Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 18 de 25

Páginas del PDF

Coco

Capítulo 17

 

Antes de prender, el odio es bulto. Principio de algo. Semilla. Un día el haba se envuelve en algodón húmedo, se deposita en una lata de metal y se deja florecer al sol mezquino del alféizar de la ventana. En poco tiempo, si las condiciones son propicias, salen las raíces: resentimiento, envidia, debilidad o frustración, menosprecio, tal vez amor, que se enredan y confunden con las fibras del algodón, tiñiéndolo en un humus graso y pestilente del que brota el tallo. La yema se anuncia. Salen las hojitas verde tierno. Es el momento de plantarlo en la huerta. La planta se carga de vainas. El odio se instala de nuevo. Pese a todos los esfuerzos (una mano que arranca y vacía la vaina), no conseguimos alejarlo: sigue ahí, ante nosotros, cuando no dentro de nosotros.

¿Quién podría odiarla, y por tanto, amarla tan intensamente? ¿Qué puede llevar a una persona a querer matar a otra?, piensa Coco al ver la bala cerca, muy cerca, entre su entrecejo hirsuto de jíbara.

Ella, la asesina, esa mujer desconocida (¿hasta cuándo?) que empuña una pistola.

Era 1934. Hitler ordenaba la «noche de los cuchillos largos», masacre y desarme de los cuerpos de asalto SA con la que se inicia la purga del partido nazi, diez años después, Dalí daba un discurso sobre el surrealismo en Londres con una escafandra puesta (casi muere ahogado porque alguien olvidó abrir la válvula del aire). Coco tenía cincuenta y un años.

El día que volvió de Nueva York, Marie salió a su encuentro: distante, de bulbo grueso, pensó Coco, gorda por arriba y fina por abajo, como una cebolla, envuelta con capas de enaguas, silencio y azúcar, con ese aire doméstico incrustado en el blanco de los ojos.

Sostenía entre las manos la lata metálica con el haba envuelta entre algodones. Un tallo esquelético con dos hojitas verdes se balanceaba de un lado a otro; el haba había crecido, y mucho.

La doncella cojeaba. Con imperturbable tosquedad, explicó que se había caído limpiando un armario y tenía la rodilla inflamada. La casa olía a alga de río y estaba llena de moscas. Hacía un calor pegajoso y el Sena no presentaba su mejor aspecto. Por primera vez, La Flaca pensó que aquél no era el lugar más adecuado para una señora como ella, tan apartado de su trabajo, tan infestado de bichos. Leyó la correspondencia pendiente, preparó varios envíos para el día siguiente, estuvo haciendo cálculos en torno a la oferta de Goldwyn, mirando atentamente el reportaje de ocho o nueve páginas del Vogue sobre la diseñadora Elsa Schiaparelli (¿qué tendría esa italiana para que le dedicaran nueve páginas?) y unas colecciones que giraban en torno a temas variados —el circo, las mariposas y la música, Boticelli—. Las mariposas, se dijo, y cerró la revista de golpe.

Marie parecía emitir pequeños quejidos desde su habitación. La rodilla, pensó Coco. Echó un vistazo a las noticias del periódico. El advenimiento del Frente Popular había sido aclamado por las masas como una aplastante victoria que daría paso a reformas sociales y económicas largamente esperadas, decía un editorial firmado por un conocido periodista conservador. Pero habían transcurrido ya varios meses y el jefe de la coalición, el socialista francés Léon Blum, era incapaz de cumplir las promesas de las vacaciones pagadas, el subsidio de desempleo y la semana laboral de cuarenta y cuatro horas con las cuales había ganado las elecciones. Los trabajadores de varias fábricas de aviones y automóviles se habían declarado en huelga. Coco se acordó entonces de que no hacía mucho, había pillado a una de sus empleadas intentando convencer al resto de que había que exigir mejores condiciones de trabajo, la muy frescachona, se dijo con regocijo y, al día siguiente, cómo no, estaba de patitas en la calle. ¡Qué ocurrencia, huelga en su negocio! Lealtad perruna, eso era lo que exigía ella. El periodista concluía su editorial diciendo que el Frente Popular constituía una amenaza de revolución social parecida a la que había acontecido en Rusia, ¡qué cosas!

Cenó algo ligero y llamó a la doncella: Marie, le dijo, he traído una cosa. Se levantó, acercó la maleta todavía sin deshacer y sacó una estatuilla de la Libertad.

—Es un regalo para ti —dijo— aunque… seguramente no sepas lo que representa.

