Aramburu

Maria O'Donnell · Capítulo 4 de 30

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Aramburu

El secuestro

Pedro E. Aramburu en Confirmado, 1967.

Sara Herrera de Aramburu en Periscopio, 1969.

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Buenos Aires, viernes 29 de mayo de 1970

El teléfono sonó, perturbador, poco después de la medianoche, cuando Pedro Eugenio Aramburu y su mujer Sara Herrera ya dormían. El militar se incorporó y atendió la llamada desde el aparato sobre su mesa de luz.

—¿Se encuentra el general Aramburu?

—Soy yo. ¿Quién habla?

—…

—¡¿Quién habla?!

—…

—¡¿Por qué no se dejan de molestar?!

Sara, que también había despertado, se inquietó:

—¿Qué pasa, Eugenio? ¿Quién era?

—No lo sé. Cortaron. O se cortó. Quién sabe.

—¡Otra vez!

En esa casa las llamadas se interrumpían con frecuencia. A pedido de Sara, el servicio de reparaciones había enviado dos empleados a revisar los cables en la terraza del edificio. Dijeron que habían reparado el desperfecto y se retiraron.

Al militar le había parecido ingenuo el comportamiento de su esposa: él tenía la certeza de que los servicios de inteligencia del gobierno de Juan Carlos Onganía habían interferido la línea para escuchar sus conversaciones.

Aquella noche corroboró sus sospechas.

Onganía, acaso, tenía razones para querer vigilar sus movimientos.

Así como la sociedad se había dividido frente al peronismo, también en las Fuerzas Armadas había dos corrientes ideológicas bien definidas, entre liberales y nacionalistas, ambas de impronta anticomunista. En 1955 se habían unido contra el enemigo en común —Juan Domingo Perón— pero, apenas dieron el golpe, otras vez asomaron sus diferencias. Aramburu, profesor de la Escuela de Guerra, siempre había pertenecido al ala más liberal del Ejército, la más antiperonista, tal vez por la influencia de sus estudios en Francia. Participó de la conspiración contra Perón y a los dos meses le arrebató el poder al general Eduardo Lonardi, del ala nacionalista, que le había ganado la primera pulseada. Los contrarios de Aramburu —los generales que venían de la línea de Lonardi— habían vuelto a imponerse en 1966 de la mano de Onganía.

El 29 de mayo era el Día del Ejército y nadie lo había invitado al acto oficial: a él, que había ocupado la presidencia de facto durante dos años y medio, entre noviembre de 1955 y mayo de 1958, durante la llamada Revolución Libertadora. Un recuerdo de aquella escuela de formación de cadetes, de la que había egresado casi cincuenta años antes, atravesó su mente. A sus adversarios dentro de las Fuerzas Armadas no les bastaba con ignorarlo: se tomaban además el trabajo de molestarlo.

Onganía iba a encabezar el acto en el Colegio Militar de El Palomar.

Había bautizado a su dictadura como Revolución Argentina y tenía la pretensión de perpetuarse sin plazos en el poder, precisamente cuando Aramburu había manifestado que los golpes de Estado ya no eran una salida viable para el país. En esta nueva vena, Aramburu conspiraba para forzar una salida electoral que lo contaría como importante protagonista. Aunque para muchos era la figura más emblemática de 1955, el general había roto con su pasado al punto de tender puentes con el mismísimo Perón, exiliado en Madrid.

A las 8.45 de la mañana un Peugeot 504 blanco, con un tapizado contrastante rojo vivo, se detuvo en la calle Montevideo, a mitad de camino entre Santa Fe y Charcas, como se llamaba entonces Marcelo T. de Alvear.

Ingresó al garaje donde el teniente general guardaba su automóvil, en la misma cuadra de su departamento, un piso de tres dormitorios y 170 metros cuadrados, pero sin cochera, a doce cuadras del cementerio de la Recoleta.

