Aramburu
El germen
Fernando, Juan Manuel y sus hermanos Abal Medina junto a su padre.
Juan García Elorrio detenido en la Catedral, el 1 de mayo de 1967.
Carlos Maguid y su esposa Nélida Arrostito.
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Buenos Aires, 1966
Mario Firmenich fue el jefe de Montoneros hasta su disolución definitiva, en 1990, pero en el origen el líder de la célula porteña había sido otro.
Se llamaba Fernando Abal Medina y había crecido en una familia tradicional y católica, rodeado de hermanos —Antonio, Juan Manuel, Mario, Pablo y María—, en una casa amplia en Moreno 1130. Los adultos de la familia —el padre, Antonio Abal; la madre, Carmen Medina; la tía Consolación, que vivió con ellos hasta que se casó— eran de la Acción Católica, una institución de laicos que difundían el evangelio en un mundo cada vez más secular. Iban a las reuniones, mujeres y hombres por separado, en la Parroquia de Monserrat, a la vuelta de la casa.
Fernando también egresó del secundario del Colegio Nacional Buenos Aires (CNBA), aunque un par de años antes que Firmenich, en 1964. Había tenido una educación de excelencia, en la escuela con mayor debate político, donde se formaban las élites del país. Parecía dispuesto a cumplir el resto de su destino probable: graduarse, en la universidad pública, para ser un profesional y casarse con una chica católica. Se inscribió en la carrera de Ciencias Económicas, en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y se puso de novio con Liliana Plandolit, también vecina de Monserrat y de la Acción Católica. Hasta que, por una serie de sucesos políticos y la radicalización de un sector de la Iglesia, su vida tomó otro rumbo.
Ocurrió durante los años del dictador Juan Carlos Onganía, que en 1966
depuso al radical Arturo Illia —gracias a la paradójica ayuda de la prensa progresista— y despertó entusiasmo en gran parte de la familia Abal Medina. Por ejemplo, Juan Manuel, uno de los hermanos mayores de Fernando, que estudiaba Derecho en la UBA y trabajaba en una empresa constructora, colaboraba como secretario de redacción en Azul y Blanco, una publicación nacionalista, antisemita y antiperonista dirigida por Marcelo Sánchez Sorondo, que apoyó el golpe.
Onganía no era el más antiperonista entre los generales. Pertenecía a una corriente de las Fuerzas Armadas, los azules, que —a diferencia de su adversaria, los colorados— le reconocía al peronismo al menos una virtud: servía para contener a los sectores populares y evitar que fueran cooptados por la izquierda comunista, que crecía con fuerza en América Latina desde el triunfo de la Revolución Cubana. La cúpula de la Iglesia católica también
celebró la llegada del militar, que prometió poner coto a las «ideas extranjerizantes» que arrebataban a los jóvenes.
Pero dentro de la Iglesia, el ámbito principal de pertenencia de los Abal Medina, ya no existía una corriente de pensamiento única y dominante. El Concilio Vaticano II, que sesionó entre 1962 y 1965, había generado un profundo proceso de renovación que dividió aguas entre los católicos. Juan XXIII convocó a ese concilio cuando los curas aún daban la misa en latín y de espaldas a los fieles; con buen sentido de la oportunidad, sintió la necesidad de «abrir las ventanas» para que entrara «un poco de aire fresco»
del mundo exterior. En plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, con el empuje de las numerosas colonias que se habían independizado en África y Asia, había surgido el Movimiento de Países No Alineados y la noción del Tercer Mundo. Esos vientos de cambio conmovieron a la Iglesia en formas inesperadas.
A diferencia del resto de su familia, Fernando Abal Medina se involucró con el sector del catolicismo que, inspirado por el Concilio Vaticano II, se paró en la vereda de enfrente de la llamada Revolución Argentina. Una corriente que tuvo en su centro una revista, Cristianismo y Revolución, fundada por Juan García Elorrio, quien adoptó a Fernando como su discípulo dilecto.
A través de García Elorrio, Fernando conoció a otros chicos que también habían ido al Colegio Nacional Buenos Aires, Firmenich y Carlos Ramus, de la camada 1966. Se empezaron a frecuentar por fuera de Cristianismo y Revolución y armaron un grupo en el que Abal se impuso como el líder, menos por ser dos años mayor que por su personalidad resuelta.
