Coco
Capítulo 3
Salí del internado para adentrarme como un murciélago en el siglo XX, piensa Coco junto al ascensor del Hotel Ritz, frente a la bala (o la vida) que viene hacia ella.
Pero este siglo fue cambiando muchas cosas. Ahora, en aquella estación envenenada de gatos y humos —que resultó no ser la de París, sino la de Paillers, una población a doscientos kilómetros de la capital—, aclarándole a esa mujer que las cortinas no eran «corrientes» sino «cistercienses» del siglo XVI, a Coco la vida volvía a palpitarle como un sapo entre las manos.
Tenía algo claro: no sería monja. No aprendería a tocar el piano. No viajaría a Nueva York para comprarse un Steinway & Sons para luego volver a un recóndito internado de monjas con la frustración y una Estatua de la Libertad en la maleta. En aquella estación de mala muerte decidió que a partir de ahora, cada día de su vida, se levantaría de la cama para no ducharse con el camisón puesto, para no coser nidos de abeja a la luz polvorienta del atardecer.
Porque la vida es una sucesión de «noes»; y el primer no que tuvo que afrontar era que la mujer no quería las cortinas cistercienses. Luego tuvo que reconocer que Paillers no era París, que ella y su hermana se habían bajado por equivocación y que ya no tenían más dinero para seguir hasta la capital.
Paillers era una ciudad de veintidós mil habitantes que se alzaba a orillas del río Allier, con un centro histórico medieval que olía a callejón y a gallinas de corral, con una fuerte impronta rural. De hecho, muchos de sus habitantes criaban cerdos, vacas y cabras en los patios traseros de sus casas. Las casas ricas tenían un solo grifo o una bomba en el patio, pero lo normal era transportar el agua desde las fuentes municipales en cubos y cántaros. Sólo las calles principales estaban pavimentadas, y casi todos hacían sus necesidades al aire libre; así que, a primera hora de la mañana y a última de la tarde, un reguero espeso flotaba calle abajo, dejando junto a la cuneta un chantillí espumoso de cacas, harapos carmesíes y mondas de naranja. Esta nata, junto al agua jabonosa de los lavaderos y los residuos industriales de las fábricas iban a dar a los ríos, que eran un puro vertedero.
Algunos habitantes se contentaban pensando que vivían de la confección de sombreros y la producción de vinagre, pero lo que realmente generaba dinero eran las actividades que surgían en torno a los siete regimientos de caballería, entre los que destacaba el Décimo de la Caballería Ligera. Las mujeres confeccionaban y lavaban los uniformes de esos militares. Llegaban al río Allier a las seis de la mañana y casi nunca terminaban el trabajo antes de las siete de la tarde. Comían dulcecitos a la orilla del río para no desfallecer, golpeaban las casacas contra las piedras y de paso comentaban a voz en cuello si el teniente Veric de Caballería los tenía bien puestos (ésas eran palabras exactas, «bien puestos»), que si el que había ido el día anterior a dejar la camisa era bien parecido y si tenía maitresse o no. El trabajo en los talleres era aún más pesado: hervir las camisas, las prendas de lana y algodón. Pero siguiendo las pautas de otros países, las mujeres se habían constituido en sindicatos y grupos de tejedoras, encajeras, lavanderas, zapateras y sombrereras que enviaban delegadas a París y organizaban mítines y manifestaciones.
Las dos hermanas caminaban calle arriba cuando una muchedumbre les cortó el paso. Se trataba de una manifestación de mujeres que pedía la igualdad de salarios y la reducción de la jornada laboral. Muchas mujeres trabajadoras tenían que disfrazarse (de hombre) para recibir un salario de hombre, que era el doble. Las mujeres travestidas pululaban por la ciudad: una pulidora, una bombera, una violinista, una ladrona. Pedían, además, que la Ley de Protección de la Maternidad, que había entrado en vigor hacía unos meses, se aplicara con todas sus consecuencias, y que si una mujer se quedaba embarazada, que no la pusieran de patitas en la calle. O lo que era peor, después de dar a luz, muchas trabajadoras escogían ir a trabajar con los niños de teta, y se les permitía hacerlo, siempre y cuando aceptaran que les descontaran dinero por el tiempo que empleaban en amamantarlos.
Sin embargo, la vida estaba hecha de «noes» y la baja por maternidad no era obligatoria.
