Arlequín

Morris West · Capítulo 27 de 50

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Arlequín

Seis

sesenta, cuando todos los reyezuelos pagaban una fortuna por hacerse invisibles, Basil Yanko salió a la luz e hizo otra fortuna. Compró computadoras. Invadió Europa, comprando acciones y bienes raíces, haciendo aliados y estableciendo sucursales. Se corrieron maliciosos rumores de que vendía también información a cambio de acciones de capital en empresas europeas. El informe de Mendoza citaba varios casos, pero todos tenían como base pruebas insuficientes. En un ejemplo siniestro, se acusó a una empresa europea de robar secretos; tres días después de la noticia, un analista de Creative Systems se mató en un choque de automóviles en las Dolomitas.

En cierto sentido, todo era ya viejo y déjà vu: un refrito de las historias de los barones del tabaco y los emperadores del petrolero y los traficantes de armas. Ya se sabía que eso pasaba; demostrarlo costaría una fortuna y llevaría tres vidas enteras. Y si uno lo demostraba, nadie le daría una medalla, suponiendo que estuviera vivo para aceptarla… Y todo estaba muy bien, en tanto que le hubiera sucedido a alguien, ayer. En realidad, nos estaba pasando hoy, a nosotros. En el mercado, todos lo sabían; pero mientras no se resintiera su propio bolsillo, difícilmente podría importarles menos. Si ganábamos, hasta era posible que se sintieran incómodos. Si perdíamos, seguirían cenando con Basil Yanko. en el Club de los Banqueros, dejándonos de lado bajo el universal epitafio: los negocios son los negocios.

Destelló la luz, indicando ajustarse los cinturones. La azafata nos dijo que íbamos a descender en Dallas, donde mataron a John Kennedy y enterraron a la verdad junto con el asesino y después todos vivieron felices y comieron perdices.

Seis

Cuando atravesamos el Río Grande yo estaba dormido y soñando. Me desperté a tiempo para ver el pico del Popocatepetl, sereno y cubierto de nieve, contra un cielo lleno de estrellas. Abajo había asperezas menores y lagos de oscuridad, punteados por las luces minúsculas de las aldeas. Hacia adelante, muy a lo lejos, se divisaba Ciudad de México, un resplandor dorado que se difundía a través del smog, elevándose bien hacia el cielo estrellado. Sentí una extraña sensación de liberación y alivio, como si hubiera salido de un largo túnel a un desierto, vasto pero amistoso. A mi

lado, Suzanne resplandecía con el mismo súbito asombro, con la misma excitación. Me tomó de la mano, charlando como un niño, llena de fantasías y de historias recordadas a medias: la serpiente emplumada, la ciudad de oro en el lago, el pueblo para quien el tiempo era un misterio sagrado, Cortés, que fue bienvenido como un dios pero era demasiado humano para saberlo.

George Arlequín se acercó a compartir con nosotros el momento. Estaba obsesionado por las lucecitas en los amplios valles: diminutos tesoros de la memoria de la raza que jamás serían registrados, porque sus poseedores no sabían leer ni escribir y su lengua moriría con ellos. Habló de la extraña amnesia que aquejaba a la raza humana: de cómo arrojaban a los vientos en una sola generación lo que habían adquirido de sabiduría en toda una edad.

Suspendidos entre el cielo y la tierra, veíamos fragmentos de visiones, teníamos por un momento polvo de estrellas en las manos.

Cuando tocamos tierra, las visiones se disolvieron en la acritud del smog; el polvo de estrellas se convirtió en polvo de tierra, arenoso en los dedos, seco en la boca. Como una hilera de presos, pasamos lentamente por el control de pasaportes. Esperamos, como criados pacientes, el equipaje y el trámite aduanero. Estábamos atrapados en un mar bullente de hombres, mujeres, niños y animales semejantes. En el preciso instante en que estábamos a punto de entregarnos a una vociferante desesperación, las aguas se abrieron y José Luis Miramón de Velasco nos dio la bienvenida a la tierra de los aztecas.

En nuestros ficheros constaba como un hombre de treinta y cinco años, soltero, que había cursado estudios en la Universidad Nacional Autónoma y en la Escuela de Administración Comercial de Harvard, miembro de una antigua familia cachupina: lo que significaba que sus antepasados usaban zapatos y hablaban castellano, en tanto que el resto del país andaba descalzo y hablaba náhuatl y español adulterado. Significaba también que era rico por derecho propio, apuesto y orgulloso como Lucifer, y que podía atravesar a ciegas el laberinto de la administración mexicana.

Su recibimiento fue cortesano. Nos presentó en el hotel con regia pompa y puso a nuestra disposición su persona, sus servicios y su casa.

