Coco
Capítulo 12
Flotan a menudo por la orilla izquierda del Sena insidiosos deseos. Como las peores imaginaciones maduran en la soledad, en el lomo pellejudo de los gatos callejeros y se entretienen en el bronce de las campanas de Notre-Dame. Por fin cruzan los puentes: algún día de mucha claridad se los oye como sones cascados, ráfagas de viento que anticipan la misa o la tormenta.
Hoy no los percibimos; mañana tampoco, pero se están infiltrando. Hinchan los toldos de las casas, abren fisuras en los muros ya resquebrajados; sordos e implacables, trepan las paredes, se amontonan en las mesas, los armarios ya no cierran… Se infiltran en las ranuras del corazón como una hiel que envenena el alma. Ya estamos calados. Se instalan en la boca del estómago, en el tono de las palabras, en el brillo de la mirada.
Eso fue lo que le sucedió a Coco. Una noche descendió sobre sus hombros una idea que poco a poco fue desarrollando: el deseo de que Erny volviera a ser suyo, nada más que suyo. ¿Cómo conseguirlo? Quizá quitando de en medio lo que estorbaba…
Después de la boda, él siguió visitándola en su nuevo apartamento. Merendaban tostaditas con caviar ruso en la terraza y luego dormían. Dormían a cualquier hora porque dormir a cualquier hora era volver a despertar (respirar, olvidar), hacer la vida que les diera la gana. Dormir también era para Erny tomar entre las manos los pechos erguidos de Coco, su rostro, su piel. Besarla. A menudo él le contaba lo desgraciado que se sentía: era rico, poderoso, vivía en un mundo de elegancia e influencias, pero no era él.
En ese nuevo mundo coexistían él y su otro como dos extraños. Eso decía. Luego callaba; preferían hablarse sólo con las miradas, quizá también alguna sonrisa, porque hablar era distanciarse, distinguir. Hablar era perder. Coco no había conocido todavía a Diana Lister Wyndham. La vio el día del armisticio en la sede de la Cruz Roja y había visto alguna foto en las revistas de sociedad. Aparentemente era perfecta, elegante y afelpada, siempre vestida lujosamente pero de acuerdo con su edad, con un aire de triunfante felicidad de niña bien. Pero nadie les había presentado y era probable que la muchachita ni siquiera sospechara de su existencia. Todo le parecía muy injusto. Estaba segura de que Erny la quería; pensaba que ocho años junto a una persona no podían irse al traste así como así. Pero claro, de nuevo ocurría lo mismo que con Liébard: ella no tenía familia, ni fortuna, ni nombre, ella no era de jugo noble sino que había crecido entre hojas de repollo y coliflores amarillas y marchitas. Por no tener, no tenía ni costurera: se hacía sus propios vestidos.
Ni siquiera Misia, que estaba al quite, pudo darse cuenta de los solitarios pensamientos que fermentaban lentamente en Coco. Por fin la idea salió a la superficie un día en que Coco trabajaba en su taller. Al mirar por la ventana vio al mismo transportista que le había hecho llegar las cartas que le envió a Meg la Larga solicitando sus servicios como pianista. Como cada martes a primera hora de la mañana descargaba la mercancía para el taller: telas, hilo, maniquíes sin brazos, cajas con botones, agujas… Se acordó de que aquel hombre le había mostrado su interés en volver a ayudarla a cambio de una buena propina. Dejó el vestido que estaba cosiendo y lo observó durante un rato. Sacaba y metía rollos de tela, era fuerte como un roble… ¿Y si él…? No, no, ¡no!, se dijo. Se puso en pie, escandalizada, abochornada por sus propios pensamientos.
Pero inmediatamente pensó que ese mal no era laguna, herida. Ese mal podía ser algo positivo: resistencia, rebelión, repudio.
Salió a hablar con el transportista que estaba encantado de que la jefa del negocio volviera a dirigirse a él. No llegó a proponerle nada —sería demasiado arriesgado, cualquiera podría verles frente a la entrada de la boutique— pero le pidió una dirección donde poder localizarle los días próximos, para un «encarguito», le dijo.
