Arlequín

Morris West · Capítulo 39 de 50

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Arlequín

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poniéndome charlatán. ¡Basta! Que duerman bien, amigos míos. Aunque no debería aprobarlo, lo apruebo. Espero que bajo mi techo les sea grato hacer el amor…

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Al día siguiente estábamos en otro mundo. En el aeropuerto de San Francisco se había declarado la alarma por una bomba y todos los vuelos se habían retrasado una hora. Nos aislaron, nos revisaron y nos hicieron identificar nuestro equipaje antes de amontonarlo en la bodega. Había una atmósfera de tensión y de hostilidad; las voces se elevaban mientras los funcionarios, presurosos, intentaban contentar a un pasaje que tenía los nervios tensos a más no poder.

Cuando por fin estuvimos en vuelo, Suzanne se sumergió en una revista de modas, mientras yo intentaba ponerme al día con las noticias. Ni una sola era buena: crisis en Inglaterra, con una huelga en las minas de carbón y elecciones generales; los japoneses negociaban con un grupo terrorista la vida del personal de su embajada en Kuwait; los italianos tenían tanques alrededor del Quirinal y los vietnamitas reclamaban un dominio petrolero en las islas Paracel, del que nadie había tenido noticias hasta ese momento.

El presidente estaba cada vez más cerca del impeachment. El mercado de acciones bajaba. Creative Systems estaba un treinta por ciento bajo su nivel más alto. De nuestros asuntos no se hacía mención alguna. La amenaza de un proceso por difamación en gran escala había impuesto cautela al periodismo. Además, con semejante hartazgo de desastres, el público estaba ahíto y necesitaba todos los días estímulos nuevos. Ahora había un deporte nuevo en San Francisco: darle los buenos días a un extraño, atravesarle el corazón de un balazo e irse tranquilamente, silbando.

Mientras recorría las páginas financieras para ver en cuánto me había empobrecido, tropecé con un párrafo que anunciaba que el señor Karl Kruger, de Kruger and Co. AG estaba en Nueva York, en el hotel Regency.

Se lo mostré a Suzanne, quien se mostró de acuerdo en que debíamos invitarlo a cenar. Le tenía afecto al viejo oso y hasta podía tolerar a Hilde…

a menos, claro, que Karl hubiera decidido mostrar sus talentos en Nueva York. Ojalá no empezara a fanfarronear por Broadway y a meterse en los mismos líos que su celebrado compatriota.

Takeshi estaba en casa y de buen humor, aunque un poco decaído porque pensaba que había hablado demasiado en San Francisco. Sin embargo, una vez que le aseguré que ni su cara ni mi status legal había salido perjudicados se animó un tanto y empezó a revolotear sobre nuestra cena como un espíritu guardián. Suzanne se estiró perezosamente en el diván y me dedicó su sonrisa lenta y aterciopelada:

–¿En realidad, no podrías abandonarlo, verdad?

–¿Abandonar qué?

–Todo esto y la libertad también?

–¿Te me estás declarando?

–No, chéri, te estoy haciendo una pregunta académica.

–¿Quieres que mantengamos un debate?

–Esta noche no. Me siento demasiado cómoda.

–¿Me contestarías tú una pregunta académica?

–Si no es muy difícil.

–¿Quieres casarte conmigo, Suzy?

La sonrisa se desvaneció. Suzy se quedó muy quieta mirando a través de mí, entre las sombras.

–No vas a hacer negocio, Paul.

–Ya lo sé.

–Desde que era jovencita estuve enamorada de George Arlequín.

–Eso también lo sé.

–Así que no vas a salir ganando mucho.

–¿Te pedí ganar algo?

–No… Pero, ¿por qué, Paul? ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Estoy aquí y estoy contenta de estar. Rivales no tienes… aunque ojalá los tuvieras…

¡No, por favor, dejémoslo así! Me derretiría en tus brazos y te diría que sí y a la mañana lo lamentarías… Dime por qué, Paul.

–Por veinte razones, Suzy. Con una sola basta: no hay nada ni nadie en el mundo a quien ame tanto como a ti… O tal vez no baste, ¿cómo puedo saberlo? Viví demasiado y aprendí demasiado poco. De todas maneras, como se dice en el mercado, la oferta es en firme.

–Generalmente, agregan: tómela o déjela.

–Puede ser; yo no lo digo. Cuando todo esto acabe, Suzy querida, yo me retiro del mercado y me voy en mi barco a recorrer el mundo. No tengo prisa; piénsalo.

