Coco
Capítulo 18
Pero al abrir la puerta de su suite del Ritz, se encontró con algo que le hizo olvidar. Incluso se olvidó de la decepción de no tener mensajes ni cartas de amor, ni admiradores esperándola en la recepción.
Al entrar, esparcidas por el hall, vio las ropas de su criada, como si ésta hubiera sido sorprendida y obligada a huir en el acto de vestirse o desnudarse: el delantal, las medias un poco más allá, el uniforme negro con almidonado delantal blanco, el sujetador barato y las bragas arrojadas sobre la silla, la cofia de encaje. Un poco más allá, estaba toda la parafernalia de limpieza, la escoba, la fregona, el cubo, restos de agua sobre el parquet.
Coco pensó en lo peor: tal vez Marie había empezado a sentirse mal y no había tenido tiempo para reaccionar, mucho calor, eso era, palpitaciones, taquicardia, porque el asunto al que tenía que atender, y para el que le había pedido unos días libres, no era sino su propia enfermedad, ¡qué desconsiderada había sido!, su doncella estaba enferma y ella no le había dado ni un par de días libres para un chequeo en el hospital. O no, no era la enfermedad. Eran sus hijos. El asunto que tenía que atender eran sus hijos, ¡qué lío!, ya no sabía… Quedó inmóvil, sin saber qué hacer, la maleta en una mano, el labio palpitándole, verde como el buche de una rana, la música procedente del gramófono, la voz de una mujer que reconoció al instante, Lorina Morgan, Si supieras que el amor llega más tarde un disco suyo. y
Pero la música no venía sola; lo acompañaba un canturreo alegre, como de cuerdas vocales estropeadas, era ¿Marie?: no. Marie era demasiado seria, jamás se atrevería a cantar mientras trabajaba, aunque últimamente hacía cosas muy raras. Desde el incidente de la rodilla, la relación había cambiado. Coco sentía en todo momento la necesidad de «dominar» a su criada, y por ello la acechaba, para descubrir una falta, un error que fuera excusa para una buena regañina. No era fácil porque Marie era metódica y disciplinada, el pijama siempre doblado y las toallas limpias, el suelo fregado y las camas hechas. De modo que ambas, ama y doncella, estaban en cierto modo esclavizadas: la una por el trabajo; la otra por la vigilancia del trabajo.
De pronto pensó que nunca había tenido verdaderas atenciones con ella, como si la pobre mujer fuera un perro o un gato, nunca la había compadecido, nunca le había preguntado acerca de su salud, o de su familia en Polonia.
Por el contrario, solía jugar con la idea de coger un hacha y abrirle la cabeza por la mitad; cierto que nunca le había puesto la mano encima como otras señoras acostumbraban hacer con sus criadas, pero sí la había asustado con sus gritos y su mal humor.
En todo caso, últimamente, Marie tenía una conducta extraña. Varias veces había insistido en que le diera vacaciones, ¿para hacer, qué? Por fin la doncella le confesó cuál era el asunto que tenía que resolver en su tierra natal, algo que ansiaba ferozmente: cuando emigró a Francia, había dejado allí a sus dos hijos a cargo de sus padres con la intención de volver a verlos todos los veranos. Pero el viaje era caro y ella nunca había sido muy ahorradora, bastante hacía con conseguir enviarles dinero. Además, siempre surgía algún gasto inesperado. Por eso se consolaba con las cartas que recibía, que eran breves y pocas. Ahora, después de veinte años, por fin había reunido el importe necesario. Coco le había dicho que podía irse sin problema (la libertad de una mujer es muy importante, le dijo llevándose el índice a la nariz en un gesto aleccionador), que simplemente le avisase con uno o dos días de antelación y que ya se apañaría ella sin doncella.
Oyó entonces, en el baño, un chapoteo, un alboroto como de alas de pájaros en tensión, un remolino de faldas agitadas en el agua, o algo parecido, ¿qué estaba ocurriendo allí?