Firmenich y Ramus habían militado en el secundario en la Juventud Estudiantil Católica (JEC) bajo la influencia de Carlos Mugica, otro egresado del mismo colegio. Como asesor espiritual de la JEC, Mugica les había cambiado las prioridades. Solían juntarse con él una vez por semana, para rezar, debatir sobre política y confiarle sus dilemas.
El cura no solo les inspiraba confianza: les parecía un ídolo. Era joven y carismático; rubio y de ojos claros, se movía en una moto Gilera y usaba una campera de cuero sobre la sotana que le daba un aire a James Dean en Rebelde sin causa.
A veces dormía en la casa de su familia, aristocrática y adinerada, pero se había mudado a un asentamiento precario en Retiro, la Villa 31. En un calle
sin nombre ni cloacas, Mugica había fundado Cristo Obrero, una capilla abierta a la comunidad. Los fines de semana unía sus mundos: invitaba a los chicos del barrio a la pileta en la quinta de sus padres y organizaba actividades en la Villa 31 para los jóvenes del CNBA.
Junto con Alberto Carbone, un cura alemán metódico y de pocas palabras, coordinador de la JEC, Mugica creó campamentos para que los estudiantes conocieran las zonas más pobres del país. Muy influidos por el ánimo del Concilio Vaticano II, entendían que a ellos les correspondía inducir a los más jóvenes al compromiso social y misionar junto a los más débiles, cerca de los excluidos del sistema y lejos del púlpito. Creían, también, que un cambio era necesario en un mundo que percibían como demasiado injusto, demasiado desigual.
La discusión sobre cómo transformar esa realidad que los interpelaba —
esto es, sobre la legitimidad de la lucha armada— llegaría poco más tarde.
Daban testimonio de su opción por los pobres en la vida cotidiana y llamaban a los jóvenes a seguir el ejemplo de Jesús. En enero de 1966
Mugica organizó un viaje que marcó a Firmenich y sus compañeros. Puso en práctica el lema de la JEC, «la formación en la acción»: los llevó a conocer la pobreza extrema en la que había caído una región tras el cierre de La Forestal.
La compañía de capitales ingleses The Forestal Land, Timber and Railways Co. Ltd. —más conocida como La Forestal— había arrasado con el 90% de los quebrachos del Chaco santafesino cuando, en 1963, cesó sus operaciones y dejó a los hacheros y sus familias en la miseria. Ramus y Firmenich aprendieron sobre el régimen de semiesclavitud de La Forestal: descubrieron que no pagaba los salarios en dinero sino con vales que los hacheros debían canjear por productos sobrevalorados, y a veces en mal estado, que vendían en los almacenes que también pertenecían a la empresa.
Volvieron impactados y resueltos a no permanecer indiferentes.
A los pocos meses, García Elorrio —un estudioso de la teología, también comprometido con el legado del Concilio Vaticano II—, como un nuevo mentor, les abrió una ventana a perspectivas más radicalizadas. De pronto la solidaridad de Mugica con los excluidos se volvió tibia a los ojos de Firmenich y Ramus: no atacaba la raíz del problema.
García Elorrio había conocido a Mugica en el seminario de San Isidro, pero no había llegado a ordenarse: retomó la vida laica, se casó y tuvo hijos en un matrimonio que duró hasta que se cruzó con Casiana Ahumada. Ella
fue su compañera de vida, sentimental y de militancia, y el sostén económico que hizo posible los cuatro años de Cristianismo y Revolución: destinó parte de su herencia a financiar la publicación que cumplió un rol fundamental en la creación de Montoneros.
El editorial del primer número, de septiembre de 1966, hablaba de Vietnam, el antiimperialismo, la descolonización en África, los derechos de la población negra en Estados Unidos, de la Revolución Cubana de 1959
que encendía otros focos de rebelión en América Latina: el mundo en llamas y la sensación de que un cambio era posible. «Todos —nosotros también— entramos en el camino de la revolución. Es nuestra hora», arengaba.
El nombre de la revista era un homenaje a Camilo Torres, el colombiano que dejó el sacerdocio y se sumó al Ejército de Liberación Nacional para morir en el primer episodio armado en el que intervino, en 1966. El principal legado moral de Torres, «el deber de todo cristiano es ser revolucionario», combinado con el mandato del Che Guevara, «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución», se convirtió en un imperativo, en una arenga a seguir el ejemplo de la insurgencia.
Para los católicos, exigía saltar una barrera. Una cosa era arriesgar la vida propia y otra, muy diferente, tomar la vida ajena. Abal Medina, Firmenich y Ramus igual sintieron que ya estaban listos: se trataba de una causa justa.
