Arlequín

Morris West · Capítulo 6 de 50

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Arlequín

***

–Propongo que sea en mi apartamento. Diga usted la hora.

–Esta noche a las once y media. ¿Tienen documentos que pueda estudiar?

–Los traje en mi portadocumentos.

–Déjelo allí fuera, sin llave, con su dirección y número de teléfono dentro. Yo lo recogeré cuando usted se vaya. Una cosa más.

–¿Sí?

–Yo sirvo en primer lugar a un país. Por concesión y corolario, sirvo a sus amigos y a los míos. No puedo arriesgar mi trabajo, de modo que ustedes deben comprometerse al más absoluto secreto.

–De acuerdo.

–Tienen que conocer también la penalidad por infracción.

–¿Y es…?

–La muerte, señor Desmond… y es la única advertencia.

Es una maravilla la claridad con que un hombre piensa cuando está en juego su propia muerte. Mientras recorría a pie la Quinta Avenida, en medio de la presión de la multitud que la llena a mediodía, comparé mi propia posición con la de mi siniestro confesor. Aaron Bogdanovich tenía razones plausibles para sus manejos. Una muerte, un centenar de muertes, eran nada contra los seis millones asesinados en los holocaustos. No había vida más importante que la supervivencia de una nación sitiada… Pero, ¿un banco?

Una sociedad anónima consagrada únicamente a la producción de dinero.

¿Merecía un sacrificio humano para preservar su activo? ¿Quién elegía la víctima y según qué criterios? ¿Y qué derecho tenía Paul Desmond, seguro en la rectitud de la posesión, a designarse juez y jurado de este conflicto y a designar al ejecutor? Mientras me detenía a admirar los brillantes en el escaparate de Cartier, un ciego que llevaba un cartel pendiente del cuello me sacudió bajo las narices un tazón de lata. Como no tenía monedas en el bolsillo, saqué un arrugado billete. Al metérselo en el tazón me di cuenta, demasiado tarde, de que era un billete de diez dólares. Lo lamenté tan irrazonablemente que no debe de haberme procurado absolución alguna.

***

Tenía que almorzar en el Salvador con nuestro gerente en Nueva York, Larry Oliver, un bostoniano con modales impecables para una fiesta y un escrupuloso respeto por la tradición. Si hubiera podido amueblar su oficina

con empleados jorobados, escritorios altos y plumas de ganso, habría sido el más feliz de los hombres. Una vez Arlequín lo envió durante seis meses a Londres y regresó escandalizado y dolido por la declinación moral de la banca inglesa. Los bárbaros de Wall Street se burlaban de él, pero nos había hecho atravesar la crisis de 1970 casi sin mella para nuestras carteras. La más leve inexactitud era una maldición para él. Un fraude en nuestra contabilidad era un horror inconcebible, de modo que yo me esperaba una comida difícil; en realidad, fue un desastre total.

Oliver jugaba con su comida, con aire desdichado, mientras yo le ponía al tanto de lo que necesitaba saber de la situación, agregando los detalles pertinentes para Nueva York. Dejó el café sin probar, se levantó, ocultó las manos bajo los faldones de su chaqueta y empezó a caminar de un lado a otro, semejante en todo a un abogado que sermonea a un cliente difícil.

–Paul, entiendo la gravedad de la situación… créame que la entiendo.

¿Pero por qué no se me informó antes?

–¡Por el amor de Dios, Larry! Si no hace más que cuatro días que nos enteramos en Ginebra. Inmediatamente redacté un cable para usted y los demás gerentes. Me he pasado dos días en reunión con George Arlequín y el resto del tiempo viajando. ¡Sea razonable, hombre!

–Estoy haciendo lo posible por ser razonable. Pero está en juego mi reputación, mi apellido…

–En lo que a Arlequín y a mí se refiere, su reputación nunca ha sido puesta en duda.

–Pero una vez que esto se sepa…

–Es que no se tiene que saber, Larry. Ahí está la cosa. El déficit está cubierto, y yo estoy aquí en Nueva York para iniciar una investigación.

–Pero por medio de una agencia privada.

–De varias, probablemente.

Interrumpió bruscamente su paseo y levantó hacia mí un dedo acusador.

–Me temo que eso no resuelva las cosas, Paul… ni siquiera a medias.

