Aramburu
El primer mártir
Emilio Maza, con uniforme del Liceo Militar.
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Argentina, julio de 1970
Con su cooperación, el cura Alberto Carbone pretendió mostrar que no tenía nada que ocultar, que su relación con Mario Firmenich no era distinta de la que tenía con otros jóvenes que había conocido en la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y que no tenía idea de qué era Montoneros. Su biblioteca no lo ayudó: rebosaba de materiales de los sacerdotes tercermundistas. No le creyeron que los debates que había generado el Concilio Vaticano II lo obligaban a estar actualizado por su misión pastoral.
Quedó incomunicado en una celda de la Sección Robos y Hurtos de la Jefatura de la Policía Federal, detenido a disposición del Poder Ejecutivo.
En igual situación se encontraban Ana María Portnoy, Maguid y Nélida Arrostito. La investigación formal estaba en manos del juez De los Santos, pero el presidente Roberto Levingston había creado una Comisión Coordinadora con atribuciones amplias y discrecionales, que funcionó incluso al margen de la ley.
Con todo, la tortura —de los cinco detenidos, solo Carbone no la denunció ante el magistrado— había rendido beneficios a las autoridades: gracias a esas confesiones arrancadas los policías sabían a quiénes buscar.
En el afiche con que la Policía Federal pidió la colaboración de los argentinos en la captura de los Montoneros que mataron a Pedro Eugenio Aramburu faltaba el signo de exclamación que debía abrir la orden
«Denúncielos», pero sobraba información sobre Norma Arrostito, Mario Eduardo Firmenich y Fernando Abal Medina, tres de los guerrilleros que quedaban prófugos por el secuestro y el asesinato del militar: estaban sus fotos, sus alias, sus edades, sus características físicas y hasta sus números de documento.
Aunque con veintitrés años no era el más joven, de Abal llamaba la atención el contraste entre su rostro aniñado y su gran altura: 1,85 metros.
El epígrafe destacaba además que era delgado.
De Firmenich —veintidós años y 1,66 metros— se destacaban la espalda derecha, el gesto adusto, la boca apretada y la mandíbula hacia fuera, que le daba forma de hocico en la parte inferior de la cara.
De Arrostito, los datos más llamativos para la época eran el género, la edad y su estado civil: con treinta años y el pelo castaño que le tocaba el hombro, lucía mayor que sus compañeros; una mujer casada (según el
registro civil, que no tenía en cuenta el divorcio de su primer marido) metida en cosas de hombres.
Ella era la única desconocida en medios católicos, destacaron los medios.
A Abal Medina lo presentaban como un «exótico nacionalista de izquierda»; recordaron que, junto con Firmenich, había irrumpido en la Catedral con el Comando Camilo Torres de Juan García Elorrio.
De García Elorrio no se decía más. Había muerto antes del Aramburazo, en enero de 1970, atropellado en la esquina de Bulnes y Las Heras, en Buenos Aires. La revista Cristianismo y Revolución, que lo sobrevivió un tiempo por el esfuerzo de su viuda, Casiana Ahumada, habló de «la dudosa muerte de García Elorrio». Ahumada nunca quedó convencida de que hubiera sido accidental: él había sido amenazado días antes. El día en que perdió la vida, con treinta y un años, llevaba una carpeta con documentos sobre torturas a los Tupamaros en el Uruguay, que desapareció.
Un segundo afiche, con el que la policía empapeló la ciudad de Buenos Aires y alrededores, sumaba otras dos fotos: de Carlos Gustavo Ramus (veintidós años, estudiante) y de Carlos Capuano Martínez (veintiún años, también estudiante). «Se requiere la captura de», anunciaba el cartel con la información de los cinco prófugos: los hombres, de saco y corbata; de Arrostito una imagen distinta, con el pelo corto en la nuca y el flequillo largo que le cubría toda la frente. Un dato se reiteraba: de dos decía que eran argentinos y de cutis blanco.