Dejó el impermeable y atravesó el hall cautelosa como un lince en dirección a la salita de estar: nadie. La voz de Lorina Morgan llegaba ahora descarnada, lúgubre, si supieras que el amor, abriéndose camino codo con codo junto a aquella otra voz de mujer adelgazada, llegaaaa más tardeeeeee, que ciertamente le resultaba familiar. Entró en su habitación: las puertas de su guardarropa estaban abiertas de par en par y, sobre la cama, yacía su propio vestuario: faldas, jerséis, pantalones, chaquetas, abrigos. Alguien había estado fisgando en su armario; alguien había estado sacando las prendas y, a decir por el aspecto de algunas (vueltas del revés, arrugadas, una manga metida…), ¡probándoselas frente al espejo!
Avanzó hasta el cuarto de baño y se asomó: el váter cerrado, sus cosméticos perfectamente alineados junto al lavabo, el espejo reluciente. Siguió el recorrido con la vista hasta que ya no pudo dar crédito a sus ojos: del borde de la bañera colgaba un vestido de crep negro suyo y ¡había alguien en la bañera! Reculó un poco, pensando que algún loco, quizás un admirador o admiradora de esos que hacen cosas descabelladas por conocer a los famosos, podría haberse colado en su suite sin que nadie se diera cuenta. Pensó en llamar a la seguridad del hotel, pero no lo hizo, quien cantaba seguía haciéndolo como si tal cosa; decidió entrar. A un metro de la bañera, no tuvo la menor duda.
Era Marie: despaturrada, insolente en su fealdad, se jabonaba una teta ingente que despuntaba en la superficie del agua como un iceberg, los brazos y las axilas, el pubis frondoso, canturreando, mirando al techo con la expresión ausente con la que las criadas pasan una bayeta sobre un aparador. De tanto en tanto soplaba la espuma, que crujía como vainas de mazorca, y sacaba un muslo del agua para dejarlo caer pesadamente: una doncella de porquería, en suma. Coco se quedó muda. ¿Por qué?, era incapaz de saber qué le impedía dar unos pasos y abalanzarse sobre la otra: en su corazón comenzó un golpeteo intenso, sintió que su sangre se disolvía un poco, convirtiéndose en el mismo sentimiento áspero que le producía la música de Lorina Morgan. Sin saber por qué, pensó en los lagartos de agua. Cosas frías, verdes, de panza escamosa, que alguna gente alimentaba con gusanos.
Ah, pero no perdería el dominio de sí misma como le ocurría siempre. Se dio media vuelta, cogió la maleta y el impermeable y salió lentamente de la habitación. Se sentó en un sofá del pasillo, erguida. Al rato movió la maleta y el impermeable hasta situarlos a la altura de la rodilla. Enseguida volvió a adoptar la postura inicial, los ojos inyectados en sangre, la vista puesta en el vacío, incapaz de entrar y echar un buen rapapolvo a su criada. ¿Qué tendría aquella mujer, aquella mujer de pueblo y nada más, que le inspiraba esa suerte de «temor» o «respeto»? Comenzó a hacer algo que no había hecho en mucho tiempo: arrancarse los cabellos. Mirando al frente, uno a uno, canas y no canas. Cuando se tranquilizó, vio cómo algo, un objeto blanco hecho añicos en el suelo del pasillo salía disparado por la puerta de su suite. Se levantó y acercó a echarle un vistazo: era la estatuilla, el regalo que Coco le había traído de Nueva York, que había despreciado y acabado de romper lanzándolo por la puerta. ¡Marie acababa de lanzar y romper (y despreciar) «la libertad» que ella le había traído a la vuelta de su viaje!
Una hora más tarde, pisando los restos de la estatuilla que apartó con la punta del zapato, Coco traspasó la puerta de la suite como si nada hubiera ocurrido. La ropa de la criada ya no estaba en el hall, ni la suya esparcida sobre la cama, y el cuarto de baño no tenía el aspecto de haber sido utilizado. Marie la saludó; durante toda la tarde vagó de un lado a otro de la casa, limpiando y colocando cosas con indiferencia despectiva. La Flaca dudó; lo ocurrido esa mañana, ¿no habría sido producto de su imaginación?
