Arlequín
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adentro es detectivesco. Nuestros hombres entran por la puerta grande, sin secretos ni disfraces, a investigar los procedimientos, tomar declaraciones, buscar huecos y contradicciones. ¿Y el de afuera? Bueno… Eso es diferente. Metemos las narices, averiguamos quién duerme dónde, quién gasta más de lo que gana, qué vida sexual llevan y si se hacen los figurones… ese tipo de cosas. Es como un rompecabezas, ¿se da cuenta?
Finalmente, todas las piezas tienen que encajar. Y si alguna falta o está en el bolsillo de alguien o fue lanzada a una alcantarilla. Recuerdo una vez…
Y recordó y recordó, representando cada episodio como un payaso de circo. Pero de alguna manera me levantó el ánimo y me di cuenta de que una vez pasado un par de horas, con su método desaliñado e informal había conseguido arrancarme una cantidad increíble de detalles que de. otra manera jamás se me habría ocurrido darle. Por último aplastó su cigarro y anunció jubiloso:
–¡Bueno…! Ahora usted me conoce y yo le conozco.
Cree que nos vamos a entender bien. Ahora dejemos la comedia.
Advierta a sus ejecutivos que nos pondremos inmediatamente en movimiento. Los idiomas no son problema. Tengo incluso una muchacha que habla esquimal. Pero hay una cosa, señor Desmond. En lo sucesivo, el juego va a ser duro; si alguien se pone pesado con ustedes, llamen a nuestro común amigo.
***
Hasta ahora, perfecto. Por un lado teníamos a Yanko, que sabía exactamente lo que quería y cómo ¡o iba a conseguir. Por el otro teníamos promesas y más promesas, unos honorarios altísimos y una serie de jeremiadas sobre lo peligroso que era todo y lo mucho que necesitábamos protección.
Atravesé la ciudad dirigiéndome a la Primera Avenida donde mi amigo Gully Gordon tiene un recoleto bar para solteros y, a la hora del cóctel, toca el piano para sus clientes. Gully es jamaicano, y el único hombre de color que conozco que pronuncia la erre como los escoceses. También puede hablar como irlandés, criollo e italiano, ya que solía ser actor hasta que, como él mismo dice: "Me avivé, muchacho, y me busqué un público cautivado".
Mientras caminaba presurosamente por el lado izquierdo de la calle, recibí un violento empujón que me envió, tambaleando, contra un hombre apostado en un umbral. Caí apoyado en una rodilla y, mientras procuraba levantarme, recibí un buen golpe en el cuello. Debo de haber perdido el conocimiento, porque la próxima cosa que recuerdo es hallarme parado contra la pared mientras un tipo de aspecto andrajoso, vestido con blue jeans y un suéter gastado me sacudía el polvo de encima. Instintivamente me llevé la mano al bolsillo de la billetera. Con una sonrisa, el sujeto sacudió la cabeza.
–No, no se la sacaron.
Tembloroso, le pregunté a quiénes se refería.
–¡Carteristas! Uno le da el empujón, otro le afana la billetera. Suerte que yo le venía pisando los talones. ¿ Se siente bien?
–Creo que sí. ¡Gracias! ¿ No quiere tomar algo conmigo?
–Alguna otra vez. Ande con cuidado, señor Desmond.
Se alejó, perdiéndose entre la multitud, sin que a mí, todavía aturdido y desconcertado, se me ocurriera preguntarle cómo sabía mi nombre. Una sola idea se había adueñado de mí, y me daba náuseas: qué simple era la violencia, qué súbita y rápida, y qué poca conmoción provocaba en los transeúntes.
Una segunda idea fue tomando forma lentamente mientras, apoyándome sobre el piano, sorbía mi bebida y escuchaba la música onírica de Gully; yo pertenecía a esa mitad del mundo, la de los viajeros solitarios y los aventureros brutales. No importaba que hiciera muchos años que había salido trabajosamente de él ni que hubiera buscado para aislarme de él la protección del dinero y de la comodidad. Era algo que conocía desde abajo: el ritmo intranquilo, el perfume de las putas, el sabor de sangre rancia, los contactos furtivos, el bastardo dialecto del mercado. A veces, desesperado y solitario, volvía a él, me ponía el pasado como si fuera una chaqueta vieja, mohosa pero cómoda.
