Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 9 de 25

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Coco

Capítulo 8

 

 

La bala sigue su trayectoria implacable en el pasillo alfombrado del Hotel Ritz. Coco recuerda a todos esos seres humanos convertidos en masa que se habían dejado arrastrar (felices, resignados) a la guerra. Las mujeres querían fumar, votar, manejar armas, cuando en realidad todavía estaban inmersas en el prejuicio y la mojigatería del siglo precedente. Trabajaban en el campo, en la construcción y en las fábricas durante jornadas interminables, conducían camiones y ambulancias, iban de un lado a otro enrollando vendas y atendiendo a los heridos de las enfermerías y hospitales. No querían ni oír hablar de corsés, ballenas o miriñaques, ni de dobladillos que se arrastran por el suelo, mandarinas aplastadas contra los sombreros, puños que constriñen las muñecas, largas trenzas que se enganchan en los engranajes de las máquinas. Disimulaban sus defectos en lugar de considerarlos un encanto más (y ésa, ay, sí, fue —y es— su tragedia).

La gente que vivía en la monotonía de la vida diaria sintió el estallido de la Primera Guerra Mundial como la oportunidad de tener una experiencia excitante, algo que diese un sentido a sus vidas. Cambió el estilo de vida (y, consiguientemente, la moda). Se impuso lo cómodo y práctico. Meg la Larga se habría llevado las manos a la cabeza al ver que su hábito de monja, recto y sencillo, puro como el espíritu de una novicia, se convertía en uno de los atuendos más revolucionarios. Se llevaba la ropa deportiva de chaquetas amplias y faldas holgadas, y una vez más, Coco era pionera. Sin proponérselo, la guerra acabó por favorecerla. Además, Paul Poiret fue llamado a filas. Su casa con jardín versallesco y guarda suizo tuvo que cerrar mientras duró la contienda; y cuando reabrió, la situación económica era radicalmente distinta. Madeleine Vionnet, la que sería maestra del corte al bies, que estaba a punto de abrir su propia casa, tuvo que retrasar sus planes hasta el invierno de 1918. También Jeanne Lanvin, la minimalista del siglo XX, cerró temporalmente su taller situado en Le Vésinet.

La escasez de telas, sobre todo de las más preciadas como la seda, el crep o el tul, hizo que se llevaran los vestidos más cortos; y la escasez de metal contribuyó a poner fin a las varillas metálicas y ballenas que ceñían el cuerpo. Coco comenzó a trabajar con pieles. Como no llegaba la chinchilla de Sudamérica, ni la marta cibelina de la Rusia de los zares, utilizaba el conejo. Rechazó la paleta de colores eléctricos y chillones puestos de moda por Poiret y pidió a los mayoristas tonos más naturales. Hacía mucho que no hacía bocetos; ahora trabajaba con mujeres de carne y hueso.

Poco a poco su moda iba reflejando la creciente libertad de las mujeres. Pero en modo alguno se acomodaba a los caprichos exigentes de sus clientas. Simplemente esperaba con toda la tranquilidad del mundo a que la clienta se acomodara a sus vestidos. Apenas hacía publicidad, pues la encontraba falsa, retórica, juego sucio. Decía: el buen paño, en el arca se vende.

Desde distintos círculos se invitaba a las militantes a unirse a las organizaciones para los servicios de la guerra y a cumplir con su deber de mantener el país en marcha durante la ausencia de los varones. Estas palabras tuvieron eco en La Fronde, que se publicó en pleno inicio de la contienda «no para reclamar los derechos políticos de la mujer, sino para ayudarlas a cumplir con sus deberes sociales». Durante la guerra bajó el índice de natalidad; algunos sectores acusaron a las feministas que no se cansaban de culpar de ello a la ausencia, ahora más evidente, de ayuda a la maternidad. Cuando sus amigas feministas le contaban que Marguerite Durand había conseguido una ley que estipulaba que los patronos de la industria con más de un centenar de empleadas mayores de quince años debían acondicionar habitaciones para la lactancia de los bebés, Coco se encogía de hombros.

No estaba segura de si eso la complacía. En todo caso, la lucha por los derechos de las mujeres comenzaba a resultarle ajena. A esas alturas de su vida, a los treinta y cuatro años recién cumplidos en el verano de 1917, con una sombrerería convertida en boutique en el número 21 de la calle Cambon, otras dos tiendas en Deauville y Biarritz que iban viento en popa y una fama creciente, sus pensamientos no estaban en los cuartos de lactancia.