Ese mismo día, no ganó para sobresaltos (ella, que siempre había pensado que el sentimiento más desagradable es el sobresalto), al entrar en su taller se encontró con una escena que la dejó sin aliento. Delante de la tienda, apostadas en la acera, unas cincuenta dependientas sonrientes agitaban las manos y saludaban a los fotógrafos de la prensa, que esperaban enfrente. Otras, sentadas sobre las telas o los vestidos sin terminar, sujetaban carteles hechos a mano que decían: «Huelga de brazos caídos». Junto a las dependientas había unas cincuenta costureras, algunas con la bata.
Coco echó un vistazo, giró en redondo y volvió a desaparecer por la puerta del Ritz. Atravesó el lujoso hall haciendo caso omiso al bonjour, mademoiselle del recepcionista y llamó al ascensor. Iba refunfuñando: ¡huelga de brazos caídos!, ¡sentadas sobre mis vestidos!, ¡qué desfachatez! Le parecía increíble que esas mujeres se hubieran unido a la masa, a la masa de dependientas y costureras, para dejar de hacer lo que ella, Madame de…, había ordenado. Además, inmediatamente había percibido la cohesión de ese grupo en huelga.
Subió hasta el séptimo piso, recorrió el pasillo lanzando dentelladas al aire, y volvió a introducirse en su habitación. Lo que le preocupaba era que esos brazos, esos brazos «caídos» pudieran tener un efecto contagioso sobre otros brazos. Y lo que era peor: que la prohibición de alzarlos liberara a sus trabajadoras de la cotidianidad del trabajo.
Se sentó en un butacón, soltó unos cuantos rebuznos por la nariz, y llamó a su doncella: ¡Marie! Siguió pensando: ¿cómo era posible? ¿Disturbios entre las tropas? Sus empleadas ¡estaban cerrándole el acceso a su propia boutique!, ¿cómo se atrevían? Antes de conocerme no eran nada, se dijo; no eran más que dependientas semejantes a otras mil. Pero yo las hice mis dependientas y ahora son únicas en el mundo. De no ser por mí, ¿dónde estarían esas tontas?
Aquello era una humillación que la reina con orgullo de campesina no superaría nunca. Se levantó.
—¡Marie!
Y comenzó a deambular de un lado a otro de la habitación como una pantera rabiosa.
—¿Deseaba, la señora?
—¡Lárgate de aquí! ¡Quién te manda andar por medio, siempre por medio, gorda sin entrañas!
Y usted, flaca, enana feroz, murmuró la otra al entrar en la otra estancia, y con toda la hermosura de su cuerpo rozó intencionadamente la estatuilla de la Libertad que Coco había pegado y volvía a lucir sobre un aparador. Cayó al suelo y se rompió de nuevo; la doncella lanzó una sonrisita.
Coco telefoneó a un amigo abogado y le contó lo ocurrido. Éste le aconsejó que se calmase (ella dijo que estaba tranquila, pero el movimiento de las aletas de su nariz indicaba lo contrario), y que, sobre todo, no se tomase la huelga como una cuestión personal. Los trabajadores, no sólo del sector textil, estaban atrincherados en las fábricas (en Citroén y en los grandes almacenes, por ejemplo); el país entero estaba sacudido por una oleada de «huelgas de brazos caídos» que no remitirían hasta que el frentepopulista Blum se comprometiera a cierto número de reformas inmediatas. Más tarde, aquella misma mañana, cuando la furia de Coco se había transformado ya en dulces, Marie, es que estaba un poco alterada, o en Marie, perdóname los gritos porque ¿qué haría yo sin ti?, aquella misma mañana, se presentó en el hotel una delegación de trabajadoras.
Cuando el recepcionista avisó a La Flaca por teléfono, ella dijo que se negaba a entrevistarse con las delegadas de los talleres, pero que cuando ella lo dispusiera recibiría en su despacho a sus trabajadoras. Una de las delegadas arrancó el teléfono de manos del recepcionista. A través del aparato le gritó a Coco: ¿acaso ya no se acuerda usted de cuando, quince o veinte años atrás, participaba en los congresos organizados por los movimientos feministas y era parte de la CNMF? La Flaca colgó el aparato y se quedó muda, enfurecida, resoplando en la butaca durante unos minutos. Al rato bajó al hall principal con intención de encararse con ellas, pero las delegadas habían desaparecido. El recepcionista la escrutó con rostro displicente.
