Arlequín
***
–… Me había olvidado -me confesó mientras bailábamos- de lo que era reírnos así y hacer tonterías juntos. Es casi como si nos hubiéramos separado en partes diferentes y no pudiéramos volver a juntarnos. Casi me da pena irme a Acapulco.
Suzanne lo veía con más escepticismo.
–Está actuando, Paul. Todo esto es calculado. Julie se va y él quiere verla feliz y satisfecha. Es el mismo error que cometió siempre. El asumirá los riesgos; ella saboreará los primeros frutos. Y no se lo agradecerá, porque él la ha privado de la posibilidad de ser su mujer. ¡Dios mío! ¿Cómo puede ser tan ciega la gente inteligente?
A la una, José Luis no había aparecido todavía, de modo que nos fuimos en medio de un coro de agradecimientos y bendiciones y volvimos andando lentamente hacia la calle principal donde nos esperaba el automóvil. Fue un paseo agradable, soñoliento. Ahora las pequeñas plazas estaban desiertas: los postigos cerrados, las luces pocas y pálidas a través de las persianas. Las calles estaban silenciosas. Nuestros pasos resonaban sobre los guijarros; las paredes blancas devolvían el eco de nuestras voces. Suzanne y yo caminábamos adelante, tomados del brazo, mientras Arlequín y Juliette nos seguían unos pasos más atrás.
A la entrada de la última calleja nos detuvimos bajo una lámpara colgante a admirar la perspectiva antigua y extraña: los balcones de hierro con su intrincado adorno de volutas y sus plantas trepadoras, las lámparas que se mecían en los soportes enmohecidos, los charcos de luz dorada entre los guijarros, las tallas en piedra sobre las arcadas, todo convergía hacia el fondo en el pilar de luz de neón que marcaba la entrada a la calle principal.
En un momento la calle estaba vacía; al minuto siguiente apareció un hombre, negro en el contraluz, con una pistola a la cadera. Con un alarido, me arrojé contra las mujeres, procurando arrastrarlas conmigo al suelo, oí el tableteo de un arma automática, el choque y el silbido de las balas, la maldición de un hombre y el grito de dolor de una mujer, pasos que corrían, silencio. Cuando Arlequín y yo conseguimos ponernos de pie, la calle estaba vacía; pero Suzanne estaba de rodillas junto a Julie, que yacía gimiendo sobre los guijarros con todo el vestido manchado de sangre.
***
A las seis de la mañana en el Hospital de Jesús Nazareno, el cirujano dio su veredicto:
–Recibió dos balazos, señor Arlequín: uno en el muslo, el otro en el bajo vientre. Afortunadamente no hay lesión vertebral, pero dentro es un desastre… el útero, el intestino, el tejido peritoneal. Hemos hecho todo lo que se puede hacer por el momento. Si no hay complicaciones, intentaremos arreglar lo demás después. Pero me temo que no va a poder tener más hijos… ¿Peligro? Sí, señor Arlequín, peligro hay. El shock es grave, hay un trauma importante y ha habido hemorragia. Ahora puede verla un momento, si quiere, pero ella no le reconocerá…
George entró solo, mientras Suzanne y yo esperábamos en el corredor con un policía, un detective y un par de reporteros. Cuando salió, parecía un hombre de piedra, gris, hosco y despiadado. Cuando los periodistas le pidieron una declaración, recitó con voz monótona:
–Ustedes saben que se ha hecho una oferta para comprar mi compañía.
Saben que un hombre ha sido asesinado en Londres y una mujer en Nueva York, y que ambos estaban vinculados con Creative Systems Incorporated.
Lo que digo ahora es que este atentado contra nuestra vida se relaciona con todos esos sucesos… Pueden repetir que he dicho que no descansaré hasta que el hombre que lo ordenó, y les ruego que destaquen la frase, el hombre que lo ordenó, sea llevado ante la justicia. Por el momento, no más comentarios.
