Aramburu
La Calera
Pintadas de Montoneros en la fachada de la municipalidad de La Calera.
Luis Losada, detenido después de la toma.
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Buenos Aires y Córdoba, junio y julio de 1970
El impacto político del crimen de Aramburu fue de tal dimensión que destrozó la poca credibilidad que le quedaba a la dictadura de Juan Carlos Onganía y obligó a Juan Domingo Perón a tratar con un nuevo actor: una guerrilla urbana que se decía peronista y dispuesta a dar la vida por su regreso a la Argentina.
Onganía repitió un discurso vacío del crimen como «una torpe maniobra del extremismo ideológico» y reimplantó la pena capital para los secuestros seguidos de muerte o lesiones graves, los ataques a unidades militares y el uso de uniformes oficiales para cometer esos delitos. Todas decisiones que caían en la nada en la medida en que los Montoneros eran un enigma para las fuerzas de seguridad: ni siquiera podían dar con el cadáver.
El 8 de junio, a una semana de la ejecución de Aramburu, renunció y selló así su legado: una economía cuesta abajo —devaluación de la moneda y crecimiento de la inflación—, la Noche de los Bastones Largos, la represión del Cordobazo, reiterada censura al arte y la cultura, el secuestro y el asesinato de un expresidente a manos de una banda armada desconocida por sus servicios de seguridad. Selló el fin de su Revolución Argentina, aquella que iba a durar décadas y se agotó en cuatro años.
Lo sucedió Roberto Levingston, otro militar designado por la junta que manejaba las riendas del poder, que prometió iniciar una transición hacia una democracia «sin exclusiones»: de pronto la posibilidad de que Perón regresara, hasta entonces tan temida, podía desinflar escenarios peores.
El 10 de junio, cerca de la medianoche, el teléfono del departamento de la calle Montevideo volvió a sonar. Una llamada anónima a la redacción de Clarín había indicado que en la sucursal Flores del Banco de Galicia, de avenida Rivadavia y Culpina, había un mensaje dirigido a los Aramburu.
Con los Montoneros, parecía, las autoridades iban siempre a la zaga.
Manuel Escasany, uno de los dueños de la institución y amigo de la familia, sacó de la cama al gerente del local, Rogelio Arias, para que fuera a revisar el buzón de la correspondencia. Arias encontró un sobre que, al tacto, parecía contener objetos; Escasany pasó a recogerlo y lo depositó, sin abrir, en las manos del hijo del secuestrado.
Apenas lo tocó, Eugenio Aramburu sintió que contenía un indicio funesto. Mientras sacaba los objetos que pertenecían a su padre —la medalla de plata que él tanto apreciaba y había convertido en su llavero,
cinco llaves, el reloj, los bolígrafos— sintió exactamente cómo la esperanza se escapaba de su cuerpo. Esa angustia le impidió advertir que, entre la evidencia que lo acercaba a la idea de la muerte violenta de su padre, faltaba la traba de su corbata.
Aramburu hijo volvió a llamar a Alejandro Lanusse, que continuaba a cargo del Ejército bajo Levingston. Cuando se encontraron ya era de madrugada. Le rogó que, al menos, diera con el cadáver de su padre.
Por entonces los Montoneros ya tenían en marcha su siguiente operación.
Habían comprobado que el foco podía funcionar en la ciudad: ahora no iban a detenerse.
Una vez más, ¿Revolución en la revolución? , el libro de Régis Debray, marcó el camino: «El foco inicial debe dividir sus magras fuerzas en varias patrullas» para así volverse «inapresable y difícilmente localizable por el enemigo». Simularían que contaban con capacidad operativa en todo el país. Arrancarían por la provincia de Córdoba y, si todo salía bien, realizarían una tercera acción en Santa Fe.
Tenían a su favor que el crimen de Aramburu le había dado a la organización la fuerza de un imán. En cuestión de días, las células originales extendieron sus contactos a una amplia red de agrupaciones que ya habían optado por la lucha armada. Pero ese crecimiento vertiginoso les trajo desafíos nuevos, para los que no estaban lo suficientemente preparados.