—No eres en absoluto un recepcionista —le dijo ella—, no eres nada aún.
Unos días después se reunieron en el Hotel Matignon, residencia oficial de Blum, representantes de la asociación de los empresarios y líderes laborales. Era la primera vez que se producía en Francia un encuentro similar. Los trabajadores exigían un aumento de salario comprendido entre un siete y un quince por ciento, el derecho a un convenio colectivo y a afiliarse a los sindicatos, a una semana laboral de cuarenta horas y a unas vacaciones anuales pagadas de dos semanas de duración. Después de muchas presiones por parte de Blum, las dos partes llegaron a un acuerdo.
Coco se resistía a utilizar la palabra «negociar». Se le pasó por la cabeza echar a la calle a trescientas mujeres que imponían la aplicación de los acuerdos de Matignon, pero era consciente de que, si a finales de julio no se había conseguido encontrar una solución, no había esperanza de presentar la colección de otoño-invierno. Mientras tanto, la Schiaparelli trabajaba con ahínco para presentar su propia colección con dibujos de Cocteau, chales y sombreros con reproducciones de artículos periodísticos que hablaban de ella, y sus ya conocidos vestidos con bolsillos como cajones y botones de langostas y acróbatas. Como tenía muchos menos empleados, apenas le afectaba la huelga. Sólo la posibilidad de que otra diseñadora pudiera desbancarla hizo que La Flaca se tragara el orgullo y ofreciera mejores condiciones a sus trabajadoras.
La Schiaparelli estaba de moda. Acababa de inaugurar su nuevo apartamento, encargado a Jean-Michel Frank, el interiorista más reputado de la época, para promocionar su nueva línea. Había allí obras de Dalí, Bérard y los hermanos Giacometti. La Flaca había sido invitada a la inauguración y cuando la italiana quiso saber qué opinión le merecía su nuevo hogar, Coco le soltó que aquel sobrio ambiente moderno le producía escalofríos.
—Escalofríos como si fuera un cementerio —le contó a su doncella a su regreso, los pies en alto, mientras se dejaba desenrollar las medias.
Como era habitual, Marie no hizo comentario alguno; se limitó a ofrecerle una taza de té. Pero aquel día, La Flaca lo había pasado mal con el éxito de la Schiap: ¡todos esos artistas danzando alrededor de la italiana como si no tuvieran nada mejor que hacer! ¡Todas esas prendas que exhibían modelos esqueléticas en medio de enfebrecidos aplausos! Además, durante la reunión se había hablado del matrimonio de la diseñadora italiana con el conde William de Wendt y alguien, sin darse cuenta, como de pasada, le hizo a Coco un comentario que le hizo mucho daño: tú estás con un duque, pero lo de casarte… Ahora, junto a la criada, tenía ganas de ensañarse con alguien, pero esa tonta pueblerina nunca se prestaba a ello, no tenía entrañas para nada…
—Oye —gimió entonces, y cogió de un brazo a Marie, como si fuera a escaparse—: ¿dónde está la Estatua de la Libertad que te traje de Nueva York? Hace tiempo que no la veo en su sitio.
—Se rompió —dijo al cabo de un rato, colocando un platillo bajo la taza y acercando el azúcar para el té—. Se me rompió mientras limpiaba —añadió con una mueca de disgusto, apretando mucho la boca—. Y mire que lo siento, señora.
