Aramburu
Un largo e-mail desde Vilanova
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Vilanova i la Geltrú-Buenos Aires, 18 al 22 de noviembre de 2017.
Al despedirnos, luego del almuerzo en Sitges, le pedí a Mario Firmenich que no clausurara la posibilidad de que volviéramos a encontrarnos.
Regresé a Buenos Aires y, con la misma falta de certezas de la primera vez, fui planeando otro viaje a Barcelona.
Le escribí varias veces, acostumbrada ya a los silencios. Pedí la intermediación de distintas personas y seguí intentándolo.
Antes de desistir por completo, decidí arriesgarme: la primera vez también había volado a Barcelona sin certezas. Consulté la nueva fecha con María Martínez Agüero, la Negrita, y le dije que el riesgo del fracaso, como siempre, corría por mi cuenta. Llegué a los tres meses de mi primer viaje, el 17 de noviembre de 2017. Me alojé en Barcelona y al día siguiente tomé el mismo tren a Sitges; Martínez Agüero me esperó en la estación. Me saludó acongojada por la noticia que me traía: Firmenich no tenía interés en volver a verme. Aunque no tenía por qué hacerlo, ella se disculpó conmigo.
Fuimos a comer tapas a un bar catalán de la peatonal del pueblo y otra vez se sumó a nuestra mesa Facundo Firmenich, que tiene una presencia muy alegre. Sentí un déjà vu, pero presentí que esta vez el final sería distinto, que nadie, nadie realmente, lo haría de cambiar de opinión. Si Firmenich tenía alguna deuda con la persona que había vencido su resistencia en mi viaje anterior, ya la había saldado.
Ni la Negrita Martínez Agüero ni Facundo mencionaron el estado de ánimo de Firmenich, pero apenas pisé Buenos Aires alguien me refirió que atravesaba un momento de la vida especialmente difícil. Pronto a cumplir setenta años, se acercaba el día en que lo jubilarían como profesor y el futuro lo aterraba: venía de una familia longeva —sus padres habían muerto con más de noventa años— y se preguntaba a qué se dedicaría en ese porvenir acaso largo. Sin una propiedad ni una pensión, tampoco tenía asegurada su supervivencia económica para esos veinte hipotéticos años.
A los pocos días de mi viaje frustrado, el 22 noviembre de 2017, apareció en mi casilla un correo electrónico de Firmenich, casi tan largo como el mutismo que lo precedió:
Estimada María:
Me disculpo por la demora en responder a tus mensajes, pero la verdad es que mi tiempo tiene sus propias prioridades, porque yo no
soy un político profesional, ni alguien que viva de rentas, ni mucho menos un jubilado. Soy alguien que, como la mayoría, debe buscarse la vida para financiar su existencia y no puedo dedicar mi tiempo a los múltiples requerimientos en los que no tengo ninguna responsabilidad y que además son absolutamente ajenos a mi actividad cotidiana.
En primer lugar quiero dejar perfectamente aclarado que no pongo en duda tu buena voluntad y honestidad intelectual para hacer tu trabajo.
De todos modos, ya conocés mi voluntad de no conceder ninguna clase de reportajes ni entrevistas periodísticas, incluidas las llamadas
«off the record».
Hay múltiples motivos para que yo haya llegado a esta posición: a) Las prioridades en la asignación de mi tiempo.
b) Mi actitud ante la realidad de mi exclusión: yo no soy un hombre público.
c) Mi actitud ante los reportajes/entrevistas sobre la historia.
d) Mi opinión sobre las investigaciones históricas con metodología periodística.
a) Sobre las prioridades en el uso de mi tiempo: Mi escasez de tiempo tiene motivos diversos, desde que tengo que seguir dedicando mucho tiempo a seguir buscando nuevos trabajos (lo que requiere formarme continuamente para adquirir nuevas capacidades) mientras cumplo con los trabajos que aún puedo retener, hasta que me queda poco tiempo existencial para mis propios trabajos de investigación y escritura.
Lo primero tiene la urgencia y la necesidad de que se me acaba la vida profesional como docente/investigador y no tengo garantizadas ni jubilación ni rentas para sobrevivir.
Lo segundo es la conocida «carrera contra reloj» universal contra el Alzheimer y otras amenazas por el estilo. Cuantos más años tenemos, más valioso es el tiempo útil que nos queda por la simple razón de que es cada vez más escaso. No puedo ni debo ni quiero perder mi tiempo en cosas que no son mis propias prioridades.
b) Sobre mi actitud ante la realidad de mi exclusión: yo no soy un hombre público.
Alguna vez le he explicado a algunos periodistas que mi situación es la de «un político desocupado que se gana la vida como economista».