Montoneros empezó a desarrollarse tanto y tan de golpe en Córdoba que Emilio Maza temió perder el control; entonces tomó una decisión imprudente: empezó a elaborar fichas con la información de los aspirantes.
Anotaba en qué barrio militaban, con cuál parroquia o dispensario cooperaban, en qué universidad estudiaban, a qué otras agrupaciones pertenecían, de qué trayectoria política provenían y qué instrucción militar tenían. Y —desde luego— si contaban con experiencia previa en la guerrilla urbana. Solo omitía los nombres verdaderos, pero el volumen de información era como un retrato hablado. A veces incluía también datos más personales, como las relaciones familiares o amorosas, y el nombre de guerra en caso de que ya lo tuviera. Por último, las fichas clasificaban a los activistas en dos categorías A y B, según si ya estaban o no integrados plenamente.
Con una mejor estructura volverían a La Calera, se decidió.
Volverían a aquella pequeña localidad donde habían ensayado el primer operativo conjunto de las células porteña con la cordobesa, donde se habían cruzado a tiros con la policía y habían escapado por muy poco.
Volverían, pero más experimentados y con una idea más ambiciosa.
Iban a tomar el control total del pueblo por espacio de media hora. Solo para difundir sus consignas y demostrar de qué eran capaces: una típica operación de propaganda. Otra idea copiada de los Tupamaros.
En las especulaciones sobre la procedencia ideológica de los ejecutores del secuestro y crimen de Aramburu que publicaba la prensa ninguna había reparado en el paralelismo con el origen del nombre de la guerrilla uruguaya: las dos habían buceado en los héroes ninguneados de las luchas por la independencia contra el poder colonial, los tupamaros —según el desprecio de los españoles— a un lado del Río de la Plata, las montoneras del otro.
En cambio, las menciones a Dios en los comunicados habían generado una gran confusión —ciertamente no podían ser marxistas ni guevaristas—
y los medios se dejaban llevar por la sospecha —nacida en el entorno de Aramburu— de complicidad con funcionarios de Onganía. La toma de La Calera aportaría algo de claridad.
Si los Montoneros emulaban de manera más explícita a los Tupamaros, harían una contundente declaración de influencias: nadie los podría confundir con una organización de la derecha nacionalista, menos con espías a sueldo de los militares.
Los uruguayos habían tomado la localidad de Pando al cumplirse el segundo aniversario de la muerte del Che Guevara. Simularon un cortejo fúnebre para ingresar sin llamar la atención; luego ocuparon la comisaría, la central telefónica y el cuartel de bomberos y asaltaron tres bancos. La retirada resultó caótica y terminó en un tiroteo en el que murieron un transeúnte, tres guerrilleros y un policía; las autoridades detuvieron a veinte tupamaros.
Aunque había razones para ver allí un fracaso, a los ojos de los Montoneros resultó una hazaña digna de imitar.
Para los preparativos pusieron a funcionar nuevas células que actuaban de manera compartimentada, como ordenaba el evangelio según Régis: «Un número muy pequeño de responsables conoce las redes de contacto».
Quienes se sumaban seguían las reglas y adoptaban otros nombres para esconder su identidad, un ejercicio vano: pertenecían a un círculo tan
pequeño que entre los comandos de La Calera iban a actuar parejas, cuñados, compañeros de escuela y amigos de toda la vida.
Muchos habían pasado por el Movimiento Universitario Cristo Obrero (MUCO) o militaban con los sacerdotes tercermundistas, en el Peronismo de Base o en Lealtad y Lucha. La Universidad Católica fue otra cantera para Montoneros en Córdoba. Allí nunca habían cesado los centros de estudiantes que Onganía había prohibido en la pública. La Agrupación de Estudios Sociales (AES) tenía mucha fuerza. Del mismo modo que los estudiantes que tutoreaba Carlos Mugica habían viajado a tomar contacto con la realidad de los hacheros abandonados por la empresa forestal, los integrantes de AES habían ido a Tucumán a ver las condiciones de trabajo en los ingenios. Habían encontrado miseria, analfabetismo, prostitución y ausencia del Estado y lo contaron en un informe que publicó Cristianismo y Revolución: «Violencia es la muerte prematura. Violencia es el hambre y el raquitismo de los niños. Violencia es humillarse para poder alimentar a los hijos. Violencia es mendigar comida y vestidos».
