Arlequín

Morris West · Capítulo 2 de 50

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Arlequín

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Arlequín et Cie le habían exprimido quince millones de dólares. Y el autor de la maniobra era identificado como el propio George Arlequín.

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Ahora bien, la cuestión era simple: como el rabino que no iba a la sinagoga y jugaba al golf los sábados, ¿a quién contárselo? El culpable (o la víctima) estaba en el hospital a 11.000 kilómetros de distancia, esperando que los hombres de bata blanca le dijeran si viviría o no. Yo tenía que cubrir quince millones antes de que llegaran los peritos contables. Si ponía en la balanza todas mis acciones, llegaría a los cinco millones; el agujero restante era de diez. ¿A quién podía explicarle esa necesidad? ¿Quién me respaldaría por semejante suma? En el juego financiero no son muchos los héroes. Los banqueros son tan sensibles como anémonas de mar. Si se los toca con un dedo se encogen, convirtiéndose en una gelatina temblorosa de aprensión y disgusto.

Tenía que comprobar la veracidad o falsedad del informe, pero ¿en quién podía confiar? La gente que trabaja en computación también es gregaria. Se casan y sucumben al matrimonio y se reúnen en el baile del Ayuntamiento. Además, la información de las computadoras es como el sexo. Uno puede venderla diez veces y sigue teniéndola. ¿Y a quién le preocupa ni le importa, siempre que uno no vaya a traficaría bajo las narices de algún policía? Y si no me creen, les puedo citar un caso auténtico. Uno de nuestros clientes se gastó veinte millones en estudiar una posible explotación de petróleo, sólo para encontrarse con que sus competidores estaban perforando la misma zona antes de que las últimas cifras hubieran aparecido impresas en la cinta.

Era la una. A la una y media, tenía que ir a almorzar y dar una charla en el Club Comercial de Ginebra. Sabía que si se me escapaba media palabra de duda o de desaliento, daría la vuelta al mundo antes de que abriera el mercado en Nueva York. Guardé el informe bajo llave en mi portadocumentos, me refresqué un poco en el cuarto de baño de Arlequín, abrí la puerta, conecté el teléfono y llamé a Suzanne. Ya que tengo que explicárselo, mejor hacerlo cuanto antes.

Suzanne es la secretaria de Arlequín. Anda por los cuarenta, año más o año menos, y está enamorada de él desde el día que entró en su oficina, hace quince años. Está empezando a encanecer, pero todavía es una mujer

muy bien parecida, de buen porte y mentalidad despierta, con una actitud de gran sentido común hacia la amistad y el sexo. Durante un tiempo fuimos amantes por rebeldía. Ahora somos amigos por elección. Yo podría confiarle mi vida, pero no tenía derecho a confiarle la de Arlequín, de modo que solamente le conté la verdad a medias. El hecho de que lo aceptara sin resentirse ni preguntar nada, da la medida de lo que vale.

–Suzy, estamos en un lío… y de los grandes.

–¿Basil Yanko?

–Sí.

–Odio a ese hombre.

–Yo también. Pero tengo que tratar con él. Tengo que moverme mucho y rápido. Tú eres la única que debe saber dónde estoy o a quién veo.

¿Entendido?

–Entendido.

–Telefonea a Executive Charter para que me tenga listo un avión desde las tres de la tarde. Comunícame con Karl Kruger en Hamburgo. Llama al Club y diles que llegaré tarde para las copas, pero a tiempo para la charla.

Después te vas a mi apartamento, me preparas una maleta y te vienes a buscarme después del almuerzo para llevarme al aeropuerto. Quiero dictar un cable para los gerentes de todas las sucursales; hay que enviarlo en código. Alguien metió mano en nuestras computadoras, y tenemos un agujero de quince millones de dólares.

–¡Santo Dios! ¿Y George lo sabe?

–No.

–¿Se lo vas a decir?

–No, mientras no sepa el veredicto de los médicos.

–¿El está metido?

–Hasta el pescuezo. Suzy, tienes que confiar en mí.

–Claro que sí, Paul. Pero tú también tienes que confiar en mí.

–Lo que tú no sepas nos ayuda a todos. Por el momento déjalo así.

–Recuerda una cosa, Paul. Arlequín es más fuerte de lo que tú crees.

–Bien que lo va a necesitar, Suzy… Hazme esos llamados como una chica buena.

Karl Kruger, presidente de Kruger and Co. AG, estaba todavía en su escritorio, embuchándose cerveza con salchichón mientras sus subordinados almorzaban con los clientes en las Cuatro Estaciones. Ya me

lo imaginaba, con sus sesenta y cinco años, tordillo como un oso del Báltico, gruñendo ante mi intrusión.

-Also! En Ginebra ustedes juegan a las bolitas con el dinero. Aquí tenemos que trabajar para ganarlo. ¿Qué demonios quieres?

–Casa y comida, y conversar un rato esta noche.

–Imposible. Hilde está en la ciudad, y sabes lo que eso significa.

Actualmente es la única mujer que aguanto.

–Entonces hablemos primero, y después los dos la llevamos a cenar.

¡Por favor, Karl!

