Arlequín

Morris West · Capítulo 34 de 50

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Arlequín

***

haya cumplido y vea la futilidad… ¿entonces, qué? ¿Es lo que usted plantea, no es verdad?

–Sí, me imagino que sí.

–No tengo respuesta, señor Desmond, ni se me pide que la tenga. Como Tony, acepto el contrato, lo cumplo y me preparo para la tarea siguiente…

Ah, señor Arlequín. ¿Consiguió la comunicación?

George Arlequín estaba parado en la puerta, el rostro exangüe, los ojos vacíos.

–Sí, conseguí comunicar. Julie murió hace quince minutos. Dicen que fue una embolia coronaria.

Aaron Bogdanovich me cerró sobre el brazo una mano férrea y masculló:

–Llévelo de vuelta a la ciudad. Yo lo llamaré. ¡No puedo tratar con un marido de duelo!

***

Debo confesar ahora que el duelo lo hice yo. Junto al lecho lloré sin pudor alguno. Me incliné a besar sus labios fríos y a decirle adiós, murmurando una plegaria. Arlequín, rígido, distante y sin verter una lágrima, esperó a que yo estuviera listo para partir. Lo que pasó después entre ellos, si él lloró o desvarió, no lo sé, y durante un tiempo ni siquiera llegó a importarme. Era todo muy extraño. Ante la muerte de Julie, su gran muerte, sólo podía sentir la muerte pequeña de la separación, lo tremendo del nunca más, de lo jamás gozado, de la esperanza por siempre sin cumplir.

Y sin embargo -¡dichosos de los muertos que jamás lo saben!– me sentía aliviado también. Ella ya no podía sufrir, y yo estaba liberado de una servidumbre que había soportado durante demasiado tiempo, de una tentación que se había agudizado con cada año que pasaba. Estaba libre, por fin… libre, aunque me hallara en un desierto árido y frío.

Mientras esperábamos a Arlequín, Suzy y yo mantuvimos juntos una de esas charlas vacías, hechas de reminiscencia, que siguen siempre a una muerte. Agotadas sus lágrimas, y como todas las mujeres en todas las exequias, Suzy empezó a pensar en los aspectos prácticos.

–… Ojalá decida enterrarla aquí. De otro modo se va a hacer tan largo y engorroso. Vamos a necesitar una empresa funeraria, Paul, ¿ te encargarás tú de eso? Ya pedí sedantes al médico; George los va a necesitar esta noche.

¿Te quedarás tú en su apartamento, Paul? De buena gana lo haría yo, pero no estaría bien. Tal vez ahora esté dispuesto a terminar con todo: acabar con todo este sórdido asunto y volvernos. Pronto será verano. Tú podrías llevártelo en tu barco… También tengo que recoger la ropa de Julie; para él sería terrible ocuparse de eso… Oh, Paul, me da tanta pena por él…

Yo no podía sentir pena por él: lo odiaba. Me sentía tentado de decirle que ahora tenía otro cadáver para depositar en el umbral de Gálvez. ¿Y por qué no? Una muerte daba lo mismo que otra. Tanto de la boca de Tony Tesoriero como del pobre útero muerto de Juliette Gerard crecerían las flores. Durante todo el tiempo, me aborrecí por ser el valiente guerrero que con la trompa broncínea convocaba a los héroes al combate, y después salmodiaba el toque de queda sobre los cuerpos de los vencidos, alejando a los buitres de sus despojos. Suzanne me tomó la mano y la retuvo entre las suyas.

–¡Paul, por favor! No te culpes, ni culpes tampoco a George. No podemos andar más que por la senda que vemos a nuestros pies. ¡Por favor, chéri!

Largo rato después, Arlequín se reunió con nosotros. Ahora se lo veía tranquilo, vacío y calmo como un lago bajo la luna. Nos agradeció a ambos, en su nombre y en el de Julie. Había tomado las primeras decisiones indispensables.

–La enterraremos aquí. Paul, hazme el favor de ocuparte de que sea lo mejor posible. Debe haber un servicio religioso. Tenemos que informar al embajador suizo, a José Luis, a Aurelio Gálvez y su familia, y a los empleados del banco. Suzy, por favor manda un cable a todas nuestras oficinas para que cierren durante un día y pide a los gerentes que publiquen la nota necrológica en la prensa. Yo hablé con los padres de Julie.