Al presidente del centro de estudiantes de Medicina de la Católica de la agrupación AES, Carlos Soratti, le exigieron que se mudara. Necesitaban sumar más casas operativas, ya no podían funcionar solo con la de Ignacio Vélez y Cristina Liprandi en Villa Allende y una más. Cacho dejó de vivir en el Barrio Obrero de las afueras de la ciudad de Córdoba, donde cooperaba con el dispensario de los curas, y alquiló una vivienda más cómoda en el barrio de Los Naranjos. Raúl Conte Grand, cardiólogo del Hospital Privado que integraba los equipos de salud de la célula, firmó como garante del alquiler.
También Luis Losada aportó otra, en Villa Rivera Indarte, más cerca de Vélez y Liprandi. Había llegado al grupo por medio del cura Fugante, a quien conocía de sus días de boy scout, cuando iba al barrio Bella Vista con su uniforme beige y su pañuelo verde. Como trabajaba en el colegio de escribanos y contaba con recibos de sueldo para acreditar ingresos, el responsable de su célula le encomendó que alquilara una propiedad. Losada le dijo a la dueña que se mudaría con su prometida, Mirta Cucco, apenas se casasen; supo que le había creído la mentira porque ella le preguntó: «¿Para cuándo los confites?».
Ambas viviendas contaban —un requisito indispensable— con un garaje cubierto, donde se pondrían en condiciones los autos que usarían para la
toma de La Calera. Su modelo era la casa de la calle Bucarelli que habían usado en la ciudad de Buenos Aires para el Operativo Pindapoy.
José Fierro, Pepe, compañero de camada del Liceo Militar de Vélez, se encargó de que un Torino robado luciera como un patrullero. Llegó a Villa Rivera Indarte con un compresor de pintura, copió el azul y la tipografía del Comando Radioeléctrico y le colocó una sirena, que alguien había comprado en Buenos Aires sin saber para qué, y que él colocó sin conocer esa procedencia: la compartimentación en funcionamiento.
Los operativos preparatorios —como el asalto a una comisaría, en el cual se llevaron armas y uniformes— sirvieron para que los militantes originales evaluaran la experiencia de los nuevos. Los comandos que finalmente fueron seleccionados para la toma se juntaron en la víspera en la casa de Soratti, una esquina en Los Naranjos. Los jefes, que ya conocían el lugar, llevaron a los demás tabicados —con los ojos tapados o agachados dentro del auto—, método que usaban para esconder información a los propios por temor a lo que pudieran contar si caían presos.
Maza repartió armas, aerosoles, brazaletes, transmisores y otros elementos; para borrar rastros, ordenó ahí mismo la quema de papeles como el croquis del operativo, los mapas con anotaciones y la información recogida durante la inteligencia previa en La Calera.
Pero no se deshizo de las fichas de los militantes.
A Fierro le tocaron una pistola Colt 11.25, una granada y una camioneta pickup que solo él, uno de los que manejaba de su grupo, pudo sacar del garaje estrechísimo. Salió sin más precauciones. Entonces reconoció las calles. Pero no le pareció gran cosa y no informó a nadie sobre esa falla de seguridad; de hecho le parecía que Vélez exageraba con las precauciones.
—No jodas más —le había dicho en una ocasión—. Nomás falta que evaluemos qué hacer si aparece un marciano.
El día señalado, 1º de julio —un mes exacto después del crimen de Aramburu—, una caravana de cinco vehículos partió antes del amanecer del punto de encuentro en Córdoba capital. Al frente iba el falso patrullero, con Carlos Capuano Martínez otra vez al volante y con Maza, el jefe del operativo, a su lado, ambos disfrazados de policías.
