Arlequín

Morris West · Capítulo 4 de 50

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Arlequín

***

Recuérdalo. Voy a investigar un poco, y si me entero de algo útil, te lo haré saber.

–Eres un noble cristiano, Francis.

–No es mérito mío. Mi madre, a quien Dios dé descanso, me tiraba las orejas y me enseñaba buenas maneras. Ahora permíteme que te ofrezca un jerez. Es el mejor que tengo y estoy muy orgulloso de él.

Sirvió con orgullo la bebida e hizo el brindis: Salud, dinero y amor, y tiempo para disfrutar de ellos. Mientras bebía, tuve la pavorosa sensación de que Basil Yanko estaba mirando por encima de mi hombro, sonriendo como una calavera ante la ironía.

***

Hace años, cuando estuve en Tokio vendiendo mineral de hierro que todavía estaba bajo tierra, y gastándome mi comisión antes de habérmela ganado, hice amistad con Kiyoshi Kawai, el decano de los grabadores japoneses. Ya entonces era viejo, pero rebosante de savia y de visiones.

Cada vez que me sentía desdichado, como a menudo sucedía, me iba a su estudio y me sentaba durante horas a observar cómo cortaba las planchas y mezclaba los colores y reñía a los aprendices si la definición del grabado se apartaba un pelo de la perfección.

Cuando Kiyoshi estaba deprimido -acontecimiento tan raro como catastrófico- solía llevarme a un club de travestidos en Shinjuku, donde los muchachos se vestían como geishas y las pocas chicas como los siete samurais.

Aleteaban alrededor del maestro, mientras éste les tomaba apuntes. Les servían interminables tazas de sake mientras él improvisaba haiku y los transcribía con sus hermosas pinceladas. La experiencia era desalentadora, porque después de una larga sesión de sake y cerveza Kirin, era difícil distinguir muchachos y chicas, y yo tenía que llevarme al anciano antes de que empezara a firmar cheques y repartirlos como recuerdo.

Fue durante una de esas incursiones cuando me dio su receta para bien vivir. Cuando estuvo sobrio, hice que me la escribiera en caracteres Kanji; y allí donde despliego y cuelgo el rollo, es para mí el hogar. La inscripción reza: "Nunca mezcles colores cuando sopla el viento del oeste y nunca hagas el amor a una mujer con rostro de zorro." Es un adagio difícil de

explicar a medianoche, de modo que lo enuncio como prólogo al relato de un día malísimo.

Se inició con una serie de pequeños desastres. Me desperté temprano y me fui a nadar a la piscina, pero resbalé en las baldosas húmedas y me torcí el tobillo. Después apareció el smog, y en cinco minutos me lagrimeaban los ojos y estaba estornudando. A las ocho llamó Suzanne desde Ginebra.

Le di la buena noticia de la recuperación de Arlequín y ella me respondió con un despacho del frente interno. Los gerentes de nuestras sucursales estaban acobardados por mi cable. De pronto, les preocupaba los intereses de sus clientes y la integridad de su pescuezo. ¿No podría yo aclarar las instrucciones, por favor? Como yo no podía aclarar ni el alfabeto sin tener autorización de Arlequín, dicté un mensaje tranquilizador diciéndoles que su presidente vivía, que estaba bien y que no tardaría en volver a estrecharles la mano. En cuarenta y ocho horas irían nuevas instrucciones…

por lo menos, eso esperaba yo. Para completarlo, Juliette me telefoneó para pedirme que la acompañara a desayunar. Estaba inquieta porque el pequeño Paul estaba con varicela y la estúpida de la niñera había celebrado el acontecimiento con un telegrama de cien palabras, escrito en alto alemán y mutilado en tránsito. También tenía otras cosas en la cabeza, y me había elegido a mí como confesor.

–Paul, hace mucho tiempo que somos amigos y no tenemos secretos.

–Los tenemos, querida, porque no podemos vivir sin ellos. Empieza de nuevo.

–Ahora sí que eres desconsiderado.

–Conque estoy malhumorado y horrible, y hoy no es mi día. ¿Qué otra cosa?

–Estoy preocupada por George.

–¿Por George y por ti, o solamente por George?

–Solamente por George.

–Ayer estabas hablando de una segunda luna de miel, ¿Qué pasó para hacerte cambiar de idea?

–Anoche me dijo que estaba pensando en vender Arlequín et Cie.

–¿Te dijo por qué, o a quién?

–No… Pero pensé que tú sabrías.

