Arlequín

Morris West · Capítulo 1 de 50

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Arlequín

Uno

Tal como si fuéramos villanos por necesidad y bufones por imposición del cielo.

Shakespeare, El rey Lear,

Acto I, Escena 2. a

Uno

George es todo lo que yo no soy. Yo soy grande, fornido, de armazón tosca: la desesperación de los sastres. El, esbelto, elegante, clásico como jinete, grato de mirar como jugador de tenis. Yo leo y escribo bastante bien una lengua; Arlequín es un políglota que domina media docena. Más aún, luce su erudición prodigiosa con la descuidada gracia de un cortesano renacentista. Yo soy un antípoda, ansioso e impulsivo, y mis juicios pueden ser precipitados o simplistas. Arlequín es un europeo, calmo, conciliador, sutil, paciente hasta con los idiotas.

Nació en la riqueza. Su abuelo fue el fundador de la Banca Mercantil Arlequín et Cie, en Ginebra. Su padre estableció vinculaciones internacionales y abrió filiales en París, Londres y Nueva York. Arlequín extendió sus dominios y después heredó la presidencia y el bloque decisivo de acciones con derecho a voto. Para él, la tradición de la casa era sagrada el carácter del cliente importaba más que su garantía, una vez asumido, un riesgo jamás se revocaba, el contrato jamás se hacia resguardado por artimañas legales, un apretón de manos era un compromiso tan válido como un documento formal, si el cliente o su familia pasaban por una época mala, mantenía su vigencia el lema del banco Amicus certus in re incerta un amigo seguro en un negocio inseguro.

Por mi parte, yo empecé pura y simplemente como vendedor ambulante.

Me abrí paso son uñas y dientes en el mercado de metales, hice dinero y volví a perderlo. En los difíciles años que siguieron, me conmovió el interés que derrochaba en mí Arlequín, y no podía convencerme de las sumas que arriesgaba sin más garantía que mi palabra. Recuperada mi fortuna, le entregué el dinero para que lo invirtiera, mientras yo me sometía a una larga cura para las ulceras pépticas y empezaba a aprender las artes del contentamiento.

Me casé joven y conseguí un perfecto fracaso. Arlequín vivió su vida hasta los treinta y cinco años y entonces se fugó con Juliette Gerard, a quien conoció en mi yate mientras yo procuraba todavía convencerla de que se casara conmigo. Después de eso pasamos tres años sin vernos. Seguíamos siendo banquero y cliente, pero reticentes y reprimidos, hasta que nació el

hijo de ambos y lo llamaron como a mí, Paul Desmond, y fui su padrino de bautismo. El mismo día, Arlequín me ofreció un puesto en su junta de directores. En un cálido impulso sentimental, lo acepté y me convertí en embajador de Arlequín et Cie y en el padrino embobado de un gorgojo rubio, demasiado parecido a su madre para mi tranquilidad de espíritu.

Digámoslo sin ambages. Eramos amigos del alma, pero yo seguía estando celoso de Arlequín. Era a tal punto el árbitro de la elegancia, y sin embargo, tan sensato que hasta los veteranos del juego financiero le profesaban un respeto rabínico. Era demasiado afortunado, demasiado lleno de demasiadas gracias. Me imagino que se podría decir que su felicidad era en exceso evidente. Conducía automóviles y veleros, montaba caballos pura sangre coleccionaba cuadros y porcelanas. Cortejado por hermosas mujeres, estaba fascinado por su mujer. Tan humillante era su excelencia que el común de las gentes se sentían intimidados por él. En raros momentos de desánimo, yo solía preguntarme por que se preocuparía por un tipo tan poco interesante como yo. Me sentía como el bufón de la corte, fanfarroneando en torno del más exquisito de los príncipes.

Si escribo esto no es para desmerecerlo, líbreme Dios. Debe quedar en claro que el bufón amaba al príncipe y, para mal de sus pecados, seguía enamorado de la princesa. Quiero mostrar al lector a que altura rayaba Arlequín, que visible y vulnerable era, que inconsciente del peligro de ser el mismo. Ni siquiera yo lo veía con total claridad Juliette apenas si podía adivinarlo y, como mujer que era, le daba un nombre diferente.