–¿Qué quiere decir?

–A menos que yo interprete mal la ley, somos víctimas de un gran fraude, ¿no es así?

–Aparentemente, sí.

–Entonces es asunto del F.B.I. ¿Por qué no recurrieron a ellos?

–Porque si bien sospechamos fraude, todavía no hemos tenido tiempo de cortejar y estudiar todas las pruebas. Además, operamos en varias jurisdicciones, Puede que el F.B.I. no sea el principal organismo que deba intervenir. De todas maneras, tengo una reunión en Creative Systems, y allí comprobaremos juntos el informe. Después le daré los datos al señor Arlequín y decidiremos si se llama o no a los investigadores federales.

–Entretanto, todo nuestro personal, y yo entre ellos, está bajo sospecha.

Eso me resulta intolerable.

–Naturalmente. No me queda más que pedirles que tengan paciencia.

Tenemos que coordinar la acción con todas las otras sucursales.

–Eso es evidente, claro; pero me pregunto cuánta información se ha filtrado ya.

–Espero que ninguna.

–Yo no estoy tan seguro. Ayer, almorzamos cuatro personas en el club y me hicieron algunas preguntas bastante extrañas.

–¿Por ejemplo?

–Si Arlequín quedaría en condiciones de volver al trabajo activo.

–Muy pronto lo estará.

–Si yo no percibía alguna debilidad en nuestras operaciones en Ginebra.

–¿Y les aseguró usted que no había ninguna?

–Hasta donde yo sabía… Jamás hago afirmaciones temerarias.

–Ya lo sé, Larry. Ya lo sé. ¿Qué otras preguntas le hicieron?

–Si aceptaríamos una oferta de compra, y si se había presentado alguna.

A ambas cosas respondí que no.

–Hasta donde usted sabía, claro.

–Claro… Después me preguntaron si alguna vez había pensado en un cambio. Dije que estaba muy satisfecho en Arlequín et Cie, y especialmente de mis relaciones con nuestro presidente. Como usted sabe, tenemos mucho en común… nos interesan los cuadros, respetamos la jurisprudencia… y, si me es permitido decirlo, tenemos buenos antecedentes familiares.

–Me alegro de oírselo decir, Larry. Arlequín cuenta con su apoyo en este momento.,

–Asegúrele que lo tiene, por favor. Pero no sería honesto si no le dijera que cualquier sombra que caiga sobre la reputación del banco, o sobre la mía, me obligaría a reconsiderar mi posición.

–Se lo agradezco. Sé que Arlequín querrá verlo tan pronto como llegue a Nueva York. Hasta entonces, yo estaré en contacto diario con él. ¿Y, Larry…?

-¿Sí, Paul?

–Ahora es el momento de que todos los buenos… ¿Sabe?

–Lo sé, Paul. Seguro que sí. Le agradezco su confianza. Ahora es mejor que vaya a ocuparme del negocio.

Salió con la cabeza alta, las mejillas resplandecientes de santidad, un buen bostoniano en quien, como proclamaba el viejo Tom Appleton, el viento del Este se hacía carne. La información que me había dado era desalentadora. Se había corrido la voz de nuestros problemas, y todos los días habría rumores nuevos. Los chismes de bar los difundirían por toda la ciudad y muy, pero muy pronto, una oferta de cien dólares por acción sería como el maná en el desierto. Me hacía falta un trago largo y fuerte, pero renuncié a él porque a las tres y media debía venir Valerie Hallstrom y tenía que estar bien despierto cuando nos sentáramos a estudiar el informe.

Valerie Adele Hallstrom -según su tarjeta de visita era un fenómeno.

Alta y rubia, tenía una de esas caras escandinavas, francas y sanas, que los agentes de viajes usan para convencerlo a uno de que se haga un crucero por el Báltico en mitad del invierno, y una figura que era una incitación al tumulto. Y no era que ella la destacase… El corte de su traje era un milagro de discreción, sus gestos mesurados, su voz un agradable contralto. Sabía lo que quería y no le faltaban palabras para expresarlo. Al principio su presencia me distrajo. Mientras estudiábamos el documento, línea por línea, llegué a la conclusión de que era una mujer muy intimidante.

