Aramburu

Maria O'Donnell · Capítulo 26 de 30

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Aramburu

El quinto hombre

«Cómo murió Aramburu». Relato en La Causa Peronista, septiembre de 1974.

Gente anuncia prematuramente la muerte de Norma Arrostito, diciembre de 1976.

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Buenos Aires, marzo de 2020

Nadie ni nada pudo nunca disputar la versión que Mario Firmenich instauró como precepto sobre las horas finales de Pedro Eugenio Aramburu en La Celma. No quedaron fotos, ni la cinta con la grabación del juicio, ni los escritos del general en cautiverio ni otra clase de documento o registro. Y

no hay, que se conozca, otro testigo del crimen.

Solo Firmenich posee la memoria de la experiencia directa y la administra de manera muy restrictiva. Congeló su relato hace décadas, en lo dicho en el reportaje con La Causa Peronista de 1974; nunca más agregó nada relevante.

El problema es que su voluntad de imponer un relato canónico ha tolerado muy mal la prueba del paso del tiempo: en cincuenta años solo se han acumulado dudas y evidencias de que todavía oculta y manipula datos, con los que esconde otros secretos.

El periodista Ricardo Grassi, uno de los autores de la nota que ayudó a construir la narrativa oficial, emprendió hace pocos años la tarea de revisarla.

Había encontrado desafíos inesperados en su profesión. Llevaba décadas viviendo entre Roma y Kabul. Había sido jefe de redacción de la agencia de noticias Inter Press Service y a partir de 2003 empezó a vivir largas temporadas en la capital de Afganistán, donde fundó nuevos medios con proyectos de cooperación internacional. Pero igual sentía que su pasado en la Argentina le debía algunas respuestas.

Antes de partir al exilio, había sido director de El Descamisado, una revista financiada por Montoneros que tomó el nombre de una organización guerrillera, que no siguió el modelo de la prensa militante tradicional y resultó un éxito de ventas. No sobrevivió a la censura del gobierno de Isabel Perón, pero con el mismo equipo periodístico y el mismo apoyo económico, y con la novedad de Rodolfo Galimberti como director editorial, llegó a publicar otros nueve números bajo el nombre La Causa Peronista, que también editó Grassi; el último sería el que tenía en la tapa el reportaje

«Cómo murió Aramburu».

Él nunca dudó de la autoría material e intelectual de Montoneros a la manera del entorno de Aramburu, no estaban ahí depositados sus interrogantes. Sus dudas giraban alrededor de la consistencia del relato de

Firmenich: en el testimonio que él mismo recogió detectó «evidentes omisiones y posibles tergiversaciones que reclaman respuestas».

Para empezar, la escena del final: cuanto más la repasaba, menos verosímil le parecía la descripción que había hecho Firmenich de Fernando Abal Medina en el sótano de La Celma con Aramburu, ese relato que los ubicaba solos en el instante final de la vida del general.

Una única pregunta, que le parecía demasiado obvia, abría el interrogante principal: lo Montoneros estaban a punto de ejecutar el crimen que les daría notoriedad, con el que se presentarían ante los argentinos, a la vez que entrarían en su historia, ¿e iban a dejar al jefe máximo solo con el secuestrado, aislados en una habitación bajo tierra?

—Siempre tiene que haber algún testigo —me dijo Grassi mientras tomábamos un café, en uno de sus frecuentes viajes a Buenos Aires.

Las dudas le habían dado el impulso para escribir un libro, El Descamisado. Periodismo sin aliento, que publicó en 2015. Lo primero que intentó fue recurrir a la fuente original, pero rápidamente se encontró en un callejón sin salida: Firmenich ignoró sus correos electrónicos. La determinación del jefe montonero de no cooperar tampoco flaqueó entonces.