–Me siento tan inútil, Paul. Nada puedo darle que no sea yo misma en la cama, y otro hijo cuando él lo quiera. Veinte mujeres hay que mañana podrían ocupar mi lugar. No importa que George no lo lea, lo veo yo. Yo no soy necesaria para él, y día llegará en que lo sepa.

Aunque a veces haya deseado serlo, no soy Yago. Le dije la única verdad que sabia.

–Julie, te has casado con un hombre afortunado. Se feliz con el. Para él todo es un goce, y el goce mayor de todos eres tú. Acéptalo, y al demonio con lo que venga después.

Entonces entró Arlequín, lozano y rebosante, con una tela nueva bajo el brazo y un cliente nuevo en sus libros y planes para pasar un fin de semana en Gstaad, donde la nieve ya tendría profundidad y el tiempo prometía ser claro y soleado para la gente bella.

Poco después, en abril, Arlequín y yo fuimos a Pekín porque los chinos estaban concertando negocios con Europa y Arlequín quería participar del asunto, el y sus clientes. Yo me preguntaba de que manera ese mandarín de mandarines se ajustaría a las normas espartanas de la República del Pueblo.

Como siempre, lo subestimé. Se sintió instantáneamente cómodo y, en su casa. Se mostró fluido en el habla, diestro en la caligrafía. Su cortesía era impecable; su paciencia ilimitada. En poco más de un mes estaba en los mejores términos con la jerarquía de ancianos, se había ganado el respeto de políticos y tecnócratas. Fue pródigo en la compra de antigüedades, jades y alfombras. Estudió proyectos para la fabricación de antibióticos, drogas sintéticas e instrumentos de precisión. Se hizo amigo de eruditos y anticuarios. Advertía el matiz de las más sutiles bromas orientales y jamás perdía su compostura ni su humor. Su comportamiento era impecable y nuestros huéspedes no ocultaban su aprobación.

Pero no todo era encanto y virtuosismo. Arlequín estaba hondamente conmovido por la experiencia. Las cosas que a mí me deprimían, la inmensidad del país, la vastedad de la empresa tribal, despertaban en él al poeta y al soñador. Solía quedarse estático durante una hora, observando las épicas figuras en el paisaje… un hombre solitario que regresaba en su barco a su casa recortándose contra el crepúsculo, las mujeres en un molino de rueda, regando los campos de arroz. Después prorrumpía en comentarios apasionados pero inconexos.

–Hay un frenesí en nuestra existencia, Paul… Vivimos por fantasías y fragmentos. Hemos destruido la tribu y nos hemos condenado a la soledad de las ciudades. Reñimos por cosas superfluas y luchamos a muerte para defender lo que no necesitamos. Traficamos en dinero y desvalorizamos las monedas que acumulamos. Nos hemos apartado del Dios de nuestros padres para rondar las antesalas de los brujos y de los saltimbanquis… Sabes, a veces tengo mucho miedo. Vivo en un jardín amurallado, ornado de césped y flores. Me pregunto, en mis pesadillas, si no será el valle de los asesinos…

Después de Pekín fuimos a Hong Kong y a Tokio, y de allí a Hawaii y a Los Angeles, donde Arlequín cayó súbitamente enfermo. El médico lo envió inmediatamente al hospital, donde los rayos X revelaron una infección masiva en ambos pulmones. Primero se sospechó una tuberculosis, pero cuando los análisis dieron negativo, empezaron una

nueva serie de investigaciones. Juliette se vino en avión desde Ginebra y yo regresé a Europa. Durante algunos días, Arlequín recuperó fuerzas y después tuvo una recaída. Investigaron la posibilidad de que tuviera psitacosis y otras infecciones más exóticas, hasta que un día, Juliette me llamó con una noticia inquietante. Los médicos sospechaban un cáncer linfagítico y habían recomendado una biopsia. Arlequín se había negado.

–Pero, ¿por qué, Julie… por qué?

–Dice que no le gusta la idea. Que prefiere esperar lo que él llama un veredicto de la naturaleza. Está en su derecho. Yo no quiero persuadirlo.

–¿Está deprimido?

–Por raro que sea, no. Está muy tranquilo. Dice que ha llegado a un acuerdo con la experiencia.