Volvió a acomodarse en el sillón y con mucha afectación, una pierna cruzada sobre la otra, explicó que aquella estatua portaba la antorcha de la libertad. La libertad, Marie, tan importante para la mujer de hoy (miró a la otra de arriba abajo, con condescendencia), mira yo… yo podría estar bordando iniciales en los trapos de cocina para mi futura casa, nidos de abeja para la noche de bodas y sin embargo, no es así. Ahora bordo pecheras de lentejuelas para quien me da la gana, ¿entiendes? Opté por la libertad, y aquí estoy, libre, sin marido, bordando lentejuelas o no bordándolas, ¿tú has tenido marido alguna vez?

No esperó la respuesta. Estaba más que satisfecha con su discurso aleccionador y se retiró a dormir. Pero cuando se fue a meter en la cama, sus ojos no daban crédito: ¡las sábanas estaban sin tensar! ¡Le había pedido a Marie que las tensase antes de viajar a Nueva York! ¡Puta! ¡Lo había hecho expresamente! ¡Más que puta!

Se metió un puño en la boca y se tragó la rabia. No diría nada, no. No gritaría. Porque aquello era un descuido, un descuido; no podía ser que aquella polaca rechoncha estuviera urdiendo una revolución en su propia casa. No había que exagerar. Marie no era una sediciosa, ni siquiera era consciente de su condición. Era ella la que estaba cansada. Y el cansancio distorsiona las cosas, como las cebollas de bulbo grueso que, cuando quedan desnudas de capas hacen lagrimear, colocan una lente extravagante frente al ojo. Lo pequeño se hace grande y lo grande pequeño; lo bonito, grotesco; lo corriente, inesperado. Marie seguía siendo la de siempre, la criada de manos afelpadas rodeada de silencio y sumisión, como a ella le gustaba (¿pero a ella le gustaba eso?). Mañana sería otro día. ¿Ordena algo más, la señora?, de pronto entró Marie cojeando en la habitación y, sin motivo alguno, en el pecho de Coco comenzó un golpeteo intenso: ¿y por qué ese golpeteo ahora? Puta, volvió a pensar. Eres una puta. No, gracias, Marie, dijo. Todo está en orden.

—Señora —dijo Marie, casi sin aliento.

Ahí estaba de nuevo ella, la muda omnisciencia en camisón de florecitas, estúpida, los brazos colgando rígidos a ambos lados del cuerpo, el pelo suelto sobre los ojos, la rodilla en carne viva y ese labio superior tembloroso diciéndole señora.

—¿Marie?

La doncella se enjugó la frente con el dorso de la mano:

—Señora… yo…

—¿Marie?

—Necesito curarme la rodilla, creo que se me ha infectado, ayer estuve buscando el botiquín, pero no lo encontré…

Coco le indicó dónde estaba el algodón, el agua oxigenada y las vendas. Ahora estaba cansada (comprende que acabo de volver de un largo viaje de negocios…), y deseaba dormir. Se recostó y al rato oyó ruido, un ir y venir de muebles entre gañidos lastimosos, los esfuerzos de la doncella por subirse a una banqueta y alcanzar el botiquín y, luego, abrir el paquete de las vendas; oyó cómo el bote con agua oxigenada caía al suelo y, a continuación, la banqueta, quizás con Marie encima; era evidente que su doncella estaba lesionada. No haberlo dejado para tan tarde, si uno no mira por sí mismo, ¿quién va hacerlo? Yo también pasé la gripe en Nueva York y tuve que aguantarme. Excusándose con estos pensamientos, se dio media vuelta, se tapó la cabeza con la almohada e intentó conciliar el sueño. Pero se oía un quejido lastimoso en la cocina.

No le quedó más remedio que levantarse. Al ver entrar a la señora en el salón, moviendo la cabeza de un lado a otro, la doncella comenzó a hipar. Sin cruzar una sola palabra, La Flaca la tomó de un brazo y la alzó de mala manera hasta hacerla sentar sobre el sillón. Entonces, sin quererlo, quedaron cara a cara, como unidas por un ombligo invisible, el rostro de la señora acariciado por la dureza de la nariz de la criada, su boca que mostraba unos dientes cariados y ennegrecidos, y por sus labios húmedos.

Durante unos segundos, las dos mujeres se contemplaron en silencio, como lo hacen los perros que se dedican a olerse. Hasta que Coco, abochornada por la extraña coyunda, reaccionó separándose un poco. Y por supuesto, dijo, desde que te caíste hasta ahora, habrás desatendido las labores domésticas. Marie no dijo nada. Siguió contemplando a su señora con ojos claros, discretamente insultantes, mientras ésta cogía un trozo de algodón. Lo empapó de agua oxigenada y comenzó a limpiar la herida, primero por los bordes, que ya tenían algo de pus, hasta llegar al centro amarillento. En las piernas zambas de su criada confluían líneas y estrías, venas varicosas que parecían hablar de caminos recorridos, colinas de trigo y almendros floridos de rosa tierno, montañas cubiertas de nieve y orquídeas que florecen rojas como el pene de los puercos, un denso mosaico de pequeñas parcelas campesinas: de un pasado interrumpido y una vida truncada de pobreza rural y élites conservadoras, pensó Coco.