Después…

–Dejémoslo, George.

–Como quieras, Paul.

–Llamaré un taxi -dijo Suzanne.

–Yo volveré a pie.

–Vamos contigo.

–No, gracias, Paul. Prefiero estar solo.

–George, ¿realmente quieres que Gálvez esté en el funeral?

–¡Oh, sí! Es un amigo. Hizo que el cardenal rezara misas por la recuperación de Julie.

Si tienes posibilidad de elegir -y la elección es cada día más restringida en esta era de asesinos- te ruego, lector, que no mueras de muerte violenta en una ciudad latina. Los documentos necesarios para declararte no existente son horrendos; y esperarás en el limbo hasta que esté terminado de llenar el último formulario. No tuve más remedio que dejar la tarea de organizar el sepelio de Julie en manos de José Luis Miramón de Velasco, quien la aceptó como un deber sagrado, y como la menor penitencia que podía cumplir por sus pecados. Lo único que necesitaría serían las firmas de Arlequín. Por lo demás, conseguiría para Madame una ceremonia digna y un lugar tranquilo de eterno descanso, próximo al de su propia familia…

Después el mundo volvió a invadirnos. Había una pila de telegramas y la lista de llamadas telefónicas tenía un metro de largo. Los gerentes de nuestras sucursales eran presas del pánico. El mercado estaba trastornado.

La prensa quería comentarios y aclaraciones. Todos querían saber si George Arlequín era un genio de las finanzas o un pobre desventurado sin remedio.

Mientras Suzanne se ocupaba de los telegramas yo batallé con operadores, códigos y diferencias de hora para contestar las llamadas telefónicas más importantes. En Nueva York estaba atardeciendo. En Londres era la hora de la cena. En Europa la del café y el coñac y las noticias del día por la televisión en colores, mientras el costo de la vida subía y la posibilidad del sobrevivir decentemente bajaba cada vez más. Por décima vez, acababa de colgar furiosamente el receptor cuando entró Suzanne con un cable: "Pienso que me necesitan… Milo Frohm. Llamé a Aaron Bogdanovich y se lo leí.

Su comentario fue seco como las hojas muertas:

–Si lo necesitan, lo llaman. La cuestión es cuánto le dicen.

–¿Único comentario?

–Mañana me voy a Nueva York.

–Aquí quedan cosas sin terminar.

–Se terminarán en Nueva York. Llámeme cuando lleguen allá.

Milo Frohm seguía siendo una pregunta sin responder. Mi primera idea fue diferir el contacto hasta que Arlequín estuviera en condiciones de hablar personalmente con él. La segunda fue llamar a Washington y ver a qué reglas básicas se iba a atener Milo Frohm. Si eran flexibles, bien podríamos cooperar. Si quería ponerse en amistoso policía de barrio, no había nada que

hacer. Yo no tenía nada en contra de los policías, especialmente si eran amistosos; el único problema era que lo que aseguraban era muy poco: la ley y el orden, y dormir tranquilo por las noches… y eso dejaba demasiadas causas sin resolver y todo un poco negro de injusticia, hediondo bajo el sol.

Milo Frohm se mostró encantado de oírme. Le dije que le agradecía su telegrama, pero que era difícil hablar de negocios por una línea abierta. Le pareció, después de lo que había leído en la prensa, que yo exageraba la dificultad. No podríamos haber hablado más públicamente si lo hubiéramos hecho por televisión. Según rumores bien fundados estaban a punto de entablarnos juicio hasta por la camisa. Le dije que era lo que esperábamos, incluso lo que deseábamos. Después le informé de la muerte de Julie.

Durante largo rato sólo se oyó silencio en la línea.

–¿Cómo ha reaccionado el señor Arlequín? – preguntó después.

–Bíblicamente.

–¿Por el Antiguo Testamento o por el Nuevo?

–Por el Antiguo…

–¿Y qué es lo que opina usted, señor Desmond?

–Me gustaría atenerme a las reglas. Pero me temo que si lo hacemos, nos comerán los cuervos.

