Coco
Capítulo 23
Dijo: Misia sólo ha conservado lo que ha destruido, es decir, nada. Entonces la arrastró por las corvas hasta la cama con dosel de Sert, y ordenó a todo el mundo que saliera de la habitación.
Primero le recogió el cabello, y a continuación la desnudó. La colocó sobre varias toallas enormes y raídas. Mientras la sometía a una serie de restregones con jabón y una esponja áspera, primero los pies, luego las piernas y los muslos, hasta llegar al abdomen con piel de lagartona, le habló: aquí estarás tranquila, es importante que estés tranquila, y que no pienses en nada, son momentos para no pensar, y estar tranquila, Misia, muy tranquila. Luego le metió los pies en un barreño con agua tibia y le limó las asperezas y los callos de vieja.
Observó que tenía las piernas demasiado pálidas. Como no tenía medias para disimularlo, le dio la vuelta y le pintó sobre la piel la costura con perfilador, así lo hacen (o lo hacían) en los grandes salones de belleza, le dijo, durante la guerra. Siguió hablando mientras le arreglaba los padrastros, le cortaba las uñas de las manos y se las pintaba de rojo: fuiste una cochina, acostándote con mi novio… pero ahora te perdono. ¿Sabes que estoy pensando en volver a trabajar? La peinó a tirones con un cepillo de púa dura y luego le limpió la cara.
En torno a los ojos habían cedido los párpados y tenía la piel de las mejillas apergaminada: el rostro estaba sometido por el cansancio, un cansancio que tenía la fuerza bruta del sufrimiento, pero ella se lo disimuló con una capa quebradiza de maquillaje. Le dijo: porque está el tonto ese de Dior que se cree Napoleón o Alejandro Magno de la costura… ¡pero si ni siquiera viste a las mujeres!, ¡las acolcha! Ya me dirás… New look, new look, ¿qué tienen de nuevo esas mujeres con forma de 8, H, A o Y y cinturilla de 53 centímetros que necesitan ayuda para subir a un taxi y que sin una sirvienta no logran entrar en unos vestidos de noche que pesan hasta treinta kilos? ¿Y qué es lo que quiere?, ¿que esas mujeres 8 y H pasen el aspirador embutidas en una faja?, ¿que siempre y en todas partes, incluso ante el cartero, A e Y se muestren con maquillaje, laca y cardado?
Le mojó el cabello con un preparado de clara de huevo, y le puso rulos. Le dijo: se nota que mamá Dior acudía con el frufrú de sus faldas a darle un besito de buenas noches antes de asistir al baile. Por último, le hizo un peinado de ensueño, tipo Verónica Lake, aunque te diré algo más, le dijo: no te hago ningún favor porque hoy, todo el mundo tiene una nevera, un coche con aletas de tiburón, vacaciones en el mar, piscina con forma de riñón y peinado Verónica Lake. Cuando abrió la puerta de la habitación una hora más tarde, los que se habían congregado para el duelo vieron por última vez a una Misia elegante.
Era cierto que desde que Dior había «restaurado» el mundo de la moda con su new look, La Flaca comenzó a prepararse para el retorno. Habían transcurrido unos quince años de inactividad, suficientes para satisfacer su deseo de vivir ociosa. Pero el mundo de la moda era ahora distinto. Si durante la época anterior a la guerra, las mujeres como Vionnet, Coco y Schiaparelli habían liderado la escena, ahora dominaban los hombres. Hacía mucho que el corte a lo chico había pasado de moda y las melenas se recogían en moños o turbantes. La delgadez se asociaba a las penurias de la guerra, la ropa espartana al racionamiento, las mujeres querían lucir un tipo femenino en tejidos opulentos y suntuosos.
De la seda, la lana, el lino y el algodón, las telas con las que se trabajaba antes de la Primera Guerra Mundial, se había pasado a disponer de docenas de alternativas mucho más versátiles: telas resistentes a la grasa, glaseadas, que no encogían, impermeables, lavables. También estaba la viscosa, un regenerado de celulosa que gracias a un tratamiento químico se transformaba en una tela suave y brillante o el nylon, así como el acetato, el orlón, el rayón y otras fibras sintéticas que tenían la cualidad del secado rápido. Esto, junto a la introducción en Francia del prêt-à-porter, siguiendo el modelo ready to wear americano, permitía a todo el mundo copiar el estilo de los ricos.