–Fíjese usted, señor Desmond, que si ustedes deciden iniciar un procedimiento legal, como bien pueden hacerlo, este informe tiene que ser presentado en el tribunal. En el momento en que lo firmé, estaban en juego mi reputación y la de nuestra corporación.

–De manera que su conclusión, expresada sin reparos en el informe, es que el fraude se originó en el interior de nuestra propia organización.

–No nos cabe la menor duda.

–Explíqueme el procedimiento tal como usted lo ve.

–Tomemos a modo de ejemplo la oficina central de ustedes en Ginebra.

La instalación de computadoras está ubicada en Zurich. Ustedes alquilan tiempo de computación: cuatro horas diarias, cinco días por semana. Tienen

dos líneas directas a la central de computación y establecen el contacto valiéndose de un código exclusivo. Cualquiera que conozca ese código puede usar las líneas de ustedes, o alguna otra, para alimentar a la computadora con informaciones e instrucciones, o para obtener información de ella.

–Eso está claro. Pero abre posibilidades. O nuestros operadores cometieron el fraude, o alguien de afuera se entremetió usando nuestro código.

–Que tendrían que haber conseguido desde adentro, ¿ no?

–Posiblemente… Ahora, según yo lo entiendo, una vez que se le da una instrucción a la computadora, queda almacenada en la memoria y es ejecutada automáticamente.

–Correcto.

–Y nadie sabe que esa instrucción existe, a no ser la persona que se la suminstró a la memoria.

–Exactamente. Y esa es la base de todos los fraudes clásicos. Por ejemplo, si uno tiene un límite de 2.000 dólares para girar en descubierto, puede llevarlo a 200.000 con sólo agregar dos ceros al programa. Después, la instrucción queda registrada y se puede operar sin dificultades hasta el falso límite… a menos que alguien vuelva a verificar la instrucción original, y hasta el momento en que lo haga. Otro ejemplo. Usted puede ordenar a la computadora que deposite 100.000 dólares en su cuenta un día determinado, y que al día siguiente borre la transacción de su memoria.

Usted retira el dinero de su cuenta con un cheque marcado "saldo de cuenta" y se va del país. A menos que se pueda demostrar que instruyó a la computadora para que cometiera el fraude, es muy difícil demostrar que ha habido un delito. El error lo cometió la computadora que actúa y opera para el banco.

–Bueno, señorita Hallstrom, veamos exactamente lo que sucedió en nuestra oficina de Ginebra. Estamos en la página 73, del informe. Alguien, supuestamente el propio George Arlequín, abrió una cuenta cifrada en el Banco Unión. La cuenta se abrió por correo, usando documentos firmados, o aparentemente firmados, por George Arlequín. Las firmas concuerdan.

Arlequín desconoce toda la operación. De ello concluimos que las firmas son falsificadas. Después, alguien que se vale de nuestro código se entremete con la computadora y le ordena que cargue el uno por ciento en

una transacción de cada tres, y que semanalmente deposite el producto en la cuenta de Arlequín en el Banco Unión. Como las comisiones bancadas se están poniendo cada vez más complicadas, porque los banqueros son cada vez más codiciosos, ese porcentaje, podría pasar hasta el momento de la revisión contable. ¿No es así?

–Sí. Pero durante la revisión contable tendría que ser justificado en virtud de una instrucción original.

–De modo que si ésta se hubiera originado en Arlequín, estaría expuesto inmediatamente a un juicio criminal.

–De acuerdo.

–Pero él no es estúpido, y no necesita dinero. ¿Qué conclusión sacaría usted, señorita Hallstrom?

–No es cosa que a mí me corresponda comentar, señor Desmond.

Nuestro contrato con ustedes es para descubrir anomalías y malas prácticas.

Es lo que hemos hecho. Sacar conclusiones y tomar las medidas adecuadas es cosa de ustedes.

–Muy bien. Irrebatible. Vamos a decirlo de otra manera. Somos un hombre y una mujer solos en la habitación de un hotel. No hay testigos, y espero que no haya micrófonos, a menos que usted lleve alguno encima.

¿Estaría preparada para ofrecer, sin prejuicio, una opinión personal?

–No, señor Desmond, de ninguna manera.

–¿Pero la tiene usted?

–Sí. Que estoy decidida a atenerme únicamente al informe que firmé.

–Pero éstas son cuestiones que surgen del informe.

