Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 21 de 25

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Coco

Capítulo 20

 

¿Cómo recordar al mundo que la alta costura seguía existiendo aunque la materia prima fuera escasa y la legislación severa?, que la ropa se conseguía con cupones, que los visillos se convertían en faldas y los cortinajes en vestidos de novia, recuerda Coco en el Hotel Ritz, a punto de desplomarse sobre el suelo, cuando le parece que su asesina es una vieja como ella. ¿Cómo producir un vestido que costaba 30.000 francos cuando la mayoría de las mujeres no tenía ni para comprar leche para sus hijos?

Durante la guerra, todo estaba prohibido. Prohibidas las joyas, las pieles, las puntillas. Cantidad de tela por prenda, largo y ancho máximos de las faldas, número máximo de botones, hebillas, pliegues. Prohibidos los puños de vuelta y vueltas en los pantalones. Y, sobre todo, prohibido el maquillaje. Prohibidos los trajes de noche y en su lugar, los robe d’ambassade, mucho más discretos. Prohibidos los zapatitos a juego con otros complementos; en su lugar: los zapatos de corcho sujetos con tiras, los cinturones de pedazos de madera, las bolsas de mano hechas con restos de alfombras.

Sin embargo, se dice La Flaca en el pasillo del hotel, mientras el resto del mundo se aprieta el cinturón, las francesas están dispuestas a demostrar que son las que mejor visten del mundo: labios pintados de rojo oscuro, vestidos de colores vivos, faldas campesinas, turbantes para el cabello. Su doncella Marie pasaba ahora a engrosar la lista de las asesinas sospechosas. Por aquel entonces, piensa (y había que pensar, pensar más rápido, la bala ya rozaba la nariz) eran muchas las mujeres con motivos para odiarla, con motivos para salir de su casa con una pistola, un frío 1 de enero de 1971 y dirigirse al Hotel Ritz. Con motivos para llamar al ascensor y subir hasta la séptima planta. Con motivos para esperar hasta que saliese la víctima, mirarla fijamente y disparar: motivos para matarla.

Cuando entró Marie en la suite con regalos para sus hijos y una maleta que acababa de comprarse, La Flaca cacareó desde el butacón de la esquina:

—No te vas.

(Pero no se odia a quien se considera inferior: si estorba, se le da una patada).

—¿Cómo dice?

Un mes después de que Coco se hiciera pasar por su doncella por teléfono renunciando al billete para viajar a Polonia, las fuerzas alemanas, apoyadas por la masiva potencia aérea de la Luftwaffe, invadirían la parte occidental de Polonia y someterían a los mal equipados ejércitos. Simultáneamente, la Unión Soviética, actuando de acuerdo con las cláusulas secretas del pacto nazi-soviético, penetró en la mitad oriental de Polonia, dos semanas después de la invasión alemana; esos movimientos privaron a Marie de toda posibilidad de regresar y de volver a ver a sus hijos (si es que aún estaban vivos) porque su país fue, literalmente, borrado del mapa. No había podido irse por una rabieta más de La Flaca.

—Lo que oíste: no te vas.

—Pero mademoiselle.

—No te vas.

Aunque la moda sufrió estragos en todo el país —el racionamiento obligó a decretar normas estrictas, del 3 de septiembre de 1939 al 10 de mayo de 1940—, París vivió la guerra sin que la rutina cotidiana cambiara gran cosa. El black out (apagar las luces al atardecer) y el toque de silbato de los encargados de mantener todas las manzanas a oscuras, así como la distribución de máscaras antigás que nunca se utilizaron, eran prácticamente los únicos inconvenientes. La mayor parte de los franceses consideraba que no había necesidad de derramar sangre para salvar Dantzig y, por tanto, de meterse en una guerra mayor.

—Vampiro —dijo Marie.

—¿Cómo dices?

—Digo que es usted un vampiro. Y le diré más…

Coco no la dejó acabar. Sabía que lo que venía a continuación no le iba a gustar. Por lo que la interrumpió con un:

—La guerra ha cambiado muchas cosas. Adiós, Marie, estoy segura de que volveremos a vernos en alguna ocasión. —Y se encerró en su habitación mientras la sirvienta recogía sus cosas.

