Arlequín
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parte, se comprometió a guardar silencio. Si no puede aguantar el juego, retírese y váyase a su casa. Todavía tiene ese privilegio.
–Voy a hablar con Arlequín.
–Hágalo, cómo no… A usted no le mataron a su mujer en Ciudad de México. No era su hijo el que estuvo colgado de las manos por una ventana de un quinto piso, en Ginebra.
No estaba enojado, ni siquiera hablaba con énfasis. Podría haber estado leyendo un texto de un libro de primeras letras. Cuando me levanté para irme, me detuvo con un gesto y con una ironía extrañamente condescendiente:
–Lo que le dije era en serio. El niño lo necesitará, y es posible que tenga usted que recoger los pedazos de su amigo. Quédese; nada será tan grave como usted piensa. La muerte es un hecho trivial.
***
Lo dejé verificando costos y ganancias y me fui a caminar durante una hora entre el apretujamiento que es Nueva York a la hora del almuerzo. No tenía prisa. Nadie esperaba mi compañía, no había un lugar donde mi ausencia creara un vacío. Al mirar los escaparates vi una maraña de objetos sin sentido. En los rostros que miraba no veía más que máscaras de actores.
El olor a comida no me daba deseo de saborearla. Me pasé la lengua por los labios, deseando beber, sabiendo que el primer sorbo me provocaría arcadas. Quería estar con alguien, pero habría escapado ante una palabra de saludo. No estaba asustado. No estaba avergonzado. Me sentía vacío y descreído. Mi tenue filosofía estaba hecha pedazos, mi código incuestionado tan agujereado como un queso suizo. Aaron Bogdanovich me había conmovido hasta los tuétanos, sin que yo hubiera podido moverlo un ápice de la arraigada convicción de que la vida era algo sin importancia, más fácil de liquidar que de arreglar.
Después de un rato empecé a sentirme cansado y con dolor de cabeza, de modo que me fui a casa. Takeshi me preparó café. Yo no quería seguir pensando. Al azar, tomé un libro de los estantes y, sin mirar siquiera el título, empecé a leerlo por la página en que se abrió:
… No sé quién ni qué planteó la cuestión. No sé cuándo fue planteada.
Ni siquiera recuerdo haber contestado. Pero en algún momento dije "sí" a alguien -o a algo- y a partir de esa hora tuve la seguridad de que la
existencia tenía sentido y de que, por ende, entregar mi vida… tenía un objetivo…
Entonces busqué por primera vez el título. Era Markings, las anotaciones privadas de ese hombre extraño, introvertido, que se llamó Dag Hammarskjold. Seguí leyendo:
… A partir de ese momento he sabido lo que significa "no mirar hacia atrás" y "no pensar en el mañana". Conducido… a través del laberinto de la vida, llegué a un momento y un lugar en los que me di cuenta de que el Camino lleva a un triunfo que es una catástrofe, y a una catástrofe que es un triunfo, que el precio por la entrega de la propia vida será el reproche y que la única elevación posible que le es dada al hombre se encuentra en los abismos de la humillación… "
Sin comprenderlo, me conmovió de una manera extraña. Sentí necesidad de copiarlo en la última hoja de mi agenda de bolsillo, donde no podía dejar de verlo todos los días. Acababa de terminar cuando entró Takeshi. Tosió, silbó, hizo una reverencia y me rogó que le concediera un momento de mi valiosísimo tiempo.
–Sí, Takeshi. ¿Qué sucede?
–Hay algo que debo decirle, señor. Y no es fácil.
–Siéntese, entonces, y tómese tiempo.
–No, señor, gracias. Las cosas que le han sucedido a usted y a sus amigos…
–Las cosas que han sucedido… ¿sí?
–Por la televisión. El día que colgaron al bebé por la ventana…
–Siga…
–El que lo sostenía era mi sobrino, ese a quien yo le mandaba siempre los sellos de correo que usted me daba.
–¿Sabía usted ya que pertenecía al Rengo Sekigun?
–Cuando vinieron del F. B. I. y empezaron a hacer preguntas lo supe.
Antes no estaba seguro.
–¿Y por qué no se lo dijo a los agentes?
–Tengo familia en California y en Hawaii. Son buena gente. Buenos japoneses, buenos norteamericanos. En la guerra los pusieron en campos de concentración como si fueran enemigos.
–Por qué no me lo dijo a mí?
–Usted estaba en México.
–Pero, ¿y después? Esa gente podría haberme secuestrado a mí, a la señorita Suzanne. Nos advirtieron que era posible.
–Si mi sobrino hubiera venido aquí, lo habría matado.
–El lo habría matado antes a usted, Takeshi.
–Señor, esas cosas uno las sabe, pero no las cree. Ahora lo creo, cuando es demasiado tarde.
–Tendría que haberme dicho todo esto antes.
–Así es, pero estaba demasiado avergonzado. Si usted prefiere, señor, me iré mañana.
–Takeshi…
–¿Señor?
–¿Por qué quiere irse?
–Mi sobrino me deshonra; yo lo deshonro a usted.
–El honor es un junco, Takeshi. Cuando uno se apoya en él, se dobla.
–Entonces, señor, ¿en qué nos apoyamos?
–¡Siéntese, Takeshi, por el amor de Dios! Me canso de verlo ahí parado… ¿Recuerda usted al hombre que duerme en una tumba?
–Sí, señor.
–Hoy me dijo que para vivir no hay términos medios. O se muere por una verdad o se mata por ella. ¿Tendré que creerle?
–Es lo mismo que dice mi sobrino.
–¿Y qué dice usted, Takeshi?
–No se corta una planta para conseguir que florezca. Y para lo que le sirve la verdad a un muerto… ¿Está usted avergonzado porque no duerme también en una tumba?
–No… porque no tengo el valor.
–Durante la guerra, cuando llegaban las noticias de las cargas al grito de banzai, y de los pilotos kamikaze, mi padre solía menear la cabeza y decir que un cobarde prudente era mejor que un héroe idiota. Creo que tenía razón.
–Takeshi, ¿realmente tiene que irse? ¿Consiguió un trabajo mejor?
–No, señor.
–¿Por qué no se queda un tiempo y nos apoyamos mutuamente?
Sin rebajarse a demostrar placer, aprovechó la ocasión para hacerme una triple reverencia y manifestarse de acuerdo. Después me preguntó si había perdido la fe en sus condiciones para cocinar o para atender la casa… y, si