Marie no dejaba de hipar, a cada rato se estremecía o movía el cuerpo como con pequeñas convulsiones. La Flaca detuvo el algodón en el aire. Dijo: si no dejas de hipar, Marie, no sigo.

Mientras limpiaba percibía la emanación sorda y rancia que despedía el cuerpo, el aliento tibio de aquella criatura de Dios: la criada olía igual que los mercadillos de su infancia, a regaliz o a raíces frescas, a paloduz, y Coco no pudo evitar sonreír, porque los recuerdos de la infancia hacen sonreír.

Cuando terminó, le liberó la frente de cabellos: ahí estaba su doncella, ahora sí, escrutándola con esos ojos de las criaturas sometidas, ojos clarísimos y estupefactos, que parecen decir todo lo que la boca calla (¿pero qué era lo que la boca callaba?), que insultan, pensó Coco. Le enrolló cuidadosamente una venda limpia y le indicó que había terminado. El cuerpo se estremeció un poco, y luego se oyó un gracias, gracias, señora. A punto de entrar en su habitación, volvió a oírse la voz:

—No lloraba por lo de la rodilla… yo…

Coco se dio la vuelta. Ahí estaba la criada, retorciendo y estrujando las puntas del camisón con los dedos.

—Señora, yo quisiera pedirle un tiempo libre, tengo un asunto que arreglar…

Como era de esperar, La Flaca le dijo que no, que de ninguna manera, que acababa de volver de viaje y ahora era cuando más la necesitaba; le dijo que qué se había creído, ¿que esto era un hotel o algo así? Ya le diría ella cuando podía tomarse unos días. Pensó: ¿qué asunto personal vas a tener tú, memorcia?

A la mañana siguiente la caminata hasta el trabajo se le hizo fastidiosa. Había oído que últimamente mucha gente famosa, sobre todo diseñadores, era asesinada en el interior de su coche (Glen Fionnet, por ejemplo), cosa que le llevó a aparcar el Rolls por una temporada. Pero la calle Cambon quedaba lejos para ir a pie. Cuando llegó a la puerta de la boutique, salían varias personas del Hotel Ritz, que estaba en la misma calle. ¿Por qué no trasladarse a vivir a una de sus suites?, pensó por un momento. Eso daría a su persona un toque de distinción, y por las mañanas sólo tendría que cruzar la calle. Al entrar en su despacho cogió el teléfono e hizo las consultas pertinentes: sí, había dos suites disponibles para alquilar, la ejecutiva o la de lujo, pero el precio sería elevado. Muy elevado porque ambas tenían mobiliario Luis XV y grifería dorada, así como vistas a los jardines o la Torre Eiffel.

Pidió hablar con el mismísimo señor Ritz. Le explicó que era Madame de… y que tenía pensado instalarse en su hotel. Quedaron en que, a última hora de la tarde, Coco iría a visitar la suite y a ultimar otros detalles.

El director quiso saber durante cuánto tiempo querría la habitación: hasta que me muera, fue la respuesta de La Flaca.

Ese día volvió a oír hablar de Elsa Schiaparelli. Lo cierto es que las demás diseñadoras de moda —Vionnet, Lanvin, Louise Boulanger y las hermanas Callot— no habían supuesto nunca una amenaza para ella. Pero Schiaparelli parecía diferente. Una clienta le contó que, al igual que ella, había alquilado unas habitaciones en la buhardilla de un edificio de la calle de la Paix, y que también había comenzado presentando ropa deportiva; hasta tenía una conexión inglesa aristocrática: el hermano de lord Willingdon, nada más y nada menos que virrey de la India, que financiaba su boutique de la calle Upper Grosvenor, le dijo la clienta lanzándole una sonrisa de rata.

Por lo que había podido observar, la diseñadora italiana era todo lo opuesto a ella: colores atrevidos como el púrpura, al que había rebautizado con el nombre de «rosa asqueroso», casados con el fucsia o el negro, todo en la cuerda floja del mal gusto. Entre sus diseños exclusivos había unos guantes con uñas doradas incorporadas, o el llamado «vestido andrajoso», un traje de noche de lujo cuyo estampado hacía pensar que estaba muy usado. Hasta llegó a adaptar los principios surrealistas a la moda —era muy amiga de Salvador Dalí—, separó los objetos cotidianos de su entorno habitual y los mostró en un contexto totalmente nuevo: un zapato que se convierte en sombrero al doblar la suela de color rojo hacia arriba.