–Supongamos que se alteran las reglas un poco…

–Tiene que ser más que suponer…

–Entonces las alteramos.

–¿Están grabando la conversación?

–Desde el comienzo.

–Pues ahí va. A Valerie Hallstrom la mató un asesino a sueldo llamado Tony Tesoriero, que ha muerto. Quien le pagó fue un tal Aurelio Gálvez, un nombre muy importante en Ciudad de México, que está vinculado con nuestra compañía y con Basil Yanko. Como prueba tenemos un papel firmado por Tony Tesoriero. Inútil ante un tribunal, pero bueno para ustedes. Suponemos, sin pruebas, que Gálvez también fue responsable del asesinato de la señora Arlequín. Además, los fraudes en nuestra agencia bancaria en Ciudad de México fueron cometidos por una mujer, María Guzmán, pagada por cierto Alexander Duggan, que trabaja para Creative Systems en Los Angeles, California. Al respecto tenemos declaraciones ante notario y fotografías identificatorias, también certificadas por notario.

A Gálvez se le dijo que conocíamos a Duggan. Ahora Saul Wells está vigilando a Duggan. La dirección es la siguiente…

–¿Informaron ustedes algo de esto a las autoridades mexicanas? –

preguntó Milo Frohm cuando hube terminado.

–No.

–¿Por qué no?

–Porque ofrecimos inmunidad a María Guzmán. Duggan no pertenece a su jurisdicción y lo demás son comentarios de un muerto.

–Gracias, señor Desmond. ¿Cuándo esperan ustedes volver a los Estados Unidos?

–Eso depende de Arlequín. Probablemente una vez terminado el funeral…

–Me gustaría saberlo tan pronto como dispongan el viaje. La compañía de ustedes se ha vuelto peligrosa; tendremos necesidad de proteger a sus compañeros de viaje.

Lo tomé a broma e hice un comentario impertinente.

–La política y el dinero forman una mezcla explosiva, señor Desmond -

me contestó con mortal seriedad-. Agrégueles petróleo y tendrá una enorme hoguera. Por favor, haga lo que le pido.

Por lo menos lo planteaba con honradez. Podía alterar las reglas, pero no podía cambiar los hechos fundamentales de la vida en este año de dudosa gracia: que no había fortaleza a prueba de dinero, que medio kilo de explosivo plástico podía borrar del cielo un avión en pleno vuelo, que unos pocos hombres desesperados podían poner en jaque a una nación. Todo eso nos llevaba rápidamente de vuelta al medievalismo, a la justicia sumaria y a la ley del talión, a la regia prerrogativa del verdugo propio… Como si me leyera el pensamiento, Suzanne se me acercó a rodearme el cuello con los brazos y apoyó la mejilla contra la mía.

–Ya basta, Paul… Tú también tienes que darte tiempo para el duelo.

–Aunque te parezca extraño, Suzy, no sé cómo entristecerme. No hay más que un espacio en blanco, como si alguien hubiera quitado un cuadro de la pared… ¿Todavía no ha regresado George?

–Sí, acaba de llegar. Llamé a su habitación y está descansando. No quiere que nadie esté con él todavía. Hice desconectar su teléfono y avisé que pasaran las llamadas aquí.

–No tardará en desmoronarse, Suzy.

–No, Paul -sacudió enfáticamente la cabeza-. Recuerdo algo que solía decir mi padre: "Der grösste Hass ist still… El odio más grande es silencioso". En este momento, George odia a un hombre. Nosotros lo hemos perdido, está muy lejos.

–Tranquilízate, querida. La gente se cansa de odiar.

–Es más perdurable que amar, Paul.

–¿No vendría bien un whisky?

–Puede ser. Chéri, quédate conmigo. Estoy muy asustada.