En agosto de 1974 se había encontrado con Firmenich en una casona de Belgrano R. Como era costumbre, para maximizar su seguridad personal, el dirigente montonero llegó último. Grassi lo esperó con otros jefes de La Causa Peronista —Enrique Jarito Walker, el Yaya Juan José Ascone y Jorge Lewinger— en la casa del padre de Cristina Verrier, la mujer de Dardo Cabo, y otro exdirector de El Descamisado, quien también se sumó a la charla que transcurrió en dos tardes.

Habían acordado que la nota se publicaría en la semana del 7 de septiembre. Para el Día del Montonero, Firmenich y Norma Arrostito, a quien iban a entrevistar por separado, revelarían por primera vez detalles desconocidos del Aramburazo.

Firmenich posiblemente pidió leer el texto antes de que entrara a la imprenta.

—Lewinger se lo debe haber llevado, porque él era el nexo. Igual no tocó nada —especuló Grassi.

Cuatro años después de que ocurriera el crimen, el relato sería en sí mismo un acto de reivindicación, un hecho político de magnitud, un acto

desafiante: con la herencia política de Juan Domingo y Eva Perón en disputa y la competencia desatada entre organizaciones guerrilleras, Montoneros les iba a recordar a todos de dónde venían ellos, la épica de su origen. Sería, también, un riesgo para quienes lo iban a publicar, pero eso a Grassi en el momento no le preocupó.

—Era un notón y vivíamos muy acelerados. No me quedaba mucho resto para pensar en el futuro… ¡Yo ni sabía cuántos días más iba a vivir!

Aun en ese contexto, que el jefe montonero encarara su reseña como un ingeniero frente a un problema de cálculo le causó impresión. «Sin humanidad», describió Grassi. Más allá de las valoraciones de cada quien sobre Aramburu, contaba la historia de un hombre indefenso y cautivo a punto de ser ejecutado. A medida que recorrían los detalles, la narración se fue volviendo, para su gusto, «excesivamente cruel».

El encuentro con Arrostito, al que acudió con Ascone, le dejó a Grassi una sensación distinta. Aunque parte de la logística fue similar —ella llegó última a la cita, en un bar de la calle Lima—, Arrostito empleó un tono que

«emanaba tristeza». Con ella saltearon el tramo más escabroso: según la historia que les contaron, Arrostito no fue parte del grupo que llevó a Aramburu a La Celma; solo podía darles de primera mano detalles vinculados al operativo del secuestro.

Elegir el estilo de la crónica que iban a escribir resultó un desafío para el equipo de La Causa Peronista. Ese magnicidio despertaba la simpatía de sus lectores, pero transformar el artículo en una oda a la venganza entrañaba un peligro: si Aramburu no iba a ser un héroe, no podían ellos arriesgarse a convertirlo en un mártir. Grassi optó por un lenguaje austero y aquel título

«Cómo murió Aramburu», que eludía caracterizar al crimen como tal.

—Quise que fuera seco de manera deliberada —me dijo.

La última vez tomamos un café, en un Starbucks que antes había sido una linda confitería cerca de Plaza Güemes, nos quedamos dando vueltas alrededor de ese relato, aparentemente tan preciso, que Firmenich había ofrecido en agosto de 1974. A los dos nos interesaban los huecos que, en boca de alguien que toda la vida se jactó de tener una memoria prodigiosa, parecían gritar que había algo escondido.

Repasamos la secuencia final:

Abal Medina le anuncia a Aramburu que el tribunal lo condenó a muerte y lo deja solo durante media hora;

regresa, le sujeta las manos por la espalda con una cuerda; antes de ponerse de pie, Aramburu pide que le aten los cordones de los zapatos; se los atan;

como tenía la barba crecida, Aramburu pide instrumentos para afeitarse, pero se los niegan por no disponer de ellos; Aramburu pide un confesor; si bien esa solicitud toca la fibra de los Montoneros, tan católicos, tampoco pueden acceder porque no sería razonable llevar a un cura a La Celma en esa situación; le presentan la excusa de que las rutas estaban muy controladas;