La siguiente etapa exigía abrazar la lucha armada y tener una nueva vida secreta, en la clandestinidad.
Fernando dijo a sus padres que se iba a vivir con amigos. Se ausentaba entre dos y tres noches por semana y rompió con la novia del barrio. Cada tanto regresaba al hogar, pero solo para visitar brevemente a sus sobrinos: Juan Manuel seguía viviendo en la casa familiar con su mujer Cristina y sus chicos.
Firmenich y Ramus ya tenían cierta independencia económica: habían descubierto cómo podían ganar algún dinero —el primero de sus vidas—
mientras estudiaban.
Por la familia de la madre, María Iribarren, los Ramus eran pequeños terratenientes. Ella heredó dos campos y se casó con el agrimensor que los arrendaba, Gustavo Ramus. Aunque se instalaron en Caballito, uno de los barrios preferidos de la clase media porteña, pasaban los fines de semana y los veranos en la estancia más cercana a Buenos Aires, llamada La Celma en honor a la abuela materna, en Timote.
Además de estas tierras ubicadas en una zona ganadera, la madre de los Ramus había heredado campos inundables al norte de la provincia de Santa Fe. Con la ayuda del padre, Carlos y su amigo compraban allí vacas para engorde, las llevaban a Timote y luego las revendían. El trabajo no era duro y en el bar del pueblo había peñas por las noches: Firmenich llevaba su guitarra y con Carlos cantaban un repertorio de música folklórica.
Firmenich estaba totalmente integrado a la familia Ramus. En Timote, un pueblo pequeño y sin secretos, todos sabían de su noviazgo con Susana, la única hermana de Carlos. El amor adolescente había nacido en los fogones de un campamento de la JEC en Bariloche. A Susana, dos años menor, le gustó el amigo de su hermano, aunque era un poco áspero en el trato.
Parecía amable: de regreso del viaje, ella debió recluirse en la casa por una hepatitis, él la visitaba con la excusa de jugar al ajedrez con Carlos. Cuando Susana se recuperó, él la invitó a una confitería en Callao y Santa Fe y le declaró su amor. El noviazgo duró un año y medio.
Hasta que el dinero de la compra venta de ganado les permitió a Firmenich y a Ramus dejar las casas de sus respectivos padres y vivir juntos. En Timote podían practicar tiro con las armas del casero Blas Acebal sin levantar sospechas, pero necesitaban un poco de privacidad también en la ciudad. Alquilaron una vivienda en Bernardo de Irigoyen 2123, en Munro, un barrio de construcciones bajas y clase media del conurbano. Cuando daban los primeros pasos para crear una célula guerrillera, Abal Medina se mudó con ellos.
Convivieron hasta que Abal se enamoró de Norma Arrostito, una mujer que tal vez habría espantado a sus padres. Pero Antonio y Carmen no tuvieron noticia de ese vínculo.
Ella le llevaba casi siete años, algo inusual en la época; era atea y casada.
Años atrás había pasado por la Federación Juvenil Comunista, la Fede; ahora simpatizaba con el peronismo de izquierda revolucionario. Militaba en Acción Revolucionaria Peronista (ARP), una agrupación guevarista a la vez que peronista, y su referente era John William Cooke, que había pasado una larga temporada en Cuba. Hija de un plomero, Osvaldo, y de un ama de casa, María del Carmen, Arrostito no podía ser más diferente de la novia de Acción Católica que Abal Medina había llevado a casa de sus padres.
Se conocieron durante la huelga de los portuarios, la más importante que enfrentó Onganía en su primer año en el poder, cuando eliminó muchos beneficios laborales que databan del peronismo. En octubre, los estibadores
paralizaron el puerto de Buenos Aires, armaron ollas populares y montaron piquetes para impedir el ingreso de camiones con trabajadores contratados.
Las organizaciones peronistas de los barrios los acompañaron; muchos jóvenes se acercaron a cooperar de manera individual.
En una de las tantas redadas de la policía contra los portuarios, en diciembre, los dos cayeron presos. Aunque no compartía las ideas de las nuevas amistades de su hermano, Juan Manuel movilizó sus contactos con funcionarios de Onganía y logró que Fernando y la mujer que lo acompañaba fueran liberados. El marido de Arrostito, Rubén Roitban, entrenaba por esos días en La Habana. Al regresar se encontraría con que ella había cambiado sus simpatías políticas y, además, se había enamorado de otro hombre.