–Cuestiones de opinión, no hechos. Si cree usted que tiene alguna reclamación que formular a Creative Systems Incorporated, entonces debe dirigirse al señor Yanko, bajo cuya dirección trabajo… Ahora, ¿quiere hablar de lo que sucedió en las otras sucursales?

–No. Las transacciones difieren, pero el método es muy semejante. Y el resultado es idéntico. A George Arlequín se le achaca falsamente un gran fraude.

–¿Puedo preguntarle qué pasos han dado para impedir que eso continúe?

–Hemos anulado las instrucciones a todas las computadoras que hasta el momento figuran en el informe de ustedes.

–Muy bien.

–Y nos hemos puesto en busca de quien provocó originariamente el fraude. El informe de usted enuncia que tiene que ser alguien perteneciente a la firma Arlequín et Cie o conectado con ella. Observo que no se menciona la posibilidad de que haya intervenido alguien de Creative Systems Incorporated.

–Al contrario, señor Desmond. Lo mencionamos específicamente en la página 84, párrafo 3, que le cito: "Todo el personal de Creative Systems vinculado con estas operaciones ha sido repetidamente investigado y nos satisface encontrar que ninguno de ellos está en modo alguno complicado en las operaciones fraudulentas".

–¿Y esperan ustedes que aceptemos eso?

–A falta de pruebas en contrario, sí.

–Señorita Hallstrom, me gustaría decirle una galantería.

–Encantada, señor Desmond.

–Es usted una mujer muy hermosa.

–Gracias.

–Ojalá trabajara para nosotros.

–Es lo que hago, señor Desmond. Espere a recibir la cuenta. Mis servicios se cotizan muy alto.

–¿Le queda alguna vez tiempo libre?

–Muchas veces.

–¿Qué le parecería ser gentil conmigo y venir una noche a cenar… si le prometo no hablar de negocios?

–Creo que me gustaría.

–¿Cuándo puedo llamarla?

–Le daré mi tarjeta. Telefonéeme cualquier tarde, alrededor de las siete.

–Gracias.

–De paso, el señor Yanko me encargó que le dijera que estará a su disposición mañana, entre las diez de la mañana y el mediodía.

–Dígale que me espere a las once.

-Au revoir, señor Desmond. Ha sido un verdadero placer conocerlo.

–El placer ha sido mío, señorita Hallstrom.

–¡Y vaya si lo era! Por más que la considerara una zorra enchapada en oro, ahora tenía su dirección y su número de teléfono, y una invitación semi formal a compartir su vida privada.

Como victoria era pequeña, pero no necesariamente frívola. Cuando uno tiene que tratar con grandes corporaciones, se necesitan amigos dentro de la red. Algunas compañías son más pudientes que las naciones en cuyo interior prosperan. Cabalgan sobre las fronteras y exceden las jurisdicciones locales. Negocian con los mejores cerebros de cada país, contratan los mejores consejeros legales. Su personal cuenta con la atención de diplomáticos y políticos… Pero si uno quiere una respuesta directa a una pregunta directa, se puede pasar dos años tratando de conseguirla, y necesitará una biblioteca para guardar la correspondencia del caso. Claro que cenar con Valerie Hallstrom podía ser una pérdida de tiempo. Pero, por otra parte, también podía ser la clave de secretos, porque cuanto más grande es la corporación, tanto más se diluyen las lealtades, y más ásperas son las luchas de facciones en los peldaños más elevados.

Eran las seis de la tarde, y de pronto me sentí cansado, desaliñado y viejo. Salí del Salvador, recorrí las diez manzanas que me separaban de mi propio apartamento y dormí hasta que Takeshi me despertó, a las once.

A las once y media, puntual como el día del juicio, apareció Aaron Bogdanovich: un hombre alto, magro, bronceado y musculoso.

Representaba cuarenta años, pero podía haber tenido cincuenta. Imposible decirlo sin comprobar su partida de nacimiento. Vestía en forma descuidada, pero impecable. De sonrisa fácil, apretón de manos firme.

Habló después de echar una rápida mirada estimativa al apartamento.

–Tengo un hombre vigilando la entrada en la calle, y otro aquí fuera, en la puerta. Me gustaría que entrara para asegurarnos de que no hay micrófonos en el apartamento. ¿Confío en que no tendrá inconveniente?