Aramburu se inquieta y les pregunta qué van a hacer con su cadáver y con su familia, si ni siquiera pueden llevarle un confesor; le informan que Montoneros no tiene otras cuentas pendientes con su familia, que le harán llegar sus objetos personales (se deduce que le ocultaron los planes de guardar su cadáver para exigir cambiarlo por el de Eva Perón);

le piden que se ponga de pie y que camine: le indican la escalera para que baje;

«Ah… Me van a matar en el sótano», dice Aramburu;

le colocan un pañuelo con una media en la boca y le vendan los ojos; finalmente lo apoyan contra la pared;

Carlos Ramus se va de la escena: por ser el dueño de casa, le toca distraer al casero;

también sale Firmenich, otro conocido en la zona por su amistad con Ramus: lo mandan a hacer ruido con una morsa para disimular las balas;

aunque tenía la boca tapada, Aramburu pronuncia la palabra «proceda»

con claridad suficiente como para ser entendido (si Firmenich no estaba ahí, se presume que es algo que le habrá contado después a él Abal Medina).

Y el final: «Fernando disparó la pistola 9 milímetros, al pecho.

Después hubo dos tiros de gracia con esa misma pistola, y luego uno más con un arma calibre 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el pozo en el que íbamos a enterrarlo».

El relato, como apuntó Grassi, se ponía «cada vez más descarnado» a medida que avanzaba, pero también más dudoso.

Firmenich no mencionó a nadie más que a Abal Medina como autor material del crimen. Pero agregó que «hubo dos tiros de gracia» y lo dijo de una manera tan vaga que no le asignó a nadie en particular la acción de haberlos disparado. Además añadió algo que la autopsia no pudo precisar: que hubo dos armas asesinas, de distinto calibre. Entonces: ¿la misma persona usó dos pistolas diferentes? La frase completa es tan confusa que podría llevar a pensar que fueron cuatro los tiros, cuando los forenses comprobaron que solo tres impactaron en el cuerpo de Aramburu.

Además: en toda la quinta donde un grupo clandestino, al que buscaban todas las fuerzas de seguridad del país, donde se retenía secuestrado a un ex presidente militar, ¿no había más que tres montoneros? Firmenich, creando un batifondo; Ramus, entreteniendo al Vasco Acebal; Abal, ejecutando a Aramburu.

Alguien más debía estar ahí. Es más difícil afirmar cuántos y quiénes, sin embargo.

El propio Firmenich introdujo en el relato de La Causa Peronista a un cuarto hombre que dejó sin identificar, en al menos dos momentos: cuando mencionó a un «compañero» al que se veía «la metra», en el momento de bajar del auto y a otro que participó de las jornadas del juicio revolucionario. Pero ese joven desapareció en el momento clave. Y el jefe montonero nunca lo mencionó con nombre y apellido.

—¿Quién era ese cuarto personaje?

—Tuvo que ser Emilio Maza —concluyó Grassi.

Por la propia lógica de Montoneros —razonó— no pudo estar ausente: tenía la misma jerarquía que Abal Medina, los dos eran jefes y los jefes encaraban las tareas más relevantes. Según la narrativa, los dos habían subido juntos al departamento de Aramburu y se lo habían llevado; no obstante, y sin una explicación razonable, Firmenich aseguró que, cuando cambiaron los autos en las cercanías de la Facultad de Derecho, Maza tomó el suyo y se quedó en Buenos Aires. En La Celma nunca lo mencionó.

Ante las imprecisiones que lo preocupaban, Grassi salió a perseguir un dato suelto que durante años había circulado entre ex montoneros: otra persona, además de Maza, había sido partícipe del crimen. «La teoría del quinto», de la que algunos hablaban como en clave. «Yo seguí la pista

porque estaba convencido de que nada se hace sin testigos. De eso no tengo ninguna duda», me contó.

