Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 11 de 25

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Coco

Capítulo 10

 

Érase una vez una joven y bella costurera que dormía en su suite e iba a ser asesinada por un hombre. Pero no. No era costurera, ni dormía en su suite, ni iba a ser asesinada por un hombre. Érase una vieja diseñadora, una leyenda de la alta costura que inventó lo barato caro, un gorrión enjuto que salió al pasillo y se encontró con una mujer —ahora estaba claro, su asesina llevaba moño y vestía un elegante traje de chaqueta, era una mujer—. ¿Pero quién era esa mujer? ¿Quién podía odiarla tan intensamente hasta el punto de querer asesinarla?

A finales de 1917, cuando Coco fue por primera vez a la consulta de Julian Jurié, la guerra había entrado en su cuarto año, el último y más sangriento (en el portal, perdido entre los brillos del suelo, un gorrión metía el pico en una cáscara de huevo que se había caído de una bolsa de basura).

Cuando comenzó la contienda, ante la masiva movilización de los hombres en edad de combatir, todo el mundo creía que se trataría de una escaramuza de semanas, tal vez de unos meses. Pero ahora el fin del conflicto era incierto. En el ejército francés habían estallado sediciones. Algunos soldados desertaban, otros se negaban a combatir e incluso agredían a los oficiales. Este movimiento se extendió como una mancha de aceite a gran número de batallones. Sin embargo, la prensa no se hizo eco de ello porque ante todo estaba la moral de la nación y su seguridad. Además no era viable ninguna paz de compromiso porque el mapa favorecía a Alemania. Al igual que ciertos traumas infantiles permanecen reprimidos en el inconsciente — olvidados pero no inactivos— y son la causa que genera trastornos psíquicos en los individuos adultos, Francia había sufrido una fuerte decepción con la pérdida de Alsacia-Lorena, y no podía aceptar una paz que no le devolviera ese territorio.

Al menos ésa era la opinión de Jurié, el psicoanalista amigo de Erny y discípulo de Sigmund Freud en Viena que ahora tenía una lujosa consulta en la Île Saint-Louis, con vistas a las alamedas del Quai d’Orléans y al magnífico ábside de Notre-Dame que, según él, era mucho más bonito que la fachada principal. Aunque Jurié no era precisamente un charlatán, en general prefería ir al grano. Ésa era la segunda vez que se veían.

En su primera visita, Coco le hizo una panorámica de su familia. Mintió como una bellaca. No le habló de su madre desdentada, embarazada de ocho meses, ni de cómo buscaba al padre de sus hijos en el pueblo vecino, siempre borracho y en paradero desconocido. Aunque hubiera querido, no habría podido, pero no le causaba ninguna pena. Al fin y al cabo, era su memoria — y no ella— la culpable de haberlos perdido. Su memoria era la que estaba huérfana. Y prefería no hurgar porque, por encima de todo, la memoria era una tundra helada que le inspiraba pavor. Tampoco le habló del internado de los Cevernios, ni de Meg la Larga ni de las otras monjas.

En cambio, con aparente naturalidad, le habló de sus tías. Antes que sus tías malvadas, no había nada: el vacío. Ellas sí que habitaban su memoria, aunque nunca hubieran existido. En cuanto quería recordarlas, surgían de manera atropellada, negras y angulosas, secas hasta el desconsuelo; se instalaban en el paladar y luego en la lengua. Le escocían en los labios: tías malas y bigotudas, explicó. Estábamos de luto. Nuestra madre acababa de morir y a mi hermana y a mí nos llevaron a su casa, situada en medio de unos pastizales incultos, buenos para los caballos pero malos para producir leche. Nos recibieron con indiferencia. Acercaron la lámpara para vernos mejor la cara, como si llegaran dos conejos en una jaula. Mi hermana y yo teníamos hambre, mucha hambre. Habíamos viajado durante todo el día sin probar bocado. Pero ellas ya habían cenado y no eran horas de preparar nada. Mi hermana se puso a gritar. Decía que no había comido en todo el día; gritaba y gritaba, y ellas entre tanto se manoseaban las faldas por debajo de la mesa. Por fin una de ellas se levantó y comenzó a insultarnos entre dientes. Se encorvó sobre los fogones durante cinco minutos.

Nos prepararon dos huevos pasados por agua. Yo me negué a tomar el mío; dije que no me gustaba porque apestaba a gallina y a pedo. Dije que toda la casa apestaba a gallina y a pedo, y que ellas también apestaban a gallina y a pedo. Me escrutaron desde la oscuridad, con esas caras angulosas de ojos alocados. Durante un buen rato, permanecieron observándonos inmóviles, y sólo se oía su respiración entrecortada. Mi hermana se metió el huevo en la boca, lo engulló ante la mirada fija de las viejas que nos vigilaban atusándose los negros bigotes. Luego se levantaron y se fueron a dormir: miles de sonrisas salieron de debajo de la cama, de los cajones de la cómoda, de los armarios llenos de sábanas.

No recibimos ni una pizca de cariño, prosiguió La Flaca. Daba igual; son los besos, las caricias, los profesores y las vitaminas los que matan a los niños y los preparan para ser desgraciados o débiles. Son las tías malvadas las que hacen de ellos unos triunfadores.

—¿Usted cree? —interrumpió Julian Jurié.

—Estoy absolutamente convencida.

—¿Y no piensa que el cariño puede ser un incentivo?

—El incentivo básico y principal en el hombre es el egoísmo.

—¿Y el amor?

—Amar es querer ser amado, egoísmo una vez más.

Palabras. Así que la realidad no existía y los recuerdos eran palabras, lo único que existía eran las palabras. Ella misma hablaba en el interior de aquellos pastos de palabras y de hierba corta, en el interior de las faldas y de la leche. Todo su pasado estaba hecho de palabras. Frases que crepitaban como sarmientos secos.