–Ya lo he pensado, Paul. Lo pensé estando sola y descansando en tus brazos, feliz. Lo único que sé es esto: te tengo demasiado afecto para ofrecerte un corazón dividido. Quiero esperar a que esto termine, no para conquistar a George porque jamás lo conseguiré, sino para estar segura de que me he curado de él, de que estoy curada de mis sueños juveniles y lista para ser una mujer de veras para un hombre de veras… Tú eres mejor de lo

que piensas, Paul. Y me gustaría que estuvieras muy orgulloso de la mujer con quien te cases. Por favor, dejémoslo así por un tiempo -sonrió con una alegría un poco forzada y me tendió los brazos-. Quién sabe, es posible que mucho antes te hayas cansado de mí.

Bueno, aunque no fuera la luna, por lo menos en el bolsillo tenía los seis peniques. No sólo yo estaba aprendiendo a agradecer las pequeñas mercedes, sino que, tal vez, me sentía tan aliviado como ella al diferir el compromiso decisivo. De esa manera no habría que enfrentar fantasmas; sólo a un hombre movido por un oscuro demonio, frío, desamorado e implacable.

Por la mañana fuimos a la Tercera Avenida a comprar flores. Fuimos bien recibidos y compramos no sólo flores frescas sino un pequeño jardín en una maceta para que nos lo llevaran al apartamento. No vimos a Bogdanovich: se había tomado la mañana para él. A veces (la matrona nos sonrió por sobre sus gafas) le gustaba ir a sentarse en el jardín del Museo de Arte Moderno a mirar las esculturas y… bueno, a pensar. De todas maneras, si no lo encontrábamos allí, ella le transmitiría el mensaje.

Como no estaba en el jardín, anduvimos recorriendo las galerías y después cruzamos la Quinta Avenida para ir a la tienda de Buccellati, donde, en mi opinión, todavía se pueden comprar las mejores joyas del mundo, un trabajo artesanal hecho con el amor que ponían en él los viejos maestros del Ponte Vecchio y de las cuevas de Aladino del Lung Arno. Una hora más tarde, sometiéndome a las protestas de Suzanne, salí con las manos vacías; pero en la caja blindada quedaban guardados y a mi disposición un anillo, un pendiente y un brazalete.

En el momento en que salíamos, apareció junto a nosotros Aaron Bogdanovich.

–Suite 67 en el St. Regis. Les esperan para el almuerzo. La anfitriona es la señora Larkin. Telefoneen desde el vestíbulo.

Al momento siguiente había desaparecido entre la multitud. Seguimos andando, pasamos frente a la entrada, llegamos a Madison y desde allí volvimos y entramos en el St. Regis. Cuando llamé al número 67 contestó una voz de mujer.

–Apartamento de la señora Larkin.

–El señor Weizman y una amiga. Estamos invitados a almorzar.

–Suban por favor.

En la puerta nos recibió una dama de pelo gris que nos condujo a una sala donde, con expresión alerta y seria, esperaba Aaron Bogdanovich.

–Ya sé quién es -me interrumpió cuando le presenté a Suzanne-. La señora Larkin la llevará a almorzar en el restaurante -le dedicó una fantasmal sonrisa-. No se ofenda, mademoiselle. Es necesario. Yo le ofrezco el almuerzo; disfrútelo. El señor Desmond la encontrará abajo cuando hayamos terminado.

Nuestro almuerzo consistía en café y sandwiches y la conversación fue estrictamente de negocios.

–Una pregunta, señor Desmond. ¿Qué le dijo sobre mí a Milo Frohm?

–Nada. El que me dijo fue él.

–¿Qué, exactamente?

–Que compraba flores en la Tercera Avenida.

–¿Cómo lo supo?

–Envió un hombre a San Francisco para hablar con Takeshi.

–¿Qué más?

–Que nosotros, Arlequín y yo, nos habíamos aliado con un agente israelí y con Leah Klein. Que sabía que Valerie Hallstrom era agente israelí. Que Arlequín y yo éramos blanco de los terroristas.

–¿Y qué le dijo usted?

–Ni sí ni no. Nada.

–¿Y lo aceptó?

–Era lo pactado. Su agencia quiere derrotar a Yanko. Si nosotros le pasamos información, él no preguntará cómo ni dónde la conseguimos. En este momento va camino de Londres con George Arlequín. El F.B.I.

localizó a Alex Duggan en San Diego.

–Sí, ya lo sé.

–Entonces sabía lo demás también.

–Quería que me lo dijera usted. Con suerte, van a poder acusar de conspiración a Basil Yanko.

–Para el fraude, no para el asesinato.

–No sea ambicioso, señor Desmond.

–No es que sea ambicioso. Es que George Arlequín quiere matarlo.

–Para eso necesita seguir vivo él. Ustedes dos están marcados, y no sabemos a cuál de los dos atacarán primero.

-¿ Quiénes?

