Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 6 de 25

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Coco

Capítulo 5

 

El vacío planea, acecha, baja, gira, aletea como la semilla de un sicomoro, se viene encima, se apodera de uno, nos toma por los hombros; por fin se instala entre las dos de la tarde y las ocho de la noche, cuando una mujer desocupada termina de hacerse la manicura.

¿Y qué es lo que hace esa mujer ociosa para llenar el vacío?, piensa Coco junto al ascensor cincuenta y ocho años después, envuelta en su abrigo de rabos de conejo y a punto de ser asesinada: desempeñar trabajos benéficos, hacer cursos, compras, viajes, quedar con amigas ociosas e igualmente insoportables.

En suma, correr al encuentro de algo que lo colme. ¿Y qué ocurre con todo eso?

Pues que no sirve de nada porque la naturaleza del vacío no es el agujero, sino el «lleno».

Según Liébard, el vacío estaba en la mujer. Oh sí, le dijo aquella tarde en la terraza de buganvillas, sin ni siquiera molestarse en levantar la vista de L’Excelsior. Mejor dicho: en el útero de la mujer. En ese receptáculo que engorda y adelgaza, se contrae y retrae, se hincha y deshincha, dijo, y que si no se llena de niños, acaba por llenarse de emociones, histerismos, antojos y falsas querencias. Coco le miró con resentimiento.

Antes de salir para los Pirineos, volvió a Paillers para hablar con sus amigas de La Fronde. La revista tenía el apoyo de los partidarios de Dreyfus, así como del gobierno (que cada vez organizaba más congresos feministas) y del desarrollo del neomaltusianismo, una doctrina hedonista y utilitarista que, entre otras cosas, proclamaba que en la unión sexual, el bien último era el placer. Mándalo a la mierda, le dijeron. También ellas habían tenido que renunciar a muchos hombres. Pero a Coco no le pareció el momento de mandar a su amante a ninguna parte. Estaba en juego la caza del zorro, la estancia en el castillo y sobre todo la oportunidad de conocer a esa gente de tan alta alcurnia que —y aquí se permitió unas risitas para sus adentros— ellas, por su condición social, nunca llegarían a conocer.

Lo que Liébard nunca imaginó es que en los Pirineos Coco no sólo conocería a gente de alcurnia, sino también a la única persona que fue capaz de llenar (llenar no, porque el vacío no se llena nunca, remover) su vacío: Ernest Capel, a quien todo el mundo llamaba Erny. La única persona a la que fue capaz de amar en toda su vida.

Los Mercy-du-Pont, un siniestro —y, a decir de la prensa, nada honrado — matrimonio que se había enriquecido con la industria del hierro fundido, con las quince mil piezas y los dos millones y medio de remaches metálicos de la Torre Eiffel, y con las factorías de acero de Lorena (de las que salieron el Grand y el Petit Palais de París), organizaba todos los años varias cacerías a las que convocaban a unas treinta personas, empresarios, marqueses y vizcondesas, a los que daban alojamiento en su lujoso castillo. Se trataba de una construcción medieval, con seis torres macizas devoradas por las moras y el tiempo, que se alzaba sobre una planicie con el fondo nevado de las montañas. El interior era como los propietarios: un confuso laberinto de bóvedas, rejas, sótanos y pasadizos.

Al subir por primera vez la escalera que conducía a las sesenta y tres habitaciones con Liébard, Coco pidió a su amante que se detuviese. Habían hecho el trayecto en tren, y ella no paró de darle vueltas a la idea de que quería tener su propia vida, no ser un parásito de los demás. ¿Por qué «yo» quiero algo?, se decía encogida en el departamento del vagón de primera, mientras el tren atravesaba un valle profundo. Está claro que quien se opera la nariz lo hace porque quiere ser hermoso, o respirar mejor y no roncar. Finalmente creyó encontrar una respuesta: porque si uno se halla en un estado de apatía, falta de querer, se precipita irreversiblemente hacia el vacío.