Para desconsuelo de las feministas —ése era el motivo principal de la manifestación—, durante este periodo no se pagaba ningún tipo de subsidio. En París, los dos parlamentarios que apoyaban con mayor energía esta disposición, el senador Strausti y el diputado Bonnety, consideraban la ley un primer paso; la segunda fase, indispensable, sería la baja por maternidad obligatoria y remunerada.
Las hermanas se cobijaron en el portal de una pequeña tienda de calcetería para esperar que pasase la riada humana. Entre la muchedumbre había algún que otro hombre desorientado (también pasaban cabras haciendo sonar sus campanillas), aunque la mayoría eran mujeres y niños. Algunas mujeres lavanderas acababan de terminar su jornada laboral y se sumaban a la manifestación con la ropa mojada entre cestones de mimbre crujientes. De pronto, una mujer salió de una casa, las agarró de un brazo y las hizo entrar.
—¿Quiénes sois? —les preguntó.
Se encontraron en una penumbra con un ligero olor a leche hervida, un ámbito increíblemente limpio. Limpia la cocina de mármoles nuevos, el piso y la mesa de madera, el aparador con varias fuentes de loza y las sillitas de mimbre con sus cojines gastados, pero impolutos. Limpia la mesa más pequeña que había al fondo con una máquina de coser y trozos de tela y retales, acericos, una cajita de dedales y un metro. La misma mujer era limpia hasta la náusea (y amable). Las hizo sentar y les dio un vaso de leche y unos bollos (somos niñas, respondieron). Echó un vistazo a la ventana y señaló con el mentón hacia los manifestantes. Aquí estaréis mejor, dijo.
Mientras mojaban los bollos en la leche, les explicó que esas mujeres pretendían un absurdo: cobrar por no trabajar. En qué cabeza cabe. Acabarán por perder sus puestos, dijo. Y lo que es peor: cuando tengan que volver, en lugar de trabajar diez horas al día, tendrán que hacerlo doce. Se calló y miró a las niñas de hito en hito. Ya no era joven —y esto lo sabía ella con una certeza exasperante—, pero conservaba un gran trasero de carnes de albaricoque. Para ser libre, dijo, uno tiene que ser capaz de hacer lo que quiere. Pero para poder hacer lo que se quiere, uno tiene que saber qué quiere, y esas pobres mujeres no saben ni quién fue la madre que las trajo al mundo. ¿Sabéis coser?, preguntó de pronto. Sí, dijo Coco. ¿Qué?, siguió la mujer. Nidos, dijo Coco, y al ver que la otra miraba sin entender, añadió: de abeja.
A cambio de su trabajo, las niñas fueron acogidas en la que resultó ser una popular tienda de ropa y complementos llamada Grampayre. Podían comer tres veces al día y disponían de la parte superior de la vivienda, una buhardilla limpia con dos camas, un armario, una mesa y una ventana abierta a la calle y a la buena compañía de las moscas. Los Desboutin, que así se llamaba el matrimonio que regentaba el negocio, contrataban a muchachitas educadas en colegios de monjas porque así se aseguraban de que cosían como ángeles. Coco estaba encantada de contar con «cierta» libertad para entrar y salir, mientras que Antoinette estaba resignada. Soñaba con que el notario que había conocido en el tren reapareciera, y por las noches se arrodillaba junto a la cama para pedirle a Dios que volviese y que la pidiese en matrimonio. Si viene tu notario, le decía Coco, que lo dudo, vendrá porque tiene que venir y no porque te arrodilles cada noche como una mojigata, así que ahórrate el esfuerzo. Antoinette le contestaba que ella era feliz en el esfuerzo.
Los Desboutin eran un matrimonio ejemplar para todo el vecindario por su conducta comedida (comedida no: irreprochable).
Cuando terminaban de comer y ella de recoger la mesa, se sentaban alrededor de la chimenea para gozar del calor y la placidez. Él dormía, y ella cosía; a veces también pensaba en la muerte, o en viajar a Tombuctú.
Todos los días a las cinco y treinta de la tarde echaban el cerrojo a la tienda, y sorteando el reguerito de espumas y cacas, descendían del brazo calle abajo en dirección a Notre-Dame. En la catedral tenían reservado un banco en la capilla de la Virgen Negra. Se trataba de una capilla en forma de cruz latina, gélida, que siempre olía a cera, donde pedían por los niños con viruela, o por las madres que se arrojaban a la calle a reivindicar los derechos de la mujer. También pedían por las mujeres que montaban en bicicleta y por las que no usaban corsé. Luego, la señora Desboutin se hincaba de rodillas y metía la cabeza entre los senos, como un pajarillo desangelado, para hacer su petición personal, un secreto que el mismo señor Desboutin desconocía.