El detective oyó las palabras y las pescó al vuelo como un terrier.
Arlequín lo interrumpió con helada ferocidad.
–¡Oigame! Hemos hablado tres horas con ustedes. Los hemos derivado a la policía suiza y a la Oficina Federal de Investigación. Aquí, lo que tienen que buscar es un asesino a sueldo. El verdadero culpable está fuera del alcance de ustedes. No voy a nombrarlo porque no puedo probar nada.
Llévennos las declaraciones al hotel y las firmaremos. Les agradezco su ayuda… ¡pero ahora, en nombre de Dios, déjennos en paz!
De vuelta en el hotel, nos ordenó que tomáramos el desayuno y volviéramos a reunimos con él en una hora. Yo discutí, Suzanne insistió en que él debía descansar un poco. Se negó, y no quiso tampoco que nosotros descansáramos mientras no estuvieran hechas algunas cosas esenciales. Si para mantenernos en pie necesitábamos estimulantes, él buscaría el médico que los administrara. Era como un hombre poseído por un demonio
invernal, frío y obstinado, más allá de cualquier asomo de compasión.
Cuando volvimos a su habitación, estaba ya trabajando. Lo que exigió de nosotros, lo que él ya había empezado a ejecutar, me horrorizó.
–… Suzanne, el siguiente cable, urgente, en mi código personal a todas las sucursales. Comillas. Mi mujer gravemente enferma tras intento de asesinato. Ciudad México stop. Intento relacionado recientes actividades Creative Systems Incorporated stop. Se ordena vender todas repito todas nuestras acciones y todas las acciones de nuestras cuentas discrecionales en Creative Systems y filiales stop. Se continuará vendiendo cualesquiera sean las pérdidas consecutivas stop. Se avisará a los clientes no discrecionales cuáles con nuestras intenciones stop. Desobediencia por cualquier razón o debida a cualquier consejo será causa de despido instantáneo. Firmado George Arlequín, Presidente.
No pude contenerme y estallé en protestas.
–¡George, es una locura! ¡No puedes hacer eso!
–Ya lo hice, Paul. Transmití órdenes verbales a Londres, Ginebra, París y Nueva York. Se lo dije también a Herbert Bachmann y a Karl Kruger, para que pudieran cubrirse. En cuanto a tus propias acciones, ordené a Ginebra que las vendieran. Yo, personalmente, te garantizaré contra la pérdida.
–¡Pero te arruinarás, santo cielo!
–Tal vez… En este momento, Paul, no me importa. ¡Entiéndelo, no me importa! Suzanne, otro cable para todos los accionistas minoritarios: las dos primeras oraciones idénticas: "Mi mujer, etc., etc…" Después continúa.
Comillas. Le insto enérgicamente a rechazar oferta Yanko o al menos a diferir aceptación hasta el resultado investigaciones policiales stop. No posible este momento excluir actividad criminal de parte comprador.
Firmado George Arlequín.
–George, si ese cable se difunde, y se va a difundir, Yanko puede procesarte por difamación.
–¡Lo que quiero es que me procese, Paul! Así que llamarás a Leah Klein y le dirás exactamente lo que sucedió y lo que estamos haciendo. Una vez hecho esto, llama a José Luis. No ha sabido la noticia, si no, habría llamado.
Dile que consiga los dólares que necesitamos y que me vea aquí a mediodía. ¡Después concierta una reunión con Aaron Bogdanovich lo más pronto que puedas!
Era como ver a un hombre que se preparara para el seppuku, extendiendo la alfombra roja, poniendo sobre la mesa la espada corta, preparándose con ritual deliberación para hundírsela en el vientre. Yo tenía que ser el Kaishaku, el amigo que le cortaba la cabeza en el momento en que el acero alcanzaba su meta. Pero no quería hacerlo. Hice un último y desesperado intento de razonar con él:
–George, ¡te ruego que me escuches! Es mucho lo que te debo, pero tú me debes algo también, y reclamo que me pagues. Quiero que me escuches…
–Suzanne, por favor pasa a máquina esos cables. Ah, tú podrías ahorrarnos tiempo y hacer esa llamada a José Luis y otra a Aurelio Gálvez.