—Pues sí, deberías sentirlo, y mucho. Porque el atributo más sagrado que nos concedió Dios es ése: el del libre albedrío. Poder decidir lo que hacemos con nuestra vida, si nos casamos, por ejemplo. ¿Tú estás casada, Marie? ¿Tienes hijos? O poder decidir qué tipo de trabajo desempeñamos, porque ser diseñadora está muy bien, sí, pero la Schiaparelli, ¿has oído hablar de ella?, no es más que una mujer atada a todos esos sombreros y lazos. ¿Comprendes, Marie? Esconde su alopecia con sombreros y lazos. Y detrás de esos sombreros y lazos, zapatos, botones langosta y tiras de cuero pintadas que parecen también lazos esconde su mediocridad. Necesidad de escandalizar y nada más, ¿comprendes?, ataduras que no le permiten desempeñar su trabajo con libertad: una trucha que se agita entre las piedras de la orilla. Por cierto, ¿te bañaste el otro día en mi bañera? —preguntó de pronto.
La criada cogió la bandeja con la taza vacía y se dispuso a irse sin contestar.
—¡Contesta! —se oyó entonces.
Marie se detuvo en el umbral de la puerta y, sin volverse, dijo muy lentamente: mademoiselle, ¿para qué iba yo a bañarme en su bañera?
Aquella vaga respuesta (en realidad, pregunta, desafío), aquella sonrisa, fue el principio de una transformación: una rotura. Marie había chapoteado en su bañera, estaba segura, y se había probado su ropa. Pero ahora resultaba que, además, Marie no sólo no tenía necesidad de explicarse, de pedir disculpas, sino que la desafiaba. Su criada, su fiel y sumisa y silenciosa Marie había empezado a invadir su terreno —como también sus dependientas de la calle Cambon—, y una vez más, ella no había sabido reaccionar. Era como si la cuerda en la que se concentraba la tensión existente entre ama y criada se hubiera roto de pronto, acontecimiento físico: fatiga del material. En realidad todo seguía como siempre —el té preparado y la criada esperándola para quitarle los anillos al entrar en casa, desenrollarle las medias y hasta espantarle las moscas—, pero a partir de entonces, sin saber por qué, Coco dejó de lanzar el zapato al aire (ya no lanzaba nada al aire, lo dejaba todo ordenado por miedo a lo que la otra pudiera pensar de ella) y de pedir que le hicieran las cosas porque se sentía débil frente a la criada. Simplemente eso, débil.
De vez en cuando, La Flaca seguía viéndose con Cocteau, Bretón y Picasso, que eran la sal de París, así como con Satie, Stravinsky, los surrealistas y otros tantos más. Por encargo del gobierno republicano de España, Picasso había pintado el gran cuadro mural Guernica para el pabellón español en la Exposición Mundial de París: caballo, toro, agresión, violencia destructiva, negro, gris, blanco. El pintor concibió primero la idea de satisfacer ese encargo con una representación alegórica de la libertad del arte, reflejada en una escena de atelier con pintor y modelo. Sin embargo, cambió de tercio al recibir la noticia del bombardeo de Guernica, la ciudad santa vasca. Las fuerzas aéreas falangistas, integradas por unidades españolas, italianas y alemanas dirigidas por un comando alemán, destruyeron la ciudad, en un ataque que duró tres horas y media. Picasso decía con amargura que el objetivo del ataque no tenía ninguna relevancia militar, y que la destrucción había sido un acto de terror gratuito.
En cuanto a Cocteau, se había convertido en el «protegido» de Coco pues ésta le financiaba su alojamiento en el Hotel Castille, las curas de desintoxicación de opio en el sanatorio Saint-Cloud tras la muerte de su amante Radiguet, y hasta los vicios. En cierta ocasión, llevó a Westminster a una de sus reuniones con los artistas. Resultó ser un fracaso: las conversaciones eran demasiado sutiles y los chistes tremendamente complejos para un duque inglés. Al descubrir que Cocteau andaba mal de dinero, Westminster le ofreció, con su buena voluntad, escribir la «historia de sus perros», cosa que no hizo sino ofender al escritor y empeorar las cosas.
—Quiero que escojas —dijo La Flaca un día, bastante tiempo después de aguantar los rumores de boda del duque, mientras comían filetes de lenguado a la havresa y champiñones a la crema en un lujoso restaurante de París.