Al terminar el rezo, volvía a emerger al mundo y se despedía de su marido que se encaminaba al Logis Henri IV. Allí él se reunía con otros hombres que, sumergidos en un sillón y con las piernas en alto y un aperitivo en la mano, resolvían los problemas del mundo. Desboutin casi siempre decía: Si muere Gertrud, Dios quiera que no muera (¡ni morirá!), haré un viaje por Europa.
Cuando volvía a casa con la cara violeta de haber fumado habanos, ella tenía preparada una deliciosa cena. Durante los días más fríos, un fuego en la chimenea para que se relajase. Le quitaba los zapatos y le hablaba en tono bajo y placentero, porque la vida de un hombre era ciertamente dura y su deber era proporcionarle un poco de ánimo. Minimizaba cualquier ruido. Le escuchaba, le dejaba hablar primero. Nunca se quejaba si llegaba tarde, o si después de ir al hotel pasaba por otros lugares de diversión sin ella.
Simplemente intentaba comprender su mundo de tensión y estrés y, sobre todo, recordaba que él era el «amo» de la casa.
Le animaba a poner en práctica sus aficiones e intereses, sirviéndole de apoyo sin ser excesivamente insistente. Si ella había tenido algún problema con las clientas, intentaba no aburrirle hablándole de eso; los problemas de las mujeres eran triviales comparados con los de los hombres.
Revolvían la sopa con la cuchara, en un silencio hecho de círculos concéntricos, remolinos que succionaban las anécdotas insignificantes del día, comentarios respetuosos (Myriam, la del tercero de calle de la Paix, está embarazada, o han dicho que el miércoles nevará), prácticamente amables, nunca insidiosos o agresivos; y cuando daban las diez y media, él se levantaba y subía ceremoniosamente la escalera que conducía al lecho matrimonial.
—Gertrud, ven.
Siempre, todas las noches igual.
—Sí, ya voy.
Una vez en la alcoba, ella ahuecaba rápidamente el edredón de plumas. Sabía que debía tener un aspecto inmejorable en la cama, y en cuanto a la posibilidad de relaciones íntimas, tenía bien presente sus obligaciones matrimoniales: si él sentía la necesidad de dormir, que así fuera. De modo alguno le presionaba o le estimulaba. Ahora bien, si su marido sugería la unión, entonces ella accedía humildemente, teniendo en cuenta que la satisfacción del hombre era más importante que la suya.
Cuando el señor Desboutin alcanzaba el momento culminante, un pequeño gemido por parte de ella era más que suficiente (desde sus camitas, Coco y su hermana oían: ¡oh!, y a veces: ¡oh!, ¡oh!). Si el señor pedía prácticas sexuales inusuales, ella era obediente. Después él solía caer en un sopor profundo, y ella aprovechaba para ordenar su ropa, refrescarse y aplicarse la crema facial. Ponía el despertador para estar en pie un poco antes que él: esto le permitía tener lista una taza de té para cuando él despertase.
Cuando su marido estaba dormido llegaba lo mejor del día: abría una vieja caja de latón con olor a polvo húmedo y a galletas de la que sacaba unas fotografías pringadas de papas. Nadie sabía a quién pertenecían porque las escondía como oro en paño; las chicas de la tienda comentaban que las miraba una y otra vez (y las besaba), hasta quedar dormida.
En cuanto él se despertaba, a la mañana siguiente, daba un saltito de alegría y salía corriendo por el pasillo como un loco, chocaba con las paredes, cosa que ella agradecía porque a esas horas de la mañana olía mal. El hombre olía a hombre, sábanas y pedos, cosa que no le habría confesado ni muerta.
A veces, él le compraba rosas en un puesto de la calle que solía tener las flores más frescas y hermosas de la ciudad. Llegaba haciendo sonar sus botines de nanquín; Coco imaginaba que detrás de esas flores había un bicho negro. Una chispa de odio.