En el camino se dispersaron un momento para pasar delante del III Cuerpo de Ejército sin llamar la atención de los pocos soldados que a esa
hora se encontraban de guardia. Los cinco autos volvieron a su formación metros antes de la rotonda con salida a La Calera.
Entraron al pueblo por la avenida San Martín a las 7.30. Era una mañana helada. El banco, pegado a la municipalidad, ya había comenzado su atención al público, como se acostumbraba en aquellos años, pero las calles seguían desiertas. Solo había dos oficiales a bordo de un jeep estacionado en las cercanías. El comisario les había asignado ese puesto de custodia luego del asalto tan extraño que había sufrido el banco, seis meses antes.
Estaban distraídos, hasta que sintieron un fuerte impacto. La camioneta Chevrolet que manejaba Fierro había embestido al jeep. Los oficiales Tomás Larrahona y Manuel Moyano creyeron que le habrían fallado los frenos: no podían imaginar otra cosa.
Vélez apareció por detrás y les ordenó que tirasen las armas al piso.
—Esto no es un asalto. Somos Montoneros. Si se quedan quietos, no les va a pasar nada. ¿Entendido?
Vélez ingresó a la municipalidad y preguntó por el intendente, que aún no había llegado: se quedó con las ganas de anunciar que lo había depuesto; su esposa, Liprandi permaneció a cargo de vigilar a los policías, que duplicaban sus veintiún años. Otros tres comandos entraron al banco lindero; Fierro se ubicó, con la ametralladora en la mano, en la esquina donde estaba el patrullero, perfecta para vigilar los ataques simultáneos que estaban por ocurrir.
Maza iba camino a la comisaría, el objetivo más peligroso. Dentro de la seccional ya esperaba Susana Lesgart; había llegado antes que ellos con la excusa de hacer una denuncia. Era una chica simpática de veinte años, maestra y estudiante de arquitectura; supo darle charla al agente Ramón Salvatierra hasta que sonó la sirena del Torino que manejaba Capuano.
Salvatierra giró la cabeza y vio bajar del patrullero a un agente, un cabo, un sargento y un oficial, según las insignias. Como los Montoneros respetaban las jerarquías aun disfrazados, Maza tomó la palabra:
—¿Quién se encuentra a cargo de este destacamento policial?
—Soy yo, el oficial ayudante Djanikián —se presentó el policía de treinta y dos años, cinco más que el guerrillero que lo miraba con superioridad.
Maza le inventó que él y los demás provenían de otra jurisdicción cordobesa y que habían llegado a La Calera con la misión de ejecutar una orden judicial de allanamiento. Para eso necesitarían refuerzos:
—¿Cuántos oficiales hay en servicio? —preguntó, casual.
—Somos nosotros dos —respondió Djanikián y señaló a Salvatierra.
Maza quiso cerciorarse:
—¿Nadie más?
—Acá en la comisaría, no —de pronto Djanikián se sintió disminuido—.
Nadie más.
Lo redujeron, como a Salvatierra, sin dificultad. Maza reclamó las llaves del calabozo. Encerró a los policías y les ordenó que cantaran la marcha peronista.
—¿La marcha peronista? —se escandalizó Djanikián, que era radical.
Le dieron el pie:
— Los muchachos peronistas / todos unidos triunfaremos…
Salvaterra y Djanikián los siguieron con resignación:
—…y como siempre daremos / un grito de corazón…
Entre vivaperones, Maza tomó un transmisor portátil y avisó:
—Aquí el Comando Eva Perón. Tarea cumplida. La comisaría está en nuestras manos.
Vélez Carreras copio el mensaje desde su puesto en la Municipalidad; íntimamente se alegró por su amigo Maza.