Del asiento del acompañante descendió, vestido con un sobretodo oscuro, Ignacio Vélez Carreras; Fernando Abal Medina y Emilio Maza salieron del asiento trasero y con ropa militar.

Vélez se dirigió a Humberto Fernández, el encargado del estacionamiento, con tono firme, impostando un poco la voz, para aparentar algo más que veintitrés años:

—Buen día. Venimos a buscar al general Aramburu.

Como había obras de mantenimiento sobre la calle Montevideo, no habían querido detenerse en la puerta para evitar que el tránsito se trabara, explicó. Fernández accedió.

—Muchas gracias. Enseguida venimos con el general.

La reparación les había complicado los planes a último momento: ellos iban a cortar la calle con un cartel de «Hombres trabajando», pero la

realidad se les anticipó y debieron improvisar otra cobertura para el segundo auto que participaba del operativo.

Gustavo Ramus detuvo el auto de apoyo, una pickup Chevrolet, junto a la puerta del colegio Champagnat de los Hermanos Maristas, frente al estacionamiento. Su compañero del colegio secundario, Mario Firmenich, de veintidós años recién cumplidos, bajó del auto disfrazado con un uniforme de policía y Carlos Maguid, con una sotana. Firmenich se paró alerta en la vereda y Maguid se confundía entre los curas de la escuela religiosa. La puerta trasera de la camioneta quedó abierta, con una ametralladora al alcance de la mano para cualquiera de los dos.

La actuación de Carlos Capuano, que había quedado al volante del Peugeot 504, no convenció del todo al encargado. A pesar de su traje azul cruzado (el atuendo de chofer de un funcionario público) lo impresionó como alguien demasiado joven para ese trabajo. Calculó que tendría unos veinte años y no se equivocaba: había cumplido veintiuno hacía muy poco.

Pero tenía otras aptitudes. Criado en una familia adinerada de Córdoba, en la que abundaban los aficionados al automovilismo, un hobby de ricos, Capuano era el más hábil para manejar. En pocas maniobras colocó el auto de frente a la salida, puso el freno de mano, dejó el motor encendido y tranquilizó a Fernández:

—Son unos minutos, nada más —y observó a sus compañeros.

Norma Arrostito había bajado del auto de Ramus en la esquina de la avenida Santa Fe y ahora caminaba hacia la puerta: su puesto asignado de vigilancia. Era la única mujer del grupo, y con treinta años, la de más edad.

Así y todo, se había maquillado y llevaba una peluca rubia para que le diera aspecto de mayor; tenía un arma en la cartera, apretada contra el pecho.

Eran las 8.50 de la mañana.

Los tres que habían bajado del Peugeot tocaron el timbre del departamento que ocupaba el octavo piso de Montevideo 1053.

Sara, que estaba por salir de compras, levantó el portero eléctrico de la cocina. Escuchó:

—Venimos a ver al teniente general Aramburu en representación del Comandante en Jefe del Ejército.

A los veintipico, cuando otros jóvenes de su edad y de sus círculos sociales estudiaban para terminar carreras universitarias, ellos se habían propuesto enderezar la historia, vengarla con un crimen.

Y si era necesario, estaban dispuestos a morir en el intento.

Aramburu seguía en pijama, porque a nadie esperaba; Sara igual abrió la puerta de entrada al edificio sin formular más preguntas.

—Suban.

Abal Medina, Maza y Vélez Carreras atravesaron el hall principal y llegaron hasta el ascensor sin que nadie los viera. El portero, Roberto Esclavo, que vivía en la planta baja, había salido.

Cuando llegaron al octavo piso, los dos vestidos de militares salieron al palier del departamento; Vélez, que estaba de civil, quedó escondido dentro del ascensor. Sara abrió la puerta y el más alto —Abal— se presentó con un apellido que ella no recordaría luego. Solo reparó en el uniforme del ejército y los atributos plateados sobre el hombro, que lo identificaban con el rango de mayor. Sara miró al acompañante, y Abal lo presentó con un ademán y pocas palabras:

—Vengo con el oficial.