Una mañana muy temprano, antes de que llegaran las empleadas de la calle Cambon, veinte días después de que Francia entrara en la Segunda Guerra Mundial, Coco comenzó a ordenar el taller. Doblaba las telas sueltas y las clasificaba por calidades (tul ampuloso, por aquí; liso satén por allá; hilo suave en este cajón, poliamida y poliéster ligeros, licra elástica por allá), silbando de felicidad metía los rollos y los trozos de tweeds campestres sobrantes en las repisas, los fruncidos y los ribetes, las franjas de colores, tiras de lentejuelas, las plumas, la chenilla, las flores de tela, los hilos dorados, los botones de strass, las joyas falsas en los cajones. Desnudó los maniquíes que llevaban cartelitos con el nombre y medidas de las clientas habituales y los tapó con mantas (ea, les dijo, a dormir). Luego se dedicó a barrer y a dejarlo todo como los chorros del oro. Y luego, echó un vistazo a su alrededor.

Volvió a sacarlo todo, lentejuelas, tules, chenillas, y a descubrir los maniquíes que arrastró hasta la ventana. La abrió y lanzó todo el material a la calle. En dos minutos el taller estaba vacío. Inútiles ternuras, se dijo, para hacer espacio, espacio, espacio y silencio; zonas de silencio y sombra.

A las diez hizo llamar a la delegada de las trabajadoras que se quedó perpleja al ver la estancia vacía. Le dijo:

—Siéntese. —Y a continuación, esbozando una sonrisa radiante—: ¿Qué tal sus brazos?

La delegada se miró los brazos y luego se giró y la miró a ella, extrañada.

—¿Mis brazos?

—Sus brazos —contestó Coco llevándose los codos a la cintura y ahuecándose como una gallina—: Los bracitos, mujer. La «huelga de brazos caídos».

—¡Ah! —dijo la otra—. Se refiere usted a eso…

Jefa y empleada se escrutaron en silencio.

—La he hecho llamar para que sepa que ya no tendrá que dejarlos caer nunca más —sentenció Coco.

Ese día se tomó la revancha de la huelga vivida en la calle Cambon que tanto daño le había hecho y dejó a sus empleadas de patitas en la calle. Cerró el negocio argumentando que estaba arruinada. No era exactamente así; habrían hecho falta veinte guerras para arruinar su economía. Era su corazón el que estaba arruinado.

Por aquel entonces, la llamaron de la National Broadcasting Corporation (NBC), la radio norteamericana, para hacerle una entrevista en un espacio de entretenimiento. Cuando le preguntaron por el duque, ella explicó al país entero que habría podido ser la mujer más rica del mundo, en el sentido literal del término, pues Westminster le decía todos los días: coge todos esos Rembrandt, esos Frans Hals son tuyos, my darling.

Cuando quisieron saber qué motivos la habían llevado a romper las relaciones, ella se encogió de hombros y contestó:

—Simplemente, le dije: no te quiero. ¿Te gustaría acostarte con una mujer que no te quiere? —y añadió—: Gracias a mí comprendió que no podía tener todo lo que quería, que la alcurnia no significaba nada frente a una francesa insignificante que le decía que no. Fue un duro golpe para él; como consecuencia ha perdido el equilibrio.

—Pero entonces —insistieron—, ¿no estaba usted enamorada?

Ella adoptó un aire solemne. Contestó soplándose un mechón de la frente: enamoriscada.

También le preguntaron por su competencia, Marcel Rochas (el creador de las hombreras), por Mainbocher que también vestía a las actrices de Hollywood, por el joven Balenciaga y, sobre todo, por la Schiaparelli. Circulaban rumores de que si finalmente había decidido cerrar su casa de modas era porque la italiana le había hecho sombra, por la envidia que sentía hacia esa mujer que había conseguido eclipsarla con sus esplendorosos desfiles, y no por la guerra, como había dado a entender a todo el mundo. La Flaca contestó:

—No creo que ningún pavo real envidie a otro su cola, porque todo pavo real está convencido de que su cola es la más hermosa del mundo. En consecuencia, los pavos reales son aves muy apacibles.

—¿Y qué piensa —le preguntaron entonces— de que sus vestidos hayan empezado a ser plagiados por modistos de poca monta?

—Me parece muy bien.

—¿Muy bien?

—Muy bien porque detrás del plagio hay siempre admiración y amor.

—Luego puede decir usted que está usted satisfecha con lo que ha conseguido en la vida.

—Nadie está nunca satisfecho con lo que ha conseguido.