Con el paso del tiempo, la señora Desboutin se dio cuenta de que Coco no sólo era hábil con la aguja y el hilo sino que tenía una especial gracia para atender a las señoras. Le ofreció alternar su trabajo de costurera con el de dependienta. Las señoronas, nobleza y alta burguesía de una sociedad todavía muy estratificada, quedaban pasmadas ante la nueva moda de los calzones por debajo del vestido y los sostenes —cazos soperos— que comenzaban a sustituir a los corsés y a la ropa interior de encaje o seda. Aprovechando las ocasiones en que la señora Desboutin no andaba por allí, Coco emprendió su pequeña revolución: explicaba a las señoras que las cinturas de avispa habían pasado de moda, porque a los hombres lo que les gustaba era la carne, y que las ballenas de los corsés, aunque magnificaban el tamaño del busto, lo que verdaderamente hacían era exponer demasiado y «quien expone, quita».
Coco se levantaba muy temprano y se ponía a trabajar. Le gustaba diseñar lo que iba a coser, aunque luego improvisara. Le gustaba salir a media mañana a tomar café con leche en el local donde se reunían las feministas de la revista La Fronde para hablar de la subida de las fuerzas de la izquierda y de los anarcosindicalistas de la Confederación General de Trabajadores (CGT). Le gustaba echar un vistazo a los puestos del mercado de la plaza donde unas bocas desdentadas gritaban ¡melocotones!, ¡peras! Allí se exponían flores, chatarra de chamarilero, gallinas y crestas de gallinas, quesos caseros, foie-gras, legumbres y verduras. Le gustaba que se oyera la puerta cuando volvía; dar órdenes a las otras empleadas, aunque llevaban más tiempo en la casa que ella.
Coco se hizo muy popular entre las clientas que casi siempre preguntaban por ella o pedían su consejo cuando se compraban una prenda nueva. Al principio todo aquello la satisfacía. Pero poco a poco se le vino encima el aburrimiento. Aquella vida, las señoras que no conseguían liberarse del moho del siglo XIX, los sostenes, ¡y la ciudad olía a gallina tanto o más que el campo!, pensaba de codos sobre la mesa. Comenzó a añorar lo único que realmente había vivido: el internado, los baños en el río, los paseos al ultramarinos y los caramelos de menta. Añoraba la imagen de Meg la Larga, sus largas piernas avanzando por el pasillo. Ahora podía leer novelas de Glyn cuando quería, pero ya no le interesaban. Entró en una especie de modorra. Gritaba a las empleadas y despreciaba la amistad que le brindaban algunas de las clientas más jóvenes. Todo, empezando por ella, le resultaba insoportable.
A veces se hacía apuestas extrañas: si hoy veo a un enano caminando por la calle, es que mi vida va a dar un giro de ciento ochenta grados. Naturalmente, aquel día no veía a ningún enano caminando por la calle.
Antoinette le decía: tener la confianza puesta en un enano es más triste que tenerla en Dios.
Una tarde después de echar el cierre de la tienda, Coco se quedó en la trastienda, casi en penumbra, embebida en el diseño de una atrevida chaqueta recta, sin cuello. La señora había salido al funeral de un conocido empresario de Paillers. De pronto, entró el señor Desboutin, que comenzó a revolver en las estanterías donde se guardaban los sostenes que las señoras dejaban para arreglar. Había una luz extraña, hecha de polvo y lentejuelas; fuera pasaba la vacada del vecino y por la ventana abierta llegaban la fragancia del estiércol y el tintineo de los cencerros. Coco se escondió detrás de un gran butacón, más por instinto que por miedo o respeto. El señor Desboutin comenzó a sacar prendas de los cajones, faldas, cintas, blusas, hasta que se encontró con un sostén. Se pasó la lengua por los labios y echó una ojeada a su alrededor. Entonces, ante el pasmo de la muchacha, se llevó el sostén a la nariz y aspiró su aroma; a continuación se situó frente a un espejo, se lo pasó por la cintura, cerró el cierre y se lo probó.
A partir de entonces, casi todas las tardes cuando su mujer no estaba, el dueño de la Casa Grampayre, volvía a la carga. A hurtadillas, tropezando con los muebles, bajaba de su habitación y en la oscuridad de la trastienda se iba probando, uno tras de otro, los grandes sostenes de sus clientas. Primero cogía el blanco, luego el rojo de lunares y se le erizaban los pelos del brazo. Pasaba del grande al pequeño, del cosido al descosido, del de raso al de seda, la lengua le chasqueaba de puro gusto, los ojos se le salían de las órbitas, gemía, y casi se desplomaba del esfuerzo. Cuando terminaba abría la puerta de la galería y corría hacia el jardín; junto a un arbusto se desabrochaba la bragueta y orinaba copiosamente sobre las prímulas. Luego volvía a entrar a la tienda, se sentaba en el butacón y se cubría la cara.