Los desfiles que hacía en la plaza Vendôme eran mucho más espectaculares que los suyos, con una carga de profundidad, una extravagancia que rebosaba brillo y esplendor. En la fibra más íntima de Coco, había algo que le dolía: la Schiap, como la llamaba la gente, también frecuentaba los círculos más selectos y era invitada de honor de la flor y nata de su época, al contrario que ella, pertenecía a la alta sociedad por cuna, educación y mundo. Por primera vez sintió que no era la única estrella que brillaba en el firmamento de las diseñadoras, y que sus creaciones, su línea, ella, podían estar sufriendo una suerte de envejecimiento. Todo envejece, ¿no?; pues yo no voy a ser una excepción.

Antes de salir a comer escribió una enjundiosa carta a Samuel Goldwyn: había decidido aceptar su oferta; ahora bien, no se movería de París. Era cierto que no estaba claro qué influía sobre qué —el cine sobre la moda, o la moda sobre el cine— pero tenía que reconocer que la mayor dificultad de los cineastas era la fugacidad de las tendencias. Apenas habían rodado una película con los vestidos más lujosos del momento, París lanzaba una nueva línea y la cinta quedaba desfasada antes de estrenarse. Porque el lujo estará en América, señor Goldwyn, pero el espíritu del lujo está en Francia. Concluyó diciendo que ella era hoy por hoy la innovadora de más calibre del momento («Francia soy yo», le escribió literalmente). Por tanto, si Gloria Swanson quería vestir sus creaciones debía venir a París.

Una vez firmada la carta llamó a una de sus empleadas para que la metiera en un sobre y la pusiera con el resto del correo. Durante cinco o diez minutos, estuvo llamándola, sin obtener respuesta. Oía un murmullo de voces que parecía proceder de una habitación contigua, pero pensó que más bien sería el parloteo de una o dos clientas aburridas. Por fin se levantó y salió al pasillo: no había nadie trabajando. Echó un vistazo a través de la escalera: la boutique estaba vacía y el cierre estaba echado. Miró su reloj: ¡pero no era hora de cerrar!, ¿dónde estaban esas vagas redomadas? Recorrió el local de cabo a rabo resoplando, sin encontrar a nadie. Por fin abrió una puerta y encontró a sus empleadas: estaban reunidas en el cuarto del café. Una de ellas, sentada sobre la mesa, hablaba (no era una voz, era un cuchicheo, tal vez un zumbido); las otras escuchaban y parecían muy exaltadas. No dijo nada, pero al verla, la masa de mujeres se disolvió.

Una a una, cabizbajas, ante la mirada de su jefa (sólo se veía el blanco de sus ojos, mientras los globos giraban de un lado a otro, como si de un momento a otro fueran a salírsele de las órbitas) fueron saliendo por la puerta como ratas escaldadas, desprendían una extraña y poderosa energía. Volvieron al trabajo como si tal cosa, en silencio, pero a Coco se le vino a la cabeza la idea del amotinamiento: las empleadas más disímiles estaban ahí, todas, las fuertes y las débiles, las altas y las bajas, las feas y las agraciadas, de pronto, reunidas en una masa abigarrada. Esa noche durmió mal: estaba convencida de que ya no era la mujer enérgica y aplaudida que suscitaba adulación y temía que se estuviese fraguando un ataque sorpresivo contra su persona. Porque ellas eran conscientes —no eran tontas— de que el mercado había evolucionado y la línea que había adoptado sufría una crisis. Ah, pero eso era lo de menos. Lo que más le importaba era la crisis personal, la falta de carisma y de dotes de mando (¡de glamour!) que, por lo visto, sí tenía esa tonta italiana que hacía vestidos.

Pasó toda la noche dando vueltas a la idea de que tenía que volver a demostrar la valía ante sus empleadas, quizá se había mostrado un tanto «blanda» últimamente (la blandura, se dijo, es el humus tierno del que prende la desobediencia) y eso nunca funciona si se quiere ser jefe. Aunque, si ordenas a la tropa que se arroje por la ventana, habrá una revolución. Mi autoridad debe ser razonable. Y eso es lo difícil, dar con lo «razonable».

«Blanda»; ese fue el sentimiento que tuvo al entrar por la noche en su casa. Porque lo que más le apetecía en el mundo era volver a curar la rodilla de Marie, sentir su aliento tibio a regaliz y palpar su pierna surcada de historias. Había estado pensando en ella durante todo el día. Por la tarde había estado en el Ritz, y en sus conversaciones con el director se mostró firme y distante, cosa que había funcionado, al menos cuando impuso sus condiciones. Al traspasar el hermoso hall de entrada oyó el servicial bonjour, mademoiselle del recepcionista, un hombrecillo con librea azul y plata y lealtad perruna, la voz aflautada por la dicha de vivir, blanco perfecto para la humillación —el señor Ritz no parecía prestarse a ello—, cosa que le gustó. Así que no le contestó, sino que le lanzó una de sus miradas aniquiladoras, una mirada que parecía leer los pensamientos más secretos y que parecía decir: si no me sigues haciendo la pelota, recepcionista de pacotilla, y bien hecha, te fulmino.