La Flaca reapareció a principios de 1954, a los setenta y dos años, los pómulos entumecidos por el cansancio y la vejez, el cabello gris y el rostro devastado por los pensamientos atormentados. Se había convertido en un manojo de nervios cargado de perlas de jade, una chocha agria sin pelos en la lengua que escondía la mirada tras unas gruesas gafas de concha, que llevaba las cejas dibujadas con lápiz, siempre elegante. No sólo el físico; su carácter también se había agriado definitivamente. Si de joven había sido tornadiza y malhumorada, ahora se había convertido en una mujer antojadiza y obstinada, una vieja caprichosa y extravagante. Un conjunto de crueldad, soberbia e ironía. Mientras «rumiaba» su criatura, es decir, su nueva colección, hizo remozar su taller de la calle Cambon e intentó localizar a algunas de sus costureras y cortadoras. Muchas habían mantenido el contacto y corrió la voz. Se encontró con la halagadora sorpresa de que todas, excepto las que ya no estaban en condiciones físicas para hacerlo, se afanaban en volver, y encima se sentían agradecidas de recuperar la que había sido, decían, la mejor experiencia de su vida. Tuvo incluso la satisfacción de contar con alguna modista que estaba trabajando con otro modisto, pero que prefería reincorporarse al taller de Madame de… Recompuesta la retaguardia, buscó modelos para su primer desfile. Quería muchachas de buena familia, bien alimentadas y elegantes. La condesa Mimi D’Arcangues, la princesa Odile de Croy, Marie-Héléne Arnaud y Nichole Franchomme fueron algunas de ellas. Luego desempolvó viejas gacetas y libros y compró todas las revistas de moda que había en el mercado (encargó todos los números posibles de las revistas americanas). Desempolvó las viejas relaciones. Sabía que en la escalera del local de Christian Dior se sentaban apiñadas como tontas, entre otras, Rita Hayworth, Ava Gardner, Marlene Dietrich, la duquesa de Windsor y la emperatriz Soraya, entre otras, y ella no podía ser menos. Llamó por teléfono a sus antiguas clientas, aunque se encontró con que el polvo que las recubría era difícil de quitar porque la mayoría estaban muertas y requetemuertas.
Se hizo con nuevos materiales, hilos de seda, cintas de todas las anchuras y texturas posibles, galones provistos por sastres que vestían a la oficialidad más rancia, ribetes traídos ex profeso de Normandía, botonaduras extravagantes. La calle Cambon parecía en ebullición. Se encerró en su taller durante quince días, en silencio, olvidando su malhumor y su incipiente artrosis, sus manías persecutorias, creía que la gente subía hasta el séptimo piso a «espiarla», y hasta el persistente olor a espárragos procedente del restaurante del Hotel Ritz que ni la guerra había conseguido eliminar. Sólo dejaba entrar, de una en una, a algunas de sus costureras para hacerles encargos y darles instrucciones sin permitirles siquiera adivinar la magnitud del proyecto final. Al finalizar el decimosexto día, abrió la puerta y convocó a todas sus empleadas. La criatura había surgido: chaquetas sueltas sin tela de refuerzo, admirables sisas, blusas de seda de colores pastel, cadenas doradas que hacían inútiles los cinturones, faldas portafolio, bolso acolchado en bandolera, para dejar las manos libres, zapatos de salón con tiras, de puntera negra, que hace el pie más corto, botones-joya.
Un día fue a verla la directora del Harper’s Bazar. La encontró de bruces en el suelo, con las gafas de sol puestas, probando su creación a las niñas de buena familia, recogiendo bajos, ampliando sisas, compensando y alargando. Se levantó un par de veces y se volvió a tirar al suelo mientras daba órdenes, pinchándose los dedos por culpa de la artrosis, acortando, poniendo en ridículo a las modelos.