El perfil de los discípulos de García Elorrio que se encontraban prófugos seguía generando confusión. Como la prensa decía que Abal tenía influencias del marxismo, los jóvenes de la Acción Católica aclararon en un comunicado: «Fernando Luis no es marxista ni comunista, sino una persona de clara militancia católica que pertenece a una familia que se destaca por su actuación constante en instituciones apostólicas y en especial en la Acción Católica Argentina».
La pureza parecía importarles más que el hecho de que Fernando Luis era buscado por un asesinato.
Para que no quedaran dudas, Juan Manuel Abal Medina, uno de los seis hermanos de Fernando, se detuvo a dialogar con un grupo de periodistas que se cruzó en la puerta de una comisaría:
—¿Usted sabía en qué andaba?
—Somos muchos hermanos… pero tengo que hacerle una aclaración.
—Cómo no… ¿cuál es?
—Se ha dicho que mi hermano es izquierdista, lo cual no es cierto: la calificación ideológica es nacionalista católico.
Respondió esas dos preguntas y se disculpó: ya no podía seguir hablando.
Nadie sabía dónde se escondían los prófugos.
Sabino Navarro y Firmenich se habían preocupado porque Maguid conocía la ubicación de la quinta en González Catán. Apenas supieron que lo habían detenido, corrieron el riesgo de ir hasta La Matanza. Querían borrar las huellas de Juan Carlos Falaschi —ni siquiera le habían pedido permiso para usar su quinta en algo tan delicado—, aunque era una tarea imposible: la propiedad figuraba a su nombre.
Los Montoneros volvían a cometer el mismo error una y otra vez: perdían de vista la importancia de los papeles y de los bienes en los que figuraban sus identidades verdaderas. Navarro no lo recordaba, pero en la quinta había quedado una factura a su nombre, de una heladera comprada en cuotas con Carlos Hobert de garante. Así el allanamiento brindó tres nombres a la policía.
Carlos Amorín, miembro original del grupo de Navarro, recordó esa expedición apresurada a González Catán: «Improvisamos un operativo que consistía en atravesar un riacho, los jardines de viviendas linderas y un pequeño bosque». Navarro, Firmenich, él y Tato Lafleur. «Avanzamos en fila india, separados por unos metros y ocultándonos detrás de árboles. Iba el Negro al frente y cerraba Firmenich, con una granada en la mano por si nos sorprendía la policía», escribió.
El operativo se frustró —según Amorín— cuando Navarro giró hacia sus compañeros y con su susurro, pero en el tono más vehemente posible, dijo:
«Hay cana por todos lados».
Maza e Ignacio Vélez permanecían incomunicados en el Hospital San Roque, en el centro de Córdoba. El juez a cargo de la causa, Raúl de los Santos, había ordenado que los alojaran en la misma habitación, con custodia las veinticuatro horas, aunque ninguno de los dos estaba en condiciones de escapar. Tampoco podían ser interrogados.
El pronóstico de Vélez no era optimista: un balazo le había atravesado la arteria femoral. La situación de Maza era aún más desesperante: una bala le había recorrido el páncreas, el hígado y el estómago, además de dañarle un pulmón. Seguía inconsciente.
El director del hospital, Enrique Nores Martínez, los protegía: por esos lazos que se tejían en la alta sociedad cordobesa, veraneaba en casas enfrentadas con los Vélez Carreras en Villa Allende y había visto crecer a Ignacio. Su opinión médica impidió que fuese interrogado y trasladado a la ciudad de Buenos Aires, donde querían someterlo a una ronda de reconocimiento con la viuda de Aramburu. Nores permitió también que Polo Martínez Agüero —que era su sobrino y trabajaba en el hospital, aunque no formaba parte del equipo que trataba a los detenidos— accediera a verlo.
Mientras simulaba que le tomaba la temperatura, el joven médico que había montado guardia en la ruta durante la toma de La Calera, le susurró al oído:
—¿Querés pasar algún mensaje?