Una semana después, de paso a Cannes donde se proponía pasar las navidades con su mujer y cuñado, Erny le dijo a Coco que Diana estaba embarazada. Se lo dijo en un claro del Bois de Boulogne, donde ambos comían un picnic de filetes empanados y tortillas que Coco había preparado y Erny no se había cansado de alabar. Coco se limitó a seguir masticando, pasaba el bocado de carne de un lado a otro de la boca. Por fin dijo: todavía queda un filete, ¿quieres más?
No. Erny no quería más; se lo llevaba para el camino. Poco después, a media tarde, le despidió en la puerta de su casa con un abrazo. Era un abrazo que buscaba retener algo, la carne salada y fuerte de las espaldas de Erny, quizás ese deseo que andaba vagando por las calles de París y que había madurado en su interior. Él iba montado en su Bugatti rojo, un modelo ligero, recién salido de la nueva fábrica de Molsheim, Alsacia, con un pequeño motor de 1.100 centímetros cúbicos, pero que llegaba a la fantástica velocidad de 80 kilómetros por hora (¡oye como suena el motor!, gritó antes de salir). A Coco se le olvidó darle la fiambrera con el filete.
Algo está a punto de ocurrir, se dijo en voz alta, todavía agitando el brazo en medio de la calle, lo presentía, la intuición se acercó a ella, husmeaba, acechaba como un perro (¿acaso voy a morir?); sucedió más tarde.
Dos o tres horas después, Coco se sentó en la parte trasera de su Rolls con intención de ir hasta la dirección que le había dado el transportista y hacerle su encarguito. Desde el coche echó un vistazo. Se trataba de una taberna donde el hombre solía pasar las tardes libres. Salió del Rolls y se dirigió al mostrador.
Su frente comenzaba a perlarse de pequeñas gotitas y sentía la cabeza pesada: sí, le confirmó el tabernero, está ahí, tomándose una cerveza en una esquina.
La Flaca no llegó a sentarse. De pie, junto a la mesa, vomitó su encargo: Diana Lister Wyndham, veinticuatro años, viuda y vuelta a casar, hija de lord Ribblesdale, la conocerá usted por las revistas de sociedad: tiene que desaparecer. El transportista no daba crédito a sus oídos.
—¿Cómo? —dijo.
—Lo que ha oído.
—¿Me está pidiendo usted que me convierta en un asesino?
Coco salió de la taberna como alma que lleva el diablo, se metió en el coche y volvió a casa. Esa noche no consiguió conciliar el sueño. A las tres o cuatro de la madrugada abrió el cajón de la mesilla de noche, sacó el esmalte y comenzó a pintarse las uñas. Canturreaba. Dos minutos después, oyó unos golpes. Dejó de cantar, pero no se levantó enseguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizada, la mano inmóvil en el aire. Pensó: es Erny, que vuelve a por su fiambrera (lo pensó, y al mismo tiempo consideró que era ridículo).
Pero también pensó que la intuición nunca miente y que si la estuvo rondando durante el día (una palpitación de la carne) algo había. Volvió a oír los golpes, pero permaneció en la misma postura, sin atreverse a guardar el esmalte en el cajón, ni a seguir pintándose las uñas ni a saltar de la cama.
Por fin bajó al portal silenciosamente. En realidad ella no bajó. Su corazón se quedó arriba, es decir, bajaron la escalera las piernas, los brazos, los pelos, el sexo. Entre lirios, capullos y huesos de hierro colado estaban Misia y Sert, los rostros graves y quietos contrastando con las líneas onduladas. La hicieron sentarse (¡pero yo no quiero sentarme!, ¡siéntate!) y, a continuación, tartamudeando un poco, Sert explicó que Erny había tenido un accidente. Coco sintió un vacío en el estómago. Los miró fijamente, primero a él, luego a ella. Entonces, Sert, que en momentos delicados como ése era incapaz de gobernar la lengua, comenzó a explicar que lo habían encontrado a las doce y treinta y cinco, en el tramo de St. Raphael a Cannes, que un neumático del Bugatti había estallado, que la herida era grave, muy grave y…
—Cállate ya —dijo Misia—. Coco ha comprendido.