Estaba harta de ser «una más» de las muchas acompañantes del inglés, sobre todo ahora que la coyuntura política era tan delicada. En enero de 1939, las tropas del general Francisco Franco llegaron a las inmediaciones de Barcelona, y casi medio millón de soldados y ciudadanos civiles republicanos abandonaron la ciudad en dirección a la frontera francesa. En marzo, Hitler invadió Checoslovaquia y Mussolini hizo lo mismo con Albania tres semanas más tarde. Mientras Édouard Daladier asumía poderes de urgencia como cabeza de la coalición, Francia y Gran Bretaña iniciaban conversaciones con la Unión Soviética para formar una «triple alianza» que impediría a Hitler marchar sobre Polonia. La guerra era inminente, y Coco sabía que esta vez le sería muy difícil sacar provecho de las circunstancias como ocurrió en 1914. Además, estaba amargada, desalentada, pesarosa. No sabía si quería casarse, en realidad no estaba segura de nada salvo de que no quería acabar como Poiret, que llevaba ya varios años dando tumbos por el mundo del diseño.
De vez en cuando, Coco se enfundaba un abrigo de pieles, se ponía unas gafas oscuras y cubría la cabeza con un pañuelo. Bajaba al hall principal del hotel con la esperanza de que hubiera algún admirador, algún periodista esperándola para fotografiarla. Al llegar abajo alzaba el rostro lentamente, con la precaución del que quiere ver sin ser visto, los ojos en continuo movimiento debajo de las gafas oscuras, ansiosos, vigilantes y un poco aterrados.
Más allá de la recepción y del recepcionista, más allá de la gente que entraba y salía con toda normalidad, no había absolutamente nadie. Volvía a subir achicada, enanizada por la decepción. Estaba claro que ya no era la que había sido.
Quizá también por eso, por esa necesidad de sentirse reconocida, mencionada, distinguida sobre los demás, precisamente en los momentos en que más débil se sentía, ocurrió el incidente con el recepcionista del Ritz. Un día, después de pasar por el hall por la mañana y de oír, una vez más, el machacante bonjour, mademoiselle del pobre hombre, se le ocurrió que pediría una cita con el director del hotel. Se sentó frente a él y le dijo: quiero que despida usted a su recepcionista. Al preguntarle el director los motivos, ella contestó: por feo. Tiene que haber algún motivo más, dijo el otro, quizá le ha dicho algo que la ha incomodado…, o le parece que no es competente para ese puesto. Es perfectamente competente, sentenció ella. Simplemente, quiero que lo despida, por feo. Entonces, el director se levantó, y extendiéndole la mano (y también una afectuosa sonrisa), le dijo:
—Mademoiselle, es usted una de mis clientas más respetables y siempre que me lo pida, estaré dispuesto a escucharla, incluso a acceder a sus… —se aclaró la garganta— «caprichos», como hice el día en que usted decidió instalarse aquí, retirando todo el mobiliario de la suite real, o como hacen los cocineros, atendiendo a sus «preferencias» un tanto «desmesuradas», porque quiero que se sienta usted como en su propia casa, pero comprenda que despedir a un empleado que lleva en la casa más de veinte años por feo, además, en un momento tan delicado como éste, en que la guerra parece a punto de estallar, no me parece…
—Si no lo despide dejaré el hotel esta misma tarde —sentenció La Flaca.
—Pues lamentaré mucho su decisión —contestó el director.
Con que esa noche (por supuesto, Coco no había dejado el hotel, entre otras cosas porque no tenía a dónde ir, además de ser consciente de que su petición era, efectivamente, un «capricho») necesitaba que Westminster la adulara un poco, que le endulzara los oídos diciéndole que, entre todas esas mujeres de la aristocracia que andaban rondándole, optaba por ella.
Westminster quedó pensativo, la vista puesta en el plato. Dijo al cabo de un rato: los champiñones a la crema.
—¡Estoy hablando de que escojas una esposa! —gritó La Flaca.
Como siempre, Coco no podía (no sabía) esperar. El mal humor y las explosiones de rabia la llevaban a encenderse como una antorcha cuando alguien no era lo suficientemente rápido en sus reacciones. Le daba un plazo de dos semanas para decidir si era ella o no la que se convertiría en la tercera duquesa de Westminster.