Maza —que había estado pupilo en el Liceo Militar de la provincia de Córdoba— se cuadró erguido y saludó. A Sara, una maestra criada en Santiago del Estero, que vivía entre militares desde que se casó con Aramburu, la actitud y el habla de los visitantes le resultaron convincentes.

Jamás pensó que tuvieran veintitrés años Abal Medina y veintiséis Maza.

Creyó que estaba delante de jóvenes de unos treinta y cinco años que bien podían preguntar por su marido.

—Buen día. ¿Qué necesitan?

—Nos envía el comandante en jefe del Ejército a ver al teniente general Aramburu —repitió Abal Medina. Llevaba un bigote postizo para aparentar más edad; con la espalda bien derecha, quería asumir la postura de los militares y ocultar la ametralladora que tenía debajo de un piloto verde oliva.

Sara lo miró; dudaba. Para convencerla hizo una pausa y agregó en voz baja, como una confidencia:

—Razones de seguridad.

Ella nunca se había involucrado en los asuntos políticos de su marido, pero había estado atenta. Y apenas días antes él le había comentado que había «barullo en el ambiente». La había preocupado.

Sara vivía con miedo desde que, por casualidad, el jardinero de la quinta que tenían en El Talar de Pacheco había encontrado una bomba. Nunca dieron con los responsables del atentado fallido. El único hijo varón de los Aramburu, llamado Eugenio como su padre, los acompañaba sin falta

cuando iban los fines de semana, y dormía con las persianas levantadas por precaución, ya que su padre no tenía siquiera un perro guardián en la quinta.

Sara había pasado otro mal momento una mañana cuando en el hall de la planta baja apareció una corona de flores negras, un presente macabro para el habitante más célebre del edificio, su marido.

En ninguno de los casos Aramburu se molestó en sacar una conclusión. A las internas de las Fuerzas Armadas había que sumar «el accionar de grupos terroristas», como los llamaba, que tenían como blanco dilecto a los militares. El general pensaba en la amenaza comunista, en las guerrillas que recibían ayuda de Cuba, el ariete de la Unión Soviética en América Latina.

No creía tener más cuentas pendientes con el peronismo.

Aquella mañana, cuando los jóvenes oficiales preguntaron por su marido, Sara les abrió la puerta.

—Pasen —les dijo.

Con un gesto les indicó el living, una sala con muebles de estilo y sillones tapizados en terciopelo, dispuestos alrededor de una chimenea sobre la que colgaba un gran espejo. La luz ingresaba por el ventanal desde el que se veía la calle.

—Aguarden acá. Le voy a avisar.

Abal Medina y Maza se sentaron en los sillones que Sara les indicó.

Cuando se perdió por un pasillo, comprobaron que las armas que llevaban no asomaran debajo de los uniformes.

Aunque nunca habían estado en el departamento, reconocieron la araña en el techo, las lámparas de pie, los adornos de plata sobre las mesitas de apoyo, los portarretratos con fotos de la pareja y los hijos, Eugenio y Sara, la hija mujer, que se había casado con el diplomático Werner Burghardt y vivía en Francia.

Firmenich había espiado la disposición de la sala desde la biblioteca del Champagnat, ubicada a la misma altura en el edificio de enfrente. Los curas maristas, que lo conocían como un chico del Colegio Nacional Buenos Aires que había militado en la Juventud Estudiantil Católica, creyeron su interés por los libros: jamás imaginaron lo que tramaba.

También habían estudiado ese living gracias a las revistas. Aramburu salía en los medios porque operaba para volver a la presidencia, ya no por la vía de un golpe militar. Lo había intentado en las elecciones de 1963 —en las que se impuso el radical Arturo Illia, luego depuesto por Onganía—

pero había resultado tercero. Para 1970 había comprendido que la

prohibición total del peronismo convertía al sistema político en un juego imposible y buscaba un acuerdo que posibilitara su reinserción.