Al entrar en la suite echó un vistazo a las paredes orladas, los muebles de matices pálidos, la cama con dosel y sábanas bordadas, las innumerables mesitas de apoyo, el crème apagado de las paredes y el rosa melocotón de las cortinas de terciopelo. Dijo: todo esto, lo tiran ustedes por la ventana. Cuando el señor Ritz le preguntó por qué, ella respondió que era cuestión de elegancia. La elegancia, dijo, no convive nunca con el barroco. A mí me pintan la suite de blanco y me quitan todos esos cuadros. Pidió una habitación aparte para su doncella, y también que el servicio de la cena (que debía consistir en patatas al horno y puré de castañas frescas con la orden terminante de no utilizar cebolla porque le repetía) fuera individual, con una mesa de roble y sin mantel. El director hizo subir al chef de cuisine, que tomó buena nota de todo, principalmente de su selección de vinos: Riesling frío, Chianti o Beaujolais y un Burdeos noble en el caso de tener invitados, aunque servido a temperatura más fría que la ambiente.

Cuando, varios días después, Coco se instaló en el Ritz, los muebles habían sido retirados. Sólo quedaba un pequeño escritorio estilo Luis XV con patas curvas y caladas y decorado con rocallas, que el director tuvo a bien conservar dado su valor histórico. Cuando La Flaca quedó a solas en la habitación, lo arrastró hasta la ventana y lo lanzó a la calle. Le daba absolutamente igual lo que le dijeran; aquello, ya lo había explicado, iba en contra de la elegancia.

Además, le resultaba hermoso lanzar cosas por la ventana, sobre todo si eran muebles rococó de gran valor.

También ante su doncella tenía que mostrarse firme y distante, o corría el riesgo de perderla. Esa bocanada de infancia que había sentido al limpiarle la herida, esa fiebre que ella asoció con la ternura, no era más que una ilusión. Seguía viviendo en un mundo trémulo y duro, donde el pez grande, el lucio, englute a los pececillos al menor descuido —eso era una verdad mundanal— y, ahora, después de todo lo que había conseguido en la vida, no era el momento de ceder ante ternuras. Además, ¿qué sabía ella de «ternura» si nunca la había experimentado? La ternura era también una palabra vacía y acartonada, algo parecido a «madre» o «nostalgia», una aberración como le habían explicado las monjas de su infancia, quizá la estuviera confundiendo con la «pena» o el olor a sopa de castañas, cualquier cosa: las palabras, se dijo, tienen un significado distinto para cada una de las personas que las utilizan.

Están las clases, las diferencias que separan a las personas, instauradas por Dios desde la noche de los tiempos, y una señora no acostumbra a curar a su criada. De todos es sabido que la amabilidad o el afecto resultan ineficaces cuando se ejerce el mando y han de estar vinculadas a una profunda disciplina; lo de ayer fue una urgencia y Marie ya estaba mejor.

En ese momento, la doncella atravesó el salón y sin saber ni cómo ni por qué, Coco se oyó a sí misma decir:

—¿Quieres que vuelva a hacerte la cura?

No podía dar crédito a sus oídos: la dureza vencida por la pequeñez, el orgullo por la perdición. Aquellas palabras, formadas en su vientre, habían subido suavemente por su garganta, por su garganta como un nudo incontrolado de felpa, una chispa de amistad hacia el género humano, pero no eran suyas sino de otra, otra, ¿cómo había sido capaz de rebajarse así?, ¿cómo podría permitir que desaparecieran las categorías jerárquicas?; ahora no podía dar marcha atrás. Dar marcha atrás era descender al infierno de la bajeza y la debilidad humana. Marie la miró con extrañeza.

—Si la señora no tiene inconveniente…

Sin pensarlo dos veces, La Flaca fue a buscar el algodón y el agua oxigenada, ¡ya llamaría a capítulo a su criada en otro momento! Con un escalofrío de excitación, repitió la cura del día anterior. Primero los bordes, hasta llegar al centro de la herida que ya estaba mucho mejor, y de nuevo, al respirar el sudor rancio que emanaba el cuerpo de Marie, al sentir que estaba dándose (¿cuándo fue la última vez que hizo algo por alguien?), no sólo existiendo o subsistiendo sino dándose, se sintió penetrada por una extraño regocijo, algo que sólo había experimentado en raras ocasiones: al ver una flor inclinada por el viento; al tocar el hocico húmedo y aterciopelado de un perro del pueblo de su infancia; al chupar los caramelos de menta del internado de los Cevernios; al verse reflejada en el ojo de un caballo; al comer almendras fritas y morirse de la risa junto a su hermana.