Esta ironía alude a la realidad de que la única política de estado que ha mantenido la Argentina, desde los años 70 hasta hoy, es la exclusión de Mario Eduardo Firmenich del sistema político legal.
Conste que eso ha ocurrido solamente 10 años bajo dictadura y 37
años durante gobiernos civiles, sin que se vislumbre un final.
Es un hecho obvio aunque no reconocido «oficialmente» que soy un excluido de la vida política de mi país. Los primeros interesados en mi exclusión son obviamente los sectores del establishment que enfrentamos en la lucha contra las dictaduras y el terrorismo paraestatal de la Triple A. Pero además me parece fácil de demostrar que soy excluido también por los que deberían ser mis compañeros.
Los motivos para ello son muy variados y hasta sostenidos desde posicionamientos políticos enfrentados entre sí, pero que coinciden todos en que lo mejor es que yo sea políticamente un hecho del pasado que no debe tener participación protagónica en el escenario político legal de la Argentina post dictadura.
No es un secreto que el «establishment mediático», lo que abarca al oficio periodístico, ha sido siempre la punta de lanza de mi demonización.
Huelga decir que tales posicionamientos no han contado ni contarán nunca con mi consentimiento. He realizado muchos intentos de quebrar ese bloqueo y para ello recurrí, entre otras cosas, a muchos reportajes de todo tipo que han tenido amplia difusión pública.
Con frecuencia las publicaciones de tales reportajes fueron usados para generar escándalos mediáticos, que inclusive han derivado en mi persecución penal, pero sin que se modificara en nada mi exclusión como un actor político activo, impidiendo cualquier posibilidad de que pudiera tener poder institucional.
Considero una perversidad sistémica esa dinámica de forzar mi participación en debates públicos mediáticos desde mi exclusión del sistema político.
Vista la realidad de que no se me permite participar en una estrategia política democrática, yo he tomado la decisión de negarme a participar mediáticamente hablando desde la exclusión.
En ocasiones se ha intentado inclusive presionarme diciendo que era mi obligación responder la inquisitoria periodística.
Pero yo no soy un hombre público sino una persona famosa que, además, no vive de su fama.
Los hombres públicos son financiados con dineros públicos, ya sea como funcionarios, mandatarios electos o candidatos a mandatarios electos; por eso tienen la obligación de responder públicamente a los requerimientos que se les haga desde la opinión pública.
Por otros motivos, los personajes de la farándula que viven lucrando con los medios dedicados a «ricos y famosos» no tienen el derecho de exigir privacidad, dado que ellos mismos lucran convirtiendo su vida privada en espectáculo farandulesco cuando les conviene.
Mi situación, en cambio, es la de una persona privada que es muy conocida, pero no soy ni un hombre público ni un miembro de la
«troupe de ricos y famosos» de la farándula.
Mi exclusión política le quita el derecho a la Argentina (como Estado y como sociedad) de reclamar mi obligada participación pública.
Todo esto resulta paradójico porque es obvio que mi vocación ha sido la política y es también obvio que mi opinión es de interés público y no solo en Argentina.
Pero la paradoja no hace más que denunciar la perversión argentina
de
sostener
como
política
de
Estado
mi
persecución/exclusión durante décadas, en todos los regímenes y bajo acusaciones infamantes burdas y autocontradictorias.
Es lamentable, pero no es mi culpa.
Esto no obsta a que yo me reserve el derecho de opinar sobre lo que sea, por el medio que sea y en el momento que me parezca. Pero la regla general es que no pierdo mi tiempo haciendo algo funcional a mi propia proscripción política y a mi propia exclusión socioeconómica.
c) Sobre mi actitud ante los reportajes/entrevistas sobre la historia: Una forma de mantener mi exclusión ha sido buscar por todos los medios que mi discurso quedara encerrado en el pasado.
La práctica le ha demostrado a los medios que hacerme participar mediáticamente hablando sobre el pasado (y más aún si se genera
escándalos) resulta útil a la finalidad de mi exclusión política y además es rentable desde el punto de vista del marketing.
A esto en dinámica de grupos se le llama «asignar un rol a un individuo dentro del grupo». El sistema ha creado mediáticamente un personaje llamado «Firmenich» que no tiene nada que ver con la persona homónima que soy yo.
Un personaje de ficción, como el pato Donald, Batman, el Profesor Neurus o Don Segundo Sombra, no cambia aunque pasen décadas; los personajes no crecen, ni maduran, ni envejecen porque no viven. Se puede montar con ellos una y mil veces variantes parecidas de la misma historieta o de la misma novela.