Le dijo: mademoiselle, ¿no cree usted que está ya un poco mayor para esto?, se va a morir tendida en el suelo. Mirando por encima de las gafas y chupándose la sangre del dedo, Coco contestó: mire, no pienso morirme nunca, y cuando muera, pues me moriré.
El día 5 de febrero se presentó la colección. El desfile, programado para las dos de la tarde, se convirtió en el acontecimiento más esperado de París. El gran salón estaba lleno a rebosar de gente pudiente, prensa, fotógrafos y pocos amigos. Coco semioculta, erguida como una I (jamás, se dijo, hecha un 8, ni una H, A o Y). Desde allí espiaba los gestos de la gente, sus miradas de connivencia, intentaba entender sus comentarios y cuchicheos, y, desde luego, los aplausos, comprobaba si había venido Ava Gardner o Marlene Dietrich, tal vez se haya dejado caer Ingrid Bergman, ¿habrán venido Antoinette y su notario?, ¿y mi doncella Marie?, ¿y Lucienne Rebaté?; no, ninguna de ellas estaba allí cuando por fin salió la primera modelo caminando lentamente y se hizo el silencio.
Las críticas del día siguiente fueron demoledoras. A las ocho de la mañana Coco abrió un ojo y dijo: me llaman dinosaurio, lo sé, antes de leer la prensa, lo sé.
Se puso algo ligero y salió trotando (trotando no, galopando) a comprar Vogue, Le Combat y Elle. Al pagar las revistas se fijó en el rostro del quiosquero: él también me ha llamado dinosaurio. Volvió a su habitación y sin siquiera acordarse de cerrar la puerta, el corazón galopándole en el pecho, comenzó a leer: «A partir del primer vestido supimos que el estilo de Madame de… pertenecía al pasado»; «una colección para “mamás”» y «los fantasmas de 1930». Cerró de golpe las revistas y salió al pasillo sin pensar.
Apoyándose en el pasamanos bajó los siete pisos a pie. Iba diciendo: ¡vencida por mis enemigos!, ¡vencida por mis enemigos! ¡Todos los esfuerzos anulados por una guerra!
Al llegar al hall estaba casi sin aliento, pero dijo al recepcionista: quiero hablar con el director del hotel.
Al aparecer éste (que ahora era el hijo del que ella había tratado durante casi cuarenta años) le dijo: huele a espárragos. Huele a espárragos en el restaurante, pero no sólo en el restaurante sino también en la recepción, en la escalera, en el pasillo del séptimo piso, en los salones y en mi suite. ¡Y no estoy dispuesta a pagar una suite con olor a espárragos así que hágalo desaparecer! ¡Ya!
También le explicó que la gente subía al séptimo piso a espiar su actividad en la suite, a «emularme» como persona y creadora, le dijo, y exigió que colocaran un espejo como el que tenía en su taller. Un espejo en un extremo del pasillo, de modo que, sin salir de la habitación y con sólo asomarse a la puerta, ella misma pudiera espiar a sus espías.
Ésa sería toda la energía que derrocharía ante el fracaso. Porque se había ilusionado con la posibilidad del éxito, sí, pero no hasta el punto de que el fracaso se convirtiera en una amenaza para su tranquilidad como ocurriera en su juventud. Tampoco iba a desesperarse, a convertirse en una mojigata como la Desboutin que había optado por disfrazar su frustración con frases religiosas acerca del destino de los hombres y cosas por el estilo, oh, no, no, no, su derrota no tenía nada que ver con ese tipo de fracaso. Uno tiene lo que se merece, y si a ella la llamaban dinosaurio por algo sería. En los cajones de una cómoda que era prácticamente el único mueble que le quedaba en la adusta estancia comenzó a buscar las cartas de su madre. Allí estaban. Las contó, una dos, doce. Las clasificó por fechas. Soltó una sonrisita vieja y maligna.
Al día siguiente dos operarios instalaron en el pasillo de la séptima planta el espejo que había pedido. En cuanto a los espárragos, no volvieron a entrar por la puerta del Ritz.