–¿Y tú cómo estás?

–Tremendamente preocupada. Pero él me necesita, Paul. Y me alegro de eso, por lo menos.

–Está bien, muchacha. Dale cariños. Dile que el niño está espléndido y que cuando él vuelva todavía seguiremos con el negocio…

Era una promesa que podía hacer con bastante confianza. Lo que no podía prometer era librarme de los buitres que ya empezaban a gritar sobre nuestras cabezas. No pasaba día sin que algún colega solícito preguntara por teléfono o por télex cómo andaba la salud de Arlequín. Había preguntas sobre cambios de política e insinuaciones de posible fusión comercial en el caso eventual de muerte o incapacidad de Arlequín. De pronto me abrumó un diluvio de invitaciones: a almorzar, a cenar, a cócteles y pequeñas convenciones privadas en media docena de capitales. Más de un amigo perdido durante mucho tiempo reapareció con algún dato útil para el mercado o con un paquete de acciones a precio inverosímil. Lo más significativo de todo fue la intervención personal de un tal Basil Yanko, presidente de Creative Systems Incorporated. Su télex desde Nueva York era breve y simple:

En Ginebra mañana. Necesito conferencia privada con usted 10.00

horas. Confirme por favor. Yanko.

Claro, se lo confirmé. Arlequín et Cie había asegurado todos los beneficios de Creative Systems Incorporated y de sus compañías subsidiarias. Las acciones que teníamos en su capital comercial equivalían a una licencia para imprimir dinero. Por recomendación de ellos habían

acudido a nosotros una docena de clientes importantes. Si Basil Yanko me pedía que bailara un tango en la cuerda floja, yo trataría de complacerlo.

No es que el hombre me gustara. Al contrario, ya su aspecto me hacía sentir mal. Era un hombre alto y esquelético, con el cutis de un color gris como de ratón, una boca fina que parecía una trampa y negros ojos de ágata que no mostraban el menor rastro de humor. Era arrogante, dogmático y desprovisto de todo encanto social. Por lo demás, se le consideraba el intelecto más original en el dominio de la tecnología de computadoras.

Había empezado como creador de máquinas para Honeywell; después fundó Creative Systems Incorporated y empezó a diseñar programas para instituciones: organismos gubernamentales, corporaciones internacionales, bancos, líneas aéreas, la policía. La actividad de sus compañías se extendía a todos los países europeos, a Sudamérica, Australia, Japón y el Reino Unido. Su riqueza era ya legendaria. Sus sistemas eran los hilos que controlaban la vida de millones de títeres. También nosotros los usábamos.

Basil Yanko insistía en que los sistemas nos usaban a nosotros. Apenas si nos habíamos instalado ante la mesa de reunión cuando me puso un sobre bajo las narices.

–Lea eso. Es el informe médico sobre George Arlequín.

No traté de ocultar mi enojo.

–Es un documento privado. ¿Cómo diablos lo consiguió ?

–Muy fácil. El hospital es un instituto de investigación que nos alquila tiempo de computación.

–¡Eso es una absoluta falta de ética!

–Léalo, de todos modos. Presenta dos posibilidades. O Arlequín tiene cáncer linfagítico o una extraña infección causada por un virus. Si se recupera, pasará por una prolongada convalecencia y durante algún tiempo su actividad se verá drásticamente reducida.

-¿Y entonces…?

–Si Arlequín muere, los herederos naturales son su mujer y su hijo. La administración de Arlequín et Cie recaerá sobre los directores existentes y sobre cualquier talento nuevo que ellos descubran. Los buenos banqueros escasean. Consecuencia lógica, una reducción en el valor de las acciones y las utilidades potenciales.

–Esa es la lógica de usted, señor Yanko.

–Sobre ella estoy dispuesto a apostar. Si Arlequín muere, quiero comprar sus acciones. Superaré cualquier oferta en el mercado.

–Eso es cuestión de sus albaceas.

–El principal de ellos es usted.

–Es una novedad para mí.

–Pues puede darlo por cierto.

–Y si Arlequín vive, como estoy seguro, ¿que sucederá señor Yanko?

–La oferta sigue siendo válida. Será usted el encargado de transmitírsela cuando esté en condiciones de considerarla.

