos que él escribiría un texto para el entierro, que los demás revisarían antes de que él lo leyera.
La despedida de los restos de Fernando Abal Medina comenzó en la casa familiar, en Montserrat, donde todavía guardaban las cosas que había dejado al mudarse. Los empleados de la funeraria Tacuarí ubicaron el ataúd, cerrado, en un salón pequeño contiguo al living, y por allí pasaron amigos y conocidos de diversas ideologías: nacionalistas católicos, peronistas de derecha y de izquierda, simpatizantes de Montoneros. El velorio continuó en la Parroquia San Francisco Solano, en una de las zonas más pobres del sur de la ciudad, entre Flores y Villa Luro; cuando llegó el auto de la cochería para el traslado, todos cantaron el himno argentino: lo tenían en común por encima de sus diferencias.
El cura Carlos Mugica había propuesto que se hiciera un funeral conjunto para los dos caídos; tenía afecto por ambos: había guiado a Ramus en el secundario y también había frecuentado a Abal. Abrir las puertas del templo a los asesinos de Aramburu fue un acto de insubordinación de los párrocos tercermundistas Rodolfo Ricciardelli y Jorge Vernazza. El cardenal Antonio Caggiano, a quien ellos debían responder, se había resistido a que Ramus y Abal Medina fueran sepultados como cristianos en esa parroquia, o en cualquier otra de la ciudad.
El arzobispo de Buenos Aires no había hecho caso alguno a la carta que le dirigió Montoneros para pedirle que revisara su postura sobre el crimen de Aramburu. Lo había calificado como «una flagrante transgresión de la doctrina evangélica que, lejos de pregonar la violencia, inculca la fuerza del amor». Pero no pudo hacer valer su jerarquía: los curas que se habían mudado a las villas y simpatizaban con los revolucionarios de izquierda escapaban a su control.
Dentro del templo, un ambiente de paredes blancas, pisos de baldosas y bancos de madera sin lustre, los ataúdes de Abal Medina y de Ramus quedaron uno al lado del otro sin otra decoración que dos candelabros con sus velas encendidas, un crucifijo y una imagen de San Francisco de Asís, el santo italiano que había elegido vivir en la pobreza a pesar de ser hijo de un comerciante rico. Frente a ellos había una mesa tapada con un mantel blanco —el púlpito— y un cuadro que en el contexto se destacaba como una proclama poderosa: la representación del fusilamiento del caudillo Manuel Dorrego y el texto «Los liberales pueden estar contentos, han matado al más valiente».
Los Montoneros que se acercaron al servicio fúnebre no podían sentirse más representados: como Firmenich, los que se habían formado en la corriente del revisionismo histórico sostenían que con la ejecución de Dorrego se había inaugurado en Argentina la tradición de matar al adversario político. Visto desde esa perspectiva, el crimen de Aramburu no desentonaba: el bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo en un ataque contra Perón, el fusilamiento de Juan José Valle y las ejecuciones clandestinas en José León Suarez habían sembrado la violencia en la vida política argentina. Con el peronismo proscripto, ellos representaban la reacción inevitable a tanta violencia.
Hernán Benítez compartía esa visión: «Estos guerrilleros de misa dominical, que juzgaron y condenaron a Aramburu, no conocieron por dentro al peronismo. Conocieron por dentro al antiperonismo», dijo. El confesor de Eva Perón enfatizó: «Dieron sus vidas, con acierto o con error, para que en el mundo no hubiera más sed ni hambre».
Cuando le tocó hablar, Mugica recordó el viaje al norte del país con los estudiantes católicos, la conmoción de Ramus ante la miseria de los hacheros. El cura nunca avaló abiertamente, ni condenó, la lucha armada.
Su frase más citada sobre el tema —«estoy dispuesto a morir por el pueblo, pero no estoy dispuesto a matar»— es posterior, del año 1974. En la
despedida de los jóvenes guerrilleros habló en general del ejemplo de Jesús y pidió perdón por la violencia en Argentina.