Según escribió Grassi en su libro, él buscó y encontró al quinto. Para su sorpresa, resultó que se conocían de las viejas épocas. Hablaron a condición de que no revelara el nombre ni la residencia de ese testigo oculto. Grassi lo apodó El Otro y dijo que era una persona «del mismo nivel» que Firmenich dentro de la organización, entonces sin cargo jerárquico. El Otro le confirmó que Maza era el cuarto hombre oculto en el relato de Firmenich y estuvo en condiciones de darle más detalles: dijo que él también estuvo en el sótano, con Aramburu y Abal Medina.

Con ese testimonio, Grassi modificó la escena final.

En esta nueva versión, Abal disparó y quedó abrumado: «Nunca antes había matado, y su bautismo de sangre fue el peor imaginable». Apoyó contra la pared el brazo doblado y dejó caer su cabeza; se quedó como petrificado. «Era muy religioso y sintió mucho haberlo matado», escribió Grassi. Por fin Abal reaccionó y le pidió al Otro que se quedara ahí mientras él subía a buscar a Maza (ahora sí, presente en La Celma). Cuando bajó, el Gordo buscó el pulso en la muñeca de Aramburu, como le habían enseñado en la facultad de Medicina. Descubrió que el militar seguía vivo.

Entonces sacó con su pistola 45, y ante la mirada de Abal y el Otro le disparó dos tiros más. Volvió a buscar una señal de vida y comprobó que, esa vez sí, Aramburu había muerto. Sin más, se fue.

«En sentido estricto, no fue Abal quien lo mató. O no fue el único, según quise y pude saber treinta y seis años después», concluyó Grassi en su texto.

Su investigación no lo satisfizo del todo. Pudo dar por resuelto el misterio de la teoría del quinto, pero le quedó otro sin dilucidar:

—Nunca entendí por qué Firmenich ocultó a Maza. Es la gran duda que me queda —me dijo.

Por mi parte hice un recorrido propio. Le trasladé las dudas a Vélez Carreras, a quien la teoría del quinto nunca terminó de cerrarle: él, que estuvo desde el comienzo y creía conocer a todos, no imaginaba quién podía llegar a ser. En cambio, tenía una convicción sobre el cuarto: si alguien más estuvo en La Celma en el tramo final, solo pudo haber sido su amigo Maza:

—El único sería el Gordo —razonó.

—Si fuera así, ¿por qué razón lo ocultaría Firmenich?

—Porque ha hecho de él una construcción como heredero directo de Abal Medina, como si fuesen el hermano mayor y el menor. Es lo único que se me ocurre.

En esa construcción, Abal Medina como único protagonista jugaría el papel del héroe propio: venía de la célula porteña, a la que también pertenecían Firmenich y Arrostito, tenían una historia en común; ignorar a Maza, cuando ya había muerto y no podía confrontarlo, le quitaría importancia a la célula cordobesa, de la cual había surgido la disidencia de Los Sabinos. Esa hipótesis cuaja con la línea de tiempo: los cordobeses rompieron con Montoneros antes de que se conociera el relato de La Causa Peronista.

También Juan Amorín, parte del grupo original de Navarro, acusó a Firmenich de haber acomodado el relato para que nadie la hiciera sombra.

Para Amorín, detrás de la cuarta persona había ocultado a Sabino Navarro; pero la cronología de los hechos debilitó su hipótesis: toda la evidencia indica que Navarro se integró plenamente a Montoneros después del asesinato de Aramburu.

Las conjeturas parecían multiplicarse cuanto más buscaba. Y todas revelaban la misma desconfianza que el relato de Firmenich ha despertado también entre algunos ex guerrilleros.

Durante el almuerzo en Sitges llegué a mencionarle la teoría del quinto hombre. No hizo esfuerzos por desestimarla: al contrario, como si le diera placer la intriga que provocaba, Firmenich me dejó entender que en efecto hay más testigos que él. Nombres —uno al menos, aunque tal vez dos: fue ambiguo adrede— que aún no se conocen.