La escalera con balaustrada de mármol del castillo le pareció un buen escenario para volver a insistir en su proyecto. Así que se plantó en el rellano, se hinchó como una gallina sin cresta, echó un vistazo displicente a armaduras, tapices, yelmos y bargueños, y dijo: todo esto es muy hermoso, pero la sombrerería… ¿qué?, ¿me ayudarás a financiarla?

Cuando Liébard contestó que no era el momento de hablar de sombreros, que ahora iban a saludar al matrimonio Mercy-du-Pont, ella comenzó a patalear como una niña.

En realidad, desde que se le metió la idea en la cabeza, lo acosaba a todas horas: al hacerse el nudo de la corbata, al enjuagarse la boca con Denfri (¡sólo tendrías que avalarme!, le chillaba desde la cama, dando puñetazos a la almohada), al mondar una manzana, al agacharse para recoger un botón, al entrar en su Ford último modelo, al doblar la servilleta y hablar del tiempo mientras miraba por la ventana.

—Nevará si siguen pasando cuervos.

—¡Sólo un aval, y el resto lo hago yo!

Lo cierto es que de tanto oír «sombrerería», «sombrerería», la palabra estaba desposeída de contenido: los sombreros habían volado como en una tarde de viento; igual que los cuervos.

Coco vio a Erny por primera vez cuando éste conversaba con el matrimonio Du-Pont y otros huéspedes junto a la chimenea del salón principal y lo primero que pensó es que había en él algo de animal salvaje. Era un inglés que olía a jabón de limpiar monturas, más flaco que esbelto, cuya familia había amasado una fortuna en el comercio marítimo del carbón de Newcastle. Se decía que era hijo ilegítimo de un francés judío, o tal vez de uno de los hermanos Pereire, empresarios de los ferrocarriles franceses. El caso es que tenía una educación exquisita, hablaba francés a la perfección y en lugar de dilapidar la fortuna familiar, como casi todos los jóvenes ricos de la época, se dedicaba a la cría de caballos de polo. Erny hablaba con los otros huéspedes de la baja tasa de natalidad francesa de la que eran culpables el aborto, la emancipación de las mujeres y la propaganda neomaltusiana. ¿Alguien ha leído Les Dames du Palais?, preguntó una de las mujeres invitadas. Y esa misma mujer comenzó a hablar de la «ambición» y el egoísmo de la nueva mujer, esa mujer abogada o doctora que es capaz de sacrificar el amor y la maternidad por su carrera y que acabará amargada, envejecida, fea. ¡Consumida!, gritó Coco, a la que Liébard no había tenido la delicadeza de presentar (y pensó: tienes las tetas caídas, guapita, intentas subirlas con ese sostén de cazo, pero da igual).

También decían que Europa estaba que echaba chispas. Erny era amigo del que había sido primer ministro, Georges Clemenceau y, como él, opinaba que había mucho resentimiento, que en cualquier momento estallaría un conflicto. La anexión de Alsacia-Lorena, por ejemplo, impedía cualquier posibilidad de reconciliación entre Francia y Alemania, y de «germanización».

Durante el día los invitados se dedicaban a la caza del zorro. Salían al amanecer, con ocho perros de pelaje negro, grandes aulladores, cuando la luz abría boquetes y los mirlos cantaban sin saber por qué, y volvían sobre las tres de la tarde. Un día, Erny y Coco se separaron del grupo y cabalgaron hasta un marjal. Detuvieron los caballos junto a un arroyo. Erny se entretuvo arrojando florecillas que arrancaba de un arbusto al agua mientras lanzaba miradas a su acompañante. Coco se sentó en un tronco y se concentró en observarlo. Iba vestida con una americana de hombre —de franela gris—, con corbata masculina y pantalones ajustados a la pantorrilla. Creo que también te dedicas a la moda, dijo. Así es, contestó La Flaca sin saber si era del todo cierto. Aunque había hecho alguna cosa para su uso personal, desde que estaba con Liébard no trabajaba en serio. Pues se nota, dijo Erny. ¿En qué?, preguntó ella. En tu elegancia. Erny siguió lanzando flores. Es una elegancia a la inversa, añadió, masculinizada. Hacía frío y empezaba a oscurecer. Una golondrina se posó en la orilla del arroyo para sorber un poco de agua. ¿Por qué has dicho «también»?, preguntó Coco de pronto. Erny se azoró un poco. No, dijo, por nada…

De pronto él preguntó: ¿Y tú y Liébard?

