Coco
Capítulo 6
Érase, cincuenta y ocho años después, una joven y bella costurera (¡¿joven y bella?!), que dormía en su suite, a quien alguien decidió asesinar de un balazo. ¡Qué bonito cuento de hadas!, piensa Coco. Sólo que la bella costurera tenía los cabellos negros, no ralos mechones amarillentos, ni arrugas, ni venas gruesas, ni problemas para respirar, ni pechos como sacos de arena sobre el abdomen.
Sus ojos habían sido grandes, dueños del mundo, irresistibles; ahora, cuando apenas exploran su entorno, ven cómo la bala (su vida) avanza velozmente (¡¿velozmente?!), a la altura del ventanuco del pasillo alfombrado del Hotel Ritz (pero ¿qué siente uno cuando una bala nos atraviesa la frente?, ¿dolor?, ¿náuseas?, ¿oscuridad total?). Ella, la costurera, creyó que la bala nunca llegaría (la muerte, se dijo, es cosa de otros).
Tan largo como el trayecto de la bala fue aquel día que pasó encerrada en la habitación del castillo de los Mercy-du-Pont. Después de beberse la botella de champán, cogió los cojines, las almohadas y las mantas que encontró en la habitación y se construyó un refugio, una especie de casa o fuerte donde se tumbó y esperó, como una momia egipcia, que acabara el día. Y acabó.
Al día siguiente, abrió la puerta de golpe y salió como si nada hubiera ocurrido.
En el desayuno se enteró de que Erny volvía a París. Por la tarde, poco antes de la copa de coñac, que se ofrecía a las seis y media, fue a verle a su habitación. ¿Te vas?, preguntó desde la puerta entreabierta, examinando el interior con atención indiscreta. Por desgracia, sí, dijo el otro. ¿A qué hora? Coco entró y se sentó sobre la cama, donde él luchaba con el nudo de la corbata. Temprano, dijo Erny, que se sorprendió al sentir cómo una cosquilla extraña le subía desde los testículos hasta el estómago. Oye, dijo volviéndose un poco para disimular su sorpresa, me han contado lo que pasó en el comedor, creo que estuvo muy bien. Entonces Coco comenzó a hablar de su relación con Liébard. Hace calor, dijo, y se quitó su chaqueta de punto.
Mientras explicaba que Liébard no la respetaba, se quitó el sombrero y la blusa de jinete, las habitaciones son bonitas pero la calefacción está demasiado fuerte, ¿verdad? Le habló de la importancia del dinero, del dinero no, continuó mientras le deshacía el nudo de la corbata. Del trabajo. Mira, la mujer de hoy, dijo, y comenzó a desabotonarle la camisa con dedos pausados, como si aquello fuera algo del todo natural, como si ella estuviese allí precisamente para desabotonarle la camisa con dedos pausados, la mujer de hoy, es sólo un pretexto de riquezas, puntillas, martas cibelinas.
Erny estaba estupefacto. Me haces cosquillas con las uñas, acertó a decir. De chinchillas, dijo ella. Las colas de los vestidos sólo sirven para barrer el polvo. Todo debe ser mucho más sencillo, el adorno acaba con la línea, lo recargado asfixia. Me he fijado en tus pantalones de montar ajustados, dijo Erny. Y de que montas a horcajadas. Coco se bajó los pantalones y los arrojó con fuerza contra la ventana. La libertad de movimientos es poder, dijo, y añadió: No sé cómo puedes dormir con tanto calor, yo tengo abiertas las ventanas de par en par. Tengo muchas ideas en el terreno de la moda. Sí, dijo Erny esbozando una sonrisa, muchas ideas. Nunca antes se había encontrado con una mujer tan a ras de tierra en todos los sentidos, con una forma de ser tan descaradamente vivaz y ácida, con una belleza (belleza no, encanto) que dejaba sin habla. El trabajo dignifica a los hombres, prosiguió ella desabrochándose el sostén, pero también a las mujeres. Y mientras salían a la luz, lentos y hermosos, sus pechos tiernos como higuitos, Coco comenzó a contar la labor que había desempeñado en la Casa Grampayre, liberando a la mujer del sostén y bajando los calzones por debajo de las faldas. Erny no aguantó ni un segundo más. De pronto, toda su inmutabilidad de gentleman inglés, toda su reserva y contención se vinieron abajo como un castillo de naipes. Se arrancó los pantalones y se quitó las botas y los calcetines. Le tomó la mano y con ella recorrió su propio cuerpo, lentamente.