«Te pido Señor que los lleves contigo a la vida eterna, que ellos no hayan muerto en vano», dijo. «Sino que nosotros, impulsados por el amor a ti y el deseo de glorificarte, Señor, no con las palabras sino con las obras, luchemos por la justicia, por la fraternidad. Para que en toda nuestra patria, sin explotación y sin marginación de nuestros hermanos —los pequeños, los pobres, los humildes— podamos construir una Patria Grande».
Aunque los curas Mugica y Benítez midieron sus palabras, al día siguiente los detuvieron por apología del delito e instigación a la violencia.
Algunos medios les habían atribuido frases de apoyo explícito al crimen de los Montonero que jamás pronunciaron. Pasarían diez días presos y un mes sin poder oficiar misa: también a ellos los castigó Caggiano.
Un enjambre de fotógrafos y periodistas, que venía siguiendo las ceremonias de la despedida desde la casa de los Abal Medina, esperó en la puerta de la parroquia y avanzó junto a los ataúdes hacia el cementerio de Chacarita.
El operativo de seguridad, a cargo del comisario Mario Sandoval, se dividió en dos, como los cortejos: uno para cada muerto. Apenas habían avanzado cuando Sandoval recibió la orden de frenarlos. Si querían seguir, debían quitar las banderas argentinas que cubrían los féretros: que una guerrilla usara el máximo símbolo patrio era una ofensa inadmisible para el gobierno. Montoneros había adoptado una tradición de las Fuerzas Armadas: la de velar, como los militares, a los caídos en defensa de la Patria —los suyos— envueltos en la bandera nacional.
Juan Manuel conocía a Sandoval. Los militares solían asignar a cada espacio político una suerte de enlace con el Ministerio del Interior, a la vez un interlocutor y un espía; como a ese mismo comisario le había tocado el nacionalismo católico, había frecuentado la redacción de Azul y Blanco.
Conversaron a solas, y los asistentes notaron que hablaban con cierta confianza; luego Juan Manuel dijo algo al oído de su padre y se acercó a la familia Ramus. Al cabo de esas consultas aceptaron continuar sin las banderas.
Para la despedida final, en el cementerio de la Chacarita, los grupos se dividieron en el cementerio tan enorme que parece una ciudad dentro de la ciudad. Los Abal Medina llegaron hasta una tumba en la tierra que habían conseguido de apuro: nunca habían pensado que tuvieran que sepultar a
alguien tan joven. Fernando había muerto con veintitrés años; Carlos, con veintidós.
En esa última ceremonia Juan Manuel sacó un papel del bolsillo y leyó pausadamente:
No vengo con una oratoria de circunstancias, de aquellas que pretenden escamotear la muerte, o eludirla con un florón literario. No hablo, por eso, ni como amigo ni como hermano: antes bien, como camarada. En vez de acogerme al derecho del consuelo, vengo a recordar el deber que nace de lo irrevocable.
Han caído dos adelantados de una Patria en marcha, de esa Patria que alguna vez pudimos imaginar naciendo con banderas alegres y cánticos marciales, y que ahora sabemos solo se gana en una ardua milicia de entrega total y sacrificio absoluto, aun al precio del escarnio o de la difamación.
Por eso no exigiré obligaciones a otros, a los enterrados en esta maquinaria de doblamiento y humillación que nos abruma. Hablaré, tan solo, del único deber que nos convoca: una guerra justa por la tierra carnal.
Y recordemos que una muerte no se agota sino cuando las causas que llevaron a enfrentarla son para siempre barridas.
Frente a la Argentina melancólica de ahora, estos coperos Montoneros de la ciudad terrena que han alcanzado ya la Ciudad Celeste representan la Argentina prometida, que Dios quiso que naciera al amor de su coraje y de su silencio.
Después de los aplausos sonó un grito de despedida:
—¡Viva Perón!
—¡Viva!
La conducción de Montoneros, desmembrada y ausente, seguía pensando en la historia. A la genealogía de sucesos para ellos relevantes agregaron uno: el 7 de septiembre, día en que cayeron en combate Abal Medina y Ramus, se convirtió en el Día del Montonero.
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