–Escucha Julie, nada de tonterías. Yo os quiero mucho a los dos; pero los negocios son con tu marido, y no hablo de eso si no es en reunión de

directorio.

–Entonces, él te habló del asunto.

–Yo no dije eso.

–Y tú también puedes irte al infierno, Paul Desmond.

–Ya me estoy yendo, tesoro.

–¡No, por favor! ¡Espera! Discúlpame, me estoy portando como una infame. Pero de veras estoy preocupada, George ha cambiado, no te imaginas cuánto.

–¡Pero por Dios! Ha pasado por una larga enfermedad. Está distante, está deprimido. Eso es normal. ¿No esperarás que esté bailando fandangos, verdad?

–¿Por qué quiere vender el negocio?

–Tal vez quiera retirar sus beneficios, invertir el dinero y dar la vuelta al mundo en barco de vela. ¿Por qué no?

–¿Y qué va a ser sin el negocio?

–¿Un hombre feliz?

–O un rico ocioso, como tantos.

–Durante los años que llevamos de amistad, jamás lo vi ocioso.

–Entonces, un aficionado, sin entregarse a nada.

–Ya se ha entregado a ti.

–¿De veras? No estoy tan segura.

–No puedo saberlo yo, Julie, que no soy más que un solterón inquieto.

–Paul, me pones enferma cuando te haces el tonto y te vas del tema.

–¿Y qué quieres que yo haga? Ya eres una señora crecidita. Conoces la letra y la música; cántaselas a George.

–Me saldría desentonado.

–No te creo. Lo único que pasa es que no quieres decidirte.

–¿Decidirme a qué?

–A achicar a George a tu medida… o a crecer tú y convertirte en mujer.

–¿Y no sabes por qué?

–Ni quiero saberlo. Es asunto tuyo, no mío… Arlequín quiere que esta tarde vayamos los dos al hospital. Te pasaré a buscar a las tres.

La dejé cavilando sobre el café frío y me fui a caminar por el jardín, enojado con ella, conmigo, con Arlequín y con todo el mundo dispéptico.

Me hacía tanta falta una crisis conyugal como una pierna de más. Si en cuarenta y ocho horas no podíamos dar con la política adecuada, nos

veríamos enfrentados a una revolución palaciega. Y lo peor era que aparentemente Arlequín, el hombre capaz de desenvolverse en todas las ocasiones, se estaba viniendo abajo. Ya había tres personas que habían percibido su debilidad y se dedicaban a explotarla: Basil Yanko, Karl Kruger, su propia esposa. Yo era el único que no lo veía. ¿Era el tuerto maravilloso, el que reina en el país de los ciegos, o el estúpido Paul, el zoquete deslumbrado por el esplendor de un príncipe de barro? Tenía que saberlo, aunque más no fuera para poder seguir respetándome a mí mismo.

Entonces, como estaba enojado y cuando estoy enojado me pongo cabeza dura, decidí dar comienzo a mi propia guerra. Llamé a la oficina de Creative Systems Incorporated en Nueva York, y pedí hablar con Basil Yanko. Tuve que darme a conocer a cuatro personas hasta conseguir que se pusiera al habla, untuoso como mantequilla.

–Señor Desmond, qué placer. ¿En qué puedo serle útil?

–Pasado mañana estaré en Nueva York. Me gustaría conversar con el hombre que preparó nuestro informe.

–No es un hombre, sino una mujer. Se llama Hallstrom… Valerie Hallstrom.

–Así y todo, me gustaría conocerla. Y después quisiera hablar con usted.

–Excelente. ¿Por qué no me dice a qué hora?

–Todavía no hice la reserva. ¿Qué le parece si lo llamo al llegar?

–Desde luego, cómo no. ¿Transmitió mi oferta al señor Arlequín?

–Sí, y está estudiándola. Espero que hoy mismo tome una decisión.

–¡Bueno! Y él, ¿cómo está?

–Delgado, pero recuperándose.

–Me alegro. Transmítale mis mejores deseos.

–Así lo haré. Hasta que nos veamos, entonces…

Yo no tenía la menor idea de lo que podía decirle ese día ni ningún otro, pero por lo menos le había puesto una ortiga bajo la cola y tenía la esperanza de que se siguiera rascando un buen rato. Volví a mi habitación y llamé a la estenógrafa del hotel. Cuando vino, nos sentamos afuera junto a la piscina y nos dedicamos a redactar en borrador autorizaciones y traspasos de dominio que tendría que ejecutar George Arlequín. Fue una tarea liviana y llena de interrupciones, pero me tuvo ocupado hasta mediodía; entonces me di una vuelta por el bar para tomar un cóctel antes del almuerzo.

