Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 23 de 25

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Coco

Capítulo 22

 

El Comité de Purgas, que se ocupaba de ajustar cuentas con los colaboracionistas del régimen alemán y de ejecutar a los oficiales del gobierno de Vichy, era el resultado de una mezcla de indignación moral y rabia contenida de las gentes de la Resistencia. Escritores, periodistas, actores y artistas eran encarcelados sin tener derecho a un abogado ni a juicio alguno, o bien eran objeto de palizas brutales en plena calle. Lo peor era que aunque muchos de los detenidos sí habían colaborado con el régimen, en otros casos los delatores eran vecinos rencorosos que saldaban viejas rencillas. A las mujeres sospechosas de haber dormido con oficiales las despojaban de sus joyas y abalorios y les trasquilaban la cabeza como si fueran ovejas, incluso se les llegó a cortar los pechos. En el Hotel Drouot se organizaban subastas de joyas y pieles confiscadas. La concurrencia estaba constituida por señoronas con aire de marquesas vestidas con los nuevos modelos de Lucien Lelong.

Coco había oído la historia de la duquesa de Brissac, cuyas amistades románticas eran de todos conocidas: cuando su marido estaba de viaje, se bañaba en Moet Chandon con los oficiales alemanes. Uno de los grupos de las FFI irrumpió en su apartamento y se la llevó despeinada con un abrigo de pieles sobre la ropa interior junto con su mayordomo, que temblaba de frío y miedo. Delante de éste y de un agitado gentío, en un edificio de piedra ennegrecida y torres cilíndricas sobre el Quai de l’Horloge, le raparon la cabellera y la hicieron beberse tres botellas de champán. Uno a uno, contó el mayordomo, fueron cayendo los ilustres rizos de la duquesa. Pero el escarnio mayor no fue ése; la duquesa de Brissac tuvo que compartir celda y jergón de paja con cuatro prostitutas que en cuanto la vieron le arrancaron el abrigo, y cuyo entretenimiento principal durante la noche consistió en sacudir los pechos a los oficiales que las custodiaban.

Al día siguiente, los FFI la empujaron a la calle. Bajo una lluvia mezquina, mademoiselle de Brissac tuvo que volver a casa embutida en una gabardina ajada, abrasada por la resaca.

Se decía que si la mujer en cuestión oponía resistencia, podían trasladarla al campo de concentración instalado en el Vélodrome d’Hiver, o bien al campo de concentración de Drancy, donde con anterioridad se había retenido a los judíos antes de obligarlos a subir a los camiones de ganado que iban a Alemania.

Pero la prisión emblemática adonde iban a parar los acusados de colaboracionismo era la de Fresnes. Allí estuvieron celebridades como la estrella de cine Arletty y el actor y dramaturgo Sacha Guitry, que se habían conocido en las fiestas de un general de la Luftwaffe. También Albert Blaser, jefe de comedor de Maxim’s, por servir comidas a los alemanes. Los prisioneros no tenían derecho a un abogado, pero habida cuenta del estado de los registros y expedientes, muchos presos eran retenidos durante meses para después ser liberados por falta de pruebas.

La doncella que limpiaba la habitación de Coco rompió a llorar. Pero La Flaca se quedó mirando a los jóvenes y sin decir palabra, cogió los guantes y el bolso y se les adelantó por el pasillo. Ante todo quería evitar que los fifis registraran la habitación, pues Serge Lifar estaba escondido en el armario. Al día siguiente de que De Gaulle hiciera su triunfal desfile por los Campos Elíseos, Lifar se había presentado en la suite de La Flaca con la noticia de que corría la voz de que el Comité de purgas había empezado a arrestar a las primeras personas.

—Métete en el armario y no salgas —le dijo Coco sin caer en la cuenta (o más bien, sin querer caer en la cuenta) de que también ella debería meterse en el armario, y bien encerradita.

Y cuando, por fin, quince día después, avisaron desde recepción de la visita de unos jóvenes con brazaletes y revólveres en el cinto, Coco le susurró a Lifar desde la cama.

—Vienen.

Y el bailarín ruso, desde el armario:

—¿Dónde?

—Por la escalera.

—¿Cómo?

—Misia. Seguro que ha sido Misia. Puta Misia.