Los dejó fascinados. Le preguntaron si podían hacerle una foto y ella dijo:

—¡Me encanta que me fotografíen!

Se despidió firmando autógrafos a los periodistas y preguntó dónde estaba la salida.

—Vaya usted hasta el fondo del pasillo y luego tuerza a la derecha —le dijeron—. No tiene pérdida.

Ella les miró.

—Es más fácil «perderse» que «encontrarse» a sí mismo —sentenció entonces.

Y mientras bajaba la escalera del edificio, los redactores —sobre todo las mujeres— comentaban que era encantadora, despierta, extraña y fiera, sorprendente. Ingeniosa. Sobre todo ingeniosa.

Al pisar la calle, Coco se puso los guantes blancos y unas gafas oscuras. A continuación giró la cabeza a izquierda y derecha para asegurarse de que nadie la observaba y arrancó a llorar amargamente.

Volvió a verse con Misia y Sert que siempre la recibían de buena gana, ignorantes de que en lo más íntimo de su ser, desde que descubrió que su amiga había sido amante de Erny, La Flaca la odiaba. También, de vez en cuando, iba a ver a Picasso quien, como otros artistas, sufría porque no podía viajar a la Costa Azul o a Royan, además de las cotidianas consecuencias de la guerra, como la imposibilidad de encender la calefacción en invierno. En otoño de 1940, el pintor se mudó al taller vivienda de la calle des Grands-Augustins, que sería su único campo de acción durante esos años oscuros. Era un espacio lúgubre, tan estrecho que no había sitio ni para columpiar a un gato de un extremo a otro de la pared. Había jaulas de pájaros, platos, hornillos y azulejos españoles, pero todo presentaba un aspecto no sólo frágil sino también vacío. Abría el taller para las visitas de los alemanes y solía repartir entre ellos tarjetas con reproducciones del Guernica. En una ocasión, al preguntarle un oficial alemán si los suyos habían inspirado la terrible escena del cuadro, Picasso le respondió: oh, usted, no.

En todo caso, el París ocupado no tenía por qué serle hostil a Coco, y se quedó a vivir en el Ritz, aunque sin Marie, claro está. A fin de disponer de unas dependencias más íntimas, encargó al hotel la construcción de una escalera desde su suite de dos habitaciones hasta un dormitorio en la buhardilla. La nueva habitación era pequeña y estrecha como la celda de un convento, pero a ella le gustaba. En cuanto entró empezó a cambiar los muebles de sitio. Miró los nuevos espacios desde distintos ángulos y se sentó a pensar.

Después de un rato, como hiciera la primera vez que se instaló en el hotel, abrió la ventana y lanzó a la calle todo lo que le sobraba. Las cómodas, mesas, armario, sillas, alfombras. También tiró la ropa, abrigos, jerséis y vestidos, vació sus cajones de ropa interior, cosméticos, revistas de moda, libros, cartas. Aunque en realidad no eran muebles y objetos personales lo que lanzaba; era la rabia, sus mentiras, sus celos, el resentimiento, su incipiente soledad y el miedo. Fuera, pues, y muy lejos, el miedo a equivocarse, el miedo a la censura de los demás, todo iba cayendo a tumba abierta, fuera, fuera, fuera, todo se estrellaba contra el suelo con la fuerza de ese gesto de grandeza que consiste en tomar y arrojar cosas a manos llenas. Fuera el miedo a querer. Y mientras regalaba y arrojaba, comprendía. Comprendía que la esencia de la vida estaba en ese «arrojar», en ese deshacerse. Un ir arrojándolo todo. O, en ese «deshacerse». O en esos espacios vacíos y en el rigor. Tan sólo conservó un icono que Stravinsky le había regalado en una ocasión y un reloj de pared que había pertenecido a Erny.