¿Y dónde estaban sus pensamientos? Tenía la impresión de estar vagando y se obstinaba con la ilusión de que lo importante aún tenía que llegar. Tenía la sombrerería y las boutiques, por las que tanto había luchado, pero ¿y qué?, se preguntaba algunas tardes, sola, en casa. ¿Acaso era feliz? Lo suyo era esperar. Pero esperar ¿a alguien?, ¿qué cosa? Nada; simplemente esperar (esperar en el pasillo alfombrado del Hotel Ritz a que llegara la bala). Contemplaba el sol. Día tras día el verano se aproximaba. Había cumplido un año más y algo le decía que la vida que llevaba no era lo que esperaba; tal vez sólo anhelaba el querer.

Un día cogió el tranvía y fue hasta la Torre Eiffel con la firme determinación de subir a lo más alto. Fue directamente a la taquilla a comprar la entrada. Al pie de la torre miró hacia arriba y se quedó pensativa. A continuación regaló la entrada al primero que pasó por delante y regresó a casa.

Mientras tanto Erny se hacía millonario con la industria del carbón. Su amistad con Clemenceau, por el lado francés, y con el ministro de Municiones y Guerra del gabinete, por el lado inglés, le daban carta blanca para que sus minas aprovisionasen a la flota aliada. Creó una empresa, Ernest Capel & Co., y se convirtió en intermediario particular de ambos líderes. Intentó contárselo a Coco un día que la encontró maquillándose frente al espejo.

—Me han nombrado Alto Comisionado para la Guerra —le dijo rebosante de alegría.

Era un cargo importantísimo, la oportunidad que había estado esperando durante mucho tiempo conseguida por méritos propios. Por su cara triunfante, se veía que estaba dispuesto a perdonar cualquier diferencia que pudiera haber surgido entre ellos. Pero Coco no comprendía qué significaba «Alto Comisionado para la Guerra» y, además, tenía prisa.

Él esperó su respuesta dos minutos más, sonrió apenas y salió de la habitación.

Después de ocho años juntos, Coco conocía cada centímetro de su piel. Reconocía a kilómetros su olor a jabón y a cuero, conocía como nadie la caída de sus ojos melancólicos, el tacto brillante de sus cabellos, sus piernas musculosas y morenas, ligeramente desmañadas. Conocía el timbre aflautado de su voz, el vago sabor a reprimenda de algunas de sus expresiones, su inteligencia y talento, la capacidad para sacar provecho de la coyuntura, la verruga que tenía detrás de la oreja.

Pero un día lo contempló mientras dormía y entonces tuvo el pálpito de que aquél no era el hombre que ella creía conocer.

Estaba abierto de brazos, como podría estarlo una madre amorosa. Lo miraba respirar tranquilamente, el vientre expandiéndose y retrayéndose de forma regular, los párpados aletargados, las mejillas algo encendidas, el rostro ausente, con una mueca entre crispada y jocosa. Sin saber por qué, un sordo malestar se apoderó de ella. Era un cuerpo inmóvil (la Bella Durmiente, pensó, pero no le gustaba aquel cuento de princesas). Un cuerpo fuera de lugar, algo que no podía comprender sino sólo experimentar.

Lo acechó durante un rato desde la puerta; después se aproximó lentamente, como si quisiera asirlo con la vista, el oído, el olfato. Le palpó un brazo para comprobar que no estaba muerto, pero ¿por qué iba a estar muerto? Un escalofrío le recorrió el espinazo; en ese momento, él se rebulló y plegó los brazos un poco sobre el pecho. Sus dientes bellísimos asomaron entre los labios.

Coco tuvo la impresión de que era un extraño. Por primera vez le pareció percibir aquella pepita de insolencia de la que se hablaba en el castillo de los Mercy-du-Pont. Lo agarró, le clavó las uñas y salió corriendo de la habitación.