Unos días después de que Coco sorprendiera al señor Desboutin probándose los sostenes de las clientas, la señora la mandó llamar. Cuando subía las escaleras, Coco pensó que aquello era el fin de su relación laboral, que señoras tan amables y desprendidas no existen en la tierra y que si la hacía subir a su alcoba era porque sabía, la otra sabía que ella sabía lo que ella también sabía, es decir, lo de su marido. La señora Desboutin miraba por la ventana, embobada. Afuera, unos niños saltaban a la comba. Estoy muy orgullosa de ti, le dijo al verla entrar. La señora sostenía entre sus manos uno de los diseños de moda de la muchacha. Creo que tienes un talento especial, no sólo diseñando moda, sino también con las clientas.
Las palabras eran hermosas y Coco no pudo menos que sentirse halagada y reconocida. Pero los ojos de la señora, carentes de toda vida en otras ocasiones, ahora la miraban con una luz insidiosa. El reproche le saltó a la cara.
De pronto sintió cómo el reproche subía desde el suelo, trepaba por las cortinas y le saltaba a la cara. Luego la señora se inclinó un poco con un crujido correoso de corsé y volvió a posar los ojos en la ventana: Son tan preciosos…, dijo refiriéndose a los niños.
Esa tarde llovía a mares (llevaba meses diluviando en toda Francia) y se acercó a la tienda un hombre. De vez en cuando alguno lo hacía. Eran hombres más o menos audaces, que desafiaban las convenciones atreviéndose a entrar para comprar alguna prenda para sus mujeres (o queridas). Coco y su hermana cosían en la trastienda cuando lo oyeron hablar con las otras empleadas. Hablaba de la tremenda inundación de París a raíz de la crecida excepcional del Sena. De pronto el hombre dejó de hablar de inundaciones y con mucha flema preguntó por un sostén. Un sostén de esos que llaman «divorciados», es decir, que separan los pechos. Al señor Desboutin, que fumaba un puro en su butacón, se le erizaron los pelos del brazo. La señora Desboutin, que contaba las facturas pendientes de pago, miró por encima de su monóculo. Las dependientas que lo atendían no pudieron evitar soltar unas risitas.
—No sé por qué se ríen, señoritas —dijo el hombre—, nunca he entendido por qué los pechos tienen que andar arrejuntados al desgaire.
Antoinette dejó caer la aguja y una sonrisa de felicidad se extendió por su rostro. La lluvia caía fuera, era como si cayeran gotas de zinc o elefantes de circo, porque al golpear contra la cubierta de la tienda hacía un ruido de metal, de cacharros que golpean cacharros y de felicidad. Coco la miró: tenía trenes en los ojos.
Antoinette se dirigió al mostrador. Sin pensarlo dos veces, arrebató de las manos el sostén «divorciado» que una de las dependientas había comenzado a mostrar al distinguido cliente con el fin de mostrárselo ella misma. Confirmó sus sospechas. El hombre era el notario que la había invitado a un refresco en el tren que tomaron desde los Cevernios. De eso hacía ya tres años y medio. El sostén es muy cómodo, le dijo abarcándole con la mirada.
Al notario también le crecieron trenes en los ojos. Estaba alojado en un hotel de Paillers, ciudad que visitaba con cierta frecuencia porque era allí el experto en herencias y testamentarías; de momento no podía volver a París por culpa de las inundaciones. Durante un par de semanas (ése fue el tiempo que se necesitó para drenar el agua de las plazas y calles principales de París y limpiarlas de desechos), Coco, su hermana y el notario salieron juntos a pasear, porque no estaba bien que una señorita como Antoinette andara sola con un hombre.