—Ardes —le dijo Liébard por la noche, cuando ella se introdujo en la cama.
—La fiebre —contestó Coco.
Al día siguiente, Liébard convenció a Erny de que se quedara un día más y le propuso jugar una partida de ajedrez. A mitad de la partida, después de haber hablado de los intentos de Alemania de separar a Rusia de Francia e Inglaterra, de la industria del carbón y de cómo evolucionaría ante una posible guerra, Liébard lanzó la pregunta. ¿A ti te gusta? Erny siguió con la vista fija en el tablero, hasta que movió un peón para hacer hueco a la reina. Liébard podía estar hablándole de cualquier cosa, pero él no era bobo. Alzó la vista: por supuesto que sí, dijo. Entonces, añadió Liébard, tuya es, amigo.
—La que tiene que decidir es ella…
—Te equivocas; esto es un asunto de hombres y se arregla entre hombres.
Quizá porque, en el fondo, su orgullo estaba herido, antes de terminar la partida, Liébard mencionó la financiación de la sombrerería. Le dijo que le cedía a la chica, pero que ella no cejaría en su empeño de crear una boutique, y que si él no la ayudaba, encontraría a otro hombre que… No estoy seguro de poder costear la apertura de una tienda, dijo Erny, no tengo tanto dinero como parece a primera vista. No me importa echaros una mano, contestó Liébard. Ya que se empeña en dedicarse a la moda, podré cederle mi apartamento, pero eso es todo.
A la mañana siguiente, el inglés cogía el primer tren en dirección a París. Ella se presentó en la estación, sin maleta. Estaba decidida a irse con él, aunque en ningún momento habían hablado de ello. Al verla en el andén, insolente y altiva, con una chaquetilla ajustada que le ensalzaba el cuello de gacela, Erny se acercó. Le limpió una lágrima de frío. Dijo: ¿cómo sabes que te llevaré conmigo?
Erny disponía en París de un apartamento en la avenida Gabriel, una calle cercana a la plaza de la Concordia y al palacio presidencial (porque después de lo de ayer, tus testículos no te permitirían viajar solo, fue la respuesta de La Flaca). Cuando Coco entró por primera vez en la casa lanzó una mirada de asombro a los muebles, al pequeño espejo Mackintosh, al piano de cola, a una puerta de cristal tallado que daba paso a un comedor con una mesa oval, tres aparadores cubiertos de jarrones y fotos enmarcadas, paredes estucadas, sillones de terciopelo rojo y dos ventanas altas y anchas desde donde se vislumbraba el paseo de castaños que bordeaban el palacio del Elíseo. Al instante dijo: también aquí me pueden matar.
Entonces le contó a Erny que hacía tiempo que querían matarla. Se esconden en el interior de los muebles, acechan, espían, esperan. ¿Y por qué quieren matarte?, preguntó él. Porque ocupo sus espacios, respondió ella.
Pasaron lo que quedaba de invierno en la avenida Gabriel, sin apenas ver a nadie. La primera semana se quedaron en la cama hasta las doce. Invertían la mayor parte del tiempo en amarse, bromear y desayunar huevos fritos con champán. Pero eso, que comenzó siendo algo emocionante para Coco, terminó por aburrirla: al quinto día, esa rutina de los huevos empezó a incomodarla. Ella acostumbraba levantarse a las ocho, tomarse un café con leche y leer una novela de amor, ahora, esos momentos de placer habían desaparecido.