—¿Y los demás? —le preguntó Vélez, al reconocerlo.
Martínez Agüero procuró transmitirle tranquilidad.
A Nores le llamó la atención el interés de su sobrino por los heridos.
Compartió su sospecha con María Ángela Carreras Allende, que pasaba los días angustiada en el hospital.
—Marela, me parece que Guillermito está de compañero con tu hijo…
Marela conocía a Polo, el hijo de su amiga Mareli Agüero. Al día siguiente, la madre de Vélez demoró la visita a su hijo para esperarlo en la parada del micro: le advirtió que no fuera al hospital; aunque su tío tuviera la intención de protegerlo, corría el riesgo de que lo detuvieran.
Maza agonizó una semana en el Hospital San Roque. Durante esos días, Vélez Carreras le tomaba la mano, extendiendo el brazo desde su cama hasta la de su amigo. El Gordo nunca pudo devolverle siquiera una señal. El 8 de julio, a una semana de la toma, Vélez despertó y notó que la cama contigua estaba vacía. Se largó a llorar desolado.
Eloísa Funes, la mamá de Maza, encontró consuelo en las palabras de otro médico del hospital que simpatizaba con Montoneros:
—Su hijo murió como mueren los hombres valientes, como mueren los cristianos.
De los Santos ordenó el traslado del cuerpo de Maza a Buenos Aires, en un avión de la Fuerza Aérea. En la morgue porteña le quitaron la bata del hospital y, sin más escrúpulos, lo vistieron con un uniforme militar y una gorra para ayudar a su identificación. Así fue trasladado al cuartel general
de Bomberos, en Belgrano 1547, para que la viuda de Aramburu no tuviera que visitar el depósito de cadáveres. Sara Herrera no estaba segura.
—Tiene un gran parecido —dijo—. Pero no sé si es la misma persona…
Tiene una gran palidez, pero tal vez eso es solo porque está muerto.
El acta que le acercaron para firmar decía que lo había «reconocido plenamente»; pidió que la enmendaran. Ella retenía la impresión de que los secuestradores rondaban los treinta años y ese muerto era un muchacho bastante más joven.
Al igual que su hijo y los amigos de su marido, veía demasiados motivos para desconfiar de la versión oficial que se empezaba a construir.
¿Realmente les querían hacer creer que esos jóvenes de clase media, que se habían comportado de manera tan torpe en La Calera, podían ser los responsables —¡y los únicos!— de un crimen político de la magnitud del asesinato de un exmandatario?
El capitán Molinari lo había expresado con todas las palabras: «¿Cómo se puede creer que Maza es culpable si nunca declaró, porque estaba en coma?
Desde Adán todos sabemos que a los muertos se les achacan crímenes o se los llena de virtudes». Los allegados a Aramburu insistían: querían saber por qué Francisco Imaz había prohibido el empleo de la palabra secuestro y por qué Onganía había ordenado, personalmente, que se le restara importancia.
La familia de Maza resolvió enterrarlo en la tumba familiar del cementerio de San Jerónimo, el más tradicional de Córdoba. Más de tres mil personas, de distintas agrupaciones peronistas, acudieron a despedir «al primer muerto heroico de la Organización Montoneros». El mismísimo Juan Domingo Perón envió una corona de flores: su nombre hacía que se destacara entre todas.
Colocaron una bandera argentina sobre el ataúd y cantaron el himno nacional, y a continuación la marcha peronista, que seguía prohibida. La policía observó el desafío a la distancia. La tensión recargó la actitud de los militantes, que cantaron por primera vez la consigna que sería una de las más populares en los años siguientes:
¡Duro, duro, duro!
¡Vivan los Montoneros
que mataron a Aramburu!
Entonces, sí, comenzó la represión. Que agregó un final inolvidable a la ceremonia de un entierro que en sí había sido memorable: el primero de un jefe montonero.
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