Ninguno sería el Otro de Grassi, porfió: «A ese se lo inventó», lo desestimó en un segundo, con su tono más severo. «Es un personaje de ficción». Su ráfaga de desdén no me dejó un resquicio siquiera para insistir.

No recordaba que Grassi hubiese participado de las entrevistas que le hicieron los periodistas de La Causa Peronista, agregó, para demoler su credibilidad. En su recuerdo, los autores del reportaje fueron Jarito Walker y Rodolfo Walsh. Ambos muertos.

—Aunque está muy mal escrito, el texto es de Walsh —reforzó.

Como nunca antes había escuchado algo semejante, volví a consultar a Grassi, quien también se fastidió.

—O le falla la memoria o tiene alguna razón de otro tipo para afirmar algo que es falso. Walsh no tenía nada que ver con la revista. Ni siquiera le gustaba, por su tono militante.

En eso lo rebatió de manera convincente. Pero el Otro carece de la fuerza necesaria para ser un contrapeso al relato de Firmenich porque oculta su identidad; y por lo que me dijo Grassi, él cree que eso nunca va a ocurrir.

Tampoco existen pruebas documentales de los tres días finales de Aramburu en La Celma. Para cada objetivo que se perdió en el camino, Firmenich tuvo una explicación: Abal Medina no pudo sacar fotos porque la cámara no le funcionó; Montoneros quemó las cintas del juicio revolucionario grabado en una máquina Geloso; los papeles que el militar escribió en sus días en Timote se extraviaron.

En diálogo con el historiador Felipe Pigna, quizás la única persona que lo pudo entrevistar en profundidad, Firmenich lamentó especialmente la pérdida del manuscrito de Aramburu: «Escribió una especie de testamento político, donde hablaba bien de nosotros. Decía que éramos jóvenes peronistas idealistas, equivocados pero idealistas, y que todo esto le ratificaba su idea de que era necesario salir del régimen dictatorial y convocar a elecciones, porque, si no, todo el peronismo se volcaría a la lucha armada».

Firmenich sospechó siempre que ese documento, y también el papel que Aramburu les firmó asegurando que nunca había difamado a Juan José Valle, cayeron en manos del entonces jefe del Ejército Alejandro Lanusse.

Según su rebuscada teoría, cuando llegó a ser el último presidente de facto de la Revolución Argentina (1971-1973), Lanusse se inspiró en ese testamento robado para lanzar el Gran Acuerdo Nacional, el GAN, que abrió las puertas al regreso de Perón y logró aislar a la guerrilla peronista.

No era un plan tan original ni tan secreto, pero Firmenich cree que la policía levantó los escritos de Aramburu cuando allanó la quinta de González Catán propiedad de Carlos Falaschi, aquel amigo y abogado de Navarro. Si fuera cierto, parece inexplicable que no los hayan usado como prueba en el expediente.

Por la destrucción de las cintas del juicio montonero Firmenich asumió plena responsabilidad. Según me contó en Barcelona, tomó un fósforo y las quemó personalmente en el momento de máxima fragilidad de la organización. Abal Medina y Ramus habían muerto en William Morris; él

estaba en peligro, escondido con Carlos Capuano, Sabino Navarro y Norma Arrostito en una casa en Saavedra.

—Las quemé para que no cayeran en manos del enemigo.

—¿Por qué?

—Porque si las capturaban, las podían editar, podían hacer recortes, montajes, manipulaciones.

Firmenich ya tenía la obsesión de monopolizar el relato.

Creo que nada le enojaba más que la acusación de que Montoneros había actuado por encargo de, o en complicidad con, los funcionarios y los agentes de inteligencia del régimen de Juan Carlos Onganía. Esa sospecha se había arraigado en el momento mismo en que se conoció el secuestro de Aramburu, cuando las especulaciones recurrieron a la pregunta elemental de cualquier novela policial: ¿a quién favorecería que no apareciera?