Erny había muerto y no se había llevado la tartera con la tortilla y los filetes empanados. Eso fue lo único que pensó Coco. Pensó en la fiambrera metida en el frigorífico, en que la tendría que sacar unas horas después, en el movimiento para levantar la tapa, ploc, en la tapa algo abollada, en el aroma, allí dentro había un aroma y había un filete, pero también podría haber lentejas y huevos duros, hojitas de escarola. Pensó en la tristeza de comer frío y que tiraría el filete, ¡sí!, eso es lo que haría, tirar el filete. De pronto, le vinieron ganas de reír. Durante un buen rato estuvo en silencio, aguantando las ganas (no eran ganas, era ya necesidad) de carcajearse como una vieja bruja.
—¡Llora! —oyó de pronto.
Era Misia; le acababa de coger las manos y le gritaba que llorase; le gritaba que por una vez en su vida rajase la piel de su corazón y soltase toda el agua que tenía dentro, llora, le decía, cuando en realidad ella tenía ganas de reír… Volvió a subir la escalera a grandes zancadas, remontando los peldaños de dos en dos antes de que la risa irrumpiera, antes de que Misia y Sert pudieran pensar de ella que era una bruja insensible, deleznable, no sólo no lloraba la muerte de Erny sino que se reía (¡¡reía!!), pero por fin, junto a la puerta, la llave en mano, no pudo evitar volver a pensar en la fiambrera. Soltó una carcajada feroz y estrepitosa. Una vez dentro de la casa (seguía riendo) llamó por teléfono al chófer e hizo una maleta. Al rato volvió a bajar, no sin antes mirarse en el espejo del pasillo: la risa la había dejado desmontada y rota, fea. Se arrancó dos canas más.
Amanecía cuando ella y el conductor enfilaban la carretera en dirección a Cannes. Desde Cannes a Niza, los grandes hoteles estaban ocupados por gente que había acudido a pasar la Navidad. El chófer propuso detenerse a descansar, pero Coco se negó. Pensaba: todos los acontecimientos se producen necesariamente. Siguieron hasta Montecarlo; llegaron de noche. Encontraron alojamiento en un hotel pequeño. Coco pasó la noche sentada en un sofá. Seguía pensando: se producen necesariamente ya que se producen por causas que, a su vez, tienen causas.
A la mañana siguiente, ordenó al chófer que la llevara al lugar del accidente. A pesar de los baches de la carretera, ella permanecía erguida en el asiento, contemplando el retroceso de la tierra —litoral, bosques de pinos y montañas tostadas, valles muy estrechos y profundos que transmitían una extraña sensación de paz— con los ojos fijos en la ventana, escuchando el rezumar de esa voz que le decía Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, y hay causas, acontecimientos del mundo tanto grandes como pequeños, concatenación estricta. El Bugatti rojo seguía volcado, incrustado en una valla de la carretera, ocupaba el arcén. ¡Para!, dijo Coco. Salió y miró a su alrededor. Luego, como si fuera ciega, mientras respiraba agitadamente, empezó a palpar la chapa retorcida con las manos, la maleta de Erny abierta, las ropas desparramadas por el suelo, su hoja de afeitar, las llaves de la casa. Estuvo un buen rato rebuscando por el suelo.
—No está —graznó al chófer, y se sentó sobre un mojón, inclinada hacia delante—: la fiambrera no está.
¿Qué hacía ella allí? ¿Para qué había recorrido tantos kilómetros sin dormir? ¿Estaba allí para entregarle a alguien el filete empanado que Erny se había olvidado? ¿Acaso quería ver todas aquellas cosas esparcidas por el suelo, comprobar que el accidente era real?
No; ella no estaba allí para comprobar que el accidente era real. Estaba allí para convencerse de que su presente era ése. Al ver esas cosas esparcidas por el suelo pensaba que aquello era así; sin quejas ni lamentos. Cuanto más miraba al Bugatti último modelo, la chapa retorcida, el neumático en mil pedazos, la ropa revuelta, más consciente era de que nada podía dar pie a un lamento. El tramo de St. Raphael a Cannes no era más que una línea; un límite lleno de sentido. Un fatalismo tranquilizador. Presente. Un presente perfecto: el único que ahora tenía.
Levantó la cabeza y buscó al chófer con la mirada. Dijo:
—Vámonos.