Norma se separó y se mudó a la casa de su hermana Nélida, dos años mayor que ella. Eran muy unidas. Las dos habían estudiado en la Escuela Normal Mixta de San Martín, una escuela pública como el Buenos Aires pero sin ínfulas ni tanta exigencia académica; las dos se habían recibido de maestras; las dos se casaron muy jóvenes. Nélida se fue a vivir con su marido, Carlos Maguid, fotógrafo y redactor de Canal 11, y empezó a trabajar en el jardín de infantes Arco Iris, en Uriburu 1220, pleno Barrio Norte. Para la misma época, Norma pasó un tiempo en casa de sus suegros, en Villa Ballester, empezó a estudiar Ciencias Exactas y se alejó de sus padres.
Osvaldo atribuyó la distancia a las diferencias políticas: a él le parecía peligroso que su hija se mezclara con activistas y se lo decía. No logró recomponer la relación ni siquiera cuando a María del Carmen le diagnosticaron problemas psiquiátricos que requerían internación. Solo Nélida y su marido fueron el sostén anímico del padre, y nunca dejaron de visitar a la madre.
Nélida no tenía rencores. Cobijó a Norma, recién divorciada, en el living de su casa en Villa Pueyrredón y le consiguió un empleo administrativo en el jardín de infantes Arco Iris. Con ella, empezó a frecuentar la casa su novio Abal Medina. Nélida y su marido no podían creer que fuera tan creyente y se enfrascaban con él en largas discusiones sobre teología y política. Poco después los tres alquilaron una vivienda más amplia en Bucarelli 1752, en el barrio de Parque Chas, famoso por su forma de laberinto.
Cuando se mudaron, Osvaldo les regaló uno de sus pocos objetos de valor: una máquina de escribir Olivetti. Maguid lo apreció: aunque pasaba el día en el departamento de publicidad del canal, su pasión era escribir poesía. Como también le gustaba la fotografía, en un pequeño baño de la casa tapó el ingreso de luz y montó un laboratorio para revelar películas e imprimir fotos.
Pronto Abal Medina se instaló en la habitación que ocupaba Norma en la casa de Parque Chas. No dejó de frecuentar a Ramus y a Firmenich: él y su grupo siguieron un tiempo más ligados a García Elorrio.
El creador de Cristianismo y Revolución los llevó hasta el punto de quiebre con Mugica —dispuesto, en sus palabras, a morir pero no a matar—
y fundó con ellos el Comando Camilo Torres, con el que debutaron en una actividad clandestina.
* * *
Buenos Aires, 1° de mayo de 1967El Comando Camilo Torres se hizo visible por primera vez aquel Día del Trabajador, mientras monseñor Antonio Caggiano, del catolicismo más conservador, oficiaba misa en honor a San José Obrero en la Catedral, frente a la Plaza de Mayo y a pasos de la Casa Rosada. Con Onganía, la Catedral había vuelto a ser un punto de encuentro entre la Iglesia y el poder.
Los integrantes del Comando Camilo Torres llegaron temprano y se ubicaron en las puntas de varios bancos de la nave central. Debajo de los abrigos escondían los volantes que lanzaron al aire cuando García Elorrio avanzó hacia el micrófono de las oraciones, a un costado del púlpito y empezó a recitar una oración poco habitual en ese ámbito: «Te pedimos, Señor, que las libertades sindicales destruidas por el gobierno sean recuperadas definitivamente por y para la clase trabajadora mediante la organización y la lucha revolucionaria», decía. «Que la sangre de los mártires del trabajo nos impulse y aliente en medio del abandono y la traición a la clase obrera por parte de sus falsos dirigentes».
García Elorrio no alcanzó a denunciar «las claudicaciones de la Iglesia oficial»: Caggiano le reprochó que pretendiera «expresar ideas políticas»
durante «un acto eminentemente religioso» y siguió adelante con la ceremonia. Cuando la misa terminó, hubo un tumulto en la puerta de la
Catedral; aunque Caggiano lo controló, la policía detuvo a García Elorrio y a otros once integrantes del comando.
Esa acción casi teatral fue la presentación en sociedad de la organización precursora de Montoneros. La mayoría de los camilistas quedó libre a las pocas horas, pero García Elorrio y Abal Medina fueron condenados a treinta días de cárcel.
* * *
Córdoba, 1966Otra célula fundamental para el desarrollo inicial de Montoneros surgió en la provincia de Córdoba bajo el liderazgo de Emilio Maza, el Gordo; y otra vez el lazo conector entre los grupos fue la revista Cristianismo y Revolución.