Por un momento le pareció que la felicidad misma tenía aquel olor, el olor a sudor rancio de una criada.

Al terminar, la doncella volvió a emitir un gracias. Gracias, señora, cosa que la enervó.

Se sentaron en la terraza, Coco a leer el periódico y la doncella a sacar brillo a unos candelabros. Pero la humedad del río atraía a las moscas, que garabateaban en el aire para luego posarse en los brazos y las piernas de manera insoportable. A Marie, fijos los ojos en la plata, las manos atareadas, no parecía importarle, pero a Coco le creaba tal inquietud y malestar que le resultaba imposible concentrarse en nada, y menos en la lectura del periódico. De tanto en tanto, alzaba los ojos para mirar a su doncella. Realmente, pensó, es imperturbable, una masa de hielo.

—¡Marie! —cacareó.

Sin dejar de mover el trapo, la doncella alzó la cabeza lentamente.

—Señora —contestó con mucha gravedad.

—¡Espántamelas! —gritó la otra.

Marie detuvo las manos, y a continuación miró a su señora de arriba abajo.

—¿Cómo dijo?

—A las moscas —dijo Coco—. Te levantas y, en lugar de limpiar la plata, te dedicas a espantarme las moscas mientras leo el periódico, que buena falta hace.

A las ocho de la mañana del día siguiente, sonó el timbre. Marie fue cojeando hasta el hall y abrió la puerta. Había un hombre detrás de un salmón.

—¿A quién anuncio? —preguntó la criada.

—Al duque de Westminster —fue la respuesta.

En esta ocasión, Coco no le dejó entrar (a ella no se la conquistaba así como así, a las ocho de la mañana, por muy fresco que estuviera el salmón…), pero a los dos días volvió a verse con él: se hicieron amantes. Durante ese invierno, pasó temporadas más o menos largas con él en Inglaterra, paseando por los bosques fragorosos de Eaton Hall. El pueblo — una única calle sin asfaltar, bordeada a ambos lados por setos y casitas de ladrillos rojos— tenía una oficina de correos, una iglesia rodeada de flores y muertos, una tienda de comestibles y una taberna. Un poco más allá, entre suaves colinas, se alzaba la mansión del duque. Por la noche, la piedra del edificio brillaba como el lomo de un sapo y salían mariposas a golpearse contra las bombillas de las farolas. Coco se dormía escuchando el golpeteo metálico en una alcoba inhóspita y abigarrada, situada en el ala sur y comunicada con la del duque por un baño con grifería de cobre, revestida de madera y silencio, en una cama donde quizás otra (eso pensó, otra) podría haber ocupado el puesto que ahora ocupaba ella.

Pero las noches siguientes no habría otra, sino todavía ella. Ella rodeada de objetos que colgaban al azar: un cuadro de algún antepasado montando a caballo, un barómetro, un reloj parado en la una menos veinte (la hora en que yo moriré, pensaba cada vez que lo veía), un tapiz raído que representaba una escena campestre. A veces, se encontraban en la alcoba del duque para dormir juntos. Pero el terror a un contacto inesperado (una mano, garra de Westminster) la mantenían en continua tensión.

En el interior de ese edificio la vida transcurría como en el siglo XIX. A las siete treinta una doncella con cofia y delantal llamaba a la puerta y depositaba sobre la mesilla de noche un zumo de naranjas recién exprimidas, lo quisiera o no. Si a Coco se le ocurría despertarse con un simple dolor de cabeza (cosa muy normal en ella), el duque hacía llamar a los especialistas más cualificados del condado para atenderla. La Flaca se arreglaba y entraba en el despacho de Westminster a darle los buenos días. Olor a tabaco de pipa y murmullos ahogados: todos los días, mientras se acariciaba la pelusa tierna que le crecía en el lóbulo izquierdo de la oreja, el duque atendía sus negocios en compañía de su contable.

A las doce treinta, erectos y tiesos, almorzaban en una mesa larguísima en torno a la cual trajinaban criados que emitían un silbido como de hojas que caen al atardecer. Con voz pálida y melodiosa, con mucho respeto y siempre pendientes de no rozar nada esencial, los invitados hablaban de teología, economía y derecho (aunque nunca directamente de Dios, ni del destino, ni de las riquezas que poseían), pero sin duda el tema principal era la meteorología; de hecho, la pregunta que estaba en el aire, como un impulso atávico y recurrente, era what will the weather be like tomorrow?, cuando todos sabían que los días eran (y serían) iguales, nubes, cielo gris, lluvia, mañana. Mañana también habría nubes, cielo gris, lluvia, pero era hermoso preguntar.

