Arlequín
***
–Tiene una deuda personal conmigo. Yo saqué de Letonia a sus hermanos.
–¿Qué puede hacer por nosotros?
–Casi cualquier cosa, creo. El terror es algo muy flexible. El público no ve más que sus productos más burdos… el asesinato de un agente, el secuestro de un avión de línea. En realidad, todos vivimos bajo el pulgar de un chantajista. Los especuladores devalúan la moneda; los árabes nos dejan sin petróleo. Desde este ángulo, el informe que te presenta Yanko es un acto de terrorismo.
–¿Cómo me pongo en contacto con ese Aaron Bogdanovich?
–Tiene una floristería en la Tercera Avenida, entre las calles 49 y 50.
Entras y le presentas mi nota. Te la escribiré ahora mismo. Hilde no tardará, y nos espera una noche de locura.
Me sentí aliviado. Era libre, blanco, y hacía rato que había alcanzado la mayoría de edad. Si Karl y Hilde querían pasar una noche en la ciudad, yo estaba dispuesto a hacerles compañía. Cenamos en casa, porque Karl tiene el mejor chef de Schleswig-Holstein. Hilde, regordeta, cordial y parlanchina como un pájaro, cantó para nosotros. Después Karl, arrebatado y tosco, decidió invadir Saint Pauli. Yo no pude refrenarlo; Hilde no quiso. De manera que entre la medianoche y las cuatro de la mañana recorrimos el Reeperbahn: bares privados, "sex shows", reductos de lesbianas, clubes de invertidos y lupanares para marineros, donde Karl Kruger tocó el acordeón y bailó zapateados sobre el piso cubierto de aserrín. Yo esperaba que en cualquier momento lo derribara la apoplejía. En cambio, terminó su espectáculo con un rasgo de actor. Mientras Hilde le desabotonaba la camisa y yo le quitaba los calcetines, abrió un ojo y declamó:
–Mira, joven Paul, si no puedes pelear con ellos, ya sabes qué hacerles.
Y si tampoco eso puedes, mejor que te mueras.
Sonaba estupendo para terminar una noche de curda, pero yo dudaba de poder presentárselo en forma convincente a George Arlequín, el menos combativo, el más cortés de los hombres.
***
Treinta y seis horas después estaba yo en los Angeles, recorriendo junto a Juliette el jardín del hotel Bel Air, compartiendo su júbilo ante la noticia de que a George le había sido conmutada la sentencia de muerte, de que en
una semana habría salido del hospital y en un mes más estaría en condiciones de volver a un trabajo ligero.
Juliette estaba llena de proyectos.
–…Hemos decidido ir a Acapulco. Lola Frank nos presta su finca, y habrá personal que se ocupe de nosotros. Hay un barco y… ¡Oh, Paul, será como una segunda luna de miel! No veo el momento de irnos. Estas semanas han sido terribles. Cada vez que sonaba el teléfono yo daba un salto. George parecía un extraño, tan calmo y lejano. Era como si tuviera que conservar hasta la última migaja de sus fuerzas para cuando le dieran el veredicto. Jamás se quejó. Siempre se mostró considerado conmigo, pero vivía en un país crepuscular y propio. Hasta cuando le dieron la buena noticia, se mostró tan reservado que era casi pavoroso. Sonrió y le dio las gracias al médico por sus cuidados. Cuando estuvimos solos, me abrazó muy estrechamente y lloró un poco; después dijo una cosa rara: "Ahora ya sé el nombre del ángel." Cuando le pregunté qué quería decir, me dijo que era algo que no deseaba explicar…
–¿Cuándo podré visitarlo?
–Esta tarde. ¿Por qué no vas tú solo y le das la sorpresa?
–Si a ti te parece…
Naturalmente. Y me darás ocasión de ir a la peluquería y de hacer algunas compras. ¿Pero no lo vas a dejar hablar de negocios, verdad?
–Apenas un momento, te prometo.