Dile lo que sucedió y pregúntale si tendría la bondad de venir ahora -cuando Suzanne salió de la habitación, se lanzó en un monólogo rápido y turbulento-: ¡Paul, no me digas nada! Todo lo sé ya y podríamos discutir hasta el día del Juicio. No voy a cambiar una palabra ni un acto de los que me propongo. Tú piensas que estoy frenético, enloquecido de dolor. No es así. Si Julie muere, soy hombre muerto. La he amado de una manera que ni siquiera ella ha entendido del todo. Si vive, soy como Lázaro que vuelve de entre los muertos para descubrir que su mundo ha cambiado para siempre, aunque ni una rama ni una piedra de él sean diferentes. En este momento no puedo hacer nada por Julie. ¡Nada! Ella ni siquiera sabe que la amo. Los cirujanos la explorarán, las enfermeras se ocuparán de ella. Después, si tenemos suerte, podremos tenerla de la mano y llevarle flores… ¡Y todo el tiempo, Yanko sigue en Nueva York haciendo de todo esto una ecuación comercial! Yo no se lo permitiré. No lo dejaré creer ni un momento más que puede hacerlo. Su mejor arma es el secreto y el miedo que el secreto engendra. ¡Pues basta! Voy a llevarlo a la lucha abierta. Eso reduce mi ventaja, sí. Pero me da también una ventaja. Yo puedo resistir la luz y él no puede. ¡En el mercado dirán que soy un estúpido, un payaso! ¡Pues que lo digan! Más estúpido sería si no pudiera arrancarme las cadenas con que quieren atarme: propiedad, prestigio, todo lo demás. Una cosa más, Paul, una sola: una advertencia para ti. Si Julie muere, yo mataré a Basil Yanko.
Y en ese momento no quiero que estés cerca de mí…
Después de eso no tenía yo dónde afirmarme ni dónde caerme, ni había palabra que valiera la pena decir. Suzanne volvió con los telegramas y yo volví a mi habitación a telefonear a Leah Klein y a Áaron Bogdanovich.
Para Leah Klein el desastre era el pan de cada día.
Lamentaba, aunque tuvo la delicadeza de no decirlo, que no tuviéramos un cadáver. Sin embargo, los detalles quirúrgicos podían servir también. La venta de acciones, igualmente, favorecerían el tiraje. Un amigo de Leah tenía unas pocas acciones y estaría agradecido por la oportunidad de deshacerse de ellas antes de que se iniciara el pánico. Y ella haría todo lo posible por disuadir a los compradores e infundir el temor de Dios entre los corredores de bolsa. Cuando cité la frase de Arlequín sobre "actividad criminal", soltó su áspera risa gutural.
–¿Así que tan furioso está? – dijo-. Dígale que hay quien siente lo mismo en Washington. También recibí la visita de un amigo de ustedes.
Milo Frohm. Quería saber de dónde conseguí la información, cosa que naturalmente, no le dije. Téngame al tanto, señor Desmond. Así va muy bien. Y recuerde que una nota exclusiva mía ocupa más espacio de lo que podrían darle los otros muchachos, de modo que si la señora muere, hágamelo saber primero, eh…
Aaron Bogdanovich ya sabía la noticia. Se mostró apenado, pero sin expresar emoción alguna.
–…Anoche hice que un hombre los siguiera hasta el restaurante.
Mientras ustedes comían, recorrió dos veces la calle. Dice que en ambas ocasiones estaba despejada. Cuando ustedes salieron, volvió a seguirlos.