—¿Les echa en cara a sus tías que no la preparasen para el triunfo?

Coco replicó que no lo sabía.

Hábleme de su familia, le dijo el psicoanalista en la segunda consulta. ¿Cómo de mi familia?, le increpó ella; ya lo hice la última vez, ¿es que acaso no vamos a pasar a hablar de mis sentimientos? Ya tiene usted una idea de mi familia; ya sabe quién o quiénes son los culpables de mi neurosis. Ahora vienen mis sentimientos. Me habló usted, profusamente por cierto, contestó él, de sus tías. Pero a mí sus tías no me interesan; yo de quien quiero que me hable es de su padre y de su madre y luego de sus hermanos.

Imposible. Durante medio año, ante la atenta mirada del doctor y antes de dirigirse a la calle Cambon para atender su negocio, Coco fingía. En cuanto abría la boca, la mentira salía disparada como una bala (como la bala que ahora iba a matarla), se elevaba por encima de la cabeza, flotaba por la estancia graciosamente amueblada, recorría los diplomas enmarcados colgados sobre la piel repujada que orlaba las paredes, las lámparas de lectura en forma de tulipa y los muebles encerados, el polvo de los muebles encerados, hasta que volvía a la boca. Sus tías, su madre inventada, el hermano que nunca tuvo, todo se convertía en palabras. Tenía tanto talento para la mentira que principalmente se engañaba a sí misma. Por hoy hemos terminado, le decía Jurié.

Un día de octubre, al salir de la consulta, vio a un grupo de personas festejando algo por la calle con banderitas de colores. El aire gélido y sereno se mezclaba con gritos alegres y festivos, acompañados de canciones patrióticas. ¿Qué ocurre?, preguntó. Le explicaron que en el claro de Rethondes, los plenipotenciarios alemanes habían firmado el armisticio que ponía fin a la guerra. Coco montó en el Rolls y pidió al chófer que se detuviese en una licorería de la plaza Maubert. Compró moscatel espumoso y se dirigió a la boutique para celebrar la victoria con sus dependientas. Como había varias calles cortadas, tuvieron que dar un rodeo por el Hotel des Invalides hasta tomar la orilla izquierda del Sena. Lentamente fueron dejando a un lado la iglesia Saint-Louis, la Escuela Militar y el vasto Champ de Mars hasta darse, casi de bruces, con la Torre Eiffel. Le parecía imposible sentir una dicha más pura que la de aquel momento, con el olor casi salvaje del Sena que se mezclaba con el de los magnolios en flor, los pintores callejeros, los enamorados insaciables. Deténgase aquí, le gritó al chófer. Abrió la puerta del Rolls y plantó un pie en el suelo con intención de salir. Durante un rato, observó aquella ingente estructura metálica de más de trescientos metros; estaba convencida de que esta vez subiría cuando una voz (¿era la suya propia?) le dijo: métete, métete inmediatamente en el coche. Volvió a introducir el pie y no se movió. Como quiera que el chófer no la veía reaccionar le dijo que el mejor momento para disfrutar de esa vista era una hora antes de la puesta del sol; y arrancó el coche.

Al entrar en la boutique sus empleadas le contaron que un hombre había preguntado por ella y que, por supuesto, no le habían dejado entrar. Se había presentado como el novio de Lucienne Rebaté y deseaba hablar con mademoiselle. Habéis hecho bien, les dijo Coco apurando su copa de moscatel y volviéndose a poner el abrigo. No estoy para atender a todo el que viene por aquí y menos si es hombre. Si vuelve a preguntar por mí, llamáis a la policía.

Fue a buscar a Erny a la sede de la Cruz Roja, lugar donde el inglés prestaba sus servicios cuando estaba en París. Hacía tiempo que no se veían con calma y, al oír lo del armisticio en el claro de Rethondes, habían aflorado recuerdos muy gratos. Era consciente de que últimamente Erny estaba distante y a menudo parecía molesto. Y no sólo por su amistad con Misia, a la que consideraba una grosera que entraba a saco por cualquier ranura que encontraba. En realidad, lo que a Erny más le molestaba era que finalmente ella le había devuelto los 300.000 francos para invertir en la tienda de Biarritz. Un día, Coco le había dicho: tengo una sorpresa para ti. Lo había citado en un restaurante de lujo y a mitad de la cena, cuando él se levantó para ir al baño, sacó el sobre con el dinero y lo puso sobre su plato. Ella pensó que él se alegraría. No por el dinero, pues en aquel momento 300.000 francos ya no eran nada para él, sino por el hecho de que ella, mujer, había conseguido abrirse camino como empresaria.

¿Cuántas mujeres había en París, en toda Francia, que en 1917 pudieran valerse por sí mismas sin necesidad del apoyo masculino? Sin darse cuenta, había conseguido superar a todas aquellas mujeres que, cuando era adolescente, se arrastraban por la calle con pancartas. ¿Qué pensarían sus amigas de La Fronde si la vieran ahora?

Erny abrió el sobre y sacó el dinero. Las deudas están saldadas, dijo La Flaca. Ahora cada uno tiene su propia economía.

Por primera vez surgieron los celos. Porque en el fondo, a él le sentaba como una patada en el estómago que su querida, su irréguliére, también pudiera sentirse cansada al final del día (y que él tuviera que respetar ese cansancio, su deseo de estar sola), quejarse por el exceso de trabajo, sentirse responsable, irse de su casa cuando le viniera en gana para instalarse en la suya propia. Le sentó muy mal que esa noche ella pagara la cuenta del restaurante. Le sentaba mal la celebridad de su compañera y por ello dejó de ir a muchos desfiles, no soportaba los aplausos y los agasajos que, en cierto modo, le minaban a él. Porque el talento y el éxito existían, sí. Pero éstos sólo se podían encarnar en alguien más o menos lejano, en Picasso o en Cocteau, pero nunca en alguien que había crecido junto a él. En resumidas cuentas: no soportaba que su amante ya no estuviera amarrada por el grillete del dinero.