Esa postura, tan distante de su propia biografía, no resultaba creíble para sus antiguos contrarios y le había ganado nuevos enemigos dentro de las Fuerzas Armadas. La revista Tiempo Social, ligada al gobierno de Onganía, había publicado en su portada el dibujo de un sátiro con las facciones de Aramburu, bajo el título: «Caín quiere cubrir de sangre nuevamente a la Argentina».

Cuando Sara llegó al dormitorio para informarle que dos oficiales lo esperaban en el living, Aramburu sintió una vaga irritación: era muy metódico, y de pronto debía alterar sus planes. Había completado los quince minutos diarios de calistenia, una rutina de gimnasia sueca con la que se mantenía en buena condición física. Pero le faltaban la ducha y el afeitado, y leer La Nación.

—Ofreceles un café que enseguida voy.

—Le digo a Teresa. Yo salgo a hacer las compras.

Por el apuro, Aramburu se vistió con la misma ropa que había usado la noche anterior: camisa blanca, pantalón y saco grises con sus infaltables lapiceras Parker en el bolsillo. Se colocó la corbata, azul con rayas también azules, más intensas, y una traba dorada. Solo descartó el chaleco. Dejó el pijama sobre la cama y las pantuflas en el piso, confiado en que pronto volvería a guardarlas en el ropero.

Mientras se dirigía a la puerta, Sara se cruzó con María Luisa, quien trabajaba por horas en la limpieza de la casa, y le pidió que brindara café a los dos oficiales. Entonces saludó desde la puerta; en el palier, Vélez Carreras alcanzó justo a escuchar que la mujer de Aramburu salía. Subió al ascensor, se bajó en otro piso, y volvió a ese palier cuando Sara ya no estaba, a esperar que Abal y Maza salieran con el secuestrado.

Cuando María Luisa llevó el café encontró a Aramburu sentado con los dos militares. El general le pidió «una tacita» para él también. Sin embargo, en el tiempo en que se demoró en buscar un tercer pocillo, cambiaron de parecer:

—No vamos a tomar nada, gracias.

En verdad no querían dejar sus huellas digitales.

María Luisa acomodó la vajilla de todos modos. Las tasas seguían sobre la mesa, sin rastro de haber sido utilizadas, cuando Sara regresó de las

compras.

Había pasado media hora. El living estaba vacío: su marido se había ido con los dos oficiales. María Luisa le informó que no le había dejado ningún recado. Tampoco Teresa, una empleada que vivía en la casa desde hacía dos semanas, sabía nada. Ella, que estaba en la cocina, ni se había cruzado con los visitantes. Sara se asustó, y se irritó.

—¡Pero no es posible!

—…

—¿Y nadie bajó a abrirle?

Sara dedujo que Aramburu se había ido con su llavero, hecho con la medalla de plata del Regimiento 5 de Infantería con su nombre, que atesoraba. Pero ¿por qué se había ido sin decir adónde? ¿Y con la ropa del día anterior? ¿Y sin afeitar? Tuvo el presentimiento de que algo malo podía estar ocurriendo. De la nada, un detalle saltó de su memoria para angustiarla: el uniforme del mayor que lo había ido a buscar se veía demasiado reluciente, como si no tuviera uso.

Salió a hacer averiguaciones, alterada. El portero no tenía nada para aportar. Solo Susana Ruiz, la empleada del 7º B, se había cruzado con Aramburu en el palier. Lo acompañaban dos muchachos de uniforme y uno más vestido de civil.

¿Tres? A su departamento habían entrado dos.

En el garaje, Sara encontró al encargado del turno de la mañana.

—Buen día, Humberto. ¿Mi marido se llevó el auto?

—No, señora, su auto está acá. Su marido se fue en otro.

—¿Cómo dice?

