Arlequín
***
–Y con todo esto, ¿dónde quedas tú, George?
–En donde estoy: con un niño para cuidar y un negocio para reconstruir.
–¿Puedo preguntarte cómo te propones hacerlo?
–Sin duda. Voy a pactar con Basil Yanko.
–¿A venderle, quieres decir?
–No, a pactar. Tú y Karl Kruger discutisteis los términos básicos.
Probablemente yo pueda pulirlos en una negociación personal. Eso depende bastante del éxito que tenga Milo Frohm en Londres, y del tipo de compromiso que pueda conseguir entre la Administración y su agencia. Esa parte del asunto no está en mis manos.
Se mostraba deliberadamente vago, pero yo no estaba con ánimo de presionarlo. De todas maneras quería irme de la empresa, y él me daba ocasión de hacerlo con dignidad. Podíamos seguir siendo amigos, pero la amistad ya nunca sería la misma, porque él había cambiado y yo no podía.
Así y todo, era mejor que las cosas quedaran en orden.
–Me imagino que sabes -le pregunté- que le he pedido a Suzy que se case conmigo.
–No. No lo sabía, pero me alegro. Creo que es una buena idea.
–Ella no lo ha aceptado todavía.
–¿Por qué no?
–Todavía está enamorada de ti, como lo estuvo siempre.
Me miró levemente sorprendido, como si yo le estuviera hablando del precio de los tomates.
–Pero yo no estoy enamorado de ella.
–Es lo que quería saber. Gracias, George. Esperaré en Nueva York hasta que ella termine su trabajo y después me la llevaré… Ahora preparemos esos documentos, ¿te parece?
***
En los días que siguieron tuve una extraña sensación de pérdida y desorientación. Una época de mi vida había terminado y no sabía cómo ni dónde dar comienzo a otra. Me mantuve alejado de las transacciones del mercado y del club, porque no quería contestar preguntas referentes a mis propios planes ni unirme a los comentarios sobre Arlequín. No leí los periódicos porque todas las noticias eran malas y de cuantas menos me enterara mejor.
Para llenar el vacío de mis horas recorrí los astilleros y armadores de barcos, para hablar de un antiguo sueño: un velero con motor que pudiera servirme para cruzar el Pacífico. Recorrí una y otra vez los diques, buscando joyas desconocidas u olvidadas. Por las noches solía ir al Salvador a beber algo con Arlequín y jugar un rato con mi ahijado; después llevaba a Suzanne al bar de Gully Gordon y la traía de vuelta al apartamento.
También ella estaba aturdida e incómoda. Ahora su trabajo era temporal y no podíamos compartirlo. La ética exigía que yo no me entrometiera en asuntos de los que formalmente me habían excluido. Nuestra relación se hizo tensa y difícil, nuestra comunicación huraña. Yo sentía que ella me rechazaba y ella me acusaba de presionarla y de no respetar el tiempo que había prometido dejarle para que decidiera con libertad. Una noche, después de una cena un tanto accidentada con Karl Kruger y con Hilde, se deshizo en lágrimas y dijo que prefería no verme durante unos cuantos días.
Entonces me lancé a una ronda de fiestas con Mandy Ducaine y sus amigos, que me dejaban rendido, con dolor de cabeza y más solitario que nunca.
Una mañana, al volver a las tres de la madrugada, encontré una nota bajo la puerta: "Chéri, perdóname. Tengo que verte. Suzy". La llamé a la hora del desayuno, hablamos durante media hora y quedamos en cenar juntos esa noche en casa.
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Esa misma mañana, a falta de algo mejor que hacer, me fui caminando hasta la floristería de la Tercera Avenida y pedí ver a Aaron Bogdanovich.
Esa vez me invitaron a pasar a una atestada trastienda, donde el señor del terror estaba dedicado a la prosaica tarea de revisar cuentas. Me hizo señas de que me sentara, siguió anotando algunas cifras y después se recostó para contemplarme con sardónica diversión.
–Bueno, señor Desmond, ¿qué tal se siente sin trabajo?
–Ya me estoy acostumbrando. ¿Y usted?
–Los floristas y los empresarios de pompas fúnebres siempre están ocupados. Además, sigo en la lista de pagos de Arlequín et Cie.
–Eso es novedad para mí.