Coco le clavó los ojos: fue una mirada dulce, a la vez terrible y desafiante. La noche anterior había oído a los otros invitados hablar de su cáscara dura, de su manera de abordar las cosas. Como buen inglés, Erny hablaba del tiempo, de las estaciones, de los cultivos, pero nunca llegaba a profundizar en nada, o eso decían. La cáscara parecía irritar a los demás porque en el fondo guardaba cierta prepotencia, una pepita de insolencia. A Coco no le pareció que esa pregunta fuera superficial.

A decir verdad, desde que lo conocía —tres o cuatro días— no le había llamado la atención ese silencio de desprecio del que hablaban los otros.

Tampoco su belleza, que otras mujeres consideraban excelsa. Ni siquiera le habían llamado la atención sus enormes ojos verdes, tan verdes y melancólicos que parecían transmitir sillas y mesas, mujeres que se caen; ni su espíritu de justicia, ni el dominio de sí mismo fundado en el dominio de lo que lo rodeaba, ni sus cabellos engominados, ni sus dientes de purasangre; ni su sangre de hijo de financiero educado en colegios ingleses; ni sus virtudes que abrían alas y respiraban en un sólido colchón económico.

La primera mañana que amaneció allí, una fragancia amarga, un olor a sudor o a cuero (o excrementos) atravesó las puertas del castillo, subió las escaleras, dobló bruscamente las esquinas y la despertó. Por la tarde, cuando los invitados tomaban una copa de vino en la terraza, Coco advirtió que aquello no procedía de los establos; era él, Erny, sentado frente a ella, quién despedía el olor. Olía a caballo y a bosque. Olía a limpieza de sillas. Mientras alguien soltaba un aburrido monólogo, se quitó un zapato por debajo de la mesa, buscó la pierna de Erny y la acarició con el pie desnudo; él se limitó a mirarla de reojo. ¿Yo y Liébard?, contestó Coco junto al arroyo. ¿Por qué me lo preguntas? Vi cómo te trata Liébard, dijo Erny, y creo que te tiene muy descuidada.

A la vuelta de la excursión, a Coco los pensamientos le hervían en la cabeza como habas en una olla. Liébard la despreciaba, y se lo habían tenido que decir los demás. Nunca le ayudaría a montar su tienda de sombreros, no se tomaría la molestia, él ya tenía todo montado en la vida para que la vida no le molestase, para que la vida se callase. La trataba como a una niña. ¡No!, como a una niña no. Como a un caballo al que de vez en cuando acariciaba los menudillos y miraba los dientes. ¡Ah!, pero no. No la trataba como a un caballo, tampoco como a una niña. ¡Como a un útero! Nunca le ayudaría a ser independiente porque aquel hombre no quería mujeres independientes sino úteros. Úteros que se pasan el día esperándole sin hacer nada. Úteros que se quedan en la cama hasta mediodía leyendo novelas de tres al cuarto. Úteros que lloran cuando el hombre se va de juerga. Úteros que se llenan de niños. El dinero es lo que hace libres a las mujeres, se dijo. Y la libertad de las mujeres, la posibilidad de libertad, produce un miedo atroz a los hombres. Por eso es conveniente que el útero no trabaje, que se ensanche sí, pero que no trabaje.