La calma chicha parisina se acabó el 4 de junio, cuando las fuerzas alemanas bombardeaban las afueras. Diez días después, París era ocupado y el gobierno francés, que ahora dirigía el mariscal Pétain, pedía el armisticio el 17 de junio desde su refugio de Burdeos. Miles de personas huyeron, entre ellas Coco, quien al oír que los alemanes ocuparían el hotel, embaló sus pocas pertenencias en cajas que marcó con su nombre y se guardaron en los sótanos del Ritz. Después de mucho buscar, consiguió un chófer, un hombre de mediana edad que accedió a sacarla de París en el Rolls a cambio de una cantidad, pero ¿adónde ir? Mientras guardaba sus cosas, se acordó de que su hermana la había invitado miles de veces a su casita con jardín, funcional y fácil de limpiar. Alzó la vista para mirar por la ventana —sí, allí podría refugiarse por un tiempo— y se quedó bloqueada: justo enfrente, en un edificio de la calle Cambon, un hombre estaba a punto de lanzarse desde el séptimo piso. Dirigió la vista hacia abajo; había gente corriendo de un lado a otro, con gran frenesí ya que había que escapar lo antes posible, pero nadie parecía haberse apercibido de lo que estaba a punto de suceder.

El hombre había conseguido situarse en la marquesina, sólo le faltaba dar el salto, caer contra el suelo en el hervor del alquitrán. Coco no podía moverse, ni gritar no, no lo haga por Dios, mucho menos bajar a la calle para intentar impedirlo o pedir ayuda. Era incapaz de mirar por la ventana; de hecho, no lo hacía. De pronto cogió el icono de Stravinsky y lo contempló un rato con la cabeza gacha, forzando la vista para no desviarla hacia la ventana. Cuando acabó de hacer las maletas, La Flaca bajó a la recepción mirando al suelo, el icono entre las manos. Y mientras descendía en el ascensor pensó que aquello era así aunque también podía no serlo. Al cerrar la habitación, no había oído ningún cuerpo estrellándose, ni los gritos despavoridos de la gente en la plaza. Quizás el hombre seguía en la marquesina, quizá se había retirado. Si todavía estaba allí, en cualquier momento ella misma podría dar marcha atrás, volver a subir, salir al pasillo y gritar hay un hombre: hay un hombre que está a punto de suicidarse, bajar a la calle, llamar a los empleados del hotel para que secundasen sus gestos, situarse justo en el lugar donde el hombre estaba a punto de lanzarse y volver a gritar, gritarle: no, no lo haga, tiene usted muchos motivos para seguir viviendo.

Aunque, a decir verdad, ¿qué motivos tendría ese pobre hombre para seguir viviendo? Además, se hacía tarde. Había que huir lo antes posible. Y entonces, un poco más allá de la entrada, se oyó un grito y empezó a apiñarse la gente. ¿Qué pasará?, preguntó el chófer. Y Coco, sin atreverse a levantar la cabeza, la vista aún fija en el icono que apretaba en su mano derecha, ea, nos vamos, ya nos hemos entretenido demasiado, la gente anda muy alterada con esto de la guerra. Atajaron por las calles del centro, se cruzaron con gente que abandonaba la ciudad en coches, bicicletas, autobuses destartalados e incluso carretas de bueyes repletos de colchones de hierro, maletas a reventar y rechinar de camiones, bolsas con ropa y jaulas, pavos, gallinas de Guinea, gansos mojados, palomas y faisanes. Todo ello acompañado de rebuznos y oraciones de mujer. Al enfilar la carretera en dirección a Paillers, una mujer con un hatillo y un niño en brazos les hizo gestos para que el coche se detuviese: pidió que la llevaran hasta el siguiente pueblo, Coco se negó en rotundo.

Medio kilómetro después, atormentada por el remordimiento, comenzó a argumentar su negativa.

—Si tuviéramos que montar en el coche a todos los que nos lo piden no llegaríamos nunca a ninguna parte…

El chófer no contestó.

—¿No le parece?

—Yo no he dicho nada…

—Nada ¿qué?

—Sí me parece.

En el interior del coche, volvió a reinar el silencio. La carretera estaba desierta como los pueblos que iban dejando a un lado. A medida que iba cayendo la tarde, una niebla lechosa descendía desde la cima de las montañas. Aquel paraje solitario, escabroso, con apenas un puñado de flores atrofiadas aquí y allá, parecía reproducir su paisaje interior.

—Porque si uno se pone a hacer obras de caridad cada vez que se le presenta la ocasión —prosiguió Coco desde el asiento trasero, inclinándose un poco hacia delante para que el conductor la oyera mejor— no haría otra cosa, sobre todo en tiempos de guerra, ¿no lo cree usted así?

El chófer no contestó.

—Y además —prosiguió ella—, nunca sabe uno a quién mete en su coche…

—Nunca se sabe…

—Deje de repetir mis palabras. Y deje de temblar, y diga algo. ¿Acaso no se atreve a hablar conmigo? ¿Puedo saber cómo se llama?