–Pensé que lo sería. ¿Por qué se fue?
–Me pidieron la renuncia.
–¿No sabe por qué?
–Me dieron las razones.
–Pero no le satisfacen.
–No.
–¿Por qué sigue rondando por Nueva York?
–A la espera de casarme con Suzanne, si tengo suerte.
–Está muy bien para usted.
–Gracias.
–¿Por qué vino por aquí?
–Pensaba invitarle a almorzar.
–Gracias, yo nunca almuerzo. Pero ya que está aquí le daré un consejo.
–¿A ver…?
–Yo no tengo amigos, señor Desmond. Es un lujo que no puedo permitirme. Es poca la gente que respeto. Uno de ellos es su amigo George Arlequín; es el tipo de hombre que me habría gustado ser sí las circunstancias hubieran sido diferentes. Por otra parte, él no tiene condiciones para ser lo que soy yo…
–Adelante.
–Si le pidió a usted que renunciara fue para que no lo acusaran de complicidad en sus propósitos.
–¿Que son…?
–Los que fueron siempre: matar a Basil Yanko.
–¡No le creo! No es posible. El me dijo…
–Que iba a pactar con Basil Yanko, y así es. Después lo matará. No hay otra cosa que lo satisfaga. Claro, después descubrirá que así no ha resuelto nada. Me ha pedido ayuda y se la daré, porque mi pueblo quiere ver desaparecer a Yanko. Ahora veo, cosa que antes no sucedía, una manera de hacerlo. Usted no lo va a impedir, y sería inútil que lo intentara. Lo que le sugiero es que se quede a recoger los pedazos de George Arlequín, o por lo menos a cuidar de su hijo.
–¿Me lo habría dicho lo mismo si yo no hubiera venido esta mañana?
–Sí, pero únicamente anoche me enteré de lo que se proponía.
–¡Qué gracioso! ¡Realmente gracioso!
–¿Qué cosa, señor Desmond?
–Que Arlequín me absuelva de un voto y usted vuelva a imponérmelo.
–Y eso es lo que usted no ha querido jamás, señor Desmond. Usted quiere comerse las nueces sin romper la cáscara. Quiere la respetabilidad sin la virtud, la posesión sin amenazas, el placer sin pagarlo. Quiere mercenarios que maten por usted y ciegos que sepulten sus muertos. No hay manera. ¡Ya no hay manera de que sea así en el mundo! La alternativa es ser mártir o asesino. ¡A menos que quiera usted unirse a la cadena de los que sufren desde la cuna hasta la tumba, clamando por el Mesías que nunca llega!
Si no hubiera sido tan vehemente, podría habérseme escapado. Si no hubiera sido tan inequívoco, podría haber seguido ignorando la pequeña duda machacona que durante tanto tiempo había relegado al fondo de mi mente. Era tan tenue que me costó encontrar palabras para expresarla:
–Me parece… Me parece, señor Bogdanovich, que usted se está aprovechando… de ambos, de Arlequín y de mí.
-¿ Qué es exactamente lo que usted quiere decir, señor Desmond?
–Valerie Hallstrom…
–¿Qué pasa con ella?
–Repasemos la secuencia. Usted registró el apartamento de ella y se fue.
Vio entrar a un hombre. La vio llegar a su casa. Vio que el hombre salía.
Volvió a entrar y la encontró muerta. Eso fue lo que usted me dijo.
–Eso es.
–Pero ella era agente de ustedes. Mientras la mataban, usted esperaba afuera…
–¿Y…?
–Usted sabía lo que pasaba, y dejó que pasara.
–Exactamente.
–¿Por qué, señor Bogdanovich?
–Valerie se había gastado. Frecuentaba el bar de Gully Gordon, y estaba hablando demasiado, como lo hizo con usted, señor Desmond. La mataron; Yanko la hizo matar y yo dejé que sucediera como dice usted. Ahora estoy limpiando el escenario. Yanko morirá muy pronto. Arlequín y yo hemos combinado los detalles. Es una limpia solución para todos nosotros. Creo que usted convendrá en que nos hemos ganado los honorarios.
–Sigo diciendo que usted se está aprovechando de nosotros.
–Me está insultando, señor Desmond. Se olvida usted de nuestro contrato: si la alfombra se mancha de sangre, yo la limpiaré; y usted, por su