–Pareces preocupado, Paul, ¿Algo anda mal?

–Todo. Arlequín está en el hospital, en California, y yo estoy en un tremendo lío. Te necesito, viejo.

–A las seis en casa, entonces. Y si me haces quedar hasta tarde, tendrás que acostarte tú con Hilde. Wiedersehen!

-Wiedersehen, Karl. Y gracias.

Llegué a tiempo para el almuerzo. Me esmeré en veinte minutos de palabrerío optimista que serviría para llenar media columna en los periódicos de la mañana. A las tres y cuarto ya estaba en vuelo y a las seis menos cinco golpeaba a la puerta de la plaza fuerte de Kruger, en el parque Alster.

Si conocieran ustedes a Karl Kruger, no les gustaría. A muy poca gente le gusta. Los ingleses dirán que es un junker de la vieja guardia que le hizo el juego a Hitler, sobornó a los norteamericanos para renovar su certificado de buena conducta y se instaló en la Bundesrepublik a rehacer su fortuna.

Tal vez lo hiciera; tal vez no. Yo no puedo decirlo. Lo que puedo decir es que Helli Anspacher jura que Karl gastó millones en salvar a su marido de la matanza después de la conspiración de Schellenberg, y que en Tel-Aviv Chaim Herzl afirma que le debe la vida, y que Jim Brandes pasó tres semanas oculto en su casa después que lo derribaron durante un raid sobre Lübeck. Todo eso es historia antigua, demasiado enmarañada para desenredarla. Únicamente puedo presentar a Karl Kruger tal como yo le conozco en este año del Señor.

Es tan ancho como alto, con una mata de pelo gris ferroso, puños grandes como jamones, de paso vacilante y tiene la cara moteada de marcas de nacimiento y manchas hepáticas. Se lo ve tan arruinado como un viejo boxeador; pero su mente es clara y más rápida que la de la mayoría.

Me saludó como a un hermano durante largo tiempo perdido, me rodeó los hombros con un brazo y me empujó, tambaleante, hacia el fuego encendido.

–¡Santo Dios! ¡Estás pálido como una monja! Vamos a calentarte un poco la barriga. Le dije a Hilde que tú venías y dice que va a guardar su amor para cuando os encontréis… ¿Un poco de scotch, no? Tú sabes, Paul, que conocí a Hilde cuando hacía películas kitsch para Gregory en Munich.

Hace veinte años de eso y sigue siendo hermosa. Bueno, ocupémonos de negocios primero. ¿De qué quieres que hablemos?

–De quince millones de dólares.

–¿Qué es lo que vendes?

–Nada. Es el déficit de nuestro balance. Nos han esquilmado, Karl.

–¿Quién ha sido?

–Según dice el informe, George Arlequín.

–¿Y tú qué dices?

–Que no fue George.

–¿Se lo preguntaste?

–Se lo preguntaré cuando sepa si va a vivir o no.

–Así que no fue George. ¿Quién, entonces?

–Alguien que tiene acceso a nuestro sistema de computadoras.

–¿Nombre?

–Yo digo Basil Yanko.

–¿Por qué? El dinero le sale por las orejas.

–Quiere hacerse cargo de Arlequín et Cie. Me lo dijo hoy, cuando me entregó el informe de verificación.

–¿Y qué es lo que necesitas de mí, Paul?

–Un préstamo de diez millones, para mantenernos a cubierto hasta que yo pueda revisar los libros y hacer las transferencias necesarias.

–¿Y los otros cinco de dónde vienen?

Son míos. Es todo lo que tengo.

–Eres un tonto sentimental. Con eso cubres a Arlequín, pero Yanko sigue teniendo pruebas del desfalco.

–Si estamos cubiertos, le va a resultar difícil usarlas. Si lo intenta, eso va a sugerir complicidad. Es posible que ni tenga" que pedirte los fondos, Karl. Si estamos tan firmes como Gibraltar, por Dios. Pero tengo que ganar

tiempo hasta que tenga la autorización de Arlequín para iniciar una investigación independiente.

-¿ Y por qué yo? ¿ Por qué no tus propios accionistas?

–Yanko dice que los tiene en el bolsillo. Tú eres la única persona de quien puedo esperar que no abra la boca… no importa que me cubras o no.

-¿Y a quién le vas a encargar tus investigaciones?

–Ese es otro problema. Necesito un experto internacional o una firma de detectives bien conocida. El mercado no es grande, y cuando empiece a moverme, Yanko lo sabrá.

–Y te sobornará al hombre en tus propias narices.

–O peor. Este es un juego en que matan a la gente, Karl.

–¿Quién dijo que el dinero no hiede? No te envidio la situación, joven amigo. Sírvete otro whisky, que tengo que pensar.

Cuando piensa, Karl Kruger es una trituradora desmenuzando piedras.

Recorrió el amplio salón de un lado a otro, resoplando, eructando y murmurando para sí. Abrió a tirones los cortinajes, se plantó con toda su mole en la puerta-ventana y durante largo rato se quedó mirando las luces de la antigua ciudad hanseática, cuyas raíces se hunden a tal punto en el dinero burgués y en el barro báltico que sobrevivió incluso al cataclismo de los bombardeos y de la división del Tercer Reich después de la guerra. La gente que la habita son banqueros y comerciantes, armadores de barcos y marineros fanfarrones, celosos de su ciudad y de sus libertades históricas.