Exactamente eso hace el periodismo conmigo: montar una y mil veces la versión historieta (la caricatura de la historia) de
«Firmenich, el montonero de los 70». Pero ocurre que yo no soy un personaje de ficción, sino que soy una persona viva.
Precisamente porque estoy vivo, suele decirse que soy un pedazo vivo de la historia. Pero la historia no es el pasado; la historia es la construcción continua de un devenir de acontecimientos que tiene pasado, presente y futuro. Los periodistas funcionales a mi exclusión quieren ubicar a mi persona en la realidad inexistente de un pasado terminado; tratan a «Firmenich» como un «personaje histórico», es decir, alguien que ya no vive. Alguien sepultado. Alguien que no debe existir en el futuro de la historia.
Pero mi vida no ha terminado en ningún sentido. Eso significa que, como mínimo, todos deben respetar mi derecho al trabajo honesto para sostener con dignidad mi existencia, para no hablar de mi derecho a la intimidad.
Como no soy un personaje de ficción y como he seguido viviendo en los ¡treinta y ocho años posteriores a la última operación armada de Montoneros!, he tenido la necesidad y la capacidad de desenvolver mi vida en condiciones semejantes a las de cualquier hijo de vecino, aunque he debido hacerlo expatriado.
Los escandaletes periodísticos/penales que siempre se intenta montar en torno a mi persona, son atentatorios contra mi imprescindible actividad laboral habitual. Mi derecho a la vida privada (incluyendo mi exclusivo derecho al uso de mi imagen) no puede ser impunemente avasallado por un periodismo que juega a la
perversión de la seudo-participación del excluido o de la seudo-investigación histórica reporteando a la momia de Tutankamón.
Cualquier periodista debería saber que nadie puede trabajar normalmente si un escándalo mediático morboso envuelve a las empresas, instituciones y personas con las que uno debe trabajar.
Cualquiera debería comprender que si yo no puedo trabajar tampoco puedo vivir en el mundo actual. Pero a los periodistas que me buscan parece no importarles que ellos ganan dinero y construyen su fama y su prestigio profesional a costas del sufrimiento de mi familia y mío.
d) Sobre mi opinión acerca de las investigaciones históricas con metodología periodística.
No existen en vano los historiadores como especialistas en un tipo específico de investigación. La metodología científica de la historia se basa en encontrar pruebas documentales de diverso orden para fundamentar una hipótesis explicativa sobre hechos del pasado, los cuales, además, deben ser tratados con la mayor «objetividad»
posible.
Evidentemente cualquier opinión humana es subjetiva y esto es mucho más fuerte cuando se habla de situaciones políticas. Por eso, los historiadores prefieren dejar pasar bastante tiempo en relación a los hechos a ser analizados, para que los mismos tengan la menor implicancia directa en los posicionamientos políticos del presente.
Analizar en 2017 la actuación de los Montoneros en 1970 - 1980 es algo que sigue estrechamente vinculado a los posicionamientos políticos coyunturales de 2017.
Analizar en 2017 el gobierno de Tutankamón es algo que puede tratarse sin ningún apasionamiento de posiciones políticas presentes.
Pero, claro está que ningún historiador puede darse el lujo de hacerle un reportaje a la momia de Tutankamón, sino que debe investigar la historia con los métodos científicos de la historia.
Los reportajes no son una metodología inherente a la investigación histórica, sino que son una metodología inherente a la práctica profesional periodística.
En la Argentina de los últimos 35 años, ha habido un intrusismo profesional generalizado en la labor de los historiadores referida a la convulsa vida política del país en las décadas pasadas. Eso, además,
ha sido funcional también a la demonización de los Montoneros en general y de mi persona en particular.
Esta realidad sobre todo lo publicado no depende meramente de la posición individual del que escribe, sino que hay políticas editoriales de los medios, y tales políticas son herederas de las posiciones del establishment argentino durante las diversas formas de terrorismo de Estado que hemos padecido.
Lo que los periodistas pueden publicar sobre la historia de los Montoneros tiene la cortapisa de la política editorial de las empresas periodísticas y editoriales. Hasta no hace mucho, inclusive lo que se publicara tenía encima la lupa de una justicia perseguidora de cualquier «apología del delito».
Yo mismo he sido víctima de esa censura de los medios al querer publicar artículos y libros. En mi caso la política editorial significó directamente la no publicación. Pero en el caso de cualquier periodista que escribe sobre mí, la política editorial consiste en una censura parcial (o autocensura) de modo que siempre se mantengan vigentes los rasgos demoníacos del personaje maldito fabricado con mi nombre y apellido.
Yo me niego a seguir colaborando con el intrusismo profesional de esta distorsión académica que no contribuye a la verdad histórica.