Al sexto día le dijo a Erny que no quería huevos fritos. A la semana saltó de la cama a las ocho, se hundió en un butacón de terciopelo a leer una novela y dio por acabado el ritual.
A veces cenaban en Maxim’s o en el restaurante del Pré Catalan en el Bois de Boulogne. Al día siguiente, sus fotos estaban en todos los periódicos. La revista Vogue comenzó a resaltar la elegancia de la nueva acompañante del empresario Capel, asociada a una moda «masculinizada» que, además de utilizarse en producciones teatrales, rompía con los cánones habituales de la belleza femenina. La consideró el embrión de la liberalización de la mujer.
Había una cosa que La Flaca tenía clara: jamás renunciaría a su sombrerería. Al poco tiempo de instalarse en la avenida Gabriel, instó a Erny a que anulara un compromiso que tenía con el ministro de Industria, con quien el inglés iba a charlar sobre el tema del carbón. Por más que le explicase que tal vez, a raíz del encuentro con el ministro, tendría la oportunidad de explotar nuevos yacimientos en Francia, ella no quiso ceder. Muy bien, le dijo Erny, iremos a cenar, pero te ocuparás de organizar una velada de señoras, con té y pastas, y alguien interpretando piezas al piano, y esas cosas, a la que asista la mujer del ministro. Tengo mucho interés en quedar bien con ella porque si agradamos a la mujer del ministro, le agradamos a él. Coco aceptó. Aquello era pan comido, sólo debía concederle un mes para convocar a las señoras, organizar un servicio de té y pastas y buscar un buen pianista.
Durante la cena, Coco sacó el tema de la sombrerería. Erny, que sabía —y esperaba— que lo hiciera, ya estaba preparado.
Quiero trabajar, dijo ella. Quiero hacer sombreros. Perfecto, respondió él, y le contó cómo Liébard la había «cedido» con esa «carga». Te desenvolverás perfectamente. Gastarás mucho dinero, pero eso no importa, hay que buscarte una ocupación. Preguntemos a Liébard si te cede su apartamento tal y como dijo.
Coco cogió aire: ¡así que tú y Liébard me tratasteis como si fuera mercancía! ¡Te la doy con esta «carga», y ahora tienes que buscarle una «ocupación»! ¡Como si no fuera más que un útero!
Con su flema británica, Erny le explicó que era mejor no ser tan radical. Al fin y al cabo, el resultado iba a ser el mismo: tú estás aquí. Y además, que a una mujer se le reconozca su capacidad creadora, no está tan mal ¿no? Lo que pasa es que os creéis que una cosa es incompatible con la otra. Tu sombrerería, Coco, no tiene nada que ver con tu matriz, con los hijos maravillosos.
Coco echó un vistazo a su alrededor: te están mirando, dijo de pronto. Las mujeres te están mirando. Erny desplazó lentamente la cabeza. No es a mí, dijo, sino a ti.
En sólo tres días, Coco se las apañó para organizar la velada con las señoras. Le sorprendió comprobar que las mujeres sabían quién era ella, y que ninguna se mostrara reticente. Consiguió reunir a veinte, entre ellas a la mujer del ministro de Industria. El servicio de té no le supuso ninguna molestia. La Casa Grimpernaut, que llevaba años ocupándose de este tipo de veladas, le envió tres camareros, el té y las pastas. Coco preguntó entre sus conocidos por un músico; le dieron referencias de un pianista ruso que había dado conciertos por el mundo entero.
Erny se sintió muy satisfecho. Entonces Coco le reclamó un ramo de flores. Era su manera de demostrar que si deseaba tenerla junto a él, tendría que acostumbrarse a sus caprichos (y a sus excentricidades). Liébard me las compraba todos los días, dijo. Muy bien, contestó Erny, yo no seré menos.