–Se va a alegrar tanto de verte. ¡Oh, Paul! ¡Dime si no es un día maravilloso!
En mi opinión era un día infernal, hediondo. Entendí por qué, en la antigüedad, al portador de malas noticias le cortaban el pescuezo. Mientras conducía mi coche hacia la ciudad para ver a Arlequín me daban ganas de cortármelo. Contemplé la idea de no darle la noticia, pero eso era imposible.
Sin la autorización de Arlequín yo carecía de poder para actuar.
Cuando lo vi se me fue el alma a los pies. Se hallaba sentado en un sillón, vestido con un pijama de seda y una bata, pero estaba tan pálido que era casi transparente. Al estrecharle la mano, la sentí reseca y arrugada.
Sólo la sonrisa era la misma: luminosa y grave, pero así y todo, con un toque de travesura. No procuró, como suelen hacer los enfermos, convertirse en centro de la atención. Con un encogimiento de hombros, ignoró mis preguntas.
–Eso ya pasó, Paul. Tuve suerte. Me alegro por Julie, y quiero salir de aquí lo más pronto posible. Me dicen que la convalecencia es lenta. ¿Tú podrás seguir defendiendo un tiempo más el fuerte?
–Claro que sí. Pero tengo que molestarte con algunos problemas. ¿Te sientes con ánimo?
–Seguro. Adelante.
–Es una mala noticia, George.
Con una mueca, se encogió de hombros.
–Por mala que sea, sigo siendo un tipo con suerte.
Se lo dije. Me oyó en silencio, con los ojos cerrados, la cabeza caída sobre el pecho, las manos relajadas sobre las rodillas. Cuando terminé me interrogó, con calma.
–¿Y cómo lo hicieron, Paul?
–Está todo en el informe. Vamos a necesitar un experto para que verifique los detalles, porque hay en juego transacciones muy diversas; pero el método es esencialmente simple. Se soborna a un programador para que alimente a la computadora con instrucciones fraudulentas. A menos que se las anule, la computadora sigue ajustándose a ellas hasta el día del juicio…
Tú sabes la forma en que operamos en el mercado. Compramos y vendemos en bloque a grupos de clientes, y después distribuimos acciones, costos y réditos. Nuestra computadora fue programada para cargar una suma supuesta sobre las transacciones y pagar los réditos a una cuenta secreta en el Banco Unión de Zurich. Esa cuenta está a tu nombre, George.
–Jamás en mi vida tuve cuenta en el Banco Unión.
–El informe expresa que tu firma se encuentra en los documentos de apertura de cuenta, y en los cheques.
–¿Quieres decir que la cuenta se ha movido?
–Que la han exprimido.
–¡Por falsificación!
–Eso tenemos que demostrarlo e identificar al falsificador. También tendremos que descubrir quién corrompió las computadoras en todas nuestras sucursales, y quién le pagó para que lo hiciera.
–¿Y por qué no encontramos nosotros mismos la discrepancia?
–Porque todos confiamos en la computadora. Mientras las transacciones diarias concuerden, no dudamos de ella y tenemos una diversidad tal de
operaciones que únicamente los contadores y los peritos contables se fijan en las cifras finales.
–¡Es una locura, Paul! Presentarme robando a mi propia compañía… no lo entiendo.
–Alguien quiere destruirte, y creo que es Basil Yanko.
–Si es así, podemos librarnos de él y contratar otros servicios.
–¡Esto te crees! ¿Te has olvidado del tiempo que lleva instalar un sistema y entrenar los operadores? Además esto es sólo una advertencia…
la primera nota del chantajista.
–Un acto criminal.
–Si podemos probarlo. Y también tenemos que cubrir los fondos que faltan en el banco. Sobre eso necesito tus instrucciones. Por el momento, Karl Kruger y yo salimos como fianza, pero ya te dije que Karl quiere su libra de carne.
–Pues que la tenga, Paul.
