Arlequín

Morris West · Capítulo 5 de 50

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Arlequín

Dos

–No, mi amor. Eres una mujer muy persuasiva. Voy a pelear. Es la única forma que tengo de saber si el juego vale lo que se arriesga en él.

Sus palabras no tenían el resonar broncíneo de un llamado a las armas.

Como tema musical para una segunda luna de miel, sonaba bastante poco propicio. Incluso mientras proyectábamos la campaña, parecía más bien una conspiración que una batalla de los justos contra los desalmados.

Cuando regresamos al hotel, soplaba el viento de Santa Ana y Juliette iba a mi lado, silenciosa y retraída. Yo anhelaba tomarla en brazos y hacer que volviera a sonreír, pero estaba muy lejos, perdida en el país de los zorros, donde las ánimas de las mujeres lloran a los amantes que han perdido o despreciado. Gasté cuatro horas y una pequeña fortuna en llamadas telefónicas y después me tomé el avión de medianoche hacia Nueva York.

Dos

En Nueva York me siento instantáneamente en mi casa; un capitalista desvergonzado henchido de los beneficios de la libre empresa. Tengo un apartamento en los East Sixties, un sirviente japonés, un buen club y multitud de amigos, varones y mujeres. Con toda su locura y su frenesí, es una ciudad que amo. Gozo con su bullicio chillón, con su lacónico cinismo y la brusquedad de sus malos modales. Es un lugar peligroso para vivir y donde morir es demasiado fácil; pero allí soy más feliz que en cualquier otra ciudad del mundo.

Disfruto también de un glorioso retiro, porque mi teléfono no figura en la guía, tengo un nombre ficticio en la chapa de la puerta y uso el apartamento del banco en el Salvador, donde puedo recibir pelmas sin tener que dejarles que atraviesen mi umbral. Es un arreglo que tiene también ventajas diplomáticas. El Salvador es un lugar muy público, donde se ve y se oye cuando alguien hace un negocio. De modo que me conviene tener la comodidad de una doble vida: una guarida para la caza y otra para el descanso.

A las ocho de la mañana, arrugado y medio dormido, ocupé las habitaciones en el Salvador. A las nueve estaba en mi propio apartamento.

A las diez, gracias a los desvelos de Takeshi, estaba afeitado, bañado, alimentado y devuelto a la forma humana. A las diez y media caminaba

lentamente por la Tercera Avenida para establecer contacto con Aaron Bogdanovich, traficante en terror y en flores carísimas.

La floristería era despampanante. Dos muchachas, armadas de tijeras de podar y alambre, estaban preparando centros de mesa; un joven exótico empaquetaba un ramo en una caja. Una mujer generosa que usaba gafas de oro, una blusa amarillo limón y una sonrisa voraz, me preguntó lo que deseaba y extrajo un catálogo de flores de primavera antes de que yo hubiera podido decir esta boca es mía. Cuando pedí ver al propietario, su sonrisa se esfumó y ya no le interesaron más mis deseos, sino únicamente mi nombre y mi ocupación.

La información que le di no le proporcionó satisfacción visible. Cuando le entregué la carta de Karl Kruger la recibió con tanta desconfianza como si fuera gelinita, la colocó sobre un platito y la llevó a la trastienda. Pocos momentos después volvía para decirme que cruzara la avenida, fuera a la taberna de Ginty y esperara una llamada por el teléfono público. Con una reverencia, me retiré sintiéndome leproso y rechazado.

En el bar de Ginty bebí jugo de tomates y conté las botellas que había sobre los estantes hasta que sonó el teléfono y una voz me ordenó que fuera a pie hasta la catedral de San Patricio y me arrodillara en el primer confesionario del pasillo de la derecha. Ya para entonces yo pensaba que todo el asunto era un maldito disparate y no me privé de decirlo.

–En asuntos bancarios, recurrimos a ustedes -me regañó bruscamente la voz-. En nuestro negocio, los especialistas somos nosotros. ¿De acuerdo?

Si lo planteaba de esa manera, de acuerdo, claro. San Patricio no quedaba muy lejos y algunas plegarias no vendrían mal… siempre que pudiera recordar las palabras. El confesionario estaba oscuro y rancio de viejas culpas. Una gasa opaca cubría la rejilla que separaba a penitente y confesor. La voz que habló a través de ella era un murmullo anónimo y tranquilizador.

–¿Es usted Paul Desmond?

–Sí.

–Yo soy Aaron Bogdanovich. Nada se me olvida. Dígame cuál es el servicio que quiere. Yo le diré si podemos encargarnos de prestárselo y en qué términos. Empiece, por favor.

En un murmullo confesional, se lo dije. Fue un ejercicio interesante porque me hizo ver con qué vaguedad había definido yo mi propia posición

y cuánta razón podía haber para las dudas y vacilaciones de Arlequín.

Aaron Bogdanovich era un buen oyente y un inquisidor muy hábil. Hacía preguntas incómodas:

–¿Cómo expresaría usted sus necesidades en orden de importancia?

–Impedir que controlen la compañía. Investigar la operación fraudulenta y sanear nuestro sistema. Demostrar que Basil Yanko es culpable de conspiración criminal.

–Las dos primeras operaciones son defensivas, la tercera es agresiva.

¿Por qué?

–Si libramos una guerra defensiva, la perderemos fatalmente.

–¿Calculó usted el posible costo?

–¿En dinero? No; aceptamos que puede salir caro.

–El dinero no es el principal aspecto.

–¿Cuál, entonces?

–El de vida y muerte. Cuando se recurre a la policía, cuando se llama a una agencia de protección reconocida, se contrata a un hombre armado para que defienda la seguridad y la vida de uno. La delegación es limitada; de lo que hacen son responsables ante la ley. Nosotros no somos responsables, porque operamos fuera de la ley. Sin embargo, nos ajustamos a ciertas normas y no somos asesinos a sueldo. Si buscan eso podrán conseguirlo en el mercado, a partir de veinte mil dólares por muerte.

–No queremos contratar asesinos.

–Pero puede haber violencia, y la consecuencia de la violencia es la muerte. De modo que ustedes tienen que decidir primero, y después nosotros, si el problema es lo bastante grave para justificar un riesgo de muerte.

–¿Podemos hablar de eso?

–Ahora no. Me gustaría que definieran ustedes su posición de manera satisfactoria para ustedes mismos. Después podemos volver a encontrarnos.

–¿Cara a cara?

–¿Por qué me lo pregunta?

–Usted habló de normas. Necesitamos saber cuáles son las que tenemos en común. Jamás he cerrado un trato con un hombre a quien no conociera.

Nunca firmé un contrato modificable unilateralmente. De modo que, o tenemos un encuentro cara a cara, o esto se termina aquí.

–Convenido.