También a la sede de la Cruz Roja había llegado la noticia del armisticio y celebraban la victoria con champán. Erny charlaba con un grupo de facultativos de bata blanca. Desde la puerta Coco lo vio bromear con una de las enfermeras. Se acercó un poco: era hermosa, joven, elegante. La boca formaba al moverse pliegues graciosos. Erny reía con ella, y en un momento dado —fue una escena muy rápida, una partícula de segundo— Erny le apartó un rizo de la frente. Luego se puso a recoger sus cosas; se giró y vio a Coco inmóvil e indecisa, muda. Corrió hacia ella esbozando una sonrisa de oreja a oreja: ¿has oído la noticia?

Se abrazaron. Fue un abrazo bonito, muy tierno. Un abrazo que estrechaba a diez millones de hombres muertos, viudas y huérfanos, inválidos y tullidos, pobres ingenuos y engañados, movidos como simples marionetas por los dueños del capital y traficantes de cañones. Un abrazo que albergaba carne, mandarinas, uvas que sueltan su jugo. Carne de hombre y mujer. Carne de niños y carne de cañón. Un abrazo que prometía algo nuevo para ellos. Sin embargo, había un temblor en las mejillas de Erny. Un temblor evasivo.

Sentados en la parte trasera del Rolls, de la mano, durante el trayecto de vuelta, Erny tosió un par de veces, estaba resfriado. Entonces Coco empezó a sentir un raro desasosiego, un sordo malestar que nacía en el bajo vientre y parecía treparle hasta el pecho en forma de dolor. Entró en el apartamento y arrojó las llaves sobre el aparador. Fue al cuarto de baño. A horcajadas en el bidé, sentía pinchazos. Miles de alfileres hincándosele en el vientre, como los que ella solía colocar sobre sus maniquíes. Vio entonces un jersey de Erny; se precipitó sobre él, le echó gran cantidad de jabón, se remangó y se dispuso a lavarlo sobre una tabla de madera.

¿Acaso le había molestado la enfermera de la Cruz Roja, el hecho de que Erny le apartara un rizo de la frente? No; esas cosas se hacían todos los días. Comenzó a frotar el jersey. Bueno, no todos, pero… (desde el cuarto de baño comenzó a oír a la señora Desboutin barriendo el suelo del salón). Ni siquiera la confianza que parecía haber entre ellos, una confianza que no nace en cuestión de minutos, que es el fruto de muchas, muchas conversaciones y paseos.

Frotaba, y cada vez lo hacía con más ímpetu, las burbujas de jabón flotando por la estancia. Se oyó un ruido de esponjas, de cubos que se caen, de trapos que se deslizan por las superficies. En el salón, la señora Desboutin arrastraba muebles de un lado a otro, quitaba el polvo del aparador. Últimamente había en ella una pasión por servir, una docilidad extrema que a Coco le repugnaba. La forma en que recogía la ropa sucia que Coco iba lanzando por la casa, los sostenes, las camisas y las bragas, y cuando salía de la ducha se encontraba con una alfombrilla que la otra había puesto para que sus pies mojados no pisaran el suelo…

De pronto la Desboutin, con su horrible bata, apareció en la puerta: ¿le apetece un café, mademoiselle? ¡Pero qué hace usted lavando! ¡Quite, quite, que se lo hago yo!

Una confianza nacida de muchas conversaciones y momentos de intimidad, siguió pensando Coco, ignorando el comentario. Por otro lado, el hecho de que le apartara el rizo con cierta timidez, quería decir que lo que había entre ellos todavía era incipiente, todavía había ilusión… Comenzó a golpear el jersey; y los golpes, cada vez más fuertes, llenaban su corazón de una voluptuosidad salvaje. Pero no; no era eso lo que le molestaba. La señora Desboutin dio un paso adelante, entraban ganas de retorcerle el pescuezo…: ¿O tal vez prefiera usted un té?

Erny volvió a toser. Ella se puso en pie: ¡ah, pero era eso!, se dijo retorciendo enérgicamente el jersey con intención de escurrirlo, ¡eso es lo que me preocupaba!, ¡el catarro de Erny!

Se volvió lentamente hacia ella: ¡cállate, mamotreto!, le gritó, ¡y vete de aquí!, ¿es que no ves que el señor Capel no se encuentra bien?, ¿no lo oyes toser?, ¡está enfermo!, ¡muy enfermo!, ¡mira qué pinta tienes, con bata de satén, fea sudorosa!, ¿es que te crees la reina de la casa?, y le lanzó el jersey mojado a la cara.

Sonó el teléfono. El cuerpo de la señora Desboutin había comenzado a encogerse hasta replegarse sobre sí mismo. A continuación se hinchó como el vientre de una rana. De pronto pareció expulsar todo el aire contenido en los pulmones.

—¡Usted me odia! —gritó arrancándose el jersey mojado de la cara.

—¿Crees que tengo tiempo para odiarte?

Misia al aparato. Los citaba para pasado mañana, una cena en su casa: celebrarían el armisticio y además…, tenía una sorpresa preparada para ella. Cuando se volvió con intención de pedir perdón a la señora Desboutin, ésta se había metido en su habitación. Coco posó la oreja en la puerta. Del interior no salía ni el ruido de una mosca. ¿Qué hará ahora?, se dijo. Tampoco se oyó nada al día siguiente.