Coco estuvo una noche en la prisión de Fresnes: nunca olvidaría ese momento, un punto de inflexión en su vida. La mujer que durante veinte años había ocupado la mejor suite del Hotel Ritz, la que, sobre la puerta de su taller se hizo colgar un cartel que decía Mademoiselle, tuvo que dormir en una celda húmeda que apestaba a orines. La mujer esbelta, andrógina y bronceada, la mujer vestida con atuendo de pescador, tricot oscuro o jersey chiné, la creadora del petite robe noire vestía ahora una bata guateada de dormir. La que para su servicio y cuidado se había rodeado de doncellas, manicuristas, peluqueras, cocineros y recepcionistas, tuvo que peinarse sola. La que se había alimentado de las lisonjas y adulaciones de los hombres y mujeres de París (y el mundo entero) tuvo que cenar una nauseabunda sopa de col. La mujer que había dormido con el multimillonario duque de Westminster, dormía ahora sola. La que fue hermosa, estaba fea; la que supo encandilar a todos con su encanto campesino, la que gozó del éxito, posición social, dinero, prestigio internacional, era ahora una prisionera más.

A pesar de todo, se comportó como una reina (como María Antonieta conducida a la guillotina, pensaron los oficiales que la arrestaron). Y cuando, al día siguiente, en el interrogatorio, le mostraron una fotografía de Von Dincklage y le preguntaron si lo conocía, respondió sin mostrar el menor indicio de debilidad, miedo o cólera:

—Por supuesto que sí. Hace ya muchos años que lo conozco.

Y a la pregunta de dónde estaba el oficial ahora:

—Es alemán; supongo que estará en Alemania. Cuando vino a despedirse, como es un caballero vino a despedirse de mí, me dijo que se iba a Alemania.

También quisieron saber si era verdad que había tenido relaciones íntimas con él. Ella replicó haciendo tamborilear los dedos sobre el brazo de su asiento:

—Mire, señor, no va a esperar que una mujer de mi edad pida el pasaporte a un hombre si tiene ocasión de acostarse con él.

Había sido acusada de acostarse con un alemán, y los argumentos que esgrimió en su defensa sin perder en ningún momento el dominio de sí misma fueron dos. Con explicaciones sutiles y astutas, y respuestas precisas y cortantes (¿quién tenía derecho a juzgarla?, ¿a quién debía rendir cuentas?), por un lado se comparó con el resto de los empresarios de moda. Por lo menos ella había cerrado su negocio al comenzar la guerra mientras que otros —Lelong, madame Gres, Balenciaga— no habían perdido comba vistiendo a las mujeres —ratones grises— de los capitostes nazis. Por otro lado, con muchas inexactitudes y falsos detalles, relató la misión de paz que había desempeñado en Madrid, haciéndose pasar por amiga-del-alma de Churchill y de Inglaterra. La dejaron libre.

Unos días más tarde, cuando los angloamericanos llevaban a cabo su ofensiva por aire contra la Europa hitleriana, Serge Lifar se sometía al Comité de Purgas pese a que corría el rumor de que había conseguido fugarse a Montecarlo o América del Sur. Al principio se le prohibió pisar un escenario francés de por vida, aunque finalmente fue sentenciado a un año de suspensión de funciones en la Ópera (él iba diciendo por ahí que en lugar de condenarlo debían rendirle homenaje por haber salvado la Ópera de los alemanes…).

Poco después, el 25 de agosto de 1944, París era liberado y, a finales de año, los aliados rodeaban Alemania. La guerra había terminado y Europa se despertaba dividida en dos, como Coco que en modo alguno se parecía a la mujer de la posguerra de los años veinte. Ahora era una vieja dama con sombrero, una diseñadora de modas sin casa de modas, una abeja costurera con la colmena cerrada, una mujer cansada de amarguras, una mujer que entraba en una nueva era con muchas menos perspectivas.

Durante un tiempo dejó ver su figurilla de gorrión por los cafés de moda de Saint-Germain-des-Prés, como el Deux Magots, un antro con olor a mugre, uva y sudor, tan lleno de artistas, políticos y hombres de letras que resultaba casi imposible encontrar un sitio libre. A veces se encontraba allí con Camus o Sartre para discutir sobre la libertad (que es el terror) con Marguerite Duras, Simone de Beauvoir, Picasso o un Boris Vian concentrado en tocar la trompeta hasta el amanecer, momento en el que se marchaba a comer cruasanes al Café Tabou, en la calle Dauphine.