Pero el chófer volvió a callar.

—¡Está sordo! —chilló La Flaca.

—Alonso. Me llamo Alonso —se apresuró a decir el otro.

—¿No le parece, Alonso, que hay que ser cauto con las obras de caridad?

El chófer se limitó a asentir con la cabeza, y entonces Coco, que ya empezaba a estar cansada, desistió de su empeño de entablar conversación. Siguieron unos veinte minutos más, la mirada de ella fija en la niebla que lo envolvía todo con su bajura. Sentía aquel paisaje en los hombros, las caderas y las plantas de los pies, en los nervios: el follaje seco y gris, tembloroso, de los sauces enanos, las vacas pastando en el prado, el infinito prado pelado, el estiércol que se diluía por las cunetas, los cardos silvestres diseminados. Había pastores y campesinos, carreteros. Por fin dijo:

—¡Pare!, ¡pare usted, Alonso!

Le hizo dar media vuelta para recoger a la mujer.

—No estará —sentenció el chófer—, nos detuvo hace más de dos horas.

Y así era: no estaba.

—Pues yo he hecho todo lo que he podido —dijo Coco dejándose caer en el asiento, aliviada. Y al rato, incorporándose un poco, apoyando el índice en el hombro del otro—: ¿Sabe usted, Alonso? Las personas creen que destilo hiel y maldad. Juro que creen todo tipo de cosas, excepto que trabajo, pienso en mí misma y les ignoro.

Alonso se limitó a suspirar y Coco se removió en su asiento.

—Alonso… Alonso… supongo que es usted español —dijo.

—Así es —contestó el otro.

—Durante casi medio siglo he marcado la moda —prosiguió ella— y nunca he conocido el fracaso. Es más: he tenido un éxito rotundo en todo lo que he hecho. Y he dado a las personas más cosas buenas que malas… — Miró por la ventana—: Ello hace que me sienta libre como un pájaro. Por eso estoy decidida a ser feliz. Por cierto, tengo un amigo diseñador que es español, Cristóbal, hijo de una costurera del País Vasco…

—El País Vas… —intentó decir el chófer.

—¡Déjeme acabar! —exclamó Coco—. ¡Qué manía tiene la gente de interrumpir! Le decía que feliz. Feliz sin necesitar ese veneno cotidiano, recientemente inventado, llamado felicidad.

Cuando llegaron, al atardecer del día siguiente, lloviznaba un poco pero el cielo, atravesado de bucles de humo blanco que salían de las chimeneas, presentaba un hermoso tono rosa pálido. Hacía una temperatura muy agradable. En Issoire vivía Antoinette con su marido, el notario, y su hija, en una casita con jardín muy cercana a aquella otra casa del tío, del tío de Issoire, recordó La Flaca, cuyas paredes estaban empapeladas de rojo.

Pasaron por el centro del pueblo desierto y preguntaron por la casa que resultó estar a medio kilómetro de allí, su tejado negruzco asomando apenas entre la vegetación. Antes de llegar, Coco ordenó al chófer que se detuviese. Bajó del coche, abrió el maletero y comenzó a rebuscar en su maleta. Sacó un sofisticado sombrero de plumas. Se lo puso y volvió a subir. Dijo:

—¿Le he dicho alguna vez, Alonso, que la felicidad es sospechosa?

El Rolls aparcó bajo la higuera de la casa, y entonces Coco sacó la cabeza por la ventanilla, echó un vistazo a su alrededor y plantó un pie en el suelo de la huerta como quien planta una pica en un territorio por conquistar: conque esto era lo que su hermana había comprado a cambio de su silencio.

Llamó a la puerta con nudillos impacientes. Después de cinco o diez minutos, apareció una niña de unos diez años, su sobrina Jeanne, se dijo, porque era exactamente igual que Antoinette a esa edad. Su madre, dijo la niña, estaba cogiendo higos en la parte trasera de la casa. Su padre estaba trabajando, sólo venía a casa los fines de semana.

Una enorme escalera de madera se apoyaba sobre el tronco retorcido de la higuera, y encaramada en el último peldaño, estaba Antoinette. Cogía higos y los lanzaba a una cesta de mimbre que había en el suelo. Por poco se cae al ver a su hermana ahí abajo. Durante unos instantes, las dos hermanas se escrutaron en silencio. Una brisa ligera movía las plumas del sombrero de Coco, a quien no se le ocurrió decir otra cosa que: Uy, uy, por Dios, qué alta estás, Antoinette.