Mientras servía las bebidas, algo me golpeó como un martillazo. Hubo un tiempo, en un ayer lejano, en que teníamos miedo del poderoso hechicero, Basil Yanko; ahora nos asustaba más George Arlequín, que había sucumbido a sus artilugios y se ocultaba en una habitación en sombras, con una astilla de hielo en el corazón. Como no era capaz de hacer frente a la verdad, me refugié en lugares comunes. Estábamos semilanzados en uno de esos tontos diálogos consoladores sobre el amor y la misericordia y sobre cómo, si uno lo entendiera todo, sería capaz de perdonar casi todo, cuando vociferó el teléfono y desde recepción anunciaron que el señor Aurelio Gálvez deseaba ver al señor George Arlequín. Suzanne, bendita sea su circunspección suiza, pidió que esperara un momento mientras yo hablaba con Arlequín por el teléfono del dormitorio. Esperé un arranque de cólera o una sombría desesperación, pero en cambio me indicó que recibiera con toda cortesía a nuestro huésped, le ofreciera algo de beber y le rogara que tuviera la gentileza de disculparlo un momento mientras Arlequín se vestía para darle la bienvenida. Transmití el mensaje y Suzanne bajó al vestíbulo.

Mientras yo limpiaba el escritorio y disponía vasos limpios, no podía dejar de preguntarme qué demonios se le dice a un asesino cuando su víctima casi no se ha enfriado todavía. No necesitaba haberme preocupado.

George Arlequín estaba listo y esperándolo cuando Suzanne hizo entrar en la habitación a Aurelio Gálvez. Su bienvenida fue cálida y emocionada.

–¡Mi querido Aurelio! ¡Qué bondad de su parte! No era necesario que viniera, pero me conmueve profundamente.

–George, amigo mío, ¿qué puedo decir? ¿Qué puedo hacer?

–¡Nada, Aurelio! ¡Con su presencia basta! ¿Un trago, un café? Cosa rara, cómo volvemos a las antiguas costumbres… Preparamos la carne y el vino para los dolientes. Siéntese, por favor… ¡Suzanne! ¡Café para el señor Gálvez!

Aurelio Gálvez se instaló en una silla: un peñasco de consuelo en un océano de dolor.

–¡Mi querido George! Estaba tan seguro de que no podía suceder.

–Todos lo creímos así, Aurelio.

–¿El funeral? Tal vez yo pueda…

–Todo listo, gracias. La enterraremos aquí, en su hermosa ciudad que ella quiso tanto.

–George, esto es un asesinato. Hay que hacer algo.

–¿Qué, Aurelio? No puedo ir por las calles clamando sangre y venganza. Prefiero dejarla que duerma en paz.

–Entiendo; pero no es suficiente.

–Déjeme que la entierre primero.

–¡Pero claro! ¡Claro! Pero con ceremonia, George. Es lo adecuado.

Usted tiene amigos aquí, y clientes. Querrán presentarle sus condolencias.

¿Puedo traerlos?

–Si ellos desean venir, sí.

–¿Se quedará usted después?

–Creo que no por mucho tiempo. Me reclaman en otras partes. Hay gente que depende de mí. Yo mismo sigo estando amenazado y debo seguir en la lucha. Ahora, la lucha misma representa algo.

–¿Tiene usted alguna idea, George, algún atisbo… de quién puede haber hecho algo tan terrible? En este caso, dígamelo. Por mi alma inmortal le juro que lo encontraré.

–Aurelio, aprecio sus palabras, pero ya sé quién lo hizo.

–¿Se lo ha dicho a la policía?

–No.

–¡Pero tiene que hacerlo! Es esencial que lo sepan.

–Quería decírselo primero a usted, Aurelio.

–¿Por qué a mí?

–Usted tiene amigos influyentes. No dejaría que una cosa así quedara enterrada en los archivos.

–Jamás.

–Aurelio, usted tiene que saber cómo es. Usted ama a su mujer, a su hijo, a sus hijas…

–Claro que sí.

–Un día tendré que decirle a mi hijo que su madre murió bajo las balas de un asesino, en Ciudad de México. Ahora es una criatura; pero algún día tendrá que saberlo. Entonces me preguntará qué hice con el hombre que mató a su madre. ¿Qué le diré, Aurelio?

–Todavía no ha hecho usted nada.

–Todavía -Arlequín se llevó una mano al bolsillo del pecho, sacó el sobre que contenía la carta de Tony Tesoriero y se la entregó a Aurelio Gálvez-. Léala, amigo mío, y dígame qué tengo que hacer al respecto.

–Está sellada, George.