–En ese caso, necesitaré un poder sobre tus haberes, por lo menos hasta que tú puedas viajar y actuar por ti mismo. Esto también es un riesgo. Es posible que no quieras correrlo.
–Tengo que confiar en alguien, Paul. Si no es en ti, ¿en quién más?
–Entonces, nos enfrentamos a Basil Yanko.
–Yo no dije eso.
Me quedé mirándolo, boquiabierto. Me dirigió una sonrisa descolorida y triste.
–No te escandalices tanto, Paul. Acabo de ir hasta el borde del mundo, y he vuelto. Sé qué poco equipaje necesita un hombre. Debo decirte que no estoy seguro de querer conservar Arlequín et Cie. No quisiera que la consiga Basil Yanko; pero no me resistiría a vendérsela a Karl Kruger. Una solución muy limpia: tiene en cuenta a Julie y al niño, y me deja a mí fuera de este juego sucio.
–Si vendes en semejantes circunstancias, estás actuando bajo coacción.
–Ese es el anverso de la medalla.
–Pues te mostraré el reverso. Si tú abandonas la empresa, esos hijos de puta ganan. Y como ganan, hacen un nuevo intento… y no todas las víctimas se escurren tan afortunadamente como George Arlequín.
De pronto lo vi gris y sudoroso. Me sentí criminal por presionarlo de esa manera. Lo ayudé a acostarse, le refresqué la cara y esperé a que un
débil color volviera a sus mejillas hundidas. Las únicas palabras que encontré para decirle fueron triviales y lamentables.
–Fue demasiado. Disculpa, George. No importa lo que decidas, seguiremos siendo amigos.
–Te diré un secreto, Paul -alegó-. Es difícil luchar con el ángel de la tiniebla, porque lo que él quiere no es que luches. Lo único que te pide es que te rindas y que duermas. Es muy tentador no hacer más que cerrar los ojos y dejarse ir. No me condenes todavía. Dame un poco de tiempo…
–No tenemos demasiado, George.
–¿Quieres que se lo diga a Julie?
–Todavía no. Últimamente hemos tenido algunos problemas personales.
–¿Te gustaría que me quede un rato?
–No, gracias. Estoy muy cansado. Ven a verme mañana con Julie.
Aún era temprano. Yo no quería volver al hotel, con sus estrellitas de plástico escoltadas por agentes canosos. Quería sentirme anónimo y estar en libertad de hablar de cosas mundanas: el coste del biftec, el dolor de barriga del taxista y cómo las chicas ya no son lo que eran antes. Me gusta la vida simple. Es más fácil de vivir y uno tiene más amigos para compartirla. Me metí en un bar en el Strip, oscuro y casi desierto. Pedí un whisky, invité con una cerveza a los camareros y me preparé para media hora de lacónicos lamentos con el barman.
Acabábamos de ordenar el Medio Oriente y estábamos empezando con los escándalos en la administración pública cuando sonó el teléfono. El barman lo atendió y después se volvió hacia mí.
–¿Usted se llama Paul Desmond?
–Eso mismo.
–Nueva York al habla.
–¿Nueva York?
–Eso dijo el hombre. ¿Quiere atender la llamada?
Empujó el receptor hacia mí.
–Hola -dije estúpidamente.
–¿El señor Desmond? Basil Yanko. Lo llamé para darle la bienvenida a los Estados Unidos.
–¿Y cómo supo dónde encontrarme?
–Somos una organización eficaz, señor Desmond. ¿Tiene alguna noticia para mí?
–Un consejo, señor Yanko. No interfiera en mi vida privada.
Se rió sin alegría.
-¿ Hay algún servicio que podamos ofrecerle durante su visita?
–Ninguno.
–Bueno, pues que tenga una grata estancia. Seguiremos en contacto. Au revoir, señor Desmond.
Colgué el receptor y volví a mi whisky. El barman me miró con desconfianza.
–¿Malas noticias?
–Aposté a un perdedor.