Erny se alejaba, y ella se sentía sola. Al principio, Antoinette la visitaba y salían al teatro, a tomar un café a Maxim’s o a pasear por el Bois de Boulogne. A menudo hablaban de la infancia y los recuerdos, de dos niñas recogiendo erizos de castaña junto a la madre, niñas tumbadas sobre un manto de hojas amarillas, dormidas, eso las hacía felices; eran felices entonces, dos niñas dejadas en un internado a la buena de Dios. También hablaban de Dios.

Coco siempre concluía diciendo que lo importante en la vida era triunfar, alcanzar el éxito, y su hermana la miraba sin decir nada.

Luego Antoinette perdió el hijo que esperaba, y como Coco no supo compartir su tristeza (bueno, eso es como hacer un vestido, le dijo dándole unas palmaditas en el hombro, si no sale bien, vuelves a intentarlo…), dejaron de verse. Durante varias semanas, Coco comenzó a escuchar ruidos en su propia casa. Cuando introducía la llave en la cerradura, ya de noche, oía en el salón el bisbiseo de una falda. Entraba apresuradamente y veía un encaje que desaparecía por detrás del piano. Erny reaccionaba con toda naturalidad (hola, no te esperaba tan pronto… ¿qué tal el día?). Antes de que los ojos de Coco pudieran llenarse de lágrimas, se metía en la habitación.

—Estoy cansada, mañana hablamos.

Desde la habitación oía el ruido de unos pasos apresurados. Se habían ido y al día siguiente, Coco dudaba, acaso había imaginado toda esa historia.

Cuando Coco sabía que Erny estaba en París, pero no se encontraba en casa a la vuelta del trabajo, se desesperaba. Salía a la calle a buscarlo: iba de casa en casa, preguntando a todos los amigos. Regresaba a medianoche, despeinada, abatida y humillada. Fea. Para rebajar su malestar, comenzó a enviarse rosas a sí misma, ramos olorosos que llegaban con una tarjeta que siempre decía lo mismo («Tuyo, O.»). Además se compraba todo aquello que veía, ropa, el último modelo de Rolls Royce —un hermoso Silver Ghost con llantas azules—, joyas, libros que colocaba en la estantería sin abrir. Antes de que fueran suyos, ansiaba estos objetos con fervor; pero tan pronto los había pagado y tenía entre las manos, el deseo se esfumaba. Era incapaz de gozar de las cosas y amarlas en cuanto eran suyas.

Durante el día, en la boutique, engañaba un poco la soledad hablando con las clientas. La tienda de Biarritz era entonces la que más dinero hacía porque en España, que se mantenía neutral en la guerra, todavía se gastaba mucho en vestir con elegancia. En el Hotel du Palais la guerra no existía, todas las noches se bailaba tango. La tienda estaba frente al casino, camino a la playa. Coco le pidió a Lucienne Rebaté que se trasladase allí, pues era honrada y sobre todo una trabajadora incansable. La dependienta había comenzado a verse con un combatiente parisino con quien paseaba por el jardín de Luxemburgo cuando estaba de permiso. Un día hablaron del tema. ¿Usted cree, señora, que debo desconfiar de él? Coco la hizo sentar en una silla del taller. De un tiempo atrás, conversaban muy a menudo. Era una amistad descompensada —un gordo con un flaco, o un bajito con un alto—, que sin embargo funcionaba a la perfección. Lucienne le había contado su historia amorosa, y Coco le insistía en que debía encontrar otro hombre. Siempre igual: Lucienne hablaba y Coco le daba consejos sobre lo que debía hacer. Una daba y la otra recibía; una hablaba y la otra escuchaba. ¿O era al revés?

(Porque, ¿acaso no recibía yo más que ella?, se dijo Coco cincuenta y cuatro años después).

Esta vez Coco cogió las manos de su dependienta y le dijo que no todos los hombres eran como aquel granuja de la playa, que tenía que rehacer su vida amorosa. Entonces Rebaté le contó cómo había conocido a su nuevo amigo: yo estaba sentada en un banco del jardín de Luxemburgo, y él se acercó con un helado de fresa que me dio a probar. A partir de ese día comenzaron a verse, ¿no era hermoso? Aún no se habían besado. No le besaría hasta que estuvieran casados. Pero después de unas semanas y ante la insistencia de Coco, no tuvo más remedio que trasladarse a Biarritz como dependienta-jefa. Rebaté, a punto de cumplir cuarenta y seis años, lo asumió lo mejor que pudo, consciente de que tenía que mantener el contacto con aquel hombre a toda costa porque aquélla iba a ser seguramente su última relación. La vida no era tan generosa.