–Perdón. Ábrala, por favor.

Aurelio Gálvez introdujo un grueso dedo bajo el doblez del sobre y lo desgarró. Desplegó la nota y la leyó sin que en su rostro curtido hubiera un estremecimiento de emoción. Dobló cuidadosamente el papel, volvió a ponerlo en el sobre y se lo entregó otra vez a George Arlequín. Se levantó, estirándose hacia abajo el chaleco, y se abotonó la americana. Después, con perfecto aplomo, se despidió.

–Señor Desmond, señorita, tengan la bondad de disculparme. George, yo entiendo el dolor. Lo he experimentado. Le perdono a usted esta pésima broma.

–¡Antes de que se vaya! – George se puso junto a la puerta, con una mano en el picaporte mientras levantaba la otra para detenerlo-. La broma no terminó todavía. Vaya usted donde vaya, un hombre lo estará vigilando.

Vayan donde vayan su mujer, su hijo o sus hijas, habrá ojos sobre ellos también. Un día, uno de ellos morirá. Otro día será otro. Pero nunca usted, Aurelio Gálvez… nunca usted. Usted es intocable. Y sabe que yo puedo hacerlo, porque usted mismo lo hizo y porque hoy, yo asistí a la muerte de Tony Tesoriero. Y sabe que lo haré porque usted mismo me lo enseñó: sin matar a la bestia, no hay carne para la cena… La próxima vez que llame a Basil Yanko, cuéntele lo que le he dicho. ¡Adiós, amigo!

Erguido y recio, Aurelio Gálvez parecía un viejo roble en la tormenta.

–Puedo hacerle una oferta mejor, George -dijo sombríamente.

–Por cierto que sí -asintió Arlequín-. Siéntese y escriba. Suzanne, pide a portería que nos busquen un notario.

Consta públicamente que Aurelio Gálvez murió en su lecho en algún momento entre la medianoche y la madrugada del día siguiente. Se sabía, y así lo expresó su médico, que durante largo tiempo había padecido una

afección cardíaca, agravada por las tensiones de una vida activa y fecunda.

Con mucha más pompa, se lo enterró en el mismo cementerio y el mismo día que a Juliette Arlequín. La nuestra fue una pequeña ceremonia, triste, celebrada en una lengua extranjera, por un pastor joven y nervioso de la Iglesia luterana, la fe más próxima a la nuestra que pudimos encontrar en la ciudad de la Virgen de Guadalupe. Fueron pocos los dolientes y todos ellos, a no ser nosotros, estaban ahí por compromiso, sintiéndose incómodos durante el servicio religioso, levemente culpables por entregar una mujer a un Dios protestante. El elogio fue misericordiosamente breve: una rancia migaja de consuelo para quienes le habíamos amado, un desvaído panegírico para quienes jamás la habían conocido.

Arlequín permaneció a un lado de la fosa, con José Luis; Suzanne y yo nos quedamos al otro. Arlequín estaba pálido pero tranquilo, con los ojos ocultos tras un par de oscuras gafas de sol. Suzanne lloraba silenciosamente. Cuando el ataúd fue descendido a la tierra, cerré los ojos, procurando contener las lágrimas. Oí el sordo ruido de los primeros terrones sobre la tapa del féretro, los pasos de la gente que se alejaba, el chirrido del metal cuando los sepultureros llenaron el hoyo.

De la mano de Suzanne, me di vuelta y me aparté. Arlequín ya se había ido y estaba parado junto a los automóviles, estrechando la mano a los presentes, agradeciendo al pastor. Del cementerio un coche nos llevó directamente al aeropuerto, donde un avión nos esperaba para llevarnos a Los Angeles. Milo Frohm se había salido con la suya, y Arlequín lo había aceptado sin protesta. Ya no éramos gente común; en la palma de las manos llevábamos impreso el sello de la muerte.

Durante todo el viaje Arlequín estuvo trabajando solo, asiduamente, cubriendo de notas manuscritas una página tras otra. Se mantuvo totalmente alejado de nosotros, misterioso y lacónico. Ya no discutía; daba órdenes.