A la media hora, llegaron las flores. Gardenias y azaleas, con un fondo de mimosas. Coco sonrió. Las puso en un florero y siguió con lo que estaba haciendo. Veinte minutos después, volvieron a llamar a la puerta: traían más flores. Esta vez, clavelinas de diversos colores. Coco buscó otro jarrón y buscó otro rincón de la casa. Al rato —no habían pasado ni quince minutos—, llegaron más flores. Abrió la puerta con una mueca, cogió las flores bruscamente y las sumergió en un jarrón, una a una, como si estuviese ahogando a alguien. Así durante toda la semana, hasta que la entrega de flores pasó a ser algo engorroso.
¿No querías flores?, dijo él cuando ella le pidió que detuviera aquello de una vez. Pues aquí tienes flores.
Liébard y Coco siguieron tratándose con total normalidad. Él se comportaba como si nada hubiera cambiado, salvo que ya no vivían juntos. Cuando volvió de Argentina, fue a verla a casa de Erny.
Le trajo como regalo una bolsa de limones. Ella la abrió; estaban podridos. Así pues, le preguntó él, ¿en qué momento estás con el inglés, nenita? En ese momento, dijo ella, en que acostumbran estar todo hombre y toda mujer.
Erny tenía amigos que no pertenecían al círculo de la aristocracia de los hipódromos. Pintores, escritores y gente del mundillo del teatro. Por aquel entonces, algunos artistas se sentían atraídos por el arte africano y oceánico, a través del cual llegaban a lo «instintivo». Coco escuchaba las críticas, negativas en su mayor parte, acerca de esas tallas africanas, horrendos diosecillos negros, diosas de senos cónicos, deformados y aborrecibles, y no podía evitar sentirse atraída. También empezaba a hablarse de un cuadro escandaloso de unas «señoritas» putas que un pintor español había encontrado en Aviñón y que, aunque no estaba expuesto al público, podía verse en círculos reducidos. Coco fue a verlo a casa de un amigo pintor y quedó fascinada: mujeres de ojos almendrados y hocicos, narices bestiales en forma de cuña, aquellas orejas descomunales, descaradamente sensuales. Otro pintor, Georges Braque, había dicho que para pintar aquel cuadro había que beber petróleo y luego escupir fuego. Pensó que no se podía morir sin conocer a ese pintor extraordinario.
Estuvo todo el día pensando en el cuadro; y por la noche, mientras cenaba en casa, comenzó a oír voces, gañidos de cerdo, gritos. Se levantó. Cuando Erny entró la encontró buscando bajo los sillones y las mesas, detrás del espejo Mackintosh y entre el aparador y la pared. Ayúdame, dijo. Alguien se ha metido en nuestra casa.
Entre los dos pusieron la casa patas arriba sin encontrar nada. Coco aseguraba con una insistencia exasperante que alguien se había introducido por la ventana —que había encontrado abierta— y que se dedicaba a hablar y gañir. Se acostaron a las tres de la mañana, después de que la policía registrara la casa de arriba abajo sin encontrar a nadie.
Desde que habló con el pianista ruso para la velada de señoras, a Coco le dio por pensar en la monja Meg. Ella sí que era una excelente pianista. ¡Podría haber pasado a la historia!, se dijo. Pero había arrojado su Steinway por la ventana, y con el Steinway su gloria. ¡Qué tonta! ¡Cuánto talento desperdiciado! Durante todo un día no paró de darle vueltas a la idea del talento (¡el talento de una mujer!) arrojado por la ventana, hecho astillas, una fría mañana de invierno. Sentía rabia por ella, ganas de ayudarla, pero ¿eran ganas de ayudar a la monja, o ganas de ayudarse a sí misma? La idea pasó por su mente, primero rápida como un relámpago; después, poco a poco, se fue aposentando: ¿y por qué no invitar a Meg la Larga para la velada de las señoras?