Advertí que las mujeres se ponían pálidas de asombro al ver que tanta y tan bella virilidad hubiera podido resistir tanto tiempo sin casarse. Me abstuve de comentar que un cachupín rico que estaba a cargo de un Banco en

Ciudad de México tenía tan poca necesidad de casarse como de que le sirvieran pulque y tamales en la cena.

Antes de dejarnos, quiso tener el privilegio de hablar en privado con Arlequín y conmigo. Estaba indignado por lo que había sucedido en el banco; no podría dormir tranquilo mientras no hubiera desaparecido la sombra echada sobre su reputación. Como conocía la enormidad de su orgullo, temí que estuviéramos condenados a una reedición de Larry Oliver en castellano. Por el contrario, su preocupación inmediata era George Arlequín.

–…Ha estado usted enfermo, amigo mío. Es monstruoso que haya de verse envuelto tan pronto en este… ¡esta sofistería! Pero así son los negocios con los yanquis. Si no quiere usted vender al precio de ellos, le ponen sitio, acosándolo con procesos y espías que se entrometen en su vida privada. Bueno, aquí por lo menos conseguimos mantenerlos a raya. Hemos sido perjudicados, es lo primero que debe usted saber. Se afirma que un buen banquero olfatea un fraude antes de que se produzca. Se afirma también que vendimos acciones en Creative Systems; que restringimos sus servicios; que si ahora caemos con ellos, la culpa es nuestra, no de ellos…

Mañana, ustedes y la señora Arlequín están invitados a almorzar con Aurelio Gálvez y otros dos de sus accionistas mexicanos. El hombre fuerte es Gálvez. Si lo convencen a él, están fuera del cono de sombra y otra vez en los negocios. Necesita fondos de inversión para nuevas minas, para caminos nuevos, y preferiría conseguirlos en Europa o en Japón más bien que al norte de la frontera. En todo esto hay matices difíciles de captar, difíciles de interpretar. Nuestras raíces se hallan en Europa y en la antigua vida indígena de nuestro país. Nuestra lealtad es para nosotros mismos.

Nuestras enemistades se remontan a El Álamo. El propio Hernán Cortés no está absuelto todavía… Perdóneme si no me explico muy bien. Hay también otra cosa… embarazosa de decir, pero necesaria… -se interrumpió, rogándonos que lo disculpáramos un momento mientras hilvanaba un discurso que se le hacía difícil-. ¡George, amigo mío, he sido un tonto! –

prorrumpió finalmente.

–Es una dolencia común, José -reconoció Arlequín con una sonrisa-. La padecemos todos.

–Esta vez, George, es usted quien padece. Durante los dos últimos días estuve trabajando en el Banco con los investigadores de ustedes. Está claro

que la operadora que codificó las instrucciones falsas fue una muchacha, María Guzmán, que dejó de trabajar con nosotros en enero. Dije a los investigadores que había desaparecido de la circulación y que sería muy difícil localizarla… pero era mentira.

–Estoy seguro de que tenía usted buenas razones para decirla, José.

–Eso lo dejo librado a su juicio. Esta María era… es una mujer muy atractiva. Durante un tiempo la… la mantuve. Después, cuando empezó a ponerse seria, la dejé. Todo eso fue por septiembre u octubre del año pasado. Claro que siguió con nosotros. En su trabajo era buena, y estaba bien pagada. Después, en enero, me dijo que quería irse. Le ofrecían un puesto mejor en Petróleos Mexicanos. Le di las mejores recomendaciones y dejé que se fuera. Para mí, era la mejor solución del asunto. Cuando ha habido fuego, no es la situación más cómoda volver a verse todas las mañanas… ¡y María no hacía nada por aliviarla!

–Es una idiotez -observó con calma Arlequín.

–Ya lo sé. Si quiere, le ofrezco mi cabeza.

–Prefiero saber los hechos, José.

–Se los daré, George. Pero antes quisiera un favor; no tengo derecho a pedírselo, pero se lo pido. La muchacha es culpable, de eso no cabe duda.

Le ruego que no presente una demanda contra ella. Si hubiera visto alguna vez el interior de una cárcel mexicana, entendería por qué. Le doy lo que poseo como garantía de sus pérdidas, pero el ruego…

–¿Sigue todavía enamorado de ella, José?

–¡En el nombre de Dios, no! Creo que es una perra estúpida, pero yo fui más estúpido que ella.

–¡Muy bien! No habrá proceso. Y lo último que quiero es su dinero, José. Ahora, ¿qué es lo que usted tiene?

–Una confesión en español, una traducción inglesa, dos fotocopias, todo legalizado ante notario.

–¿Cómo las consiguió?

–Preferiría que no me lo preguntara, George. Tampoco eso es cosa que me enorgullezca. Lea el documento y nada más.