Maza y su amigo inseparable, Ignacio Vélez Carreras, asistieron en octubre de 1966 al Encuentro Nacional Social Cristiano, en Unquillo, con la intención formal de conocer a García Elorrio. Buscaban algo más: vínculos con el Comando Camilo Torres. Ellos ya estaban listos para pasar a la acción.
Córdoba era una provincia en ebullición. Hasta el golpe de 1966 había sido un caso único de integración social. Por el crecimiento de la industria automotriz desde la década de 1950, tenía un cordón industrial pujante donde la población se había multiplicado; muchos de los hijos de esas familias obreras se mezclaron con la clase media en la universidad; junto con los propios trabajadores y las mujeres, llegaron a ser un tercio del total de estudiantes.
A todos partió el golpe de Onganía.
El Gordo Maza —gran lector y polemista, con personalidad arrasadora—
estudiaba Medicina y militaba en el movimiento integralista: cristianos antimarxistas y nacionalistas. Los integralistas disputaban el poder con los reformistas, herederos del movimiento que en 1918 consiguió que la universidad pública fuera autónoma y gratuita. Inicialmente habían simpatizado con Onganía, pero se unieron con los reformistas en defensa de la universidad, que fue atacada en todo el país a partir de la brutal represión de la Noche de los Bastones Largos en la Universidad de Buenos Aires.
Para protestar, los integralistas organizaron una huelga de hambre en la parroquia Cristo Obrero, de la que Maza era coordinador universitario.
Corrieron los bancos y los reemplazaron por colchones y mantas; estaban protegidos: la policía no podía entrar a un territorio de la Iglesia. Apenas setenta y dos jóvenes iniciaron un ayuno, el 18 de agosto de 1966, el clero más reaccionario exigió al cardenal Raúl Primatesta que terminara con esa ocupación de un lugar sagrado.
Maza cuidó la salud de los huelguistas junto con su amigo Vélez Carreras, que lo asistía. Habían egresado como subtenientes, con un año de diferencia, del Liceo Militar General Paz, un internado de varones preferido por las familias acomodadas de Córdoba. Habían aprendido a manejar armas y nociones sobre táctica para la guerra que les resultarían muy útiles en un contexto bien distinto al que habían imaginado sus docentes.
El liceo era una institución muy ligada a la Iglesia. Los capellanes —
designados por el Arzobispado de Córdoba— tenían un peso singular en la vida de los estudiantes, que se criaban con militares muy severos y solo veían a sus padres los fines de semana: representaban la única figura protectora. Los asesores espirituales de la camada de Maza y Vélez Carreras, Carlos Fugante y Alberto Rojas, pertenecían —como Mugica y Carbone— a las corrientes ligadas al Concilio Vaticano II, de las que surgió el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.
Fugante se mudó a vivir a los márgenes de la ciudad, en un barrio pobre, Bella Vista; Rojas, al Hogar Sacerdotal, una vivienda para curas en el centro, a pocos metros de la casa de los Vélez Carreras, que conectaba por un pasillo interno con la capilla Cristo Obrero. Allí predicaban José Gaido y Nelson Dellaferrera, otros dos reformistas que habían pasado un año sancionados por el arzobispo Ramón Castellano por declaraciones favorables a las luchas obreras. Organizaban charlas para los estudiantes, y en una ocasión llevaron a Conrado Eggers Lan, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y promotor del diálogo entre cristianos y marxistas.
Rojas convivía con el nacionalista Pepe Echeverría y otros párrocos cercanos a Enrique Angelelli, obispo auxiliar de Córdoba y asesor de la Juventud Obrera Católica. Angelelli era joven para el cargo (tenía treinta y ocho años) y había participado del Concilio Vaticano II; misionaba, como le gustaba decir, «con un ojo en el Evangelio y un oído en el pueblo». Eso le costaría la vida en 1976, durante otra dictadura, por lo que fue consagrado beato en 2018.
La huelga de hambre de 1966 los encontró a todos luchando por la misma causa. Con la universidad de paro y la huelga de hambre en marcha, los estudiantes salían a las calles del Barrio Clínicas todas las tardes. El 7 de septiembre, mientras las fuerzas de seguridad dispersaban a los manifestantes que se habían desplazado hasta la avenida Colón, un policía disparó a corta distancia contra un joven de veinticuatro años, que murió a las pocas horas.