Se sintió invadida por una sensación nueva. E inmediatamente pensó de sí misma que era una mujer de gran corazón. Era muy buena.
Esa misma tarde, después de arreglar el apartamento que Liébard le había ofrecido para la sombrerería en el bulevar Malesherbes —que ella no dudó en aceptar— hizo unas cuantas averiguaciones sobre el internado de los Cevernios. Porque tal vez, pensó, Meg la Larga ya no estaba allí. Tal vez ni siquiera existiese el internado. Un transportista que hacía el trayecto París-Paillers-Cevernios le dijo que había visto salir y entrar a las monjas con las niñas. Coco le dio un billete de diez francos y le pidió que averiguara si la hermana Meg seguía en activo. Por la noche, mientras se hacía la manicura, volvió a pensar en su propia naturaleza bondadosa. Unos nacen dadivosos, como yo, se dijo, y otros malos, no podemos evitarlo. Abrió el secreter, cogió pluma y papel y se puso a redactar una carta en la que pedía a Meg la Larga su participación en la velada.
El transportista volvió a los dos días: Meg la Larga seguía en el internado. Coco le extendió otro billete, y con el billete la carta: entonces llévele este sobre de mi parte.
Cuando el apartamento del bulevar Malesherbes estuvo acondicionado, Coco fue a las Galerías Lafayette. Preguntó por los sombreros. Le sacaron varios modelos; unos tenían plumas gigantescas, otros forma de tiesto o de jaula. Los rechazó con energía y preguntó si no tenían sombreros de paja. La dependienta la miró con desprecio: Tenían sombreros de paja, pero sólo los compraban las campesinas. Me llevaré veinte, dijo Coco.
Después de pagar, dirigió unas palabras amables a la empleada: disecada, le dijo. Trabajar aquí durante tantos años te ha dejado disecada.
Inició su negocio modificando esos sencillísimos sombreros a los que puso sus propios adornos, siempre limpios y elegantes. Tomaba como referentes a otras mujeres del mundo de la moda: madame Paquin (la «mujer de nácar»), Madeleine Vionnet y Jeanne Lanvin. Ésta le interesó especialmente porque también había sido aprendiza de costurera y más tarde había abierto su propia sombrerería. A veces se acercaba a sus boutiques y observaba. Hacía que las dependientas le descolgaran un chal de crep blanco mate ribeteado, por ejemplo, o que le dejaran probarse un sombrero diseñado por Lanvin. Durante un rato, vestida con esas ropas que no eran de su estilo se sumergía en otras vidas. Una condesa de padres rusos nacida en Berlín. Una baronesa que hablaba quince idiomas, loca de atar, con tres hijos varones que vive en Singapur. De esa experiencia, la experiencia de estar en la carne de otra, extraía un extraño placer. Después volvía a colocar el sombrero en el maniquí, colgaba el chal ribeteado en la percha, daba las gracias al personal y salía por la puerta.
Se levantaba muy temprano, como lo hacía en la Casa Grampayre, y dedicaba toda la jornada a gestionar su negocio en compañía de una modesta empleada llamada Lucienne Rebaté.
Entonces ¿ya te sientes satisfecha?, le preguntaba Erny por la noche. Ella se encogía de hombros. Tenía amor, el trabajo que siempre había deseado, éxito. Se sentía feliz, muy feliz, pero no podía evitar encogerse de hombros.
Por fin llegó una carta de Meg la Larga. Se alegraba de volver a oír de Coco, y de que —a decir por lo que ella misma le contaba— las cosas le fueran tan bien y tuviera tanto éxito. La vida en el internado seguía igual, las oraciones y la rutina, los perales en flor, los paseos por el río… Agradecía su ofrecimiento, pero no podía aceptarlo. Hacía mucho que no tocaba el piano (un percance hizo que lo perdiéramos…), y en cualquier caso, nunca había interpretado nada para un público tan selecto, menos para la mujer de un ministro… Ella era una vieja monja que cuidaba huérfanas, y se sentía muy satisfecha con su trabajo, el único que, según entendía, Dios le había encomendado. Pronto moriría, estaba convencida, pero eso no tenía mayor importancia. En todo caso, volvía a agradecerle su generosidad y le auguraba lo mejor.