Por otra parte, tengo muy claro que la historia nos otorga a los protagonistas el derecho personal a escribir nuestras memorias y entiendo que ese derecho no lo debo malgastar en reportajes.
María: quiero reiterarte una vez más que no pongo en duda tus buenas intenciones y honestidad profesional, aunque estoy seguro que nunca habías reflexionado sobre más de una de las cosas que he dicho más arriba.
Espero que comprendas que la historia que vos querés relatar debe ser y será escrita por los historiadores dentro de muchas décadas. Yo no tengo ningún temor ni ninguna duda de lo que dirá la retrospectiva histórica sobre los Montoneros y sobre mi persona.
Pero en el presente, en el que todavía soy una persona viva, una persona a la que no se le permite ni trabajar profesionalmente ni actuar libremente en la política de su país, tengo todo el derecho a negarme a colaborar con una publicidad perversa y morbosa sobre la
historia reciente, una historia de enorme dignidad sobre la que el establishment argentino no tiene ningún interés en que se imponga la verdad.
No solo no quiero colaborar en tu plan de publicaciones sino que además te agradecería que no lo hagas.
Saludos y hasta siempre,
Mario E. Firmenich
En el momento sentí un fuerte impacto. El texto tenía un aire de superioridad, entre didáctico y despectivo, que me irritó. Al llegar al final me quedé pasmada: no quería colaborar y ¿qué significaba que me agradecería que no publicara…? ¿Me estaba diciendo que no debía escribir este libro? ¿Con qué derecho?
Dejé el correo a un costado, no había urgencia para responderle.
Necesitaba tiempo para permitir que las emociones pasaran y pensar. Con más calma concluí que se había sentido en la obligación, molesta para él, de explicarme por qué no me había recibido en mi segundo viaje. No había escrito ese correo para ser cortés conmigo, sino para saldar su compromiso con nuestro intermediario.
Cuando pude ver el e-mail de otra manera, le escribí: Estimado Mario: antes que nada, muchas gracias por haberle dedicado tiempo a responder a mi requisitoria.
Entiendo que el tiempo es un bien muy preciado que debe ser administrado de manera muy selectiva y según una escala de prioridades.
Entiendo también que, en función de esa escala de prioridades, de tu realidad contemporánea y de experiencias en el pasado con la prensa argentina, hayas decidido no dar reportajes de ninguna especie.
Coincido plenamente en que no tenés ninguna obligación de responder.
Me permito, sin embargo, señalar que no todos los periodistas buscamos una entrevista con los mismos objetivos ni tampoco todos los reportajes producen el mismo resultado. No pretendo hacerte cambiar de opinión, pero sí siento la necesidad de responder a algunas cuestiones puntuales que fueron esbozadas en tu correo.
De mi parte, no pretendo ubicar ni anclar a Firmenich en ningún lugar en particular. Pretendí sumarte como fuente de información —la más relevante de todas, desde luego— a otra gran cantidad de testimonios que he ido recogiendo a lo largo del tiempo de un hecho muy relevante de nuestra historia reciente que, a mi modesto entender, aún merece ser explorado para favorecer su comprensión.
No busco contar la historia de un individuo particular, busco recrear la historia de una organización y de toda una generación con un relato de voces corales. Utilizo las herramientas del periodismo y de la investigación académica también (soy politóloga de formación).
No busco escándalos mediáticos. Busco comprender y lo hago con una libertad absoluta, sin ningún tipo de condicionamientos. Sin perversidad ni ímpetu morboso. Por eso agradezco que me digas que no pones en duda la honestidad de mis intenciones.
Disiento en que solo los historiadores y pasado un determinado tiempo (¿cuánto?) estén en condiciones de hacer una investigación que contribuya al debate público. Creo que los hechos de interés público son eso: hechos de interés público, y que a todos nos asiste la libertad de trabajar sobre ellos. ¿Un sociólogo, un politólogo o un economista no podrían hacerlo? ¿Por qué no?
Los protagonistas de los hechos tienen, desde luego, el derecho a escribir sus memorias (creo además que es deseable que lo hagan: sería un gran aporte). Pero no pueden pretender que nadie más escriba sobre los hechos que los tienen como protagonistas. A mí me encantaría poder chequear datos contigo y ampliar mis conocimientos de los hechos, en la modalidad que fuera. Tengo, además, la profunda convicción de que sería beneficioso para evitar muchos de los escenarios descriptos en tu correo, pero frente a tu negativa, debo decirte que no voy a desistir y que seguiré avanzando. Lo siento. Ojalá en algún momento del proceso podamos tener ese intercambio.
Saludos y muchas gracias nuevamente por tu correo, María
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