Estaba muy próximo a ustedes cuando sucedió, pero no se hizo ver después porque lo habrían detenido para interrogarlo. Francamente, no esperaba algo así tan pronto.
Cuando le dije lo que estaba haciendo Arlequín, apenas si se mostró interesado. Su principal preocupación era la seguridad de su propia operación. Se negó a cambiar la cita; el horario era demasiado importante.
Como no oculté mi enojo, él me recordó, fríamente, que yo había fijado las prioridades del contrato y que Arlequín les había dado el visto bueno. El automóvil pasaría a buscarnos a las nueve de la mañana, a menos que para ese momento hubiera muerto la señora Arlequín. Para consolarme, no me ofreció más que un sucinto aforismo:
–Yo puedo abrir puertas, señor Desmond. No puedo garantizar qué es lo que van a encontrar al otro lado. Estoy seguro de que el señor Arlequín lo entiende.
Ni en ese momento, ni más tarde, dijo nada que se aproximara más a una disculpa.
Cuando volví a la habitación de Arlequín, lo encontré encerrado con un hombre a quien yo no había visto nunca. Más alto que yo, grueso como un árbol, con una melena de pelo blanco, cejas tupidas y un rostro del color de la madera vieja, marcado y curtido por el tiempo. Vestía un traje pasado de moda pero de corte perfecto. En su corbata brillaba un alfiler de esmeralda, y lucía un gran anillo de sello de jade azteca. Con casco y armadura, podría haber pasado por uno de los lugartenientes del propio Cortés. Arlequín me lo presentó como Aurelio Gálvez. Nos sentamos y Gálvez siguió con su discurso interrumpido:
–… Como le decía: olvídese de la policía; olvídese del asesino a sueldo.
Lo encontrarán, o no… muy probablemente, no. En una ciudad tan grande, con tantos inmigrantes y tanta gente sin trabajo, la mitad de la población vive fuera de la ley. Le confieso que ayer, cuando hablamos, no tuve confianza en usted. ¡Me ha parecido siempre demasiado blando, demasiado civilizado! No digo que esté mal, sino que aquí, en el Nuevo Mundo, no es suficiente. No se convierte a un forajido en un hombre honesto con sólo ponerle cuello y corbata. ¡Así que cuando usted me dice que va a luchar, y cómo luchará, yo lo apruebo! Cuente con mi apoyo, por lo menos aquí, donde el nombre de Gálvez significa algo. Ahora dígame lo que necesita.
Yo le diré lo que creo que usted necesita.
–Quiero hacer traer a un hombre desde Los Angeles a Ciudad de México.
–¿Quiere hacerlo secuestrar?
–Quiero que lo induzcan a pasar la frontera por Tijuana y lo traigan a Ciudad de México. Si es necesario, estoy preparado para hacerlo arrestar tan pronto como pise suelo mexicano y acusarlo de conspiración para defraudar. Sin embargo, preferiría hablar con él antes de que lo detenga la policía.
–Déjeme que lo piense. Todo es posible. ¿Qué otra cosa hay?
–Nuestro amigo, José Luis. Me dijo usted que es jugador.
–Bueno… probablemente eso sea una exageración. Juega, sí. A los caballos y a las cartas, y a veces las apuestas son altas, pero no se ha visto en dificultades. Heredó una fortuna de su padre, y sigue teniéndola. Pero la forma en que vive no es apropiada para un hombre a quien se le confía el
dinero de otros. Anda con gente rara. Usted conoce los tipos que tenemos por aquí… promotores, especuladores, gente que negocia con dinero fácil.
José Luis los trata como a príncipes. Los presenta donde no debería, y a veces para hacerlo se vale del nombre del banco. Usted no es esa clase de hombre, ni yo tampoco. No lo apruebo. Puedo recomendarle por lo menos tres hombres que serían mucho mejores que él.