Coco le escribió de nuevo: Será la gran oportunidad de su vida, Meg, incluso podría hacerse famosa, no la desperdicie.
Faltaba una semana para la velada y Erny estaba muy nervioso; deseaba que todo saliese bien, que la mujer del ministro se fuera con un buen sabor de boca. Coco le habló de su idea de traer a una monja (a una monja que, por supuesto, no había cuidado de ella en su infancia porque ella «nunca» había estado en un internado de niñas pobres). ¿A una monja?, le preguntó Erny. No sé, me resulta un poco excéntrico, pero desde luego que con ello conseguiríamos sorprenderla, ¿toca bien?
Esa misma tarde, Erny y Coco cogieron el coche y fueron a los Cevernios. Por el camino, Coco se inventó que había visitado aquel internado con sus «tías malvadas» cuando era una niña, y que recordaba que había una monja pianista. Era primavera y el campo estaba hermoso en su desorden de almendros en flor, espantapájaros con azadón y buche de paja, campesinos que recogían calabacines, hileras formidables de pájaros sobre los cables de teléfonos, y, sobre todo, masas de flores, jazmines, lavanda, amapolas, rosas pálidas y amarillas, color crema al llegar al patio central del edificio.
Meg había envejecido, estaba oscurecida, como si el paso del tiempo la hubiera quemado por dentro. Les recibió con una cordialidad impropia de ella, pero volvió a rechazar el ofrecimiento. Erny y Coco comprendieron que no era cuestión de dinero. A la vuelta, Erny le dijo a Coco que aquello no era buena idea, que no se podía sacar a una mujer de un sitio en el que había estado enclaustrada durante toda su vida para enfrentarla al gallinero de veinte mujeres de la aristocracia francesa. En lugar de beneficiarla, le harías un daño terrible, le dijo. Además era ya una anciana.
Pero quedaban dos días, y Coco insistía. Aquellas gestiones habían dado un sentido renovado a su vida. Ella pensaba en los demás (en esa monja que no había sabido aprovechar su talento), hacía el bien, y esto parecía estar llenando su incontenible vacío. Volvió al internado, esta vez sola y después de hablar largo y tendido con la monja (empleó muchas veces las palabras «oportunidad», «triunfo», «responsabilidad», «misión en la vida») consiguió convencerla. Meg la Larga llegó el jueves por la tarde con su peste a lejía y una maleta marrón, desvalida a causa del viaje que había sido una paliza para una mujer anciana como ella, pero aun así, estuvo día y medio practicando. Estaba nerviosa, tenía miedo de que aquellas señoras se apercibieran de su falta de experiencia. Apenas comió y sólo se mostró extrañamente amable con Erny, que se mantenía escéptico pero con su cortesía habitual. Por la noche, antes de meterse en la cama, le dijo a Coco con un hilo de voz: no sé si esto es una buena idea; estoy muy cansada, el viaje ha sido demasiado… estoy vieja, Coco, creo que me ha llegado el momento de… Tú no tienes por qué estar a mi lado si te resulta incómodo…
Pero al día siguiente, La Larga se levantó como una rosa. La velada fue todo un éxito. Las señoras, viejas glorias ataviadas con vestidos de encaje, se mostraron excitadísimas ante la idea de que una monja interpretara Beethoven al piano. El servicio de té y pastas de la Casa Grimpernaut fue excelente. El hecho de que la perrita pequinesa de la señora Bebi se escapara y echara una meadita en los faldones de Meg no tuvo ninguna importancia; tampoco que la vieja duquesa de Berry comenzara a roncar durante la interpretación.
Lo importante fue que la mujer del ministro quedó impresionada.