—Pues ya ves —repuso ésta sujetándose un sombrero de paja mucho más discreto que el de Coco—, no es la Torre Eiffel, pero…

Entraron en la casa y dejaron sus sombreros sobre la mesa del distribuidor. Esa misma noche, antes de meterse en la cama, la pequeña Jeanne se dedicó a deambular por la casa con el abrigo y el sombrero de plumas de Coco.

A la mañana siguiente, Antoinette ya estaba trabajando cuando La Flaca bajó a desayunar. Al verla ahí, frente a los fuegos de la cocina, mientras preparaba un par de huevos duros y tostaba el pan, al ver cómo disponía la miel sobre la mesa con su sencillo y limpio recipiente de loza, cómo cortaba una porción del bloque de mantequilla casera, Coco sintió un malestar como una tenue enfermedad. Y mientras desayunaban, espiando cada detalle de la estancia con el rabillo del ojo (un ramo de cardos secos, el armario abierto con las estanterías doblegadas por el peso de la ropa limpia, membrillos e higos en una cesta, olor a manzana y a café, la loza blanca, la mesa de cerezo violeta), La Flaca comenzó, una vez más, a hacer ante su hermana sus interminables conjugaciones: yo trabajo, tú dependes; yo soy libre, tú eres madre. Y para sí murmuraba: yo guapa; tú fea; yo lista, tú tonta.

A continuación, le habló de Westminster, de su riqueza, y en un falso alarde de humildad le dijo que, a pesar de todo, ella había optado por dejarle: tan malo es ser demasiado rico como demasiado alto, explicó. En el primer caso no se encuentra la felicidad y en el segundo no se encuentra cama. Como siempre, Antoinette la dejó explayarse en soliloquio. Y cuando la otra no tuvo más que decir, le habló de unas cartas. Unas cartas que había encontrado en la casa del tío de Issoire, muerto hacía unos veinte años, y que realmente eran lo más valioso que tenía. Coco escuchaba sin escuchar, más atenta a la pequeña Jeanne que acababa de salir de su habitación con el sombrero de plumas. De hecho, no se lo había quitado desde el día anterior.

—Las cartas —dijo Antoinette— eran de mamá.

Al oír esto La Flaca levantó la cabeza.

—¿De mamá?

Doce cartas de amor ordenadas por fechas, del 12 de agosto de 1886 al 2 de julio de 1900, el día en que murió. Porque su madre había vivido una historia de amor con otro hombre de un pueblo vecino sin que nadie lo supiese, ¿te imaginas? No, no podía imaginárselo, su madre no había vivido una historia de amor con nadie, ni siquiera con su padre, porque su madre era sólo eso, madre, trabajo, preñez, palabras, qué insensatez. En todo caso, no le interesaban, hacía mucho que no le interesaba ya nada de su madre. Pero Antoinette ya las había leído y releído y ahora se las entregaba a Coco: pues creo que te gustarán, a ti que tantos amantes has tenido, que tan experta eres en estas lides, es un amor puro, léelas, cambiarás de idea sobre mamá y te diré más, verás en ella mucho de lo que hay en ti. Así lo he visto yo.

Coco las cogió y prometió que las leería aunque, repetía, no le interesaba ya nada de su madre.

No las leyó. Las guardó en su maleta durante dos días, sin dejar de pensar en ellas. Al amanecer del tercer día, se levantó repentinamente, sacó la maleta de debajo de la cama, buscó las cartas, las contó (¡doce!) y se las metió en el sujetador, como si tuviera miedo de que alguien se las fuera a robar. Estuvo en casa de su hermana una semana, paseando de aquí para allá, sin horarios ni ocupaciones, asilvestrada, huyendo de las vacas que ahora eran toros feroces, hablando con los paisanos o cogiendo higos con su sobrina, escuchando las emisiones de la Francia Libre emitidas por la BBC en casa del farmacéutico del pueblo que era el único que tenía radio y que sabía quién era ella. Se decía que Otto Abetz, embajador del Reich y gobernante de la Francia ocupada, había aprobado varias leyes antisemitas. También se decía que Hitler había visitado París y que Serge Lifar, el coreógrafo y bailarín de origen ruso protegido por Diaguilev y director de la Ópera de París, había improvisado en su honor una representación de gala en la Ópera. Pero lo que más le gustó a Coco fue acompañar a las mozas del pueblo a los campos, no a recoger patatas, ni coles, ni tomates, sino restos de paracaídas de nylon que utilizaban para hacerse medias y ropa interior. Aunque crujiera y rozara.