Como había ocurrido con Deauville, Erny había adelantado el dinero para montar la boutique. A pesar de que el teléfono era un lujo incipiente, Coco hizo instalar allí una línea para que su empleada la mantuviera al corriente. Hablaban de pedidos, de calidades, de túnicas de punto y de blazers de franela, de nuevas clientas. El aparato hacía bzzzzzzz. Antes de colgar, Coco siempre le preguntaba por el chico. La dependienta estaba muy contenta porque le escribía todas las semanas y ¡le había hecho promesas! ¿Ves como no todos los hombres son iguales?, apuntaba Coco.

Se contrataron varias vendedoras para Deauville y para la calle Cambon, la mayoría antiguas modelos, mujeres con bocas anchas y piernas largas tostadas por las luces de los fotógrafos, aunque esto era lo de menos. Coco las escogía en función de sus aptitudes para saber escuchar. Porque la función de una buena vendedora no era vender sino escuchar.

Escuchar a las clientas que eran inagotables, prolijas, ajenas al desaliento. ¿Cómo librarse de ellas? Aprendiendo a escuchar.

De modo que a principios de 1918, Coco tenía trescientas personas trabajando entre París, Deauville y Biarritz. Trescientas personas de las cuales ciento cincuenta cosían en los talleres, cincuenta se ocupaban de la intendencia, otras cincuenta de las importaciones de tejidos y el resto de escuchar. En la breve entrevista de trabajo por la que pasaban, Coco les preguntaba si tenían experiencia. ¿Experiencia?, decían ellas. Mucha. He trabajado en la Casa Tal y Cual… No me refiero a esa experiencia, les decía Coco. Me refiero a la experiencia de saber soportar. Soportar a las charlatanas. Charlatanas. Clientas charlatanas que nunca, ¡nunca!, pagan al contado, le decía a Erny.

A Coco le chiflaba llegar a la puerta de su tienda de la calle Cambon (que casualmente daba a la parte trasera del Hotel Ritz), con su Silver Ghost como símbolo del éxtasis en forma de dama volando sobre el capó, y despedir a su chófer hasta la hora de comer. Esto le daba un aire de mujer ocupada, la ilusión cautivadora de que había alguien que pensaba en ella, que no estaba sola. Las clientas esperaban en la puerta para verla plantar un pie en el suelo. Al salir, movía rápidamente los ojos de un lado a otro con expresión desdeñosa de princesa inalcanzable. Vendía prendas cómodas, favorecedoras y atemporales, joyas de fantasía, sombreros, collares y broches con perlas de imitación, pero por encima de todo vendía consejos.

Vendía esbeltez. Vendía juventud. Delgadez (¿qué toma usted para desayunar?, le preguntó una vez una de las señoras. Una camelia, después una orquídea…, ¿acaso cree usted que vivo del aire?).

Mientras las mujeres de vidas rotas desnudaban sus carnes en un vestuario, Coco vendía autoestima. El truco está en no desviar la mirada, les explicaba a las dependientas. Por el contrario, debéis clavarla en los ojos de la clienta, poniendo cara de estar muy interesadas y asentir regularmente con la cabeza; gruñir si es preciso. Y mientras las clientas perdían peso a fin de estar flacas como Coco, ésta iba de su casa a la tienda, y de la tienda a su casa. En lo más hondo de su ser, odiaba a todas esas mujeres —«las nenas», decía ella — que la halagaban. Le parecían mediocres, despreciables, inútiles parásitos que le encargaban un traje a las dos de la tarde y pretendían tenerlo listo para estrenar por la noche. Como Erny no cesaba de viajar, raramente salían como antes, a cenar o al teatro. Un día, sin embargo, su amiga actriz Cécile Sorel, que vivía en el Quai Voltaire de París bajo unos artesonados sin bruñir, les invitó a cenar. En la cena estaban presentes los amigos de la actriz: el director adjunto de Asuntos Políticos del Quai d’Orsay, un físico extravagante, un matrimonio de escritores, y una tal Maria Sophie Olga Godebska Natanson Edwards, Misia para los amigos. Aquella mujer se convertiría en una de las personas más importantes de su vida.