Mi amigo, Arlequín, pertenecía a otro mundo. Era un erudito y un caballero, educado en todos los viejos decoros de Europa. Claro que podía representar mi papel, y veinte más; pero así y todo era el schauspieler, el actor que desempeñaba su pantomima sin más compromiso que divertirse y divertir a su público. Y yo me preguntaba cómo iba a actuar sin guión, sin
apuntador, cuando los floretes ya no tuvieran botones y sólo el triunfador volviera a casa después de la escena del duelo.
Gully Gordon levantó la vista del teclado y habló en voz baja:
–Esta noche estás triste, muchacho. Los hijos de puta te están alcanzando.
–Sí que me están alcanzando, Gully.
–Necesitas una mujer como la gente.
–También eso es cierto.
–Pues hay una en el bar.
Cuando miré, ahí estaba Valerie Hallstrom, sola, con un vaso en la mano y conversando con el barman. Me di vuelta antes de que me viera.
–La conozco, Gully. Dime algo más.
–Solitaria, por lo que sé. Con dos cócteles se pasa una hora, así que borracha no es. Después se va a su casa… creo.
–¿Sola?
–Tú sabes cómo son las cosas, muchacho. Este es un bar para gente sola. Uno viene aquí a buscar. Cuando encontró lo que quería, se queda en casa.
–¿Hace mucho que ella busca?
–Unos seis meses más o menos. Pero tú dijiste que la conocías.
–Tengo negocios con su jefe. Pensé si lo de esta noche era arreglado.
–De ningún modo. Viene siempre.
Sus dedos modularon suavemente una cadencia y después empezó a improvisar, canturreando la melodía mientras me hacía señales al ritmo de las frases.
–Esto le gusta, muchacho. Suave, suave, carita de ave. Vamos niña.
Vamos… Si te pierdes esto, Paul, no te lo perdonaré jamás… ¡Y buenas noches, señorita Hallstrom! ¿No quiere pedir algo?
Estábamos uno junto al otro y nuestros vasos se tocaban, antes de que Valerie me reconociera. Se mostró sorprendida, pero no disgustada.
–¡Vaya, señor Desmond! Qué pequeño es el mundo.
Gracias a Dios por Gully Gordon; era tan capaz de pescar una situación como el que más.
–Es un viejo amigo, señorita Hallstrom, aunque no se lo ve demasiado… siempre ocupado atesorando dinero.
–Cada vez es más difícil, Gully; me estoy haciendo viejo. ¿Viene aquí a menudo, señorita Hallstrom?
–Ella también es amiga mía -declaró Gully-. ¿Quiere que toque algo en especial, muchacha?
–Así, está muy bien, Gully. Sigue tocando. ¿Qué tal día tuvo, señor Desmond?
–Paul… Y tuve un día largo y maldito.
–Entonces somos dos.
–Pero yo todavía no terminé. Si no, la invitaría a cenar.
–No hay contrato.
–¿Y si lo firmamos para mañana? g5-Si usted quiere.
–¿Por dónde la paso a buscar?
–Por mi casa a las siete y media.
–Firmado y sellado.
–¿Sabe que es bastante simpático?
–Claro. El hijo de puta es mi hermano mellizo, pero esta noche tiene asueto.
El chiste era viejo, pero provocó una sonrisa en Valerie y un guiño en Gully, y sirvió para llevarnos a un reservado donde nos quedamos acariciando nuestras copas mientras la música nos inundaba.
El bar de Gully es un sitio muy especial para mí -dijo Valerie después de un rato.
–Para mí también. Estuve aquí la noche que lo inauguraron. Lo único que tenía era un montón de deudas y el efectivo que llevaba encima.
–¿Y?
–Debe de haberme traído suerte. Al día siguiente subió el mercado y tuve un pequeño éxito financiero.
–Tal vez tenga otra vez suerte.
–La tengo. Mire lo que encontré.
–Y ahora usted me dirá qué es lo que hace una chica como yo en un bar para gente sola.
–No, ni pienso. Le diré que es una ciudad muy solitaria y es grato tener un lugar donde a uno lo reciben bien sin que nadie le pregunte quién es ni qué es lo que hace. Es mejor que ser una cifra en un banco de computación.
–¡Es filósofo también!