Por la tarde, bajó al salón para charlar con la baronesa Diane de Tohschild, Kitty, y otras señoras. Hablaron del precio de los apartamentos, de la escasez de perros chihuahua en París y también de moda, de un nuevo corsé terapéutico y reductor hecho de goma, inventado por un tal doctor Walter que, según una de las señoras, había matado por asfixia a una mujer. Kitty comenzó a criticar al gran modisto Poiret. ¿No lo conocéis? Es ese tonto con ojos de langosta y barba a lo Francisco I que tiene un salón con alfombras rojas y sedas tricolores en el barrio de la Ópera, en una casa con jardín estilo Versalles, camino de gravilla y un guarda suizo uniformado. Con gran desparpajo contó que el muy mariquita se había escandalizado porque una vez ella se había desnudado en su salón para probarse un vestido de tarde, y que había tenido la osadía de echarla a empujones. Todas rieron. A continuación se hizo un silencio, y Kitty aprovechó para lanzar a Coco la pregunta que había tenido en mente desde su llegada:

—Luego…, ¿tú eres ahora la nueva de Étienne?

Nueva. Por la noche, en la cama, Coco no dejó de repetir la palabra: nueva, nueva, ¡nueva…! Luego, pronto estaré ¡usada! Cuando Liébard estiró el brazo para alcanzarla, ella le dijo que tenía dolor de riñones. Y de cabeza, añadió dándose la vuelta.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Liébard ya se había ido. Había dejado una nota sobre el aparador. Decía: «Nenita, como imagino que andas con las incomodidades propias de la mujer, tan fastidiosas, me hago cargo (sé que por eso “pataleaste” el otro día en la escalinata), he pedido a la princesa Baba de Faucgny-Lucinge que me acompañe a la cacería».

Coco sintió un sofoco desde las puntas de los pies hasta las mejillas. Permaneció inmóvil, sin saber qué hacer, la nota entre las manos temblorosas. De pronto, la dejó caer al suelo y comenzó a rebuscar su ropa en el armario. No diría nada. Oh, no. Nada de gritos. Porque eso era lo que él quería, gritos. Sacó una falda, le echó un vistazo rápido y la arrojó contra la ventana. Se vestiría y a continuación bajaría. Entraría en el comedor como si tal cosa. Sacó una blusa de seda, pero también la lanzó por los aires. Desayunaría, en la mismísima mesa de la princesa Baba, donde seguramente también estaría Liébard. Hablaría del tiempo que hace hoy, de los espeluznantes y coloridos retratos de los fauvistas y de la Europa que está al borde del colapso. Muy sosegada (ella no estaba al borde del colapso), dejaría que su novio se fuera con la ociosa princesa, sin que en su rostro se dibujara la más mínima alteración.

Conteniendo apenas su exasperación, siguió buscando en el armario, hasta que por fin encontró la blusa que deseaba. Se vistió, se puso unos tacones altos y un sombrero de ala ancha y bajó. En el hall principal se encontró con otra de las señoras: pobre, dijo con cierto retintín y echándole una ojeada de arriba abajo, pues sí que estás mal. Coco no pudo responder, sólo emitió un sonido extraño, gutural. Luego el muy cretino les había contado a todos que estaba indispuesta. ¿Indispuesta? Muy bien, pues indispuesta.

Entró en el comedor situado junto a la galería, donde el resto de los huéspedes desayunaba caviar y champán. Coco buscó con la mirada. Como había imaginado, ahí estaba Liébard, desayunando con la princesa Baba de las narices. Atravesó el comedor taconeando alegremente, sabiendo que las cabezas se volverían a su paso. Sintió las miradas en sus carnes. Le pareció oír risas. Por fin llegó a la mesa. Buenos días, dijo, intentando aparentar serenidad aunque temblando. La princesa Baba de Faucgny-Lucinge la miró, abrió mucho los ojos y dio un respingo. Liébard no pareció alterarse: Ah, ya estás aquí.