Según el historiador Ernesto Salas, en aquel momento «la comunidad de intereses» entre el ministro del Interior, Francisco Imaz, y la guerrilla era

«evidente». Aramburu molestaba a los planes de ambos: amenazaba la continuidad de Onganía en el poder y ofrecía una salida edulcorada del régimen militar. Sin embargo, Salas señaló que la mera coincidencia de beneficios potenciales, en ausencia de otras pruebas, resultaba insuficiente para determinar una conspiración.

Por otra parte —razonó en un ensayo titulado El falso enigma Aramburu

—, si lo que Onganía pretendía era sacar de en medio a un adversario para mantenerse en el poder, calculó muy mal la jugada, porque el secuestro de Aramburu terminó con su presidencia.

«Es lógico que los amigos de Aramburu hayan pensado que pudieran haber tenido que ver los amigos de Onganía. Digo que es lógico porque nuestra osadía fue tan grande que nadie se podía imaginar que un grupo de diez muchachos desconocidos se animara a hacer semejante cosa», dijo Firmenich a Pigna.

En la época, la versión se potenció cuando el diario La Razón publicó que en el libro de audiencias del Ministerio del Interior faltaban veintidós páginas: en teoría, ahí figuraban los registros de los ingresos de Firmenich a la Casa Rosada, encuentros que habrían sucedido justo en las semanas anteriores al secuestro.

Al director general de Asuntos Policiales, Mariano Moreno, le llegó un oficio judicial para que «informara si en el período comprendido entre el 1º

de enero y el 16 de junio de 1970 se habían registrado ingresos de Mario Firmenich» al Ministerio del Interior. La respuesta, con fecha 20 de agosto del mismo año, figura en el expediente: «Firmenich no tiene registrado el ingreso a ninguna dependencia de este Ministerio».

Con todo, ese argumento siguió circulando en varios libros —algunos escritos por allegados a Aramburu— y se mezcló con datos confusos sobre la muerte de Arrostito.

El 3 de diciembre de 1976 los principales diarios informaron que Arrostito había muerto en un enfrentamiento en Lomas de Zamora. La revista Gente publicó una tapa de tono celebratorio: sobre una de las fotos que se habían usado en los afiches de búsqueda tras el crimen de Aramburu, se sobreimprimía, como un sello, la palabra «Muerta».

En verdad, Arrostito había caído en Buenos Aires en una cita envenenada, por alguien que la delató. Intentó tomar la pastilla de cianuro que Montoneros había dado a algunos de sus militantes para que no los atraparan con vida, pero le lavaron el estómago. Fue a parar al centro clandestino de detención de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

«La tuvieron ahí casi un año», me contó Susana Ramus, la hermana de Carlos, la exnovia de Firmenich, que fue secuestrada en 1977. Con Susana nos juntamos en un café desangelado en Belgrano y me relató su vida. Se salvó de que la mataran y la dieran por desaparecida, el destino de la gran mayoría de los hombres y mujeres que, como ella, fueron a parar a la ESMA. En una historia trágica, había tenido algún golpe de suerte, pero se notaba que sobrevivir le pesaba.

De hecho escribió un libro que tituló Sueños sobrevivientes de una montonera, en el que evocó el tiempo que coincidió con Arrostito en el centro clandestino de la Marina. Aunque estaba un poco aislada del resto, hablaron bastante —nunca sobre Timote— y Ramus se quedó con la sensación de que estaba «un poco desilusionada» con la dirección que había tomado Montoneros. Tampoco idealizaba los primeros tiempos: creía que la habían relegado de la conducción y no le habían dado nunca un lugar de poder por su condición de mujer.

Según escribió Gabriela Saidon en su libro La Montonera. Biografía de Norma Arrostito, los represores veían a Arrostito como una suerte de trofeo, lo cual le daba cierto estatus perverso dentro del campo de tortura y muerte.

El vicealmirante Rubén Jacinto Chamorro, a cargo de la ESMA, solía pasar a verla.