–Qué lástima. No se puede ganar siempre. ¿Otro trago?
–Gracias.
Me demoré con él, hoscamente, mientras el hombre me contaba, sin prisa y en detalle, cómo la noche que se divorció se había ganado un pozo en Las Vegas y -¡créame, hermano!– había tenido la mejor noche de cama en veinte años con una corista sin trabajo.
Su buena suerte me animó a tal punto que decidí llamar a mi amigo y cliente, Francis Xavier Mendoza, que vive en Brentwood. Es un pequeño milagro: un perfecto caballero castellano incontaminado por la vulgaridad de la costa. Tiene tres hijos y una hermosa hija. Va a misa los domingos y fiestas de guardar, produce algunos de los mejores vinos del valle de Napa y, en sus ratos libres, se afana por traducir al inglés los poemas de Antonio Machado. En la política californiana, es una especie de camaleón, siempre presente, siempre poderoso, pero nunca fácil de identificar. Cuando le dije que necesitaba verlo, me ofreció una anticuada bienvenida.
–Considera que mi casa es tuya. ¡Ven ahora mismo y si puedes, antes!
Cuarenta minutos más tarde, descansando en su jardín, le pregunté:
–¿Qué puedes decirme de Basil Yanko y de Creative Systems Incorporated?
Frunció la boca con disgusto.
–¿De este tipo? Un bruto, pero poderoso. La mitad de las grandes empresas de la costa se valen de sus servicios y le besan los pies en el momento de pagarle la cuenta. En cuanto a mí, no me bañaría en el mismo océano que él.
–¿Qué se le puede echar en cara?
–Legalmente, nada. Eso tengo que admitirlo. Ofrece el mejor servicio de computación en el país… sistemas, programas, seguridad, todo completo. Una maravilla. Pero una vez que entró, no puedes hacerlo salir.
Como controla tus sistemas, está al tanto de todos tus movimientos. Un signo de debilidad, y se mete en el despacho del Presidente. Se lo hizo a tres amigos míos, y a un enemigo, que no se lo podía haber merecido más. ¿Por qué me lo preguntas, Paul?
–Porque también trabaja con nosotros. Y creo que ha adulterado nuestros informes.
–¡Ay de mí! Mala noticia.
–¿Ha hecho lo mismo con alguien de aquí?
–Eso se rumorea, pero no hay pruebas.
–Si las buscáramos, ¿podríamos encontrar pruebas?
–¿Ahora, en California? Qué esperanza. ¡Por el amor de Dios! El Presidente está desprestigiando, el Congreso tiene miedo, el pueblo está desmoralizado. No creo que te pueda nombrar veinte hombres en esta ciudad que no se hayan dejado comprar por alguien. Y no sé de diez que pudieran hacer frente a una revisión pública de sus cuentas.
–Qué triste veredicto.
–Triste y siniestro. Puedo encontrarte un asesino con más prontitud que un hombre honesto o valiente. Ya sé que exagero… -extendió los brazos en un gesto de desesperación- como siempre. Soy como Diógenes, mirando con ceño desde su tonel. Pero así es nuestra época. Cuando se vive a crédito, como hacemos los norteamericanos, siempre pueden sacarle a uno el jugo. Cuando se trepa por la pirámide, se tiene miedo tanto del hombre que trepa arriba como del que trepa abajo. Ahí reside el poder de Yanko.
Sabe los secretos de todo el mundo. Lo que no sabe, lo puede inventar, incorporando al informe y presentarlo como si fuera el Evangelio cuando él decide.
–¿Cómo se la gana, entonces?
–No hay más que una manera. Vivir en su mundo. Perseguirlo en las sombras, durante años tal vez, hasta que un día lo obligues a salir a la luz y lo venzas. Sin embargo, para jugar ese juego se necesitan nervios de acero.
Y cuando uno sale a cenar afuera, se sienta siempre mirando hacia la puerta y de espaldas a una sólida pared de ladrillos… Te estoy aconsejando bien.