El sábado llegó el marido de Antoinette, el notario, y se saludaron fríamente. Por la noche, Coco oyó cómo él y su hermana conversaban. Las voces llegaban hasta el pasillo. Las voces llegaban hasta su habitación. Después de las voces, el silencio.

Cuando ya empezaba a aburrirse, decidió que volvería a París, a la comodidad de su Hotel Ritz, por muy patas arriba que estuviese la ciudad. Se las apañó para que el chófer viniera a recogerla y se despidió sin grandes ceremonias, con precipitación, negándose a aceptar las provisiones que Antoinette le ofrecía. De vuelta hicieron noche en Bourbon-L’Archambault —la ciudad de los manantiales de agua caliente que los romanos canalizaron —. Dejaron a un lado la fortaleza medieval y buscaron alojamiento en un hotel cercano a las termas.

Antes de acostarse, La Flaca se asomó al balcón para respirar un poco de aire fresco. Después de haber estado toda la semana en compañía de su hermana y su sobrina, le hacía falta pensar. Sentía nostalgia de aquella mujer que le hubiera gustado ser, aquella mujer que imaginaba cuando estaba en el internado de Auvernia. Quería volver a ser la que nunca había sido.

Se palpó el pecho, las cartas seguían ahí. Un amor limpio y puro, se dijo repitiendo las palabras de Marie. A veces, desde que las llevaba consigo, esas cartas hervían y se agitaban en lo hondo de su ser como un animal exuberante, devolviéndola luego a su estado habitual de loca solitaria. Se estaba bien allí. El aire era limpio y la temperatura agradable, ¿quería leer las cartas? No; hoy no. Mañana.

Un poco más allá, a unos doscientos metros, se alzaba el muro de una vieja iglesia derruida. Resentida, se dijo entonces. Le vinieron a la cabeza las palabras del pobre recepcionista del hotel, como todos los infelices, alberga usted resentimiento… Pues a lo mejor era verdad, tal vez sí fuera una resentida. Una egoísta resentida. En ese momento, se percató de que había un niño subido al muro de la iglesia. Lo observó durante un rato. El niño comenzó a caminar de un lado a otro. Buscaba el equilibrio con los brazos extendidos y esquivaba las hojas de los árboles que se recortaban contra el ladrillo rojo. Pero había un ladrillo que sobresalía más que otro y se cayó: se oyó un golpe seco. La madre surgió de algún lugar oculto y comenzó a llorar. La Flaca salió del hotel y se dirigió hasta donde yacía el niño. Lo primero que dijo fue: no lo toque.

—No lo toque, por el amor de Dios. Se puede haber roto algo. Espere a que llamemos a un médico.

Buscó al chófer y le ordenó que fuera al centro de la ciudad a buscar a un médico. Mientras tanto, poseída por una extraña vena filantrópica nada usual en ella, comenzó a consolar a la madre. Le decía que no se preocupara, que enseguida llegaría el médico, seguro que no era nada. Pero el chiquillo yacía inmóvil en el suelo, y a Coco le pareció más muerto que vivo. La señora comenzó a decir que no tenía dinero para pagar al médico, es más, no tenía dinero ni para alimentar a su hijo. Por eso se había caído, porque estaba débil. Un niño bien nutrido no habría tenido ese accidente.

Sin pensarlo dos veces, La Flaca sacó un billete de cien francos del bolsillo.

—Tenga usted —dijo—. Para que alimente a su hijo y le compre un juguete.

Y al entregar el dinero, se sintió bien. Muy bien. Porque, ¿hacía cuánto que no daba una limosna? ¿Hacía cuánto que no hacía algo por los demás? En ese momento, el niño se levantó. Fueron dos segundos: se sacudió el polvo de los pantalones, lanzó una carcajada de mofa y salió corriendo. Detrás, la madre.

Coco regresó lentamente al hotel. Se acostó vestida, sin cenar nada. Permaneció toda la noche con los ojos abiertos como platos.