–La combinación es formidable, señor Desmond: el Frente Popular para la Liberación de Palestina y el Ejército Rojo de Japón. Al primero usted lo conoce, pero es posible que no esté tan familiarizado con el segundo. Es el Rengo Sekigun. Recordará usted que mataron a veintisiete personas en el aeropuerto de Lod. Secuestraron un avión que iba de Tokio a Corea del Norte. Torturaron y mataron a doce disidentes de su propia organización en Japón. Están totalmente dedicados al nihilismo y a la violencia… Usted tiene un sirviente japonés, señor Desmond…

–¿Takeshi? Vamos, por favor…

–Le advertí que haríamos investigaciones sobre él, y las hicimos. Lo mismo hizo el F.B.I., a quienes realmente no les interesaba dónde compraba usted las flores. Takeshi tiene un sobrino que volvió últimamente de Japón, y allá mantuvo contactos con conocidos miembros del Rengo Sekigun…

¿Eso no le sugiere nada, señor Desmond?

–¿Que corra a esconderme?

–Ahora hay una mujer viviendo con usted. Alguien muy próximo a usted y a George Arlequín.

–¡Demonios! Un momento. ¿Cuál es el razonamiento?

–Veamos. Yanko está en relaciones con los jeques petroleros y con Libia. Libia financia el terror. Usted ataca a Yanko, y está a un pelo de derrotarlo. De pronto, usted aparece en una lista de los blancos de ataques terroristas. El razonamiento es válido, señor Desmond, créame.

–Entonces, ¿qué hacemos?

–Sírvase un poco más de café. Esto puede llevar cierto tiempo… El terror es una forma de cirugía social en la que se usan diversas técnicas. En este caso tenemos que considerar dos: que los asesinen a ustedes para crear el pánico o que los secuestren para pedir rescate. Pues bien, no creo que empezaran por asesinarlos. Como no son judíos, no resultan muy útiles para propaganda. Sin embargo, son ricos y conocidos, es decir, sujetos muy adecuados para negociar un rescate: la vida de ustedes contra un montón de dinero y la libertad de detenidos políticos en este país o en algún otro. Si no se paga el rescate a ustedes los matan, naturalmente.

–Naturalmente.

–Bueno… ¿Qué podemos hacer respecto de esto? Aclaremos una cosa.

Yo estoy en el juego y sé jugarlo bien… muy bien. No hay sistema en el mundo que no pueda ser derrotado por un grupo de hombres y mujeres

decididos, a quienes no les importe ni vivir ni morir. Yo puedo hacerlos vigilar durante las veinticuatro horas, como lo estoy haciendo. Puedo mantenerlos aislados y encerrados. Puedo darles una pistola y una pluma fuente llenas de gas letal. Puedo enseñarles judo y karate. Todo eso es útil, pero aun así yo no les extendería una póliza de seguro de vida. Yo represento menos riesgo que usted, porque no me rijo por códigos que me limiten. Me he entrenado para matar y sobrevivir. Mis reacciones son totalmente diferentes, pero así y todo, no estoy a salvo. La mejor protección es reconocer el riesgo, asumirlo con calma y tomar algunas simples precauciones… Si los secuestran, no se resistan, mantengan la calma y esperen a que se realicen las negociaciones para liberarlos. No intenten escapar; es un suicidio… Estoy seguro de que Milo Frohm debe de haberle dado las mismas instrucciones a George Arlequín.

–¿Y qué hay de Suzanne?

–Una pregunta, señor Desmond. Si ella fuera víctima de un secuestro,

¿usted o el señor Arlequín pagarían rescate?

–Por supuesto.

–He ahí su respuesta. Ella corre los mismos riesgos que ustedes.

Explíqueselo y déjela que tome su propia decisión. Para el caso, puede que se sienta más cómoda en Ginebra o en Elba, pero no va a estar más segura.

–Dígame algo de Takeshi.

–No hay nada que decir. Es un buen sirviente. Siga viviendo con él. El que nos preocupa es el sobrino. Seguimos vigilando esa situación -sonrió con una sonrisa frígida y sin humor-. Tenemos que recibir de ustedes un cuarto de millón más, y estamos haciendo lo posible para ganárnoslo… De paso, ¿han pensado en lo que va a hacer Yanko mientras ustedes se preparan para procesarlo con Alex Duggan y su cómplice de Londres?

–Sí, yo lo pensé. No veo qué puede hacer, más que deshacerse de los testigos; eso va a significar una cantidad más de cadáveres, y nosotros seguimos teniendo los documentos.

–¿Qué haría usted en su caso?

–A ver, déjeme que lo piense. Primero liquidaría todos los fondos que pudiera en el menor tiempo posible, y los pondría a buen recaudo en un Banco suizo. Después me buscaría un buen refugio alejado de la costa, sin tratados de extradición, invertiría algún dinero con las autoridades locales y