A la mañana siguiente, acudió como era habitual a la consulta del doctor Jurié. Se sentó frente al doctor y le dijo que quería hallar la belleza de ciertas mañanas, de la intimidad que sólo llega con las caricias y el roce de los cuerpos. Le dijo que se encontraba francamente mal. Muy bien; le respondió Jurié. Si quiere, hágalo. Hable. Demuéstreme que ha adquirido la confianza para hacerlo. Entonces La Flaca se puso cómoda sobre el diván y echó las tripas por la boca (o eso creyó ella). Explicó que era una persona muy independiente —la vida le había hecho así—, y que, a veces, bueno, a veces no, muy a menudo, le molestaba la presencia de la gente. Ella podía vivir sin la gente; y en cambio, la gente no podía vivir sin ella. Deseaba que aquellas mujeres no dedicasen ni un minuto a pensar qué hacía ella con su tiempo libre, qué hacía cuando salía con su amante, cuando se quedaba en casa, qué hacía. Por eso las desdeñaba, porque eran mujeres admiradoras y todos los días, ya saliera el sol o cayeran chuzos de punta, se arremolinaban en la puerta de la calle Cambon como peces en un estanque de jardín, sin respetar su cansancio, su deseo de estar sola.

Les mostraba su mejor sonrisa, sí, pero en el fondo las odiaba profundamente. Porque odiar profundamente era el trabajo de su corazón. ¿Qué es lo que temía entonces? No era el odio; era odiar profundamente. Un profundamente que conocía a la perfección. Todo era un profundamente y ella era también profundamente. Sólo eso y vivir sin la gente era lo que necesitaba, eso y que la gente no dedicara minutos a pensar qué hacía ella profundamente. Profondement. Los había que vivían en él, y todo era profondement y alors profondement, y profondement que allons enfants de la patrie le jour de gloire profondement, y un le jour profondement de gloire, y profondement est arrivé, profondement, contra nous de la tyrannie aunque sin odio, eso es obvio, jamás se habría asaltado la Bastilla.

Y yo no puedo estar constantemente combatiendo mi propia ley, ¿comprende usted?, mi propia Bastilla. Por eso había gritado a la pobre señora Desboutin que —y de esto era muy consciente— estaba necesitada de cariño. Por eso nunca había tenido el detalle de decirle que en realidad no apestaba a sobaco, sabiendo lo preocupada que estaba con el tema…

También por eso había desatendido a Erny durante los últimos meses, era consciente, sabía que él, con la mirada, le había pedido ternura por las mañanas, cosquillas, risas, quizá besos que ella había rehuido, tal vez un abrazo, acaso una caricia, ¡ni siquiera le atendía cuando, como ahora, estaba acatarrado, acatarrado no, enfermo de verdad!, pero es que ésa era su manera de ser, era la herencia que trasportaban sus genes, y yo no puedo estar continuamente librando batallas contra mi herencia, contra mis genes, doctor Jurié.

Coco habló durante más de una hora. Aparte de estos sentimientos, le contó que hacía cosas extrañas: construirse casas con cojines y meterse dentro, por ejemplo, o buscar gente en el hueco del piano o sospechar que su pareja tenía amantes. Y cuando ya no tenía más que decir, calló. Durante unos minutos, esperó ansiosamente los comentarios del doctor. Pero no llegaron. Ella sabía que había mucho detrás de ese silencio, que desconocía.

Julian Jurié se limitó a mirarla fijamente a los ojos, y luego a su reloj.

—¿Por qué está usted aquí? —le preguntó de pronto, cuando ya parecía que iba a dar por concluida la sesión.

Coco pegó un respingo. En modo alguno se esperaba esa salida. Reflexionó durante un rato. La pregunta había ido al centro de su corazón. Había conseguido zaherirla, humillarla, y ahora quería lucir su inteligencia (y acaso su descaro innato) en revancha:

—Estoy aquí para olvidar —dijo.

—¿Olvidar, qué?

—Olvidar que tengo vergüenza de estar aquí.

Jurié se rebulló en el asiento.

—En realidad quería contarle lo que hacían mis tías malvadas en las tardes de mucho calor —añadió ella ya más distendida.

Y sin más, se explayó sobre los pastos, prados de hierba corta, nefastos para producir leche pero muy apreciados por los caballos, y de la cría para la venta al ejército.

Pues por la tarde, explicó, salían a los prados arrastrando sus largas faldas negras de varias capas. ¿Y sabe qué usaban bajo las faldas? Nada; porque delante de su casa, en una cuerda atada entre dos perales, se agitaban al aire las bragas, unas bragas dadas de sí por el uso, con las manchas anaranjadas que aparecen en la ropa recién planchada. Se ponían de cuclillas, atentas como alambres retorcidos por si oían acercarse a algún hombre, mientras sentían en los muslos el roce húmedo de las hojas. Hasta que una le decía a otra con aire preocupado: Oye tú, creo que ya es hora. La otra hacía chasquear la lengua, cogía una brizna y aposentaba sus nalgas en el suelo. Mientras mordían pequeñas briznas de trigo, los pastos les acariciaban el coño.

Ése era el mayor placer en la vida de mis tías: que los pastos les acariciaran el coño, y sólo por eso, fíjese usted, merecía la pena seguir viviendo.

Jurié no sólo no se rió como ella esperaba, sino que no hizo comentario alguno. Volvió a mirar su reloj: usted no odia ni al gentío, ni a la señora Desboutin ni a Erny, ni a nadie. Es más: los ama; y si no tiene más que añadir, entonces hasta mañana.