Recibía información y se negaba a comentarla y a dar indicios de la forma en que se proponía usarla. El día anterior al funeral yo lo había acusado de falta de la más elemental cortesía hacia mí, como colega, y hacia Suzanne como fiel colaboradora. Me contestó tranquilamente que lamentaba la descortesía, pero que ya no podía comprometernos en acciones de las que el responsable era él, y sólo él. Yo ya era susceptible de que me acusaran de conspiración por obstaculizar a la justicia y de encubridor de la muerte de Tony Tesoriero, y Arlequín no quería arriesgarme más. En el futuro -si es

que me interesaba anticipar ese futuro- yo debería limitarme a las transacciones comerciales normales de la compañía.

Le contesté que yo era ya el mediador con Aaron Bogdanovich y Saul Wells y Milo Frohm. Decidió que en el futuro, él trataría personalmente con Bogdanovich. Saul Wells trabajaba abiertamente con nosotros y Milo Frohm era un agente del Gobierno: yo seguiría mi trato con ellos siguiendo las instrucciones de Arlequín. ¡Muy bien! Si eso era lo que él quería…

Exactamente. ¡Alabado sea el Señor! ¡Amén! Empecé a soñar nostálgicamente con aguas azules y velas blancas que se hinchan mientras emprendemos una gran bordada sin retorno.

A Suzanne le resultaba más fácil que a mí tratar con él: no tenía nada que discutir. Se refugió en las formalidades de Europa y le negó incluso el antiguo privilegio de llamarlo por su nombre de pila. Arlequín no hizo ningún comentario sobre el cambio, aunque lo noté apenas menos perentorio y más considerado con ella. Relegados a nuestra recíproca compañía, se acentuó nuestra intimidad, y también nuestro miedo ante la fría desesperación que consumía al que había sido nuestro amigo.

Cuando aterrizamos en Los Angeles había oscurecido. En la pista nos esperaban dos funcionarios de Inmigración y Aduanas que nos dieron entrada al país con un mínimo de ceremonias y nos pusieron en manos de Milo Frohm. Este nos llevó en su propio coche hasta el hotel Bel Air y nos instaló en bungalows adyacentes, que según él eran seguros y estaban libres de artificios electrónicos.

Nos agradeció que hubiéramos decidido cooperar con él. Tendría con nosotros toda la franqueza que permitieran las circunstancias. Si no teníamos inconveniente, se encontraría con nosotros para cenar. Sugirió que podía ser atinado postergar nuestra reunión con Saul Wells. Tal vez, mientras nosotros nos refrescábamos, él pudiera estudiar los documentos que habíamos traído de México. Cuando George Arlequín le entregó una serie de fotocopias, diciéndole que prefería conservar los originales en su poder, frunció el ceño y después hizo una mueca. Pensaba que sería más prudente que Suzanne no estuviera presente en nuestra discusión. Más tarde, frente a un café y unos sandwiches, se descolgó con una pequeña homilía:

–… En nuestra primera reunión, caballeros, hablamos de un conflicto de intereses: los nuestros en cuanto organismo nacional, los de ustedes en

cuanto compañía extranjera. Pienso que por ambas partes hemos llegado a ver que nuestros intereses convergen, por más que no sean ni puedan ser idénticos. ¿Es exacto?

Coincidimos en que lo era. Arlequín acotó que no estaba tan convencido como yo. Milo Frohm tomó debida nota y prosiguió:

–… Nuestro Departamento de Estado está de malas con los europeos porque están haciendo contratos petroleros separados con los árabes. Los israelíes están resentidos con los europeos porque los franceses y los noruegos han anulado su red de espionaje y su sistema de información contra los terroristas. También están resentidos con nosotros, porque se imaginan que hemos cedido demasiado en las negociaciones para el alto el fuego. Este es el fondo contra el cual tienen que ver ustedes su situación con Basil Yanko. Políticamente, para nosotros ha sido útil; nos abrió accesos a Europa; consiguió atraer el dinero y la buena voluntad de los árabes hacia nuestro país en vez de hacia Europa. Esto es alta política y negocio a lo grande, lo que significa cierta cantidad de basura que hay que esconder bajo la alfombra. Nosotros lo sabemos y, lamentablemente, lo aceptamos si resulta y ponemos el grito en el cielo en caso contrario. Desde el punto de vista político nos encantaría que Yanko pudiera comprar su compañía. En realidad, nos fastidia enormemente que haya jugado un juego demasiado duro y que usted se haya mostrado demasiado hábil, con lo que cada día aparece un nuevo trapito al sol. En una palabra, señor Arlequín, ha provocado usted un escándalo de primera en un momento en que, para nosotros, es llover sobre mojado…

–¿Quiere usted decirme, señor Frohm, que lo que quieren es enterrarlo?