Coco se sirvió tostaditas de caviar y café, y comenzó a comer con voracidad, en silencio. Liébard retomó el hilo de la conversación. El zorro de los Pirineos no tenía nada que ver con el de Moytisac. Estaba desnutrido por culpa de la nieve, era mucho más pequeño, raquítico. La princesa aparentaba estar escuchándole, pero en realidad no paraba de lanzar miradas a Coco que, replegada sobre sí misma, manejaba los cubiertos y sorbía el café haciendo un ruido estrepitoso, como un sorber de vacas. Ahora, eso sí, decía Liébard mientras se servía más café, el zorro de los Pirineos es mucho más ágil, astuto, diría yo, y esto hace que la cacería sea más dinámica. Levantó la mirada y la fijó en Coco. Disculpad un momento, dijo risueño. La cogió con fuerza de un brazo y se la llevó a un rincón de la estancia:

—¿Crees que me hieres con tu comportamiento pueril y ridículo? — susurró.

—Eso espero —dijo Coco.

Él soltó su brazo bruscamente: pues aunque pusieras todo tu empeño en ello, nunca podrías herirme.

Volvieron a la mesa, donde esperaba, inquieta, la princesa Faucgny. Hoy saldremos un poco antes, prosiguió Liébard, esta vez dirigiéndose a ella; parece que hará menos frío que ayer. Qué bonito está el campo en marzo, ¿verdad?

De pronto, la cabeza de Coco se decantó hacia delante hasta que la cara se aplastó contra la mantequilla del cuenco. La princesa Baba pegó otro respingo y se echó hacia atrás, pero como Liébard seguía hablando, pensó que aquello podía ser normal y no dijo nada. El comedor entero fijó su atención en ese rostro sólido, resistente, hundido en la mantequilla; la gente cuchicheaba (¿estaría muerta?). Liébard comenzó a hablar de arte. Dicen que hay un pintor español que pinta putas y que tiene un cuadro que es una obra maestra, que en ellas está la geometría y sobre todo el cambio… En este momento, sin sacar la cara de la mantequilla, Coco habló. Dijo con voz de ultratumba: estoy indispuesta, muy indispuesta.

La princesa Baba agarró a Liébard del brazo. La geometría y el cambio…, prosiguió éste, pretendiendo no inmutarse, el cambio de los puntos, tragó saliva, de vista. La princesa empezó a sollozar. De pronto, Coco sacó la cabeza del plato, la escrutó ferozmente y le sonrió.

Una suave y sutil sonrisa de mantequilla que decía: eres una tonta ociosa que se sirve de doncellas para que te ciñan el corsé y te pongan las medias. La gente miraba para abajo, y era lo mejor que podían hacer porque en ese momento, Coco se encaramó a la mesa. Una vez arriba comenzó a patalear. Aquello fue demasiado para Liébard que se subió a una silla y la cogió del brazo. ¡Quién te crees que eres, eh!, la increpó. Coco le lanzó una mirada de loca: un útero, dijo. ¡Soy un útero! Liébard la sacó del comedor.

—Adiós, queridos —dijo ella, llevándose consigo una botella de champán y volviéndose hacia un público que ya empezaba a gozar con el espectáculo.

Una vez arriba, cuando Liébard la hubo dejado sola, fue al baño y se sentó en el váter. Comenzó a hipar y sollozar. Descorchó la botella y comenzó a beber. Y mientras bebía, se puso a orinar. La experiencia de hacer esas tres cosas a la vez —llorar, beber y orinar— le sorprendió. La sensación era insólita y maravillosa: el agua descendía hasta la boca en riachuelos resbalando por la nariz y las mejillas, el champán que orinaba establecía una continuidad con el que entraba por la garganta, que a su vez se mezclaba con el agua del llanto. Su cuerpo experimentaba una organización distinta. El nuevo circuito era mucho más directo, garganta, uretra.

Ya no existía el tiempo de espera, ni los intestinos, ni los riñones. Ni el útero.

El champán corría en vertical, libremente.

Atravesándola.