–De ninguna manera.

El hombre entró: un joven fantasma que merodeó por las habitaciones con un detector, hizo un gesto de satisfacción y se fue sin haber dicho palabra.

Bogdanovich se relajó.

–Ahora podemos hablar.

–¿Un trago?

–Un zumo de frutas, por favor.

Takeshi sirvió las bebidas y se retiró. Aaron Bogdanovich me sonrió por encima del vaso.

–Bueno, señor Desmond, ¿qué han decidido?

–Estamos sitiados y tenemos que pelear. Aceptamos que las consecuencias pueden ser drásticas.

–¿Y su jefe está de acuerdo?

–Me ha dado la carta abierta.

–Los gastos son los siguientes. Entregarán ustedes inmediatamente 250.000 dólares en efectivo. Tendrán una suma igual, a pedido, en cualquier moneda y en cualquier capital que se solicite. Total, medio millón, con un sobregiro máximo del diez por ciento.

–¿Ganador o perdedor?

–Ese es el trato. Es un acto de fe. El otro lado de la medalla es que aceptamos todos nuestros propios riesgos y que jamás, en ninguna circunstancia, se lo cargamos al cliente. Si la alfombra se mancha de sangre, la limpiamos nosotros. ¿Pueden ustedes asumir el compromiso de la suma requerida?

–Sí.

-¡Lacheim, señor Desmond!

Brindamos, bebimos y cerramos el trato. Nos sentamos a cenar y Bogdanovich me explicó la campaña como un general que instruye a su oficial de Estado Mayor.

–He leído el documento, y estoy de acuerdo con las conclusiones de ustedes. El fraude se relaciona con la oferta de compra. Yanko es el probable instigador. Para demostrarlo, tenemos que trabajar en el interior de su organización y de la de ustedes.

–¿Pueden hacer eso?

–Podemos. Sin embargo, tenemos que montar una operación de encubrimiento para distraer la atención de nuestras actividades.

–Y eso, ¿cómo lo hacemos?

–Recurran ustedes a una organización regular de detectives en busca de ayuda. Les sugerimos que se dirijan a Lichtman Wells, que son un equipo internacional. Pidan que la operación sea dirigida personalmente por el señor Saul Wells. El aceptará el encargo.

–¿Por qué?

–Tenga la seguridad de que lo aceptará y de que designará los detectives adecuados.

–Los de usted, digamos.

–Yo no dije eso, ni usted debe preguntarlo… Vea, señor Desmond, no es de ninguna manera imposible que algún día se encuentre usted sometido a presiones para revelar lo que sabe de esta operación. Teniendo en cuenta la sanción que ya dijimos, lo mejor es que no pueda decir nada, ¿eh? ¿Usted es casado?

–No.

–¿No tiene ninguna relación o vínculo que puede servir para chantajearlo? ¿Una amante, tal vez? ¿Un hijo?

–No. Pero Arlequín tiene mujer e hijo.

–Entonces él también tiene que conocer los riesgos.

–Me ocuparé de que lo sepa.

–Quiero conocerlo personalmente.

–Esta mañana le dieron de alta en el hospital. Tenía la intención de pasar unas vacaciones en Acapulco con su mujer. En realidad, van a venir a Nueva York… Usarán el apartamento del banco en el Salvador, donde hemos dispuesto las cosas para que esté bajo vigilancia médica durante su convalecencia.

–Es prudente. Puede que ustedes dos tengan que viajar mucho en un futuro inmediato.

–¿Cómo dice?

–El banco de ustedes está en crisis y es obvio que tendrán que visitar todas las sucursales. También es posible que, por la propia seguridad de ustedes y la de nuestras operaciones, tengamos que mantenerlos a los dos en movimiento.

–No es una idea muy grata.

–No, claro que no. Pero piense, señor Desmond, que su compañía es un premio suculento y las grandes compañías no tienen moral. Es fácil preparar un accidente. A los ejecutivos y a los diplomáticos se los secuestra para pedir rescate. La tortura, en la actualidad, es una ciencia. Lea cualquier periódico y verá que no exagero… Y lo que no se lee es más siniestro aún.