Solían frecuentar un lúgubre local donde una pequeña orquesta amenizaba las veladas y los domingos y días festivos se daban matinées musicales. Se trataba de una sala oscura con un pequeño escenario, que iluminaban con una luz blanquecina varias decenas de bombillas. Más arriba y al fondo, tras un fantástico enredo de cuerdas y telas decoradas, se abría el escenario. Cada vez con más frecuencia, Coco y Antoinette salían a cantar. Se pintaban los labios y se adornaban los párpados con horrendas pestañas artificiales, se vestían con lentejuelas, collares de abalorios y brazaletes de hojalata, desfilaban hacia el escenario (por el camino, los hombres intentaban tocarles el trasero, sin que el éxito o el fracaso en esa empresa alterara sus rostros lo más mínimo), se sentaban en una silla y, forzando una postura artística, entonaban cualquier canción.
Lo interesante de esos locales es que no hacían distinción de clases, los ricos se mezclaban con los obreros. De modo que la noche que cantaban demasiado mal (las chiquillas tenían encanto y un no-sé-qué ácido, pero su voz recordaba a la de las gallinas del atardecer), se podía ver a aristócratas y obreros castigándolas con una lluvia de huesos de cereza.
Al cabo de unos días, la señora Desboutin se sentó a hablar con ellas. Amablemente les dijo (no les dijo: les insinuó) que todavía eran muy jóvenes y que, con todo el respeto del mundo, el notario no lo era y aquel mundillo de las matinées no era el más apropiado para ellas. Que simplemente tuvieran cuidado y averiguasen las intenciones de aquel hombre. Luego la señora Desboutin se levantó y alisó cuidadosamente la falda. Por cierto, dijo.
—Tenemos que pensar en ampliar el negocio.
Mientras pronunciaba esas palabras, ampliar-el-negocio, Coco la miró a los ojos: en el fondo negro de esos ojos negros, pensó, yace una espalda.
Una espalda, la espalda del otro que siempre es el preludio de algo que acaba de ocurrir.
Y al verla remontar la escalera pensó: una mujer gorda siempre tiene una espalda estrecha. También pensó que todos los gestos, toda la esencia de aquella mujer partían de ahí. Por la noche, desde su cama, Antoinette sacó a colación el consejo de la señora Desboutin. Dijo que agradecía mucho su amabilidad, y que para ella, la señora había actuado como si fuera su madre, ¿no te parece, Coco? Coco se incorporó súbitamente. Detestaba los consejos. ¿No se daba cuenta Antoinette de que la gente sólo da los consejos que son buenos para ellos?
Al día siguiente diseñó su primer vestido para mujeres gordas, que fue el éxito de la Casa Grampayre. Se trataba de una prenda holgada, con muchos pliegues, el talle bajo para evitar los traseros caídos. Un éxito, y así lo reconoció la señora Desboutin delante de todo el mundo; pero seguía observándola con una mirada torva.
Antoinette volvió a coger el tren para visitar a las monjas del internado. De algún modo, se sentía agradecida. Meg la Larga ya no toca el piano, le dijo a su hermana al volver. Las otras monjas le habían contado que un día de enero se despertó, se sentó frente al piano, se encogió sobre sí misma con intención de tocar y luego dijo: se acabó. Fue hasta el cobertizo, cogió un hacha, volvió a entrar en el edificio y se lió a hachazos con el piano. A hachazos con el talento, le contaron las monjas.
Hizo que otra hermana arrojara las astillas del Steinway por la ventana, mientras ella, los pelos revueltos sobre la cara, observaba con perverso placer.
Poco a poco, la Casa Grampayre encontró la manera de ampliar el negocio. Aprovechando la coyuntura (ése fue el argumento de la señora Desboutin), aparte de vender chales, faldas, sostenes, crespones y vestidos, comenzó a confeccionar y retocar los uniformes de los jóvenes del Décimo de la Caballería. Se trataba de apuestos oficiales, húsares y chasseurs vestidos con guerreras azul celeste con galones, alamares, trenzas de pasamanería, botones dorados y capotes forrados de pieles a la espalda. La señora trabajaba cada vez más, pero no dejó de visitar la catedral. En lugar de bajar una vez al día, bajaba dos: por la tarde rezaba por el mundo y por la mañana por la madre que la parió (o eso pensaba Coco). Cuando volvía, buscaba a la muchacha con la mirada. La escrutaba intensamente. Un día, Coco la sorprendió esnifando rapé mientras miraba fotos de su caja de latón. Cerró la caja de golpe y se disculpó diciendo que el rapé le despejaba la cabeza.
Por su parte, el señor Desboutin compraba flores cada vez con mayor asiduidad. Ella le esperaba en la puerta: has tardado, le decía.