A la salida de la consulta, Coco se encogió de hombros: pues sí que tiene cara, pensó. Ahora que de verdad tiene que decirme algo, calla. ¿Cómo que amo a la señora Desboutin? Escuchará muy bien, sí, pero cincuenta francos la hora por poner la oreja, ¡ya está bien! Casi se ahogaba de calor en el coche cerrado. Como era habitual, al llegar a la calle Cambon las señoras la esperaban para verla descender de su Rolls. Al verlas en fila y sonrientes, engarabitadas, agitando las manitas, pensó que tal vez no las odiaba tanto como le había dicho a Jurié… ¡Pero las odiaba! Al entrar en la tienda las dependientas le dijeron que el novio de Rebaté había vuelto y que pedía, insistentemente, hablar con ella. Había dejado su dirección —una dependienta le extendió un papel—, por si mademoiselle prefería contactar con él o ir a visitarle. Coco se lo metió distraídamente en el bolso y a continuación preguntó si había llegado el pedido de Rodier.

Al llegar a casa se dispuso a preparar un té caliente para Erny: tienes que curarte, le dijo, es fundamental. Él insistía en que estaba bien, un simple catarro, pero ella parecía no oír. Le convenció de que le acompañara a la cena que Misia había organizado en su casa para la noche siguiente. Erny accedió al saber que José María Sert estaría allí. Conocía al pintor español y se llevaba muy bien con él. Como hacía mucho que no salían juntos, Coco se puso un vestido de gasa escotado y se enrolló al cuello un collar de perlas de imitación. Estaba radiante, Erny se lo dijo. Fue prácticamente lo único que le dijo en toda la noche (eso, y tenemos que hablar, tenemos que buscar un hueco para hablar…), porque durante la cena, y en el trayecto de regreso no volvió a dirigirle la palabra.

Antes de salir de casa sonó el teléfono. Era Lucienne Rebaté. Amablemente, Coco le explicó que estaban a punto de acudir a una cena, y que si no tenía inconveniente, la llamara mañana, que lo que fuera podría esperar. Pero la que no podía esperar era Rebaté: quiero volver a París, mademoiselle, mi novio me espera y no puedo esperar ni un solo día más. Si usted no me traslada, tendré que buscarme… otro trabajo. Coco le prometió arreglarlo, y le pidió que le dejara tiempo, una semana más para buscar a alguien que pudiera sustituirla en la boutique de Biarritz.

Colgó y le dijo a Erny que la gente no sabía apreciar lo que tenía; ahora esta tonta dice que quiere volver a París…, pues ya veremos si vuelve a París o se queda sentadita donde está.

Sert los recibió con su sonrisa de hombre peludo, las manos sucias de pintura y unas enormes gafas de concha. Se sentaron donde pudieron, porque la casa estaba invadida de frascos de pintura, pinceles y esponjas, muebles neorrococó, vidrios coloreados con relieves superpuestos, trapos, pruebas que el pintor llevaba a cabo para unos murales que el gobierno francés acababa de encargarle, y durante más de media hora, mientras llegaban los otros invitados (ahora vendrá la sorpresa, les dijo Misia lanzando una sonrisa siniestra), Sert hizo gala de su cultura.

El catalán tenía una enorme curiosidad por todo, resultaba fascinante oírle hablar de cualquier cosa. Estaba en las antípodas de Misia que, según Erny, era un parásito sin interés. Una vez, cuando hacía poco que se conocían, Erny le preguntó si realmente había algo que le gustase hacer, aparte de hablar y hablar durante todo el día. Ella, después de considerarlo, contestó:

—Sí, bailar desnuda delante del espejo y ver cómo me saltan las tetas.

Coco tampoco aprobaba la ociosidad de su amiga, y sobre este tema discutían mucho. Misia despreciaba el dinero (nunca lo llevaba encima porque decía que pesaba y olía mal), y de no ser porque su mayordomo saldaba sus cuentas pendientes a sus espaldas, nadie la dejaría entrar en las tiendas, los cafés o los teatros. Era una excelente pianista y, sin embargo, al cumplir los treinta decidió acabar con la disciplina y las interminables horas de estudio. No lo arrojó por la ventana como Meg la Larga; simplemente, no tocaba. Despreciaba la perseverancia, el tesón y todo su sentido de la vida consistía en cotillear, en enhebrar banalidades con soltura y displicencia, en escucharse.

Se buscaba amigas para charlar. Iba a la exhibición que se hacía en los almacenes Printemps sobre la nueva máquina lavadora con motor eléctrico y puerta de ojo de buey, que «ahorraba tiempo y dinero», asistía a clases de charlestón, o a una exposición de los expresionistas alemanes. Según ella, la existencia consistía en que las cosas se fueran sucediendo. Pero todo era pericia sin ley o sentido: la gran guerra que acababa de terminar, el invento de la máquina lavadora, La danza de la vida, de Munch. Coco le decía que su vocación de pianista le «obligaba» a actuar, que la vida daba mucho quehacer, sobre todo a los que tenían talento, por mucho que sus circunstancias económicas y familiares le hicieran pensar que ya lo tenía todo resuelto.

Pero cuando hablaban del asunto acababan insultándose. A mordiscos. Una alzaba el brazo tratando de detener la mano de la otra. La otra embestía con la cabeza. Vaga. Acomplejada, pueblerina. Marrana. Puñetazos. Sollozos roncos. Acababan rodando por el suelo, gimiendo, soltando bufidos. Al día siguiente se abrazaban tiernamente. Así era esa amistad. Pues bien, esa noche Sert habló de todo un poco: la vida de los santos, el precio de las naranjas en París, el arte del encolado y del traslado de una pintura a un lienzo nuevo, la gota fría en el levante español. Al cabo de un rato, el resto de los invitados aparecieron abriéndose paso por la selva de objetos del salón: una mujer y dos hombres rusos, dos franceses y un español.