Mientras tanto, en la sucursal del Banco de Córdoba, habían ingresado Alberto Molinas Benuzzi, estudiante de medicina; Dinora Gebennini, desertora de filosofía y pareja de Elvio Alberione, y Alejandro Yofre Newton, el Petiso, egresado del prestigioso colegio Monserrat, hijo de una familia tradicional y esposo de Susana Lesgart. Vieron al personal en pleno: dos empleados, que esperaban todavía la llegada del primer cliente del día.
—Somos Montoneros y queremos el dinero para ayudar a los huelguistas de SMATA que están pasando hambre —les explicó el Momo Molinas.
Acaso los bancarios hubieran preferido ladrones comunes: no estaban entrenados para tratar con los guerrilleros.
Sabían de qué les hablaban, al menos: todo el mundo estaba al tanto del conflicto en la automotriz IKA-Renault, con ocupación de planta y toma de rehenes jerárquicos, que llevó adelante la comisión interna sin obedecer a la conducción burocrática del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor.
Los Montoneros se hicieron de las llaves del tesoro y robaron cuatro millones de pesos, el equivalente a un millón de dólares de la época: mucho más de lo que necesitaban para alimentar a los huelguistas de SMATA.
Molinas tomó el radio y anunció a sus compañeros:
—Aquí el comando General San Martín: objetivo cumplido.
Vélez Carreras celebró desde su puesto en la Municipalidad:
—La organización Montoneros ha copado La Calera.
Advirtió entonces que un empleado municipal intentaba hacer una llamada; le dijo en tono paternal que su intento era vano: el pueblo estaba ya incomunicado. En la Empresa Nacional de Telecomunicaciones no había quedado un cable sin cortar.
Tres comandos con brazaletes blancos con la letra M sobre sus abrigos habían ingresado con grandes pinzas a destrozar el local del ENTel. Antes de partir estrellaron el conmutador contra el piso y dejaron escrito con un aerosol negro en la pared: «Montoneros».
En la oficina de Correos y Telégrafos se completaba, en simultáneo, la incomunicación del pueblo. Ni siquiera un mensaje codificado podría advertir a las guarniciones militares cercanas qué ocurría en La Calera: de eso se aseguraron Soratti y Gringo Alberione.
—Retirada por la dirección convenida —ordenó Maza, a las 8 en punto, con su transmisor portátil.
Soratti y Alberione subieron al Fiat 1500 y regresaron a la rotonda por la que habían ingresado a La Calera y sembraron el asfalto de clavos miguelitos. Eso demoraría, al menos, la llegada de los militares apostados en las guarniciones cercanas. Los primeros vehículos que salieran a perseguirlos terminarían con las ruedas pinchadas. Mientras tanto, ellos escaparían en sentido contrario, en dirección a Villa Allende.
La retirada presentó inconvenientes. El primero, que el Fiat 1500 se quedó y no volvió a arrancar. A ese lo superaron enseguida: Losada observó que un suboficial del Ejército subía a una camioneta Rambler: cruzó la calle y, a punta de pistola, le exigió las llaves del auto; también el uniforme, de paso: les sería útil en otra ocasión. El siguiente tuvo otras consecuencias.
El cabo Eugenio Manuel Argüello se asomó por la avenida San Martín.
Vio a sus compañeros con los brazos en alto contra la pared de la municipalidad y sacó su arma.
Vélez lo advirtió y le gritó:
—¡¡Alto!!
Argüello no le hizo caso.
Le gritó otra vez. Y otra vez más, y que bajara el arma, que ellos eran muchos más.
Pepe Fierro y Vélez le dispararon. Lo alcanzaron tres balas, quedó tendido en el piso. Lo sabrían después: era el mismo cabo que los había enfrentado en el anterior asalto al banco y otra vez salvó la vida.
No podían perder más tiempo: en el pueblo ya se corría la voz de que algo extraño ocurría. De nuevo en caravana, los Montoneros salieron hacia Villa Allende. Tres autos seguían al falso patrullero, que hacía sonar la sirena; algunos eufóricos se asomaban por las ventanillas y gritaban:
—¡Viva Perón! ¡¡¡Viva Perón, carajo!!!