—Sí, en el auto que lo esperó acá. Eran cuatro muchachos. Me dijeron que venían a buscar al general. El chofer se quedó esperando y los otros tres vinieron enseguida con él y se fueron.

Ahora eran cuatro, se inquietó.

—¿Y él no le dijo nada?

—No, nada.

Más adelante, cuando la policía lo citara como testigo, el encargado recordaría otros detalles. Conversaba con el mecánico Luis Benedetti cuando vio llegar a Aramburu. Llevaba cara de recién levantado y de pocos amigos, le pareció. Caminaba con un militar a cada lado y el civil, de sobretodo oscuro, iba detrás. Cruzaron sus miradas pero no pronunciaron palabra. Uno de los oficiales abrió la puerta trasera del Peugeot 504 que lo

esperaba; Aramburu subió y quedó en el medio cuando el otro subió por la otra puerta. Cuando el de civil se ubicó en el asiento del acompañante, el auto arrancó por Montevideo y giró en Charcas. Al declarar, Fernández refirió como algo extraño que Aramburu no lo saludara y se ubicara en el asiento posterior, pero en el momento no sospechó ni desconfió, y mucho menos se le ocurrió memorizar el número de la patente.

Su testimonio coincidió con el de Susana Méndez, la empleada de una boutique de la cuadra. Pocos minutos después de haber abierto el negocio a las 9, había visto pasar a Aramburu con otros dos militares; aunque ellos habían sonreído, el general, que iba muy serio, no la había saludado, como era su costumbre. Méndez no había advertido que una mujer —Arrostito, con peluca rubia— vigilaba la escena, mientras fingía que miraba la vidriera.

Sara volvió a su casa a las 10.20 y se abalanzó sobre el teléfono. De nuevo, no funcionaba. Corrió a un departamento vecino para llamar a su hijo al estudio de abogados donde trabajaba, y le pidió que fuera a verla de inmediato. Discó de memoria el número de Bernardino Labayru, uno de los generales que acompañaba sin condiciones a su marido desde la época de la Revolución Libertadora. Antes había sido su alumno en la Escuela Superior de Guerra.

Apenas escuchó su voz, se puso a llorar.

—Venite a casa, Bernardino, por favor… Lo antes posible.

—Sara, ¿qué pasó?

—Se lo llevaron. Lo vinieron a buscar dos oficiales.

—¿Cómo que se lo llevaron…? ¿Adónde?

—No sé. ¡No sé! ¡Nadie dejó nada dicho! ¿Lo habrán llevado preso?

—Hago unas llamadas y enseguida voy. Tranquila.

Labayru vivía en Gorostiaga 1620, muy cerca del Hospital Militar. Podía demorar media hora en llegar a la casa de Aramburu, y no quería dejar a Sara tanto tiempo sola. Le pidió al capitán de navío Aldo Molinari, jefe de la Policía Federal durante la Revolución Libertadora, que se adelantara. Él, además, tenía que hablar con un par de conocidos en la fuerza. ¿Podía estar ocurriendo una revuelta militar?

Recordó que ya en 1957, cuando todavía era presidente, Aramburu había vivido un episodio extraño que parecía tener la huella de sus camaradas de armas. Se disponía a viajar a Costa Rica, invitado a la asunción del presidente José Figueres, cuando justo antes de despegar se conoció una

amenaza de bomba. Todo el pasaje debió bajar. Aramburu se resistió y se quedó a bordo mientras requisaban la nave: sospechó que el objetivo de la intimidación era él y quiso dejar en evidencia que no habían tenido éxito.

A las 11 de la mañana en punto, la primera cita del día que esperaba Aramburu, Ricardo Rojo, tocó el timbre en la calle Montevideo. Era un abogado radical que pretendía ser un puente con Perón.