–Confío en que la rechazará.

–Como alternativa, estoy preparado para comprar las acciones de sus socios; varios de ellos están dispuestos a vender.

–Según los artículos del reglamento de la Asociación, la opción preferencial de compra corresponde a George Arlequín.

–Ya lo sé. Tal vez esté dispuesto a renunciar a la opción o a venderla.

–Lo dudo mucho.

–Está usted demasiado seguro, señor Desmond. Permítame que le diga que el comportamiento potencial en sujetos no psicóticos puede ser calculado por computadoras con un setenta y cinco por ciento de exactitud.

–¿Y Arlequín es uno de esos sujetos?

–Uno de los más importantes.

–Estará encantado de saberlo.

–No le sobreestime, Desmond. Ni me subestime; por lo común obtengo lo que quiero.

–¿Y por qué quiere Arlequín et Cie?

La trampa de su boca se aflojó en una sonrisa.

–¿Sabe usted de dónde viene el nombre de Arlequín? Su tatarabuelo era un actor que representaba el Arlequín en la Comedia del Arte. Es cierto, claro que sí. Me conozco de memoria la historia de la familia. En cuatro generaciones ha habido una gran transformación. Pero ese es el papel tradicional, ¿no es así? Arlequín transforma el mundo con una de sus payasadas… y después oculta en la manga la risa ante el desbarajuste. De paso… -rebuscó en su portadocumentos y sacó un grueso fajo de papeles-.

Ustedes nos pagan para que nos hagamos cargo de la verificación de su sistema de contabilidad. Aquí tiene el informe de los últimos seis meses. La computadora ha revelado algunas curiosas anomalías. Ya verá usted que hay

algunas que exigen acción urgente. Si necesita aclaración o ayuda, mi gente está a su disposición.

Se levantó y me tendió una mano fría y floja como un pescado muerto.

–Gracias por dedicarme su tiempo. Hágame el favor de transmitir mis respetos a Madame Arlequín, y a su marido, mis esperanzas de pronta recuperación. Buenos días, señor Desmond.

Cuando lo acompañé hasta el ascensor, sentí un débil escalofrío, como una premonición de muerte. Los primeros banqueros eran sacerdotes, y el dinero sigue teniendo un lenguaje ritual. De modo que decirle a un banquero que hay anomalías en su contabilidad es como insultarlo o salmodiar sobre su cabeza una maldición letal. Claro que, en teoría, la computadora debería asegurarlo contra ese primitivo desastre. La computadora es un poderoso cerebro, que puede almacenar siglos de conocimiento, realizar milagros en matemáticas en un abrir y cerrar de ojos y dar respuestas infalibles a las ecuaciones más abstrusas. En realidad, arrastra al hombre a una fe ciega y después lo deja librado a su propia estupidez.

En Arlequín et Cie no podíamos comprar el cerebro; contratábamos su tiempo. Contratábamos expertos en sistemas para que explicaran nuestras necesidades a la computadora. Empleábamos programadores para alimentarla con hechos y cifras. Basábamos importantes decisiones en las respuestas que nos devolvía. Pero como nos acosaba el miedo de que los programadores pudieran equivocarse o de que, sobornados, incurrieran en alguna falta de ética, nos valíamos de monitores que vigilaban al cerebro en busca de cualquier asomo de error o de fraude. Confiábamos, como corresponde a los creyentes, en que el sistema era seguro y sagrado, a prueba de tontos y de picaros. No había más que un problema: el cerebro, los programadores y los monitores eran todos miembros de la misma familia, de Creative Systems Incorporated; el padre de familia era Basil Yanko, que estaba ansioso de tenernos a todos bajo su control. Nos gustara o no, estábamos prisioneros en un círculo mágico, trazado por un hechicero del siglo XX. El informe, que aún seguía sin abrir sobre mi escritorio, era un grimorio lleno de fórmulas y peligrosos misterios. Tenía que hacerme de coraje para abrirlo. Y necesitaba silencio y soledad para estudiarlo. Ordené a Suzanne que no me pasara las llamadas, eché llave a la puerta y me dispuse a leer. Dos horas más tarde me enfrentaba con el hecho brutal: a