Dejaban La Calera convencidos de haber obtenido el favor popular; les pareció escuchar aplausos. Hasta Maza perdió su habitual compostura: tanto se rio que el bigote postizo comenzó a resbalarse sobre su boca.
Echaron al aire puñados de panfletos:
Los Montoneros llamamos a la resistencia armada por una patria libre, justa y soberana, con Perón en la Patria.
Perón o Muerte.
Viva la Patria.
Montoneros
Guzzo Conte Grand y Guillermo Martínez Agüero, Polo, médico residente, aguardaron en vano en la posta sanitaria: no hubo heridos a los que atender. Los vehículos los pasaron y siguieron por una ruta zigzagueante, rodeada de vegetación, hasta que cerca de Saldán frenaron detrás de un pequeño bosque. Allí cambiaron de autos: dejaron los que habían usado en La Calera y partieron en otros con los papeles en regla.
Los Montoneros se sentían invencibles.
La noticia de la toma comenzó a rebotar en las guarniciones militares. El general Eleodoro Sánchez Lahoz suspendió un ejercicio que tenía ocupada a la tropa y pidió auxilio al general Jorge Raúl Carcagno, a cargo de la IV
Brigada de Infantería Aerotransportada. Carcagno tenía una experiencia valiosa: había coordinado el operativo que sofocó el Cordobazo. Había avanzado con sus tropas entre las barricadas en llamas, por la céntrica avenida Colón, para hacerlo.
Los clavos miguelitos no impidieron que tanques y vehículos militares entraran a La Calera. Los militares tomaron el control del pueblo y ordenaron a los vecinos que no salieran de sus casas. Encontraron el frente de la municipalidad firmado: Comando Eva Perón, Comando Uturunco (por la primera guerrilla peronista que había existido), Comando General José de
San Martín y Comando 29 de Mayo (por la fecha del Cordobazo, que había pasado a ser, también, la del día del secuestro de Aramburu), las divisiones de Montoneros que habían actuado en la toma.
En las oficinas de Correos y Telecomunicaciones, dos paquetes requirieron la presencia de la brigada de explosivos. Resultó ser un aparato de música: al montarlo y tocar el botón de play, la voz de Hugo del Carril difundió la versión más conocida de la Marcha Peronista, que seguía prohibida desde el año 1955. Se suponía que iba a atronar, con enorme potencia, el pueblo entero, pero el equipo falló y se escuchó muy bajito:
«Los muchachos…».
Carlos Ambrosio, un policía que vivía en La Calera y trabajaba en la ciudad de Córdoba, había notado algunos movimientos extraños mientras esperaba por el colectivo en la parada. Sin pensarlo demasiado, pidió una camioneta F-100 prestada, reclutó a su compañero Andrés Pérez y, vestido de civil pero con su arma reglamentaria, salió en persecución de los comandos que habían escapado hacia Villa Allende.
Su instinto, o la suerte, no le falló cuando decidió cortar camino por Villa Rivera Indarte.
Soratti y Alberione habían dejado allí a Losada y a Fierro, aunque no exactamente en la cuadra de la casa operativa donde habrían de esconderse, por el principio de compartimentación. La rigidez de las lecciones cubanas pudo más que el sentido común: Fierro y Losada se dispusieron a caminar por las calles de tierra de un barrio serrano cordobés con dos bolsos cargados con cuatro pistolas, revólveres de distinto calibre, proyectiles, los transmisores que habían usado en la toma y el uniforme del Ejército que le habían sustraído al suboficial del Rambler.
El dúo llamó la atención del cabo Ambrosio. Bajó la velocidad y acercó la F-100 a ellos. Pérez bajó la ventanilla y les preguntó lo primero que se le cruzó por la cabeza:
—Buenas, disculpen: ¿nos sabrán indicar cómo ir a Villa Allende?
Losada apoyó su bolso en el piso y levantó el brazo para dar una indicación: dejó así al descubierto la pistola que llevaba en la cintura.