Entre esos invitados estaba Winston Churchill, emparentado con el duque por lazos de matrimonio, ya que la madre de Winston se había casado con el hermano de su primera esposa.

Churchill y Westminster se habían conocido en África del Sur durante la guerra de los bóers y al primero le encantaba participar del fastuoso estilo de vida que llevaba el duque. En cierta ocasión, cuando Churchill luchaba con ferocidad para conseguir que se mantuviese el poder del Imperio británico, Coco coincidió con él, moderado y pomposo, típico producto del «establishment Victoriano», que en sus ratos libres se dedicaba a la albañilería y a pintar paisajes y bodegones. En esa ocasión, el estadista explicó a todos los comensales que era alarmante y también nauseabundo ver al señor Gandhi, un subversivo abogado del Middle Temple, aparentar ser un faquir o un tipo conocido en Oriente, y subir medio desnudo a la escalinata del Palacio del Virrey.

Por la tarde, él y La Flaca coincidieron en un saloncito de Eaton Hall. Tomaron té con pastas y hablaron acaloradamente sobre varios temas de interés común como el polo y las carreras de caballos, las operaciones de apendicitis y las alegres comadres de Windsor, pero sobre todo hablaron del sentido del deber. Medio en francés, medio en inglés, Churchill le contó a Coco que el deber era para él pauta de vida y que cada vez que éste entraba en conflicto con el placer, si el tema en cuestión era lo bastante importante, se decantaba por el primero. Y ello, explicó —y Coco asentía emocionada de encontrar a alguien con quien compartir su «laboriosidad»—, porque prefiero el peligro al aburrimiento, la perseverancia a la resignación, la constancia al entumecimiento y el riesgo a la inercia que conduce indefectiblemente a la aniquilación.

—Pero el sentido del deber desmesurado conduce al agotamiento, y por tanto también a la aniquilación —apuntó ella.

—Cierto —contestó él echando una calada a su cigarro turco—, pero al fin y al cabo, de algo hay que morir.

La conversación fue muy interesante y coincidieron en muchas posturas; Coco estaba convencida de que el inglés había quedado obnubilado por su carácter.

Por la tarde, antes de que el aburrimiento descendiera como una sombra, ella y el duque salían a pasear por los estremecedores jardines, invernaderos y bosques que ofrecían un penetrante olor a musgo, salpicados con pequeñas cottages habitados por los caseros. En los umbrales de las casas relucían como melocotones los pómulos de estos hombres, mujeres y niños de campo que hacían genuflexiones cuando los veían pasar. Un día, Coco descubrió unos invernaderos en que se cultivaban melocotones, nectarinas y fresas para comer durante todo el año. El mismo Westminster parecía ignorar su existencia. Se lanzaron a comer fresas como locos. Reían y comían fresas y a veces se abrazaban: levemente, sin avidez. Al día siguiente, La Flaca quiso volver sola a los invernaderos pero estaban cerrados. Se lo dijo al duque, que inmediatamente hizo llamar al jardinero jefe.

—He cerrado los invernaderos porque unos ladrones han robado fresas, milord —dijo éste.

Entretanto, había llegado la respuesta de Goldwyn: Gloria Swanson se trasladaría a París para hacerse las pruebas para el vestuario de su siguiente película, Esta noche o nunca. Antes de que llegara, Coco había tenido la astucia de enviar una representante a Hollywood que había vestido a unas cuantas actrices con una serie de vestidos blancos de satén cortados al bies que literalmente se pegaban a la piel. Su principal cualidad, reflejar los focos, los convertía en la mejor arma de las actrices —especialmente las rubias— para hacer apariciones memorables. No precisaban de cierres, bastaba con ponérselos por la cabeza o por las piernas, para lo que eran de gran ayuda los escotes generosos: el magnate Goldwyn estaba ya hechizado.

La siguiente película de la Swanson era un musical sentimentaloide sobre una joven cantante comprometida con un noble anciano, pero enamorada de un misterioso desconocido que en realidad no era otra cosa que un empresario camuflado, decidido a conseguir que la chica firmase un contrato para cantar en la ópera. Por espacio de una semana, la actriz fue varias veces a la calle Cambon para las pruebas preliminares. Era una chica bajita, a la que Hollywood se había encargado de proporcionar una imagen tan artificial que prácticamente resultaba vulgar. Coco la encontró un tanto rellenita y le aconsejó que para las pruebas finales, seis semanas después, adelgazara unos cuantos kilos.

Entretanto, la actriz se fue a pasar unas vacaciones a bordo de un yate con un playboy de origen británico. Cuando volvió después de un mes y medio, había engordado. Para disimular se presentó a las pruebas con un corsé perfectamente visible a medio muslo.