Todos ellos venían de Roma donde habían montado la escenografía de un ballet que llevaría el nombre de Parade. Misia los fue presentando: este cursi y pedante, dijo, es Jean Cocteau, el poeta; éste, Erik Satie, el músico excéntrico; y éste es Massine, el coreógrafo. A continuación le presentó a Serguei Diaguilev, el empresario de ballets rusos que vestía una pelliza de piel de foca siberiana ceñida con galones. Cuando le llegó el turno al español, un moreno de ojos de sapo, Misia se lo saltó, sencillamente lo ignoró. Cogió una bandeja con rodajas de sandía que Sert había hecho traer de su tierra — todo un lujo en aquel momento— y fue repartiéndolas. Se sentaron en torno a una mesa de mármol, los invitados comenzaron a comerse España, su jugosa carne que estalla en la boca como una bomba de sangre y agua, su suelo fecundo, sus soberbias pepitas de madera. El pintor sin nombre no dejó de lanzarle miradas a Coco. Sus ojos eran grandes, negros, dueños del mundo: un halcón presto a abalanzarse sobre su presa.

Hablaron de todo un poco, de si Rasputín había curado o no la hemofilia del hijo de la zarina, de la insurrección de octubre en Rusia que había desencadenado aquel pirado de Lenin, de los decorados y figurines de Parade, de lo grandiosa que era Roma, de lo que harían ahora que la guerra había terminado. Sert comenzó a hablar de cubismo, y Coco, que había permanecido callada, vio su oportunidad para lucirse. Aprovechó para hablar de aquel cuadro sobre unas putas, táctiles y palpables, con masa, dijo —y se explicaba mucho con las manos—, peso y hasta volumen, que aunque se pensaba procedían de Avignon, no era así. El artista, explicó Coco a todos los presentes, las sacó de la calle Aviñón de Barcelona. Misia fue a la cocina a por más sandía. Al levantarse dejó una estela de rosas ajadas. Entonces Coco se volvió hacia el español de ojos saltones, que seguía escrutándola de manera canallesca desde el otro lado de la mesa. Su intención era pillarle: ¿conoce usted el cuadro?, le preguntó.

El cuadro no sólo le era bastante familiar, sino que lo había pintado él: lo conozco, fue su respuesta, aunque parece ser que no tanto como usted. Picasso venía acompañado de la que era en ese momento su amante, Olga Koklova, una mujer de cuna noble, bella, intransigente, tozuda (y triste, pensó Coco cuando la vio). El artista empezaba a hacer dinero con sus cuadros. Poco antes de la guerra había vendido La familia de saltimbanquis por un precio récord en una subasta en París. La compradora era la galería Thannhauser de Múnich, y en la prensa se elevaban voces afirmando que aquello era una maniobra de los alemanes, dirigida a derribar el mercado del arte mediante negocios especulativos con las absurdas obras de algunos extranjeros locos. El caso es que a Cocteau y a Satie tampoco les había parecido bien que se hubiera rebajado a vender a los alemanes. Coco dijo que aquello no tenía que ver ni con la guerra ni con los alemanes, y que lo importante es que gracias a su talento había conseguido una suma muy importante de dinero que le permitiría vivir con holgura durante un tiempo. Cuando se volvió hacia Erny para ver qué opinaba de todo eso, vio que no estaba en la sala. ¿Y dónde estaba Misia, que había ido por la sandía hacía ya más de veinte minutos?

Esa noche Picasso estuvo especialmente antipático con todos, pero invitó a Coco a su estudio: podría venir usted a aleccionarme sobre Las señoritas de Aviñón, le dijo con una sonrisita.

Al día siguiente, todavía en la cama junto a Erny, envuelta entre las sábanas, Coco abrió los ojos de golpe: olía a pétalos de rosa marchita. El olor era tan penetrante que resultaba difícil pensar que el perfume de Misia hubiera permanecido impregnado en la piel o en los cabellos. Se dio media vuelta; Erny seguía durmiendo: ¿era él quien exhalaba el olor? No. Se levantó. Erny estaba acatarrado, muy acatarrado, enfermo. Una taza de leche caliente con miel. Eso es lo que le prepararía. Hasta entonces no había pensado en lo que le había dicho en el coche, pero ahora la frase volvía insistentemente a su cabeza: tenemos que hablar, tenemos que buscar un hueco para hablar. ¿Hablar?, hablar ¿de qué? Erny tosió un par de veces: estaba enfermo, muy enfermo. Y ella tenía que cuidarlo.

Al oírla trajinar, la señora Desboutin salió disparada de su habitación. Se presentó en la cocina, donde Coco se disponía a calentar la leche. Vestía un uniforme negro con delantal blanco almidonado. Le arrancó la taza de la mano y le pidió disculpas por haberse encerrado en su habitación durante dos días. De ahora en adelante se dedicaría a limpiar su casa y a servirla, y le rogó que la dejara preparar el desayuno (soy tan ingrata, señora, vivo aquí en su casa y encima tengo la desfachatez de sentirme ofendida…). Sobre todo, le pidió disculpas por su olor (soy consciente, señora, de que constantemente huelo, siento mis «axilas sudorosas», pero no puedo evitarlo, por mucho que me lavo, es algo que no puedo evitar…). Coco la miró con indiferencia: qué fea y vulgar era, «axilas», dice, pensó. Dijo: dame el abrigo, el bolso, los guantes, ¡más deprisa!

Llamó a su chófer y le ordenó que la esperara frente a su casa a las siete y cuarto. Ya en la calle, a punto de subir al Rolls, un brazo la detuvo: era la señora Desboutin. ¿Pero qué es lo que quieres ahora?, le increpó Coco.