Ambrosio dio la voz de alto y al ver que no reaccionaba, disparó.
En el instante sordo en que comprendió que una bala se dirigía hacia él, el joven de veintitrés años pensó que prefería la muerte antes que caer en manos de la policía. Herido, en el piso, extrajo de su bolsillo una granada de
fabricación casera; Ambrosio le pisó la mano antes de que pudiera arrojarla.
A pocos pasos, Pérez ya había detenido a Pepe Fierro.
Los policías guardaron los bolsos en el baúl e inmovilizaron a Losada y a Fierro con cuerdas de nylon. Al subirlos a la camioneta observaron que la mancha roja en la camisa de Losada, a la altura del abdomen, avanzaba con rapidez sobre la camisa blanca. Pero aun herido el muchacho hablaba y hablaba, y los arengó sobre las conquistas sociales de los gobiernos peronistas y la agrupación Montoneros, que los liberaría pronto de la opresión. Ambrosio y Pérez pensaron que estaba grave y deliraba.
Losada fue trasladado a un hospital de Córdoba, donde descubrieron que sus órganos vitales se habían salvado porque su costilla flotante había desviado la bala. A Fierro lo llevaron a otra comisaría en la ciudad, donde le tocaría una sesión de torturas.
Las radios empezaron a informar sobre la toma y dieron la noticia de las detenciones, que enseguida empezó a circular entre los comandos Montoneros.
Vélez y Liprandi habían pasado por su casa en Villa Allende. En la calma de su barrio de quintas, vaciaron sus bolsos en el embute, obra de un experto albañil que nunca conoció la ubicación de ninguna de las muchas casas operativas en las que construyó ese escondrijo. Corrieron el horno de la cocina y tiraron de un hilo transparente para levantar los azulejos que tapaban el hueco. Esos azulejos eran nuevos, pero los habían manchado de aceite para que no se destacaran del resto del piso. Guardaron todo, taparon el embute y volvieron el horno a su lugar y, como todos los días, se dirigieron al centro para atender el kiosco. Solo una cosa había fuera de la rutina: debían esperar por Maza.
Cuando el Gordo llegó, preocupado por las noticias, salieron juntos hacia Villa Rivera Indarte, para corroborar si la casa había caído. La encontraron rodeada de policías, que se llevaban cosas, algunas de las cuales tendrían valor para la investigación: un retazo de lona azul, la misma de los bolsos que habían cargado Losada y Fierro.
Tuvieron motivos para sospechar que alguno de los detenidos había hablado. Pero si las normas de seguridad se habían respetado, ninguno de los dos conocía la ubicación de la casa operativa de Los Naranjos, en las afueras de Córdoba, a la que se dirigieron.
Allí los recibió Soratti, en su papel de inquilino. Tuvieron que ponerlo al tanto: él había dejado a Fierro y Losada en Villa Rivera Indarte sin notar
nada extraño. A continuación había llevado a Alberione a las inmediaciones de otra casa operativa, la que el Gringo compartía con su mujer, Gebennini, y la pareja de Lesgart y Yofre. Tampoco ahí había visto ni escuchado nada.
Debían moverse rápido. En caso de que algo saliera mal, los comandos tenían previsto perderse en Buenos Aires. Un auto ya esperaba por Maza y Soratti en la ruta 20, cerca de la casa, para emprender el viaje.
Maza le ordenó a Liprandi que quemara más papeles y a Vélez Carreras que se ubicara junto a la ventana que daba al frente de la casa, escondido detrás de la persiana. Él saldría caminando con Soratti en dirección a la ruta y su amigo les cubriría las espaldas.
Le entregó un arma, palmeó la suya y abrió la puerta. Vélez verificó que estaba cargada.
La casa tenía forma de L: la policía aguardaba por ellos a un costado, en una ubicación que Vélez no alcanzaba a ver desde su posición.