George Arlequín lo leyó lentamente y después me lo entregó. La declaración tenía la limpidez de una lágrima:

Me enamoré de un hombre que no estaba enamorado de mí. Cuando me dijo que lo nuestro había terminado, me sentí tonta, dolida y enojada; pero

me quedé en mi trabajo porque sabía que eso lo avergonzaba, aunque tampoco yo me sentía bien haciéndolo. Un día vino al Banco un joven, a verificar el funcionamiento de nuestro sistema de computadoras. Su nombre era Peter Firmin. Dijo que había venido a México por un mes a visitar clientes. Me invitó a cenar y después seguimos viéndonos constantemente.

Le abrí mi corazón y terminamos siendo amantes. El decía que quería casarse conmigo, pero primero debía divorciarse de su mujer, lo que le costaría muchísimo dinero. Yo no tenía nada y no podía ayudarlo. Entonces él me dijo que si yo daba ciertas instrucciones a nuestra computadora, obtendríamos dinero: diez mil dolares. Dijo que no sería delito; yo no estaba robando nada. Cuando se descubriera, sería una linda broma contra José Luis porque el responsable sería él. Yo accedí, pero no quise aceptar el dinero. Se lo di a Peter para que lo usara para su divorcio. El se fue y jamás volví a verlo. Le escribí muchas veces, a su compañía y a la dirección que el me había dado en California. Todas las cartas volvieron con la indicación

“destinatario desconocido". Nadie investigó las instrucciones de la computadora, pero en enero decidí que debía irme del Banco. Lo único que me queda de Peter Firmin son unas fotografías que le saque un domingo en el Parque de Chapultepec. Afirmo y declaro que estas afirmaciones son ciertas y que las hago por mi propia y libre voluntad en presencia de…

Una fotografía mostraba a un joven vestido con ropa de verano, posando junto a un vendedor de globos. En la otra estaba en cuclillas, mientras una indiecita le ofrecía una flor. Parecía alegre y sin complicaciones, como cualquier ejecutivo joven y próspero que sale a pasear con su chica en una tarde de verano. Yo había visto docenas como él en una docena de ciudades, y sin embargo… sin embargo…

–¿Lo reconoces, Paul?

–Creo que no. Pero algo de familiar tiene.

–Yo lo conozco -dijo José Luis Miramón de Velasco, mirándonos con una sonrisa incómoda y haciendo un gesto de disculpa-. Hice un poco de detective por mi cuenta. Firmó un contrato de alquiler por un mes, por un apartamento, uno de esos que se alquilan amueblados a los turistas y los hombres de negocios. Para esto tuvo que mostrar un pasaporte y dar una referencia comercial. Su verdadero nombre es Alexander Duggan y trabaja para Creative Systems en Los Angeles, California… Ya les dije que la chica era estúpida. Ella misma podría haberlo des cubierto.

Entonces lo recordé: el muchacho ingenuo en el bar del hotel Bel Air, el inocente que pensaba que el sol formaba una aureola en torno de Basil Yanko, y que del cielo llovían acciones y opciones de compra. Empecé a balbucear, excitado, pero George Arlequín me interrumpió en mitad de una frase.

–Es útil, Paul, es muy útil, pero está lejos de ser concluyente.

Dejémoslo dormir por ahora… José, se lo agradezco. Julie y yo almorzaremos mañana con Gálvez, y el lunes por la mañana nos encontraremos en el Banco. Ni una palabra de eso a nadie, ¿entendido?

José Luis lo entendía. Castigado y todo, no olvidó su dignidad.

Pronuncio un breve y sobrio discurso de agradecimiento y después se despidió con la reverencia de un cortesano a quien acaban de conmutar la sentencia de muerte.

George Arlequín se recosto en su asiento y suspiró con aire de cansancio.

–Vaya, si no es por la gracia de Dios… ¿eh, Paul? Nuestro amigo va a usar esa locura como si fuera un cilicio durante mucho tiempo.

–No importa un cuerno cómo la use, George. Nos ha dado la primera prueba firme contra Basil Yanko.

–Un momento. Lo que tenemos es una declaración sin fundamento de una mujer agraviada.

–¡Vamos, George! Si pones a Duggan en el banquillo y lo enfrentas con ese documento, causaras sensación.

–¿Y cómo lo llevamos al banquillo, Paul?

–Arrestándolo bajo acusación de conspiración para defraudar.

–La conspiración fue cometida en Ciudad de México. No podemos conseguir la extradición sin pruebas del delito. No podemos conseguir las pruebas sin acusar a María Guzmán, y prometimos no hacerlo. No, Paul.

Nuestro amigo José Luis es un tipo muy elegante: él queda limpio; incrimina a una muchacha pero se asegura de que no la llamarán a declarar; nos da el nombre de un hombre a quien no podemos acusar. ¿Qué te dice todo eso?

–Me dice que llame a Saul Wells y le mande una copia del documento y de las fotografías para que se ponga a trabajar sobre Alexander Duggan.

–¿Eso es todo?

–Es lo más que puedo pensar a medianoche, después de un día agitado.