Arlequín
Nueve
Después, finalmente, la ordalía terminó. Los secuestradores salieron del edificio apuntando con sus armas a los rehenes y fueron conducidos al aeropuerto. Juntos subieron al avión. Los detenidos fueron conducidos al pie de la escalerilla, riendo y agitando las manos en gestos de victoria.
Después el avión levantó vuelo; los rehenes regresarían en el viaje de vuelta.
Suzanne se vino abajo y lloró incontrolablemente durante más de una hora, hasta que llamé al médico para que le diera sedantes. Mientras ella dormía, yo fui a sentarme durante una hora en el último banco de la iglesia de San Patricio. No para orar; no parecía que tuviera sentido alguno decir que lo sentía ni que estaba agradecido. No era más que un lugar limpio donde se podía estar, en un mundo tan sucio.
Nueve
Diez días después George Arlequín regresó a Nueva York con toda una comitiva: los padres de Julie, una niñera nueva, para el pequeño Paul y tres jóvenes suizos, muy callados, muy alertas y nada comunicativos. Como no se los podía acomodar a todos en el apartamento del Salvador, alquilamos los adyacentes e hicimos que Saul Wells organizara otro equipo de seguridad para vigilar las entradas y registrar a todas las visitas y al personal del hotel.
Suzanne se mudó de mi apartamento y se instaló cerca de la familia.
Arlequín quería que yo también me mudara, pero le dije que no era necesario y que, en todo caso, yo me había casado con mi independencia.
Me pidió un informe sobre lo que había sucedido en su ausencia. Lo escuchó atentamente, tomó notas, me elogió y dio por cerrado el tema. No era momento de urgirlo a decisiones; cuando él estuviera listo, yo estaría a su servicio.
Había cambiado profundamente; estaba encaneciendo en las sienes y, en toda la cara, la piel se veía tensa sobre los huesos. Los ojos tenían una mirada monacal y contemplativa. Hablaba poco y, cuando lo hacía, en voz baja y deliberada, como alguien que durante mucho tiempo se ha visto aislado de sus semejantes. También sus movimientos eran diferentes: ya no ágiles y ansiosos como antaño, sino calculados, deliberados, furtivos casi.
Se negaba a todo contacto social. Durante el día trabajaba en el Salvador, haciendo que fueran a verlo allí, lo que por supuesto todo el
mundo aceptaba, en homenaje a sus recientes sufrimientos. A la noche cenaba con los padres de Julie y jugaba con el pequeño Paul. Eran los únicos momentos en que le veía sonreír, y su sonrisa era tierna pero de una tristeza terrible, como si se avergonzara de haber traído al niño a un mundo tan brutal. Las únicas ocasiones en que le vi enojarse eran cuando encontraba algún fallo en las complicadas disposiciones de seguridad.
Entonces reprendía al culpable con palabras heladas y cortantes. Con Suzanne se mostraba considerado pero formal. Conmigo no podía ser formal, pero se veía que deseaba mantener las distancias. Pasaron tres días antes de que me telefoneara para pedirme que nos encontráramos para hablar de lo que calificó de "asuntos personales". Cuando llegué me rogó que escuchara sin comentarios lo que tenía que decirme:
–… Paul, ya has hecho bastante por mí… más de lo que cualquier hombre tiene derecho a pedirle a otro. Sé que amabas a Julie y que le ofreciste tu apoyo en momentos en que podía faltarle el mío. No estoy celoso por eso, sino agradecido. Me alegro de que mi hijo tenga a su tío Paul. También yo me alegro de tenerte como amigo del alma… Quiero que nuestra amistad se mantenga. Tal como están las cosas ahora, temo que podamos perderla, de modo que me gustaría que renunciaras a tu cargo de director de Arlequín et Cie.
–Cuando quieras, George. Hoy mismo, si prefieres.
–Pues que sea hoy. Le diré a Suzanne que redacte la nota y puedes firmarla antes de irte. Te retiraré también el poder y te indemnizaré por el período restante de ejercicio. Tú y Karl Kruger me cubrieron en quince millones. Te he liberado de este peso y te he concedido los intereses de ese período.
–En mi caso, eso no era necesario.
–Era lo correcto, Paul. Se te han acreditado también las pérdidas en el mercado en tu capital en Creative Systems.
–¡Por el amor de Dios, George!
–Paul, por favor, prometiste escucharme. He preparado un comunicado de prensa sobre tu renuncia y me gustaría que lo leas y hagas cualquier cambio que te parezca, para publicarlo hoy mismo. Tan pronto como hayamos terminado nuestros asuntos en Nueva York voy a jubilar a Suzanne, con un sueldo que creo generoso. Creo que necesita de su libertad; ella también tiene decisiones que tomar…