—¿Cree que soy tonta? —le gritó Coco—. ¡Deje de atiborrarse y pierda kilos! Hasta que no vuelva con unos cuantos kilos de menos, no seguiremos con las pruebas. Su gordura es un insulto.

A los tres días, la actriz volvió a presentarse en la calle Cambon.

—Sigue usted igual de gorda —le chilló La Flaca desde el piso de arriba, delante de todo el mundo y sin dignarse bajar. Y asomó la nariz a través de la puerta—: O más.

Gloria Swanson pidió hablar con Coco a solas. En su despacho le explicó que por una temporadita más o menos larga no tenía pensado adelgazar, sino más bien «engordar», y que por tanto tenía que hacer uso de todo su talento y creatividad para crear prendas que la mantuvieran esbelta durante los dos meses que duraría el rodaje. La Flaca la invitó a salir de su boutique y a no volver nunca jamás. Cuando, unos meses más tarde, alguien le dijo que la Swanson había tenido que posponer el rodaje de su nueva película porque estaba embarazada, ella se quedó mirando al maniquí que tenía delante, pensativa, y siguió con lo que estaba haciendo.

Coco amaba al duque, o se figuraba que le amaba, que a fin de cuentas venía a ser lo mismo. A veces, en Eaton Hall, o en cualquier otra mansión en la que se encontrara, se quedaba contemplando la corteza de un abedul o un capullo de rosa mojado. Entonces sentía cómo una ola de hastío e impaciencia empezaba a subirle por los tobillos y le llegaba hasta el estómago hasta reventar en las entrañas: volvía a preguntarse si todo eso, el duque, su mundo y su riqueza, tanto capullo mojado era lo que ella quería. Pensaba que, en compañía de aquel hombre, sólo tenía que chasquear los dedos y tendría a su alcance cualquier cosa: un elefante, por ejemplo. Pero ahora, cada vez más, contaba el tiempo, y el tiempo no se compraba con tanta facilidad como un elefante. Cuando era joven no le importaba derrochar ese tiempo con otra persona. Ahora sí, porque cada vez era más escaso.

Además había algo que no le gustaba. Tanto en Inglaterra como en Francia circulaban rumores de boda. Se sabía que el duque andaba buscando una mujer casadera, no para legitimar una relación sino para tener un hijo varón, y Coco no estaba entre ellas. En las revistas de sociedad aparecía una lista que incluía a unas quince mujeres, todas ellas de cuna noble, ricas herederas, candidatas a convertirse en la tercera duquesa de Westminster; a ella no la mencionaban, probablemente porque ya no estaba en edad de engendrar un hijo.

—Todo el mundo casa al duque —le dijo un día a un periodista que le preguntó por qué no estaba en esa lista.

—Duquesas hay muchas, pero Madame de… sólo una —dijo ella.

¿Verdaderamente deseaba casarse y tener un elefante? Eso era lo de menos. Lo decepcionante era no estar, y así se lo contó a Julian Jurié en su siguiente visita.

—No estar en esas malditas listas —le dijo clavando la vista en uno de sus diplomas enmarcados.

Jurié la miró con extrañeza. Luego le preguntó si lo que realmente le importaba era no estar para los demás o más bien no estar para ella misma.

—¿De qué me está hablando? —le increpó Coco.

—De la triste esclavitud de la opinión ajena —dijo el otro.

Westminster era un hombre irascible, verdaderamente excéntrico, mucho más que el duque Dimitri, una mezcla de rigidez y laxitud. Podía ser el mayor juerguista y un perfecto aburrido. Llevaba los zapatos brillantes como espejos, pero agujeros en las suelas, y calcetines viejos que los criados tenían que poner a remojo varios días antes. Coleccionaba animales exóticos. En Escocia tenía monos del Himalaya que un invierno se escaparon y se mezclaron con los patinadores de un estanque helado, fue el mayor acontecimiento local de la década. En Normandía, un conejo brasileño del tamaño de una vaca que perseguía a las doncellas y les mordía el culo tuvo que ser trasladado a una granja remota. También contaba con una población de gatos, perros, gansos, gallinas y peces.

Una tarde, en una cacería que se había organizado en Las Landas junto con varios invitados, la descarga de uno de los cazadores provocó que se desgarrara una rama de un árbol. La rama cayó sobre Coco causando una herida en su labio inferior. Un médico de la zona le administró los primeros auxilios y esa misma noche tuvo que ser trasladada a París acompañada de una camarera, un mono y un loro que La Flaca había comprado al duque y no había tenido ocasión de entregarle. En el compartimento del coche cama en que viajaba, el simio y la cacatúa se desafiaron, desde sus respectivas jaulas. Entre aquellos gritos y graznidos que la inútil de la camarera era incapaz de remediar, Coco —deseosa de lanzarlos por la ventana— albergó sus primeras dudas acerca de su amor hacia Westminster.