Aldo Luis Molinari, uno de los amigos más fieles de Aramburu, escribió que él llegó a entrevistarse con Arrostito en la ESMA, como si el centro clandestino hubiese sido una cárcel legal que contaba con un régimen de visitas. En ese encuentro incomprobable, Arrostito le habría confiado un gran secreto. Que los Montoneros secuestraron a Aramburu por encargo y lo entregaron en la Facultad de Derecho a otra célula, supuestamente integrada por agentes de inteligencia del Ejército. Que esos hombres habían llevado al general al Hospital Militar, donde se descompensó, por causas desconocidas, y murió. Que finalmente, para disimular, le dispararon y le devolvieron el cadáver a los montoneros para que lo llevaran a La Celma.

Aramburu, la verdad sobre su muerte, el libro de Molinari publicado en 1993, no presentó una brizna de pruebas de ese drama tan estrafalario. Lo único probable es que, por sus contactos en la Armada, Molinari quizás podría haber tenido acceso a la ESMA.

Más verosímil, en cambio, es que Arrostito haya visto a su cuñado, Maguid, en el centro clandestino. Él también había sido llevado ahí, en uno de los episodios más extraños de la cooperación entre las Fuerzas Armadas del Cono Sur: un comando del Ejército argentino lo secuestró en Lima, el 12 de abril de 1977, y lo llevó a Buenos Aires. En Perú, Maguid vivía exiliado, como profesor de Sociología en la Universidad Católica. Se cree que lo exhibieron ante Arrostito en la ESMA y luego lo asesinaron.

A ella también. De los cuatro concuñados de la célula de Montoneros que vivía en la calle Bucarelli solo sobrevivió Nélida, quien se trasladó a un exilio más seguro, en Estocolmo, con los dos hijos que había tenido con Maguid y con su padre, Osvaldo Arrostito, quien moriría en Suecia. En el caso de Norma, «la verdadera muerte, la definitiva, es un domingo, 15 de enero de 1978, dos días antes de cumplir treinta y ocho años, inyección de pentotal mediante», escribió Saidon.

Ramus estuvo ahí: «Yo la vi morir». El excapitán Jorge Acosta, el Tigre, el que decidía sobre las torturas y la muerte en la ESMA, le dijo que la acompañara al Hospital Naval; tal vez porque necesitaba fabricar una testigo de que había intentado salvarle la vida. «Cuando entré a la camioneta ella ya estaba agonizando. Me pidió que le tomara la mano. Fue terrible».

Acaso la penúltima hipótesis alternativa que vale la pena mencionar data de 1987, cuando se publicó Aramburu, el crimen imperfecto. Allí Eugenio Méndez vinculó a los Montoneros con el homicidio del empresario Antonio Romano, un amigo de Imaz, de ideas fascistas, asesinado en su estancia de Mar Chiquita, en el verano de 1971, por un tal Norberto Crocco.

Según Méndez, Crocco era parte del grupo original de Montoneros y fue quien negoció con Romano el secuestro de Aramburu a cambio de dinero: Montoneros —en esta crónica— cobró la mitad de la cifra que le habían prometido por la operación y entregó a Aramburu en la Facultad de Derecho, una vez más. Pero aquí la historia se altera: Romano no les habría querido pagar la mitad que les adeudaba. Y esa sería la razón por la cual Crocco lo mató poco después.

La hermana de Norberto, Noemí Crocco, quien durante muchos años estuvo casada con el militar carapintada Aldo Rico, dijo que Romano era un contrabandista que le debía dinero a su hermano y a numerosos acreedores más. La presión por la falta de dinero había abrumado tanto a Norberto que se presentó ante Romano y, frente a su indiferencia por el problema, lo mató; a continuación se arrodilló, rezó, y se quitó la vida él también, ahí mismo. Nadie pudo nunca comprobar que Crocco alguna vez hubiese estado vinculado a la guerrilla peronista.