Fierro —se sabría después— no había podido soportar el submarino mojado: pies para arriba, manos atadas y la cabeza metida en un balde de agua sucia hasta que creía que se ahogaba, una y otra vez. Primero había dado la dirección de la casa de Villa Rivera Indarte. Pero sus torturadores no consideraron que el dato fuera valioso: más submarino. Entonces dijo que conocía otra casa operativa más, en el barrio de Los Naranjos, de la cual no sabía la ubicación precisa. Era la casa a la que había entrado tabicado pero de la que, por error, había salido manejando un vehículo, los ojos bien abiertos. Lo subieron a un patrullero y lo pasearon por el vecindario hasta que la señaló.
En esa misma esquina, apenas pisaron la calle, Maza y Soratti supieron que estaban rodeados.
—¡Alto! —escucharon.
Maza intentó resistir. Observó que alguien se subía a una camioneta y apostó a esa vía de escape: manoteó la pistola del policía que lo seguía más de cerca y corrió. Pero cayó herido antes de llegar al vehículo. En el bolsillo tenía un permiso para manejar el Renault 4 firmado por Norma Arrostito: lo más probable es que ese fuera el automóvil que los esperaba en la ruta.
Soratti ya estaba detenido.
Dos policías armados estaban por entrar a la casa; Vélez los vio, y otros más detrás de ellos, y una gran cantidad de patrulleros. Sujetó fuerte el arma cuando escuchó que la puerta se abría, pero esta vez cayó herido sin haber disparado siquiera una vez.
Cerca de las habitaciones del fondo, en el baño, Liprandi seguía quemando documentos a toda velocidad. Los policías rescataron algunos del tacho de basura y dieron con uno de los tesoros más valiosos que podían encontrar: las fichas. Maza no había querido deshacerse de ellas, pero el principal error que cometió fue haberlas dejado fuera del embute de la casa de Los Naranjos, tan bien escondido en el piso de un placard que nunca fue descubierto.
Las anotaciones de Maza no resultaron difíciles de descifrar: en pocas horas más de cien personas quedaron detenidas.
Unos pocos pudieron escapar gracias a la ayuda de los curas que participaban de la red de seguridad de las células clandestinas. Alberione y Dinora pasaron la primera noche en un hotel alojamiento y la siguiente en el convento de San Alfonso. Los salvó el padre Carlos Fugante, quien los subió a su auto y manejó hasta la provincia de Santa Fe, donde también se apoyaron en la estructura de las Fuerzas Armadas Peronistas, la FAP.
En numerosos allanamientos —llegaron hasta registrar los campos del padre de Capuano en Santa Rosa de Calamuchita— las fuerzas de seguridad secuestraron seis ametralladoras, nueve pistolas, ocho revólveres, dieciséis granadas de mano, varios cartuchos de dinamita con la inscripción «Ejército Argentino» y dos transmisores y receptores VHF, entre otras cosas. Aún más que la cantidad de armas que atesoraban, a los periodistas y a los investigadores les llamó la atención el origen social de los Montoneros:
«Los detenidos son miembros de conocidas familias cordobesas y en su mayoría estudiantes universitarios»; «Los participantes son jóvenes de buena posición», tituló La Voz del Interior.
Pero había más. Una hoja de papel plegada, dentro del bolsillo de Maza.
«Autorización para conducir de Esther Norma Arrostito, CI 4.714.123, al señor Emilio Ángel Maza, CI 7.521.529, para conducir el automóvil de su exclusiva propiedad, marca Renault 4L, modelo 1969, patente C-184-540, por todo el territorio de la República Argentina», decía el documento que le permitió a la policía descubrir la conexión de los cordobeses de La Calera con la célula porteña y el crimen de Aramburu.
Tenía la firma del oficial Ignacio Aguirre: «La comisaría de la seccional 49 de la Policía Federal certifica las firmas que anteceden y dicen que son auténticas y fueron hechas ante mi presencia».
Esa autorización, en manos de las fuerzas seguridad, no solo iba a ser la punta del ovillo que permitiría develar la identidad de los autores del
crimen de Aramburu: junto con las fichas, pondría en riesgo la supervivencia de Montoneros.
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