Comenzaron a discutir en la cama. Palabras amargas, ininteligibles, que valen un instante e inmediatamente se pierden elevadas en la noche. Era extraño; a veces, cuando el señor Desboutin no estaba, Coco creía oír bramidos. Bramidos de vaca (o de mujer en celo) que rasgaban la oscuridad.
Una mañana, a eso de las once, vino un chico a recoger un enorme arcón que la señora Desboutin había preparado para que se llevaran. A las once y quince, ante la severa mirada de la señora (el señor Desboutin tenía la suya puesta en el suelo), un coche de caballos se alejaba calle abajo con el arcón. En la Casa Grampayre no volvieron a venderse sostenes.
En los locales de alterne, a los veintiún años, Coco conoció al que sería el primer hombre de su vida. Aquel día se había dicho: si hoy veo a un enano andando por la calle, entonces es que conoceré al hombre de mi vida. Aquel día no vio a ningún enano, pero sí conoció a Liébard Balsain, un oficial con cabellos espesos que siempre olían a champú. Acababa de ser promovido al Décimo Regimiento de la Caballería Ligera. Coco siempre había pensado que el amor llegaría de otro modo, con palpitaciones y sudores, la sangre corriendo por las venas como ríos de leche. No fue así, pero no le dio mucha importancia. Liébard era el más joven de tres hermanos, hijo de una familia que había hecho fortuna en la industria textil. Había pasado su infancia en un internado de Inglaterra, donde además de aprender inglés a la perfección se había aficionado a los caballos de manera apasionada. Por su parte, ella le contó que sus padres habían muerto, y que la habían educado unas tías ricas y bigotudas que eran propietarias de unos prados de hierba corta, mala para producir leche pero muy apreciada por los caballos. Las tías, unas mujeres pérfidas, engendros de la naturaleza, se dedicaban a la cría de caballos (caballos con cascos de vaca) que luego vendían al ejército.
Ahí, le dijo, aprendí a cabalgar a pelo y a ser limpia; y mientras decía esto, y muchos otros disparates, Coco se daba cuenta de que la niña Coco, o la adolescente Coco, es decir, ella, no era más que un «cuento» hecho de pedazos o jirones. Habitaba esa historia de tías ricas y malvadas como podía habitar cualquier otra. Y las palabras (tías, ricas, malvadas) eran redes tendidas para apresar en vano lo que nunca fue. El caso es que a Liébard le gustó. Además le conmovió su forma de bailar sobre el escenario, su mediocridad, su alborozo ante los aplausos, un alborozo hecho de vergüenza y complejo; tanto, que la invitó a pasar el domingo en las carreras.
Aquel ambiente de los hipódromos (Autuil o Chantilly) sedujo a la muchacha. Los establos, las pistas, los jinetes escuálidos con sus camisas de colores, el olor a heno y caca mezclado con el perfume de las vizcondesas, abejas en torno a un trozo de pastel. La Flaca observó esa danza histérica por excitar la libido masculina que terminaba convirtiendo a las mujeres en muñecas de busto y trasero prominente. Y sobre todo la moda y las conversaciones superficiales. Le sorprendió la variedad abigarrada de los trajes, los sombreros que parecían puestos de verduras hechos de tafetán y tul, encajes, martas y faldas que arrastraban por la hierba. Los hombres vestían chaqueta corta y entallada, suéteres de cachemir, polaina gris perla y cabello engominado aplastado sobre el cráneo.
Le impresionó la riqueza, y al observarla pensaba en cómo sería si aquello fuese suyo.
En aquel momento, el modisto de moda era Paul Poiret. Liébard le contó que era un hombre de origen muy modesto cuyo padre, un vendedor de telas, lo había colocado en una paragüería que tenía un taller de fabricación propia. Pero el chico mostraba una curiosidad insaciable por el dibujo y la sastrería femenina y, con la ayuda y el estímulo de su madre que incluso le regaló un pequeño maniquí, comenzó a confeccionar los primeros trajes que luego mostró al ya consagrado modisto Doucet. Según Liébard, él era quien había roto los moldes de la alta costura tradicional.