La Desboutin guardó silencio durante un rato. Luego dijo: tenga usted mucho cuidado con su amiga. ¿Qué amiga?, dijo Coco desasiéndose, ¿de qué me hablas, adefesio?

Cuando el Silver Ghost se alejó calle abajo, Erny roncaba como un bendito y la señora Desboutin volvía a levantar el brazo para olerse el sobaco desde su puesto de la ventana. Coco decidió que a su regreso pasaría por la farmacia a comprarle a Erny unas medicinas. En el coche, abrió el bolso, sacó un papelín y lo desplegó: Al cuarenta y siete de la calle Saint-Placide, le dijo al chófer.

A esa hora el silencio horadaba los oídos. Tenía un ritmo sincopado, violento, casi salvaje. De las chimeneas salía un humo ligero. No era niebla; era eso: humo ligero y negro a través del cual se filtraba un sol tenue. La respiración confusa del chófer. Cuando llegaron al cuarenta y siete de Saint-Placide, el Rolls se detuvo: Es aquí, señora. Una casa de tres pisos, pobre, en una barriada de callejuelas estrechas a la que apenas llega el sol. Pasó a un patio interior con un retrete donde había gallinas rojas y un viejo sentado en una silla de mimbre. Lo cruzó (el viejo la siguió con la mirada) y subió una escalera interior hasta llegar a un pasillo oscuro que conducía a un segundo. Respiró un olor ácido a coliflor y luciérnagas. Las campanas de una iglesuca casi en ruinas sonaron fuera. Llamó a la puerta con nudillos impacientes y en ese momento una gallina se enredó entre sus piernas.

Abrió un hombre que estaba a punto de salir, a quien ella observó con interés. Pobremente vestido, de baja estatura. Edad indefinida, podría tener cuarenta, aunque también cincuenta, ¿qué le podría interesar? Dio un puntapié a la gallina y entró. Dijo: soy Madame de…, y vengo a hablar con usted de mi dependienta Lucienne Rebaté.

El hombre dejó la chaqueta sobre la mesa y con una voz mucho más poderosa de lo que cabía esperar por su tamaño, la hizo pasar. Un pequeño cuartucho húmedo y destartalado con suelo de barro apisonado, apenas iluminado. Encantada de conocerla, señora, y en ese momento la gallina cacareó.

Coco venía a conocer las intenciones de aquel hombre llamado Marcel Mercy, que hacía el amor a su dependienta. En modo alguno quería que la historia del muchachuelo de la playa se repitiese, y así se lo dijo, de pie en medio del pequeño salón. Piense usted, le dijo echando un vistazo a la madera podrida de las vigas, a las paredes con pintura descascarillada y a las hojas de la ventana que no acababan de cerrar, que tengo muchos amigos en París, también entre la policía y que a la mínima señal de que la muchacha lo esté pasando mal, usted podría ir a la cárcel.

A punto de salir, el señor Mercy, que no acababa de entender qué había venido a decirle exactamente, le dijo que Lucienne quería trasladarse a París.

—Sí —dijo Coco echando un vistazo al reflejo de la luna en el suelo—, parece que eso es lo que «ella» quiere…

—Bueno… —dijo Marcel Mercy—, la que tiene que decidir es ella, ¿no?

—Nada de eso —dijo Coco, y dibujó una sonrisa idiota—: esto es básicamente un asunto entre usted y yo.

A punto de marcharse lanzó otro vistazo a su alrededor, pasó el índice por una de las paredes, que mostraba manchas de humedad que en muchas partes dejaba asomar el cemento del muro: no le vendría mal a esta casa un toque de pintura. O tal vez, ni siquiera merezca la pena seguir aquí, hay muchos apartamentos nuevos en París. Yo sé de varios… Ahora, lo que sí le digo es que son… individuales.

—Usted no está aquí para asegurarse de que el novio de su empleada es decente —dijo Mercy—. Usted ha venido para sobornarme…

—Las cosas tienen el nombre que uno quiera darles —fue la respuesta de Coco.

Se pasó el día entero trabajando en el taller de la calle Cambon sin dejar de pensar en Erny y en su catarro (catarro no, enfermedad). Una clienta le había encargado un vestido cóctel, y acababa de llegar la tela. Era una tela lujosa, de Licurgo. Coco la rechazó. Cuanto más rico es un vestido, más pobre parece, les dijo a las mujeres del taller.

A las tres y cuarto paró un rato para tomar un té rápido en el Fleurs del Faubourg Saint-Honoré. Las calles estaban cortadas al tráfico y todo París patas arriba.

—¿Qué ocurre hoy en París? —preguntó al entrar en el local.

—¿Pero no lo sabe usted, mademoiselle?

En ese momento llegaba el premier británico Lloyd George, el estadounidense Wilson, el jefe de Estado italiano, Orlando, y el primer ministro francés Clemenceau, es decir, el Comité de los Cuatro que participarían en la Conferencia de Paz posterior a la guerra.

En el Fleurs, La Flaca coincidió con una de sus «nenas», la condesa de Chevigné, una mujer con voz ronca de fumadora, perfil ornitológico y nariz ganchuda, que quiso invitarla a algo de comer (coma, mujer, que de tanto trabajar tiene usted aspecto de gorrión). Antes de despedirse, de pie en la calle, la marquesa le comentó a Coco que había tomado el té con su polaca. ¿Mi polaca?, dijo La Flaca. Sí, respondió la otra, y le diré que no me gusta en absoluto. Sé de buena fe que es especialista en arruinar matrimonios… Quería que le contase un montón de cosas sobre usted. Le dije: señora, ¿me toma usted por una agencia de detectives?