En ausencia de datos que las sustentaran, las teorías del crimen por encargo nunca ganaron peso, pero al cabo de indagar detenidamente en la secuencia que Firmenich describió en La Causa Peronista puedo entender por qué las dos se desvían del relato oficial en la Facultad de Derecho: ese momento, cuando se produjo el intercambio de los autos robados por los legales, cuando algunos montoneros que habían participado del secuestro se quedaron en la ciudad y otros partieron hacia La Celma, está lleno de lagunas.

Si es cierto que se fueron por un camino alternativo para evitar controles, lo cual suena razonable, no tendría sentido que hicieran ese trayecto con el secuestrado en la camioneta de la madre de Ramus acompañados por un taxi de la Capital como auto de apoyo. Supuestamente Carlos Capuano manejó el vehículo propiedad de Firmenich hasta La Celma, pero los taxis de la ciudad de Buenos Aires estaban pintados de negro y amarillo, a diferencia de los de la provincia, y sin dudas hubiera llamado la atención en los caminos internos de la provincia de Buenos Aires. También es difícil

creer que Capuano fuera solo, porque siempre se movían de a dos, y que llegó hasta la estancia en Timote y pegó la vuelta.

Al cabo de varios años de investigación, me resigné: no iba a poder encontrar respuestas valederas a todas las preguntas que me había planteado sobre el secuestro y el asesinato de Aramburu. Muchos huecos seguían y seguirían como tales; cuando recibí el e-mail cortante de Firmenich, supe que tampoco iba a tener una segunda oportunidad con él.

Pero al revisar mis notas descubrí que algo había avanzado en aquel almuerzo en Sitges, más allá de su admisión de que alguien más estaba en La Celma.

Cuando le había preguntado por qué le habían atado los cordones de los zapatos, me había dicho:

—No queríamos que se tropezara y se lastimara la nariz.

Cuando le había preguntado por la cantidad de tiros que había recibido el cuerpo de Aramburu, me había dicho:

—Es muy difícil matar a una persona de un único tiro. El de gracia es en la cabeza. Siempre son dos.

Recordé entonces que habían sido tres.

El cadáver tenía una lesión en la frente de dos por cuatro centímetros: el orificio de entrada de los dos proyectiles que le provocaron lesiones óseas y en la masa encefálica, según la autopsia. Uno había tenido una trayectoria de abajo hacia arriba y al salir había perforado el cuero cabelludo en el parietal izquierdo.

La camisa contenía gran parte de la información del otro disparo. Entre el tercer y el cuarto ojal, de lado izquierdo, se encontraron restos de pólvora, y en la parte posterior, otros dos agujeros: uno causado por el proyectil y el otro por un fragmento que se desprendió. Ese tercer disparo en el pecho había perforado el tórax en un plano horizontal, de adelante hacia atrás; rozó la cuarta costilla, atravesó la membrana que recubre al corazón, desgarró el pulmón izquierdo y salió por la espalda a la altura de la novena costilla.

Repasé: uno, dos, tres. Pero no dije nada: estaba llegando al punto que quería y que, al mismo tiempo, me incomodaba.

Habíamos terminado de comer, habíamos caminado unos metros por la peatonal del pueblo y su mujer, la Negrita, nos había dejado solos en un café: no iba a tardar demasiado en regresar.

Nos sentamos a una mesa redonda y metálica en la vereda. Recuerdo que pedí un café y supongo que él también, pero estaba tan tensa que no presté atención a eso. Tomé aire y le pregunté por el detalle escabroso que me había dado vueltas en la cabeza desde que leí su versión oficial de los hechos:

—¿Cómo fue posible que Aramburu dijera «Proceda» en el sótano, si tenía la boca tapada con una media? Mucha gente —reconocí— ha creído advertir una inconsistencia ahí.

Firmenich tomó la servilleta de tela color bordó que estaba sobre la mesa, la dobló en cuatro, se la metió en la boca. Me miró a los ojos, empezó a mover la mandíbula y pronunció tres sílabas:

—Pro-ce-da.

Sonó gangoso, pero le entendí perfecto.

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