El barman me saludó por mi apellido y me señaló un hombre solo que estaba sentado en el rincón de la ventana.

–Ese caballero, señor, llegó hace apenas un momento y estuvo preguntando por usted.

Era joven, no más de treinta años, y vestía un traje de punto de corte italiano. Cuando me aproximé se puso de pie y se presentó, respetuosamente.

–¿El señor Desmond? Encantado de conocerlo, señor. Soy Alex Duggan, de Creative Systems Incorporated. Nuestra oficina de Nueva York me encargó entregarle un mensaje urgente. Llamé por teléfono a su habitación, pero usted no estaba. Entonces lo busqué en el bar. ¿No quiere sentarse?

Me senté, y el barman me trajo la bebida a la mesa.

–¿Dice usted que tiene un mensaje para mí? – pregunté.

–Sí, señor. Un télex de la oficina de nuestro presidente. Si hay respuesta, se la transmitiré encantado.

El mensaje era un documento formal y preciso.

Basándose en las cifras consolidadas actuales y en tres años de estimación prospectiva, tasamos la empresa Arlequín et Cie en 85 dólares por acción. Esta comunicación constituye oferta en firme y en efectivo por la totalidad de las acciones, a 100 dólares por acción. Se le ruega acudir inmediatamente al señor George Arlequín e informarle que estamos preparados a gestionar en términos generosos la venta o renuncia de las opciones existentes. Otros accionistas han sido informados… Basil Yanko, Presidente, Creative Systems Incorporated.

Me metí el mensaje en el bolsillo superior de la chaqueta y escribí la respuesta en el sobre:

Acuso recibo de comunicación… Paul Desmond.

El joven dobló reverentemente el sobre y se lo guardó en la billetera.

–La enviaré tan pronto como vuelva a la oficina.

–¿Puedo invitarle a algo, señor Duggan?

–No, gracias, señor. No bebo durante mis horas de trabajo. Parte de la política de la compañía.

–¿Cuánto tiempo hace que trabaja para Creative Systems, señor Duggan?

–Tres años ya.

–¿Y qué es lo que hace?

–Relaciones con los clientes.

–¿Y eso qué abarca?

–Pues bien señor, tengo un territorio exclusivo. Visito a todos nuestros usuarios una vez por mes. Investigo las quejas, sugiero mejoras, hago proyectos para futuras ampliaciones de nuestros servicios, que como es natural, tienden a crecer junto con el negocio del cliente.

–¿Está usted bien pagado?

–Muy bien. Tenemos bonificaciones, opción para la compra de acciones, todo eso. Es un trabajo excelente y con buenas perspectivas.

–¿Suele usted ver al señor Basil Yanko?

–No con frecuencia. Pero sé que está ahí… ¡eso sí! Sabe lo que hace todo el mundo, incluso el personal de limpieza. Si uno no responde, no dura mucho en Creative Systems.

–¿De modo que tienen mucho movimiento de personal?

–No demasiado. Supongo que lo suficiente para mantenernos en marcha. Así y todo, dicen que hasta las personas que despedimos son mejores que la mayoría. Parece que todos ellos encuentran trabajo con bastante facilidad.

–Qué interesante. ¿Adónde se dirigen?

–Bueno, la mayoría de los especializados en computación se inscriben en tres grandes agencias de Nueva York, y en dos de aquí, de la costa.

–¿Y su compañía tiene también una agencia de empleos?

–No, señor. Adiestramos y reclutamos personal para nosotros y para nuestros clientes solamente. Es nuestra política, y el señor Yanko se mantiene firme sobre eso.

–Bueno, gracias, señor Duggan. No le haré perder más tiempo.

–Ha sido realmente un placer, señor. Y en media hora su mensaje estará en Nueva York.

Era un joven agradable, con apenas la ingenuidad suficiente para ser real. Le estreché la mano, le acompañé hasta la puerta y me volví, pensativo y desdichado, a terminar mi copa. Ahora el que tenía la ortiga bajo la cola era yo. Yanko estaba bien al tanto del comportamiento potencial en sujetos no psicóticos… ¡vaya si lo estaba, señoras y señores! Una oferta vaga despierta la inquietud de un hombre; una oferta firme despierta su codicia…

y un dieciocho por ciento por encima del precio de mercado hace que se precipite a firmar antes de que Papá Noel se vuelva a ir por la chimenea.