–Claro que quisiéramos; pero no podemos. Basil Yanko tiene dos alternativas: luchar con usted hasta el fin o cortarse él mismo el pescuezo.

Hasta hoy, sus acciones han bajado en un 28 por ciento, y seguirán bajando.

Los llevará a juicio por más de veinte millones de daños y perjuicios, y ustedes se presentarán ante el tribunal y ante sus accionistas con estos documentos mexicanos y con cualquier otra cosa que hayan encontrado y no me hayan dicho… Entonces, antes de haberse limpiado la mierda de Watergate, la Administración se encuentra otra vez metida hasta las orejas.

Eso es algo que todos quisiéramos evitar.

–Pueden hacerlo -dijo George Arlequín.

–¿Cómo? – preguntó ansiosamente Milo.

–Devuélvanme mi mujer.

–Ojalá pudiera, señor Arlequín. Dios sabe que si pudiera lo haría.

–En ese caso, señor Frohm, como no puede usted hacer lo imposible, arreste a Basil Yanko por conspiración para asesinar y métalo entre rejas.

–¿Basándonos en la confesión de Aurelio Gálvez? No hay manera.

–El documento es auténtico.

–El hombre que lo escribió ha muerto. Era amigo de usted y accionista de su compañía. Se podría alegar que conspiró con usted para ofrecer esa confesión como un último acto de amistad. También se podría sostener que hizo la confesión bajo coacción, que es lo que yo creo, señor Arlequín, aunque no tengo medios ni deseos de demostrarlo. Pero usted tiene una nota autógrafa de Tony Tesoriero, que también ha muerto. Como nos alegramos de vernos libres de él, no vamos a preguntar mucho quién lo mató. Sin embargo, hace tiempo que sabíamos que Valerie Hallstrom era una agente israelí que trabajaba para una red de espionaje que toleramos porque nos conviene a ciertos fines… Lo cual me recuerda, señor Desmond, que usted envió a su sirviente de vacaciones a San Francisco. Mandamos a uno de nuestros hombres que fuera a hablar con él, y dice que a usted le gustan las flores y que normalmente se las envían de una tienda en la Tercera Avenida… -suspiró y levantó las manos en momentánea desesperación-. Ya ve que estamos bien embarrados. Pero de alguna manera, y pronto, tenemos que limpiarlo.

–Hay una manera segura, señor Frohm, y usted puede usarla. No hay duda alguna sobre los documentos que vinculan a Alex Duggan con los fraudes en México. Apenas si necesitan uno más, una confesión de que actuó a instancias o siguiendo instrucciones de Basil Yanko.

–Me temo que ahí también hay un problema. Alex Duggan salió de su casa el martes a la mañana para visitar a un cliente en San Diego y no llegó.

No se lo ha visto desde entonces. Su mujer y la compañía han denunciado su desaparición.

–¡Paul! Me dijiste que Saul Wells lo estaba vigilando…

–Así es.

–Entonces, ¿cómo diablos sucedió esto?

–Muy simple -explicó fatigadamente Milo Frohm-. Hubo un choque múltiple en la carretera y Saul Wells se encontró en medio de él. Mala

suerte, parece. ¡Pobre Saul! Debe de tener el orgullo más abollado que el parachoques.

Yo habría estado encantado de abandonar ahí mismo el asunto, todo el asunto, e irnos a casa; pero Arlequín estaba tan terco como una mula en un camino de montaña.

