Arlequín

Morris West · Capítulo 43 de 50

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Arlequín

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El drama del secuestro se ha convertido en lugar común del teatro político. Con un poco de cinismo, se puede dictar la secuencia en una hora.

Lo que no se puede saber, a menos que uno haya estado personalmente afectado, es la angustia intolerable de la víctima y de sus familiares, y las demoledoras tensiones a que se hallan sometidos tanto los secuestradores como los negociadores.

Los secuestradores son los comandos de un grupo político, totalmente comprometidos, cuidadosamente adiestrados y con plena conciencia de los riesgos personales. Si fracasan no pueden esperar misericordia. La turba los hará pedazos, los abatirá la policía o se pasarán el resto de su vida en prisión. La sanción bajo la cual viven, como la amenaza que imponen, es absoluta. Si se rechazan sus exigencias, matarán, porque para ellos matar carece entonces de importancia, pero la tiene y muchísima, para el movimiento que ellos representan. El problema es que el acto de la ejecución debe ser siempre llevado a cabo a sangre fría; y la tensión que lo precede puede hacerse insoportable… De ahí que la presencia de asesinos japoneses sea un fenómeno siniestro: tienen una enmarañada filosofía de la vida, pero su filosofía de la muerte es clarísima y tradicional.

Los negociadores están siempre en desventaja, ya que no se guían, ni pueden guiarse, por un solo propósito, ni están totalmente resueltos. Todos están de acuerdo en que es menester salvar a la víctima o víctimas. El dinero es una consideración accesoria, pero los dilemas que se ponen en juego son legión: un gobierno debe someterse al gangsterismo político, si no quiere arriesgar el asesinato de los inocentes. Si a los culpables se los escolta a su salida del país como si fueran diplomáticos, la ley es objeto de escarnio, y las violaciones serán cada vez más. Si a la policía se le atan las manos, se va minando su lealtad y se termina por corromperla. Dejar que se hagan mártires, es sembrar los dientes del dragón. Si uno defiende los derechos de las minorías oprimidas, no puede aparecer sofocando por la fuerza bruta la expresión de sus agravios.

Para las propias víctimas, no hay apelación. Puede que sus raptores sean corteses; son también implacables. Quienes han de rescatarlas parecen impotentes. Su salvación depende de una decencia que ya han visto abandonada. Aaron Bogdanovich no bromeaba cuando dijo que se podía

llamar al servicio sacerdotal de urgencia o emborracharse. Se mostró misericordioso al omitir la última alternativa: quedarse quieto en la esperanza de que el verdugo tenga mano firme.

Aunque estuviéramos a seis mil kilómetros, Suzanne y yo vivimos el drama minuto a minuto. La televisión estaba encendida durante todo el día y la mitad de la noche. Comprábamos todos los periódicos en alemán, inglés, francés e italiano, y los leíamos línea por línea. Uno de nosotros se quedaba siempre en el piso. Cuando Suzanne salía, Takeshi la acompañaba.

Philip Lyndon llamaba cuatro veces por día con un resumen de los informes recibidos por télex. Karl Kruger iba y venía incesantemente. Hilde llegaría en pocos días, y Milo Frohm estaba ocupado y no se podía establecer contacto con él. Lo único que supimos de George Arlequín fueron las palabras que pronunció en una entrevista por televisión. Parecía un espectro, pero mantenía su dignidad y se expresó siempre con moderación y mesura. Se ofreció él como rehén a cambio del niño y de la niñera, pero la oferta fue rechazada.

A medida que se aproximaba la hora del primer plazo, la espera fue convirtiéndose en agonía. En la pantalla aparecieron figuras nuevas, delegados de las embajadas árabes, diplomáticos japoneses, emisarios de Inglaterra y de Italia. Lo que pedían era tiempo. Exhibieron el dinero del rescate y lo enviaron al apartamento con un hombre que sólo vestía pantalones de baño, para que se viera que no estaba armado. Mientras el emisario subía, los japoneses colgaron al niño por la ventana sosteniéndolo de las manos y amenazando con soltarlo a la menor señal de engaño.

En el último momento se prolongó el plazo veinticuatro horas más. Se hizo llegar leche para el niño. La tripulación de un avión suizo se ofreció a llevar a los secuestradores a lugar seguro. Los italianos hicieron pasar la frontera a su prisionero y se lo entregaron, triunfador y sonriente, a los secuestradores. Los ingleses se demoraban, y el secretario del interior se negó a hacer comentarios. George Arlequín y su gerente en Suiza volvieron a ofrecerse como rehenes, y esta vez el ofrecimiento fue aceptado.

Desaparecieron en el interior del edificio y se produjeron episodios histéricos cuando, largos minutos después, la niñera y el pequeño Paul salieron para entrar presurosamente en un automóvil policial que se los llevó.