Pero no acababa de encajar en esos ambientes: últimamente, le aburría todo.

El aburrimiento era la sustancia de su vida. A veces, se manifestaba sólo en la mirada, que deformaba al otro: Sartre ridículo, feo, un grupo de ridículos discutiendo sobre el ridículo de la vida. Otras, de un modo oculto y bestial: buscaba a alguien a quien insultar y humillar, se arañaba su propia piel, o volvía a arrancarse las canas hasta que dejaba insinuarse una calvicie. Ya no existía el aburrimiento «sano», que la impulsaba a «crear», aquel estado de ánimo que la había convertido en una de las mejores diseñadoras del siglo XX con una gramática y un léxico que sólo le pertenecían a ella, una mujer terrible, magnética, irrepetible.

Finalmente localizó a Von Dincklage y se instalaron en Suiza, lejos de posibles y molestas reclamaciones de responsabilidades.

Durante varios años vivió en un continuo nomadeo: Lausanne, Zúrich, Niza, Montecarlo (París no será París y Europa no será Europa mientras las clientas sigan prefiriendo un salchichón a un vestido y vea entrar en mi tienda a oficiales americanos de uniforme, decía). Pero el mundo cambiaba, cambiaba la moda, todo estaba sucediendo sin ella, ¡sin ella! En 1950, después de dejar a su amante alemán, comenzó a acariciar la idea del regreso. Tres años antes, Christian Dior, un cincuentón perteneciente a la burguesía francesa, irrumpía en el mundo de la moda con su new look.

Enroscada en una tumbona de la terraza de su hotel suizo, Coco había leído en Elle la noticia de un desfile en la avenida Montaigne que, se decía, ponía fin a la guerra y a sus secuelas: a la falta de gasolina, de carbón, de calefacción, a las faldas cortas y hombros recargados, a los zapatos tanque y los sombreros coliflor. El desfile mostraba faldas susurrantes que estallaban en pliegues, enaguas, drapeados, frufrús, capelinas inclinadas sobre el ojo, una vuelta a la belle époque. Las faldas, decía Elle, emitían su susurro a un palmo y medio del suelo, las modelos llevaban medias de naylon transparentes, zapatos de punta muy fina y tacones altísimos: «Al empezar, la primera modelo envía a paseo los ceniceros con el torbellino de sus faldas», decía la revista. «Dior y sus empleados trabajaban dieciocho horas al día para proveer de ropa a la duquesa de Windsor y Eva Perón».

Espoleada a un tiempo por la curiosidad y la indignación (¿Eva Perón?, ¿qué hace esa vieja poniéndose faldas belle époque?), Coco viajó a París, donde acusó al director de Elle de ser el causante de la ruina de la alta costura francesa.

—No se haga la ilusión de que usted la representa —le respondió él.

Coco no regresó a París con intención de quedarse hasta la muerte de Misia, pero lo cierto era que, desde que supo de aquel primer desfile —al que siguieron otros igualmente aclamados—, comenzó a rumiar por las noches.

En lugar de rumiar hierba y flores, rumiaba talles. Rumiaba tobillos, senos, movimiento, aire. Rumiaba suaves redondeces y cinturas frágiles. El eterno retorno al femenino le irritaba. Y por encima de todo: Dior. Christian Dior le irritaba.

Sert había fallecido (como muchos de sus antiguos amantes y de sus viejos amigos y conocidos como Liébard, muerto también en accidente de coche; o el duque Dimitri, que murió de tuberculosis; Julian Jurié, que la palmó en un hipódromo, a consecuencia de una coz de caballo; o Westminster que falleció de repente, víctima de una trombosis coronaria sin dejar un heredero varón…), y Misia, una vez liberada, vivía sola en París. En el momento de su muerte tenía setenta y ocho años, y estaba medio chocha.

Alguien avisó a Coco de que había fallecido y que el velatorio tendría lugar en su propia casa. La Flaca no lloró, ni se dio golpes de pecho cuando oyó a alguien (seres dudosos) decir que aun muerta, conservaba su agradable sonrisa. Pero hizo por ella algo que no habría hecho por nadie.