–Pero lo necesito -objetó firmemente Arlequín-. Necesito que se mantenga leal y confiado hasta que pueda enfrentarlo con Alex Duggan y obtener, sin coacción, una declaración ante notario.
-¿ Por qué no llevarlo a California y hacer allí el careo?
–Porque ahí no tenemos recurso contra Duggan, ni manera de obligarlo a decir lo que sabe.
–Me parece, amigo mío -observó astutamente Aurelio Gálvez- que usted tiene tantas dudas como yo sobre José Luis.
–Dudas, pero no certidumbres.
–Pues déjeme ver si yo puedo encontrárselas. Entretanto, estoy de acuerdo: que siga satisfecho y confiado. En cuanto a ese Duggan… -su viejo rostro se arrugó en una sonrisa maliciosamente divertida-…hubo una vez un yanqui que me estafó veinte mil dólares y se volvió a Florida a disfrutar de ellos. Entonces le mandamos por correo cien gramos de heroína. Cuando abrió el envío para que lo inspeccionaran en la aduana…
¡ya comprenderá! ¡La única forma de cocinar un conejo no es hacerlo relleno! – se volvió hacia mí, afable y con cierto aire de superioridad-. No habla usted mucho, señor Desmond. ¿Tal vez todo esto le molesta?
–Sí, me preocupa, señor Gálvez.
–¿Por qué?
–Ayer, José Luis era un jugador. Hoy, tiene amigos vulgares. Es un cambio, si no una contradicción.
–Es un modismo -dijo George Arlequín, tajante-. Yo lo entiendo.
–Entonces esa es la respuesta. Discúlpeme, señor Gálvez.
–No faltaba más, señor Desmond. Cada uno es víctima de su propia historia -se levantó, alisándose las arrugas de la americana y el chaleco, y se dirigió a George Arlequín-: Bueno, entonces pondré manos a la obra. Le ruego, querido amigo, que descanse un poco. Ya he telefoneado al Cardenal para que se rece una novena de misas por la recuperación de su mujer. Sabe
usted lo que dicen: "Dios cura y el médico cobra los honorarios." Pronto tendrá noticias mías…
Apenas si Gálvez había salido del cuarto cuando José Luis telefoneó desde el vestíbulo. Arlequín se retorcía de impaciencia, y por ende, yo también. Entró Suzy, pálida pero compuesta. Había telefoneado al hospital: Julie seguía en la sala de recuperación; dada la naturaleza del caso, su estado era bastante satisfactorio. Todos coincidimos en que, una vez que hubiéramos terminado con José Luis, debíamos dormir un poco.
Entró como un penitente, gimiendo y azotándose. Si por lo menos él hubiera estado con nosotros anoche; si hubiera advertido la maldad que había en este asunto; si…
Arlequín no estaba de humor para lamentaciones.
–¿Tiene el dinero, José?
–Lo entregarán esta tarde, del Banco Central.
–Lo pasaremos a buscar a las nueve y media de la mañana. Mantuve mi promesa: la policía no sabe nada de María Guzmán. Sin embargo, yo tengo que saber todo lo demás. Ese hombre que se hizo llamar Peter Firmin, el que vino a verificar las computadoras… ¿lo atendió usted mismo?
–No. Esa semana yo estaba enfermo, con gripe. Cristóbal Enríquez se hizo cargo.
–¿Y cómo es que admitió a un hombre con nombre falso y documentos falsos?
–Los documentos estaban en orden. Eso consta en el diario. Cristóbal volvió a llamar a la oficina de Creative Systems, y ellos confirmaron el nombre y el número del documento. Las fotografías coincidían. En el archivo tenemos copia de la carta de presentación.
–¿Cristóbal no le pidió el pasaporte?
–Las instrucciones de seguridad no especifican pasaporte; únicamente tarjeta de la compañía con fotografía y número, y una carta de presentación.