Son astutos e impasibles, amigos fieles y enemigos obstinados. Si Karl Kruger me prestaba su apoyo, ya podía empezar a luchar. Sin él, estaba desnudo en la tormenta. Finalmente se volvió hacia mí, torvo e inquisitivo.

–Conozco a Basil Yanko, y creo que lo entiendo. Es un genio, pura cabeza y sin pelotas; por eso juega el juego del poder. Y tu George Arlequín, ¿qué es? ¿Un playboy, un bufón, un aficionado? El dinero es asunto de hombres, y esta ciudad da la prueba de ello. Tu Arlequín lo malgasta como si fuera un juego de niños.

–¿Estás celoso de él también, Karl?

–¿Celoso? ¡Santo cielo! ¡Voy a estar celoso de un hombre que necesita que lo respalden por quince millones porque no puede seguir el hilo de su propia contabilidad!

–¡No me vengas con eso, Karl! Demasiado bien sabes que cualquier sistema se puede corromper. En Londres hay un detective que consigue

clientes demostrando eso precisamente. Si le pagas por ello, se encargará de robarte hasta la camisa en seis meses y poner el dinero en cuenta cifrada. Lo que en realidad me estás preguntando es si Arlequín se merece que lo salven. Y te digo que sí. No hace falta vestirse de arpillera y andar sucio para demostrar que uno es un buen banquero. Tú vives tan bien como Arlequín. Y en tu época las has hecho peores que él. ¿Lo vas a matar simplemente porque no te gusta su estilo de vida?

–No se trata de eso. ¿Por qué Yanko lo eligió a él? ¿Por qué no a mí?

¿Por qué no a media docena de otros que ambos podríamos nombrar? Eligió a Arlequín porque tanto en el hombre como en el sistema hay una debilidad.

Quiero saber cuál es.

–No es a mí a quien tienes que preguntármelo, Karl.

–¿Por qué?

–Porque él es mi amigo, yo soy padrino de su hijo y estoy enamorado de su mujer.

–¡Dios Todopoderoso! De manera que en vez de arrebatársela, te conviertes en mártir de la fraternidad. Eres más estúpido de lo que pensaba.

–Ahora que ya lo sabes, ¿cuál es tu respuesta, Karl?

–Estás cubierto… con una condición.

–¿Y es?

–Esté en las últimas o no, Arlequín tiene que saberlo. Y quiero la primera opción sobre sus acciones y sus derechos sobre otros accionistas. Si Arlequín no está de acuerdo, no hay trato.

–¡Es ponerme entre la espada y la pared, Karl!

–¡Estamos en Hamburgo, hermanito! Nada por nada. Y no te desabroches la bragueta si no quieres pescar la sífilis.

–Se lo plantearé a Arlequín.

–Sí, hazlo. Y en lo que se refiere a tu investigador… No puedes buscarlo en el mercado de computadoras porque Yanko se anticipará a cualquier jugada que hagas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

–Podrías recurrir a la policía.

–Operamos en demasiadas jurisdicciones. Provocaríamos un escándalo en cada una.

–¿Y si usaras investigadores particulares?

–Aun así necesitaríamos un hombre que supiera de computación para revisar el sistema.

–Creo que necesita algo más.

–No te entiendo.

–Yanko tiene todo a su disposición… dinero, información, influencia.

Un prestidigitador que juega con el poder. Puede armar una mentira y, de la noche a la mañana, vendérsela al mundo entero. Una vez que se está en tratos con él, hay que empezar a arruinarlo antes de que él lo destruya a uno. Por eso te pregunto si George Arlequín tiene agallas suficientes. Si no, es mejor que venda ahora, mientras todavía tiene mercado.

–También eso le diré, Karl.

–Si está dispuesto a pelear, en Nueva York hay un hombre que puede ser útil. Tiene varios nombres; el verdadero es Aaron Bogdanovich. También él es una especie de genio, pero su mayor mérito es que no se le puede comprar.

–¿Qué es lo que hace?

–Organiza el terror.

En un instante, estábamos a dos mil años de distancia de la vieja mansión en el parque Alster. De vuelta en la negra selva que se llamó Hamma, con las piras encendidas y los guerreros entregados a la ebriedad y la lujuria después de la matanza. En ese momento visionario vi el verdadero nombre de nuestro comercio… una batalla sangrienta por el poder y el dinero, mientras los lobos esperan para comerse lo que han dejado tras de sí los combatientes.

Karl Kruger se sentó pesadamente, se sirvió, salpicando un vaso de whisky y se lo bebió de un trago. Después me clavó una mirada sardónica y me interrogó burlonamente:

–¿Crees que bromeo, eh?

–No.

–¿Quieres preguntar algo?

–Sí. ¿Cómo conoces a Aaron Bogdanovich?

–Soy agente de sus banqueros.

–¿Para quién trabaja?

–Para el Estado de Israel.

–¿Y por qué va a tomar un cliente particular?