El atuendo de los jinetes le pareció a Coco aún más fascinante: muchos años después sacaría de aquellas camisas de satén azul muchas de las ideas de sus magníficas colecciones. Liébard y Coco acudían una vez por semana a las carreras, a veces acompañados por Antoinette y el notario (que alquiló un piso en Paillers). Hablaban de política, de música, de arte, del nuevo idioma vegetal y animal del hierro colado del metro de París. Hablaban de un pintor contrahecho que pintaba a las prostitutas de los burdeles de París. Todo podía ser objeto de conversación y Coco lo asimilaba ávidamente.
Una tarde, al ir a tomar un té a la cafetería del hipódromo, a Coco le pareció distinguir entre un grupo de personas las espaldas estrechas de la señora Desboutin. Ese día, poco antes de salir de casa, mientras ésta cepillaba con esmero el traje de su marido y sabiendo que Coco iba a encontrarse con su novio, le había hablado sobre la felicidad que supone el matrimonio y la vida en común (no había dicho «noviazgo», había dicho «matrimonio»), sobre todo cuando una parte se esfuerza en complacer a la otra. Incluso se había aventurado a hablar de los hijos, aunque al decir esta palabra, no pudo por menos que bajar la cabeza.
Pero la mujer de espaldas estrechas no estaba sola en el hipódromo, sino acompañada por un jovencísimo oficial. Cómo va a ser la señora, le dijo Antoinette con reproche, tú siempre pensando mal. Coco se acercó a la barra para verla mejor. No le fue posible porque en ese preciso momento irrumpió un hombre contando a gritos que Marguerite Durand, la fundadora de la revista La Fronde, estaba colgada de la marquesina del hipódromo y que amenazaba con lanzarse a las pistas si no se reconocía la maternidad como «función social» («función social», eran las palabras que lanzaba a voz en cuello desde la marquesina). La mayoría de los presentes no tenían ni idea de lo que era aquello, pero sí entendieron las molestias que acarreaba. Primero, porque tuvieron que desalojar el edificio para que la policía pudiera actuar con agilidad. Segundo, porque la señora Durand llevaba puestos unos pantalones de hombre.
Dos días después, cuando Marguerite Durand salía de la cárcel en París y era aclamada por un grupo de feministas, un hombre se presentó en la tienda. Estaba muy alterado, y preguntaba por la señora Desboutin. No tendría más de diecinueve años, un chico con las orejas de soplillo vestido con el uniforme de oficial de caballería. Las dependientas se echaron a reír, y él se alteró aún más. Sacó las prendas de las estanterías y las arrojó al suelo con despecho. Tiró los trajes colgados de los percheros; arrancó los foulards de los maniquíes. Apenas se le entendía; pero entre sollozos parecía decir que la dueña de aquella tienda le había robado dinero y —aquí el chico miró hacia abajo lleno de pudor— le había «desvirgado». Las dependientas querían morirse de la risa y la señora Desboutin, que estaba revisando en la trastienda facturas con Coco, que escuchaba sin inmutarse, de vez en cuando hacía una mueca de asco.
El chico siguió erre que erre. A medida que hablaba, las palabras cobraban un tono más encendido. Entonces pasó a los detalles: aquella señora, dijo, por si no lo sabían las dependientas, se relacionaba con muchos oficiales de caballería, por eso la tienda estaba llena de casacas y capotes forrados. De pronto, desenvainó el sable. Las chicas dejaron de reír. En la trastienda, a la señora Desboutin se le cayeron las facturas al suelo.
El renacuajo prosiguió con los detalles, detalles demasiado íntimos para haber sido inventados, detalles que la señora no tuvo más remedio que oír (y englutir) mientras recogía los papeles del suelo, a cuatro patas, y unas gotitas de sudor le resbalaban por la frente: hablaba de la faja, de las medias, de las fotos ¡de los oficiales de caballería!, entre ellos él, que guardaba en una caja de galletas, del miriñaque, de sus gemidos a media noche, de que esnifaba rapé, oh.
Ya nadie tenía la osadía de mirar al chico. Y no sólo por el bochorno que provocaban las palabras. Aquello resultaba demasiado familiar. Increíblemente familiar. De pronto, surgió el señor Desboutin de alguna parte. Atravesó lentamente la trastienda, pasó delante de su señora y luego fue hasta la puerta que daba a la calle.
Durante unos minutos permaneció quieto, las manos colgando, los ojos muy abiertos, estupefactos, como si todo aquello no fuera con él.
Salió sin decir ni mu (la puerta se cerró tras de él), rozando las prímulas meadas y dejando a su paso un perfume de pedos y sábanas.