–Gracias, José. Ahora, por favor, consígame dos declaraciones autenticadas ante notario, una de usted y la otra de Cristóbal Enríquez, en la que consten esos hechos. Y pregunte también a Creative Systems cómo es que un hombre a quien ellos identificaron como Peter Firmin se convirtió en Alex Duggan el volver a California.
En ese punto yo lo interrumpí.
–George, te sugiero que no nos metamos con Creative Systems.
Vaciló durante un momento, y luego se mostró de acuerdo.
–Paul tiene razón, José. Consígame las dos declaraciones, nada más.
–Encantado. Para mañana estarán listas. Por favor, ¿qué puedo hacer por usted, por su pobre esposa…?
–Rezar, tal vez.
–¡Ay! ¡Si uno pudiera creer en la plegaria!
–José, dígamelo honestamente, ¿quién pudo haber hecho una cosa como ésta?
–No lo sé, George. Por dinero, por alhajas… ¡sí! Cuando un hombre tiene hambre suficiente o codicia suficiente, el asesinato es fácil. Por venganza, por su honor o el de su mujer, ¡sí, también! Pero esto… ¡No, no, no! Esto es asunto de gángsters. Pienso que tiene usted que buscar fuera de México. ¿La policía qué dice?
–Buscan un hombre con un arma de fuego.
–¡Una judía en un guisado! No hay forma de encontrarlo.
–¿Tiene usted amigos que pudieran ayudar?
Durante un momento pareció desconcertado; después, al darse cuenta, sonrió pesaroso.
–¡Ah! ¡Mis malas compañías! Me gusta esa clase de gente. Si usted hubiera vivido en mi familia, tal vez le pasaría lo mismo. Me divierto con ellos, y con ellos escandalizo a mis amigos. A veces, como son despiertos y audaces, hago dinero con ellos, también. Pero no son gángsters, George, amigo mío… ¡Oh, no! Ahora le ruego que sea honesto conmigo. ¿Quiere que renuncie? Puedo hacerlo ahora o más tarde, cuando usted lo crea conveniente.
–Es una generosidad de su parte, José, pero le necesito; ahora más que nunca.
–Es usted muy amable. Algún día se lo retribuiré. ¿Cómo le fue con Aurelio Gálvez?
–Mejor de lo que esperaba. Tenemos tiempo para respirar.
–Es un hombre extraño: buen amigo, mal enemigo. Si me necesita, estoy en el Banco, y por la noche en casa -su sonrisa fue una mueca-. Esta vez, solo. Empiezo a creer que me he curado de la juventud. Ahora deben descansar, por favor.
En el momento en que José Luis salía de la habitación, Suzanne asumió el mando. Nada de conversaciones ni de visitas hasta las seis. Si había
llamadas del hospital, ella las recibiría. Había traído sedantes de la farmacia; Arlequín debía tomar uno y dormir hasta que lo despertaran.
Accedió con aire fatigado y se fue a la cama. Miré mi reloj: las doce y media. Todos llevábamos treinta horas despiertos. Mientras bajábamos a nuestro piso, Suzanne empezó a temblar violentamente. Me apresuré a hacerla entrar en el apartamento, la senté y le serví un trago bien fuerte. Lo rechazó con una arcada, corrió a su habitación y cerró la puerta de un golpe.
Yo me fui a mi cuarto, me puse el pijama y la bata, me serví a mi vez un trago y fui a ver a Suzanne. La encontré tendida sobre la cama, con el peinado deshecho y la cara tensa y surcada de lágrimas. Comprendí cómo se sentía. Toda la situación era una infamia, una mezcla cruel y sangrienta de mentiras, brutalidad y esperanzas perdidas. Julie estaba fuera de nuestra posibilidad de ayuda; Arlequín se había negado a aceptarla, encerrándose en la soledad del fanático. Con todo el amor del mundo, nadie podía alcanzarlo. No había nada que pudiera decir a Suzy, a no ser las palabras simples, canturreadas, con que se conforma un niño. No podía hacer otra cosa que calmarla hasta que el dolor y el pánico cedieran. Después me volví a mi cuarto y dormí, intranquilo, hasta que se puso el sol.