Como víctima del régimen, Santiago Pampillón representaba a todos los que lo resistían: era joven, estudiante, obrero y dirigente del sindicalismo combativo. Se había mudado de Mendoza a Córdoba para estudiar ingeniería y trabajaba como operario de IKA Renault para mantenerse. La brutalidad de su asesinato apagó por un tiempo el fervor de la protesta; a los cuatro días se levantó la huelga de hambre. El cardenal Primatesta clausuró la parroquia, sancionó a Rojas, desplazó a Gaido y a Delaferrera y cerró el comedor universitario.
Los jóvenes habituados a reunirse alrededor de la capilla crearon el Movimiento Universitario Cristo Obrero (MUCO), con la idea de sostener la militancia en otros ámbitos, en los barrios y en las fábricas. En una asamblea, Maza pidió la palabra y se dejó llevar por el entusiasmo: dijo que había que dar un paso más, montar un aparato militar y crear un foco guerrillero para seguir el camino revolucionario, como en Cuba.
Perdió la votación, lamentó su indiscreción y abandonó el MUCO con su amigo Vélez Carreras. En el primer contacto con García Elorrio, le ofrecieron distribuir Cristianismo y Revolución en la provincia de Córdoba.
Viajaron a Buenos Aires a buscar los primeros ejemplares y se vincularon con el grupo de Abal Medina.
Hacia fines de 1966, todos estaban ya conectados.
La Habana, julio de 1967
García Elorrio y Abal Medina viajaron a Cuba en representación de Cristianismo y Revolución, para participar de la primera conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS).
Una pregunta que nadie podía formular intrigaba a las delegaciones: a mediados de 1967, cuando aterrizaron en La Habana, la presencia de Ernesto Guevara en Bolivia era un secreto. Tenían tanta fe en el Che que, en lugar de preocuparse por él, se preguntaban en qué punto del continente haría estallar la siguiente revolución.
Osvaldo Dorticós Torrado, el presidente cubano, dio la bienvenida a los participantes de la OLAS —miembros del Partido Comunista, fuerzas de izquierda y otras organizaciones revolucionarias de Asia, África y, mayoritariamente, América Latina— sin dejar caer pistas: «Nuestro saludo de hermanos y nuestro abrazo de estímulo a los combatientes que hoy empuñan las armas libertadoras en distintos países de este continente». En especial, agregó, al Che «en cualquiera que sea el lugar de combate donde se encuentre».
El éxito de la revolución de los barbudos que bajaron desde la Sierra Maestra había viralizado la «teoría del foco»: un pequeño grupo podía ser la antorcha de rebelión que encendiera al resto. «No siempre hay que esperar a que se den las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas», había dicho Guevara.
Las realidades de cada país eran muy diversas, pero las delegaciones que acudieron a la conferencia de la OLAS coincidieron en los grandes trazos: la denuncia del intervencionismo de los Estados Unidos, los discursos antiimperialistas y la elección de los movimientos guerrilleros como instrumento de lucha a favor de la emancipación de los pueblos de América Latina. La novedad que tendría mayor impacto en el devenir de la lucha armada en la Argentina fue la presencia en La Habana de grupos de origen católico.
Fidel Castro —primer ministro cubano, comandante supremo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y primer secretario del Partido Comunista— se reservó el cierre de la reunión de la OLAS para formular una oda a la vanguardia iluminada. «Quienquiera que se detenga a esperar que las ideas triunfen primero en las masas, de manera mayoritaria, para iniciar la acción revolucionaria, no será jamás revolucionario», arengó el comandante de verba fabulosa. «Si nosotros hubiésemos tenido esa concepción, jamás habríamos iniciado un proceso revolucionario. Bastó que las ideas tuviesen fuerza en un número suficiente de hombres para iniciar la acción revolucionaria; y, a través de la acción, las masas fueron adquiriendo esas ideas».
García Elorrio y Abal Medina escuchaban, con distintas urgencias. Los más jóvenes del Comando Camilo Torres ya pensaban en cómo adaptar las teorías cubanas a un país con ciudades grandes como la Argentina. Con el salto que planeaban, iban a romper con su último mentor, quien nunca quiso
supeditar por completo su vida en la superficie a las necesidades de la lucha armada.
De regreso en Buenos Aires, una fuerte discusión entre el director de Cristianismo y Revolución y quien había sido hasta ese momento su mejor discípulo selló la ruptura.
Abal volvería a Cuba, y pronto. Pero ya no para asistir a consideraciones teóricas sobre la política contemporánea.
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