En este momento hay un cuerpo flotando en el East River. Es el de un pistolero que había sido contratado para asesinar a un delegado árabe ante las Naciones Unidas esta noche, señor Desmond, a las ocho y media, cuando bajara de su automóvil para concurrir a una cena. Mi pueblo habría sido acusado de su muerte… Me imagino que hablo con claridad.

–Su claridad no es un consuelo.

–El dinero es poder, señor Desmond. Y ninguno de los dos es consuelo.

–De modo que… es posible que Arlequín y yo tengamos que viajar.

¿Qué más?

–Actúen lo más normalmente que puedan. Yanko espera que ustedes negocien con él por las acciones. Háganlo. Espera una investigación. No se la nieguen. Los funcionarios y ejecutivos de ustedes nada saben de mis actividades y seguirán con su actividad normal. Cualquier información que recojan debe sernos transmitida.

–¿De qué manera?

–Aquí en Nueva York, por teléfono, desde una cabina pública. Le daré dos números que usted memorizará. Se identificará con el apellido Weizman. Cuando salga de Nueva York, combinará su viaje por medio de una agencia que le recomendaré. En el momento de recoger el pasaje le serán comunicados sus contactos en otras ciudades.

–En este momento tengo una información. Esta tarde hablé con una mujer, Valerie Hallstrom. Trabaja para Yanko y fue quien preparó el informe.

–¿Le dijo algo útil?

–Al contrario. Se negó a decir nada que no estuviera en el informe. Sin embargo, la invité a cenar. No se mostró mal dispuesta, y me dio su tarjeta.

–¿Puedo verla, por favor?

La escudriñó durante un momento y después me la devolvió.

No pude resistirme a preguntárselo.

-¿ Realmente, usted es de aquellos a quienes nada se le olvida?

–Así es.

–¿Combino un encuentro con esa mujer?

–¿Es atractiva?

–Mucho.

–Y accesible?

–Me gustaría saberlo.

–Simplemente, téngame al tanto de cualquier disposición que tome.

–Eso plantea otra cuestión. ¿Cómo se pondrá usted en contacto conmigo? Estaré moviéndome bastante.

–No importa dónde esté usted, señor Desmond, yo lo sabré. Nuestros honorarios son altos, pero el servicio es durante las veinticuatro horas… De paso, ¿cuánto hace que está con usted su sirviente?

–Seis años ya.

–Es obvio que usted confía en él, pero ¿qué sabe de sus antecedentes?

–Casi nada. Durante cinco años estuvo con un amigo mío. Cuando este hombre se fue de Nueva York, yo me quedé con su apartamento y con Takeshi. Allí hay muchas cosas valiosas. Takeshi lleva la contabilidad doméstica y hasta el momento, no tengo quejas.

–Son buenas referencias, pero de todas maneras las verificaremos.

¿Tiene usted vicios, señor Desmond?

–¡Eso sí que es difícil de contestar!

–Tengo que saberlo.

–Bueno, pues digamos que no. Jugador no soy. Me gusta tomar una copa, pero hace veinte años que no me emborracho. No compro el sexo. Me gustan las mujeres únicamente y nunca las menciono por su nombre en el club.

–¿Alguna culpa secreta?

–Un matrimonio fracasado.

–¿Deudas?

–Ninguna.

–Gracias, señor Desmond. Es todo lo que necesito por el momento.

–¿Más café?

–No, gracias…

–Una pregunta, señor Bogdanovich.

–¿SÍ?

–¿Por qué accedió usted a hacerse cargo de esta tarea?

–¿Lo que usted realmente quiere saber, señor Desmond, es por qué no busco honorarios dobles en alguna otra parte?

–No. Quiero saber exactamente lo que pregunté.

–Hay dos respuestas, señor Desmond. Ustedes me fueron recomendados por un buen amigo, Karl Kruger, y están en condiciones de pagar el servicio. La segunda es un poco más complicada. Tengo poca fe en la rectitud de los seres humanos. Sé que cada hombre tiene su precio, y que únicamente si nadie se lo ofrece será honesto hasta la muerte. Sé que todos los hombres temen algo mediante lo cual es posible destruirlos. He dejado de creer en Dios porque veo una creación fundada en una lucha destructiva por la existencia. Sin embargo, sé que el orden es necesario para que la vida sea más o menos tolerable. Si un hombre medianamente justo es atropellado