A la noche Arlequín fue solo a visitar a Julie. Telefoneó para decir que había recuperado el conocimiento, aunque estaba muy débil y se sentía muy dolorida a pesar de los sedantes. En la clínica le habían ofrecido una cama para pasar la noche, de manera que se quedaría con Julie. Me pidió que le enviara un pijama, artículos de tocador y una muda de ropa. A la mañana, yo debía retirar el dinero del banco y pasar a buscarlo por el hospital para acudir a la cita con Bogdanovich. Suzanne la acompañaría hasta que regresáramos, y si el estado de Julie empeoraba, yo iría solo a la entrevista.
Un poco más tarde llamó Saul Wells desde Los Angeles. Había localizado a nuestro amigo Alex Duggan, quien vivía con cierta elegancia en un bloque de apartamentos en Olympic, con su bonita esposa y un único hijo. En el edificio había un apartamento desocupado, y Saul lo alquilaría para tenerlo como base. Se dedicaría a cuidar de que Alex Duggan siguiera gozando de buena salud. Tenía otra noticia también. Los periódicos de la tarde y los servicios de televisión recogían la historia de Ciudad de México.
Los matutinos iban a dedicarle mucho espacio. La nota de Leah Klein llevaba por título "Fusión y asesinatos". En Washington se hablaba de una investigación del Congreso sobre la seguridad de los bancos de datos. Hasta
el momento, Basil Yanko había declinado hacer comentarios. En Wall Street, el mercado estaba bajo y los corredores de Bolsa a la espera de ver lo que sucedía el martes… Hasta el momento, espléndido. Ya se oía el trueno, pero todavía no había empezado a llover.
Después de eso temamos la noche para nosotros… y un profundo deseo de pasarla a salvo. Nos quedamos en el bar bebiendo cócteles y escuchando la conversación de los turistas. Cenamos en un rincón apartado y tranquilo y hablamos seriamente de George y Juliette y del incierto futuro que a todos esperaba.
Suzanne lo resumió sombríamente:
–Todo ha cambiado, Paul. Ninguno de nosotros será jamás el mismo.
–Si Julie se cura, todos mejoraremos muy pronto.
–¿Y si muere?
–Que me cuelguen si sé cómo manejar a George. ¿Y tú?
–Hubo una vez en que soñé que podría -las palabras salieron lentamente, arrancadas a un pozo de tristeza-. Ahora sé que no es posible.
Jamás había visto este aspecto oscuro de él. Julie lo conocía. Tal vez eso fuera lo que amaba en él, lo que necesitaba más que cualquier otra cosa…
Qué gracioso, que yo haya estado siempre tan segura de que ella no era mujer para George. Ahora, sé que yo no lo soy; y sin embargo, lo sigo amando. ¡Qué infierno! ¿no? Cuanto esto termine, creo que voy a buscar un cambio antes de que sea demasiado tarde. ¿Me darás una buena referencia, Paul?
–Si quieres venir conmigo, te daré trabajo. Mejor que el que tienes ahora.
–¿Tú también estás pensando en abandonar?
–No hay nada que abandonar, tesoro: no necesito una participación y un empleador buen mozo. Estoy cansado del negocio y de los miserables que lo infestan… yo entre ellos; pero no puedo irme mientras George no haya pasado el torniquete y esté otra vez en el campo de pastoreo…
–Si es que consigues llevarlo allí.
–¿Tú confías en mí, Suzy?
–Tú sabes que sí. Jamás me hiciste daño, Paul. Podrías haberlo hecho, sin embargo. ¿Por qué me lo preguntas?
–Un día, y si llega va a ser pronto, es posible que te pida que te unas a mí en contra de George: no por causa mía, sino de él. ¿Lo harás?