–Señor Frohm, usted nos envió un cable que decía: "Creo que me necesitan". A instancias de usted y del señor Desmond accedí a reunirme con usted y a seguir su consejo, si lo consideraba adecuado. Pues bien, ¿qué es lo que me aconseja? ¿Que me olvide del asesinato de mi mujer? A eso no estoy dispuesto. ¿Que deje que Basil Yanko me compre, atado de pies y manos, y me venda a los jeques petroleros? ¡Jamás! ¿Que deje de hostigarlo en los periódicos por miedo a que me gane un juicio por daños y perjuicios?

Si esos documentos no constituyen prueba en el tribunal, los presentaré ante el estrado de la opinión pública. Yo no he cometido crimen alguno, y mis culpas morales son problema mío -dio un puñetazo sobre la mesa-. ¡No me van a sacar de en medio, señor Frohm! Si usted o su Gobierno quieren procesar a Basil Yanko, yo los apoyaré. Si lo que quieren es protegerlo, lucharé contra ustedes también, y si es necesario, moriré en la lid. ¡Ahora, por el amor de Dios, presente su causa… o váyase!

–Mi causa empieza con un dilema, señor Arlequín. Nuestro Gobierno hace contratos con Yanko porque es un genio y ofrece el mejor servicio que existe en el mercado. Nuestra Agencia cree que Basil Yanko es culpable de conspiración para defraudar, para asesinar, y gansgterismo en gran escala.

En nuestro sistema hay un fallo que transige con los vicios del hombre. No podemos demostrar su culpabilidad, porque no podemos alterar todas las regalas, y si infringimos la ley, vamos en contra de nuestros propios fines.

Necesitamos información. Si puede usted proporcionarla, no vamos a preguntar dónde ni cómo la consiguió. No le prohibiremos el acceso a fuentes que nosotros no podemos tocar. No nos interesa lo que haga usted fuera de nuestra jurisdicción. Si viola la ley de los Estados Unidos, lo hace usted por su cuenta y riesgo. ¿Me expreso con claridad?

–Hasta el momento, sí.

–Hay otros riesgos también, señor Arlequín.

–Me gustaría conocerlos.

–Le advertí que sería peligroso que se aliara con intereses de guerrilla.

Usted prefirió desoír la advertencia y se asoció con Aaron Bogdanovich, un

agente israelí, y con Leah Klein, conocida, por no decir notoria, periodista de simpatías sionistas. Ahora, usted y el señor Desmond figuran en la lista de blancos de ataques terroristas. No abran cartas sospechosas ni dejen entrar a visitantes no identificados. No anden solos por la noche.

–Una pregunta, señor Frohm.

–¿Sí?

–¿Cómo es que figuramos en esa lista?

–Fueron computados, señor Arlequín, como simpatizantes sionistas. Es el tipo de información que el señor Yanko proporciona, a muy alto costo, a suscriptores selectos. Es una maravilla lo que se puede hacer con un banco de datos, ¿no le parece? Hasta programar genocidios… Pues bien,

¿podemos cooperar?

–Podemos. Vamos a estudiar los detalles.

Media hora más tarde, cuando ya Frohm se había ido, George Arlequín me pasó su propio informe de la situación:

–… Milo Frohm es como tú, Paul. Quiere una solución, pero quiere que sea segura. Está dispuesto a tolerar el crimen, pero no a cometerlo. Si yo perdono, él olvidará. Yanko victorioso es Yanko inocente. No puede devolverme a mi mujer; quiere darme un remedio dulce y conveniente para una molestia pública. Encuentra lagunas en documentos comprometedores, pero se niega a ponerlos a prueba en el tribunal. ¿Qué te dice a ti todo eso?

–Lo que alguien expresó mejor, George: que tiene una prudente adaptabilidad.

–¡Al demonio con la adaptabilidad!

–¡Perfecto!

–¿Cuál es tu respuesta entonces?

–Ninguna, George. Ya has decidido lo que quieres hacer. Ve y hazlo.

–Quiero que Yanko muera.

–Mátalo entonces. O hazlo matar por contrato. Ahora sabes cómo se hace.

–Lo haré yo mismo, Paul.

En ese momento podría haberlo asesinado. Soy más grande que él, más pesado, y en ese momento estaba más enojado de lo que lo había estado en toda mi vida. Le di vuelta violentamente y le acorralé contra la pared, con los dedos en la garganta. No le ahorré ningún insulto de mi vocabulario…