Cinco meses antes, Rojo había escrito a Perón, exiliado en España, para contarle sobre esas charlas con el general que lo había derrocado. Aramburu

—confió Rojo a Perón— creía que Onganía era un mediocre y que su régimen estaba acabado; que había llegado el momento de encontrar una figura de consenso —pensaba en él mismo— que tomara las riendas del país, dictara una amnistía para los detenidos políticos y convocara a un proceso electoral. «El general Perón podría regresar al país y participar decisivamente en el gran esfuerzo común», le había dicho a Rojo, con permiso para que lo informara en Madrid.

—Lo secuestraron —le dijo Sara.

—¿Está segura? ¿Militares? No será que…

—Ricardo —lo interrumpió—, hace años que vivo entre militares. Estoy segura.

—Podría ser gente disfrazada.

—No, no. Conozco los gestos, los modales… Uno era un oficial de unos treinta y pico de años. No me acuerdo el apellido.

Sara guio a Rojo hasta la habitación que Aramburu usaba como oficina, donde ya estaba el círculo íntimo. Eugenio y su cuñado, el diplomático Borghardt, que por casualidad se encontraba por esos días con Sara hija en Buenos Aires, especulaban quién podría estar detrás de los hechos.

Desconfiaban del entorno de Onganía: Aramburu parecía no tener adversario más peligroso.

Alejandro Lanusse, jefe del Ejército, quedó eximido de toda sospecha en cuanto Labayru llegó y presentó argumentos de sentido común. Durante el gobierno de Aramburu, Lanusse había sido jefe de regimiento, jefe de escolta presidencial y embajador ante la Santa Sede; aunque se habían distanciado a causa de Onganía, él sabía que habían retomado el contacto recientemente y tenían visiones parecidas sobre la coyuntura.

De pronto, el alivio de que no hubiera sido el Ejército se transformó en inquietud. Si Lanusse no había enviado a los oficiales que se habían llevado

a Aramburu, ¿entonces quién?

Con el permiso de Sara, Labayru sacó de un cajón del escritorio la libreta en la que Aramburu anotaba sus compromisos. Solo encontró la cita con Rojo y un almuerzo en casa de Alejandro Shaw, al que iba a ir con su mujer.

Llegó entonces Arturo Mathov, un amigo de Aramburu de su época antiperonista más rabiosa. En 1953 Mathov, dirigente del radicalismo, había organizado el primer atentado que hizo explotar una bomba en Plaza de Mayo mientras el presidente Perón hablaba desde un balcón de la Casa Rosada. Entre Labayru, Molinari y Mathov convencieron a Sara de que, por más desconfianza que le despertara el gobierno, debían denunciar lo que había pasado.

La línea de teléfono había vuelto a funcionar. A las 11.35, casi tres horas después de la misteriosa desaparición de Aramburu, Labayru llamó a la jefatura de la Policía Federal para hablar con Mario Fonseca, uno de los generales de la línea dura más influyentes en el entorno de Onganía, sin la menor simpatía por Aramburu. Cuando Labayru le explicó por qué lo llamaba, reaccionó con frialdad y recelo. La desconfianza era mutua.

Fonseca cumplió con transmitir la información al titular del Servicio de Inteligencia del Estado (Side), Gustavo Martínez Zuviría, otro general de la línea de Lonardi que había participado del golpe contra Perón. En la escuela de cadetes de El Palomar, Martínez Zuviría presenciaba el acto de celebración del Día del Ejército. De inmediato le reportó la novedad a Onganía.

Como no creían que el gobierno diera a la noticia la difusión que merecía, Labayru y Mathov llamaron al subdirector del diario La Prensa, Lauro Laiño.

Por fin, a las 12.45, casi cuatro horas después de que le hubieran perdido el rastro, el comando radioeléctrico pidió la intercepción del Peugeot 504

blanco, en el cual «viajarían dos personas con uniforme militar y dos de civil, más un tercero que sería una alta autoridad nacional, que se trataría del ex Presidente Provisional de la Nación, el teniente general retirado Pedro Eugenio Aramburu».

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