Arlequín podía negarse a vender, pero era una verdad indudable que no podía recoger todas sus opciones a cien dólares por acción y tapar encima un agujero de quince millones. Karl Kruger podía comprar a noventa, pero no iba a subir un centavo más y no se le podía culpar por eso. Arlequín podía tratar de librar batalla por poder… y entonces Yanko jugaría su as: pruebas documentadas de fraude y apropiación indebida. Tras lo cual nuestros amigos, clientes y aliados se marcharían en tropel.

Lindo boletín de noticias, muy alegre, para presentar en un cuarto de enfermo.

Arlequín lo sintetizó con torvo humor:

–Estamos atrapados entre las pinzas del cangrejo. No hay más que un consuelo: el precio está bien.

Juliette le espetó enojada y con los labios tensos:

–A ti te entregaron Arlequín et Cie en bandeja de plata… ¿y la vas a vender sin ruborizarte, sólo porque el precio está bien? Me avergüenzo de ti, George.

El enrojeció, colérico, y se volvió hacia mí.

–¿Qué aconsejas tú, Paul?

–La razón dice que vendas. El instinto dice que luches.

–¿Podríamos ganar?

–Podríamos.

–Pero también podríamos salir muy maltrechos. ¿Sí?

–¡Por Dios, George! – Juliette volvió a atacarlo, fría y despreciativa-.

¡Deja de dar vueltas y admítelo! Jamás en tu vida tuviste que pelear por nada. Todo fue un don… ¡hasta tu talento! Y ahora te ofrecen otro regalo.

Una bonificación de quince dólares por acción para retirarte de la compañía que fundó tu abuelo y que, por derecho, debería pasar a tu hijo.

Arlequín se quedó mirándola, rígido como un hombre de piedra. Yo me sentía triste por él y avergonzado por todos nosotros. Por último, habló, en tono cortante.

–Siéntate, Julie. Tú también, Paul.

Nos sentamos, y Arlequín se quedó de pie, de espaldas a la ventana, el rostro en sombras, dominándonos. Después empezó a hablar, lentamente,

con renuencia, como si cada frase le fuera arrancada de algún secreto rincón de su interior.

–Me parece que te he fallado, Julie. No me había dado cuenta, y lo siento. Sé que tú también has tenido tus dudas, Paul. Pero había razones, y trataré de explicarlas. Ya hace mucho tiempo que estoy desilusionado con este negocio nuestro, donde cultivamos el dinero como repollo, y lo traficamos como buhoneros en el mercado internacional. Cada vez con más frecuencia, al ver los fondos que pasan por nuestras manos, me pregunto de dónde vienen: las transferencias de Florida, lo sabemos aunque no podemos admitirlo, son dinero de gángsters; el dinero del petróleo proviene de los reinos musulmanes donde todavía se venden esclavos y donde a un hombre le cortan las manos por robar una cesta de dátiles; y los fondos evadidos, de países en crisis, el botín de los dictadores y tiranos locales. Oh, ya sé que cuando llega a nuestras manos está todo limpio y desinfectado, y que huele a agua de rosas… y vivimos como reyes de sus réditos. Pues eso no me enorgullece. Y cada día me enorgullece menos… Mientras estaba ahí tendido, esperando que los médicos vinieran a entregarme la sentencia de muerte, me preguntaba cómo podría responder de mi vida en cualquier juicio que pudiera esperarme del otro lado… Entonces, cuando sucedió todo esto, me pareció una especie de salida; cambiar las fichas, retirarme, comprar tiempo y ocio para descifrar el enigma de este mundo y del lugar que ocupo en él. Por otra parte, sé que soy buen banquero y que los hombres honestos confían en el nombre y en la tradición de Arlequín et Cie.

Pero aquí está el dilema… y fuiste tú quien me lo planteaste, Paul: si peleo con Yanko, peleo en su mundo, en sus términos, con sus armas. Tengo miedo de eso, pero no por las razones que tú piensas, Julie. Créanme, me gustaría luchar; me gustaría el riesgo y la brutalidad y el desnudo desorden de ese otro mundo. Creo que podría ser más pirata que todos ellos y sonreír mientras enjugara la sangre del alfanje. Pero la cuestión de fondo es si después podría vivir conmigo mismo. ¿Te parecería así más hombre, Julie?

Tú y yo, Paul, ¿podríamos aún salir juntos a navegar y reírnos y beber vino sobre cubierta? – sonrió e hizo un pequeño gesto de encogerse de hombros, como burlándose de sí mismo-. Bueno, este es el alegato de la defensa. Es el último que pronunciaré.

Julie se lo quedó mirando, pálida.

–Pero de todos modos vas a vender, ¿no es eso?