Arlequín
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En el primer impulso de euforia, yo tendí a estar de acuerdo con él, pero al volver a pensarlo ya no me sentí tan seguro.
–Esperemos a ver la realidad, George. Este informe nos ayuda con nuestros accionistas, pero falta ver lo que hará por nosotros en el mercado.
Recuerda que todavía no hay un escándalo, apenas si huele como si lo fuera. Después de dos años de Watergate, la gente se ha vuelto muy cínica.
Los políticos y los hombres de negocios son como los actores, lo que se espera es que sean competentes, no continentes El único pecado de veras es la estupidez, y Basil Yanko no es estúpido.
–Estúpido, de ninguna manera -concedió pensativamente George- Pero no entiende a los payasos.
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Se llega a la posada de San Ángel como si uno fuera un peregrino que arriba al cielo, a pie, por estrechas calles empedradas con guijarros y plazas antiguas y llenas de sombras. Al llegar lo reciben a uno en un jardín lleno de música acuática. A través de una serie de patios embaldosados, ornados de viñas y enredaderas en flor, lo conducen ceremoniosamente al corazón del pasado imperial. Allí nada es nuevo, a no ser la comida, la gente y la música de los mariachis. Lo demás es venerable de vejez: las vigas talladas, el hierro forjado, la platería, los cuadros, las pesadas mesas y los grandes sillones de cuero hechos para los traseros de los nobles.
Las luces se ven amortiguadas, las habitaciones cavernosas se tragan los ruidos, de manera que se puede comer en el silencio, hablando con toda la intimidad que uno quiera. Si uno quiere música, los mariachis se la ofrecerán. Si quiere bailar, tendrá que seguirlos al patio, donde la más vigilante de las dueñas se sentiría incapaz de reñir al más impulsivo de los amantes. Después de las fatigosas idas y venidas de la ciudad, es un celestial oasis de cortesía y reposo.
Aquí, por primera vez en varios meses, vi completamente cómodo a George Arlequín. Conocía por su nombre a todo el mundo, desde el ayudante del bar al director de los músicos. Mantuvo un largo coloquio con el chef y le hizo bromas personales al barman. A medianoche, cuando los músicos hicieron una pausa, pidió prestada una guitarra, tocó diez minutos de aceptables sevillanas y se ganó un hurra de la multitud y una vuelta de bebidas de la casa. Juliette estaba encantada con todo eso.