Antes de volver a entrar en la boutique, pisando el empedrado de la calle, le golpeó un pensamiento muy alentador: Erny iba a pedirla en matrimonio. Sí, eso era de lo que tenían que hablar. Ella no era una mujer de la aristocracia, ni inteligente ni tonta, pero tampoco era una mujer corriente y moliente. Si Erny había decidido renunciar a una mujer con apellido noble era por algo. Lo imaginó explicándoselo, sentado en su butaca, haciendo gestos grandilocuentes con las manos: sí, le decía lentamente, a pesar de todo, yo te quiero a ti. Se sintió aliviada. Feliz. Aceptaría. Pobre Erny que estaba tan acatarrado, tan enfermo.

Aunque el matrimonio no era más que una estúpida institución, ella diría que sí. Pasó el resto de la tarde pensando en su boda, en el vestido, en los invitados, en qué diría Misia, en el banquete… A las seis de la tarde llamó Erny. ¿Estás bien?, preguntó ella rápidamente. Estoy bien, dijo él, ya te dije que es un catarro. Pero ¿estás realmente bien?, insistió ella. Simplemente quería asegurarme de que estarías en casa esta noche, dijo él, tenemos que hablar.

El banquete sería sencillo, se dijo en el trayecto de vuelta, sentada en el asiento tapizado de su Rolls y mirando dulcemente por la ventana. Al llegar a casa por la noche se encontró a Misia en su salón charlando con la señora Desboutin. Oh, querida, ¿qué te pareció Picasso?, dijo al verla entrar. Acababa de encenderse un cigarrillo negro, francés, y haciendo varias inspiraciones breves, lanzó el humo en finos hilos que se elevaron en la cruda luz. Sin esperar la respuesta, se volvió hacia la señora Desboutin quien, para variar, estaba obtusa. Obtusa no: inexpresiva, congelada. Fea. Gazmoña. Tomaban una copa (o más bien, la tomaba Misia porque la de la Desboutin estaba llena) y hablaban (o más bien, hablaba Misia porque la otra no decía ni mu) de hombres. Evidentemente, el tema lo había escogido la polaca y parecía estar pasándolo muy bien. Coco dejó las cosas y fue a cambiarse. En el dormitorio había una foto de Erny: matrimonio, pensó una vez más, señora de Capel; y dijo en voz alta, sonriendo un poco: no está mal. Comenzó a cambiarse de ropa y mientras oía el incesante parloteo de su amiga en el salón, pensó que en el fondo Misia era una silenciosa. Una silenciosa que temía al silencio. También pensó que la relación entre esas dos mujeres — Misia y la Desboutin— no era tan irreal y forzada como parecía a simple vista y que, aunque resultara increíble, tenían muchas cosas en común. Los extremos se tocaban y era indudable que ambas extraían de la conversación un placer perverso. Misia arremetía con la burla y la obscenidad, la insolencia o el doble sentido, y la Desboutin callaba.

De pronto La Flaca quedó inmóvil: sobre la cómoda había unos pendientes y un brazalete que no eran suyos; eran de Misia. No le dio tiempo a pensar. En ese momento, oyó a la polaca preguntar a la señora Desboutin cuál era su método, si utilizaba las manos, o si por el contrario, lamía hasta «dejarla» palpitante y lánguida entre los dientes. Tras un silencio estremecedor (Coco, quieta, a un metro de la cómoda, no dejaba de observar los pendientes y el brazalete), rompió a hablar la Desboutin:

—¿Lánguida? —preguntó.

E inmediatamente, como si hubiera perdido la cabeza y todo el control sobre sí misma, como si toda la mujer gazmoña y fea acabara de hacerse añicos para dar paso a la otra, a la mujer arrebolada y morada de deseo: ¿se refiere usted a…? Coco se sentó sobre la cama. Se quedó ahí durante un rato, el rostro de piedra y las manos en el regazo. Pensaba. Aquello era demasiado: ¿qué hacían en su habitación las joyas de su amiga?, ¿y por qué tenía que escuchar aquellas obscenidades en su propia casa? Por un momento quiso gritar, llamar a la policía, denunciar que en su casa había una mujer muy mala, pero seguía sentada, con el cabello desgreñado, escuchando.

Luego salió al pasillo con el brazalete y los pendientes colgándole entre los dedos.

La verdadera Desboutin parecía fugarse por la boca, una boca devastadoramente obscena, ahora era Misia la que callaba.

Coco entró en el salón. Sin decir una palabra, pero también sin manifestar rencor alguno, agarró a la señora Desboutin por el moño y la lanzó violentamente fuera como si de un saco de patatas se tratase. Entonces Misia vio sus joyas y se las arrancó de la manos (ay, se me han debido de olvidar al lavarme…). Antes de que La Flaca tuviera opción de decir nada, le pidió un favor: consígueme la caja de latón con las fotos de los oficiales de la Desboutin; me muero por verlos.

Coco estaba a punto de negarse y de recordar que las joyas no estaban en el lavabo sino sobre su cómoda, cuando entró Erny por la puerta. En el pasillo, yacía derrumbada e inmóvil la señora Desboutin. Tenía los ojos fijos en la pared y le castañeaban los dientes. Misia dijo: hola, querido, y a continuación se escabulló hacia la puerta como una rata. Cuando se fue, se hizo un silencio tembloroso.

—Tienes una pulmonía —se apresuró a decir Coco—. Se te ve en la cara. No hagas esfuerzo alguno, no te muevas, túmbate. Sobre todo, no hables.

—No tengo nada…, ya te dije que era un simple ca…

—¡Estás enfermo! ¡Muy enfermo! ¡No hables, por el amor de Dios, no hables!

Pero Erny no tuvo que hablar: Coco leyó en sus pupilas lo que en el fondo ya sabía desde el día que fue a buscarle a la Cruz Roja.