Coco
Capítulo 15
La primera noche en su apartamento de París fue un tormento. Niños que caían del techo, piedras sin brazos o piernas, recordó Coco cuarenta y siete años después.
Después del verano en Las Landas, las paredes y muebles de la casa despedían un aroma a musgo y vacío que se impregnaba en las cosas y personas. El día que llegó, Marie le preparó una cama con sábanas almidonadas y crujientes, y le trajo algo para cenar. El viaje había sido agotador y, por una vez, la perspectiva del trabajo la abrumaba. Le apetecía aquel proyecto de Antígona junto a Cocteau, pero estaba claro que tendría que sacar tiempo de las noches para trabajar en él. Estos y otros pensamientos como el de que empezaba a cansarse de Dimitri y de sus aires de gran duque venido a menos, le hicieron dar mil vueltas en la cama hasta que por fin se quedó profundamente dormida.
Comenzó a oír un tintineo, o algo parecido, que surgía a intervalos más o menos prolongados. Luego el ruido —a veces parecía como si golpeasen una cucharilla contra una cacerola metálica, otras eran patitas de hormiga desplazándose por el techo— se hizo más estridente. ¿Soñaba? La despertó una gota de agua deslizándose por la frente. Abrió los ojos de golpe y se sentó en el borde de la cama de hierro: eran sus hijos, pensó, los hijos que nunca había tenido caían del techo. Permaneció quieta durante cinco o diez minutos, dócil, empapada de sudor. Los hijos caían como gotas de agua o insectos — puro olor maternal que llega como un fulgor en la noche—, golpeaban el suelo y volvían a subir. Había conseguido olvidar el tema de los hijos durante el verano, incluso un día, contemplando el mar junto a Dimitri, pensó (no lo dijo, lo pensó) que la obsesión ya no volvería. Poco a poco iban volviendo los veraneantes a la capital. Estaba equivocada. ¿Cuántos eran? ¿Cuántos niños caían del techo? No podría decirlo, tal vez fueran tres; quizá sólo fuera uno. ¿Cuántas posibilidades? ¿Cuántos hijos había dejado de tener, ella, cualquier mujer del mundo? El pensamiento le impidió pegar ojo en toda la noche.
A la mañana siguiente, cuando fue a asearse, vio a Marie con una caja de herramientas en el cuarto de baño. Un grifo estaba suelto y, como por la noche aumentaba la presión del agua, había habido goteras desde prácticamente las tres de la mañana, ¿acaso no las ha oído usted, mademoiselle? La Flaca abrió la boca, y le faltó un tris para gritar a su criada, pero se contuvo. ¿Qué culpa tiene ella?, pensó, y volvió a cerrarla, aunque lo que más le apetecía en ese momento era eso, gritar. Gritar a alguien hasta humillarlo, expulsar su desazón como un cuerpo extraño, endilgar su amargura.
Al rato se levantó; después de dar inútiles vueltas por la casa, buscó la nueva tarjeta de Julian Jurié, la que el propio psicoanalista le había dado en Las Landas. Llamó para concertar una cita: su vida no podía seguir de aquel modo, le dijo a la secretaria que cogió el teléfono (e inmediatamente se arrepintió de haber hecho esa confesión a una mujer que no conocía de nada).
Coco leyó la versión de la Antígona de Cocteau y un resumen de la obra original que éste le había preparado. Varios temas le interesaban (la oposición entre las leyes divinas y humanas, la relación entre tiranía y democracia…) pero, sobre todo, le llamaba la atención el papel que desempeña el destino. Antígona existía «para algo»; su vida, corta o larga, sólo podía culminar si realizaba el proyecto que ella misma era. En la obra, el destino quedaba reflejado en la actitud de las dos hermanas protagonistas, cosa que le recordaba mucho a Antoinette y a ella. Una de las hermanas, Ismene, era conformista y estática: «piensa que hemos nacido mujeres, incapaces de pelear contra los hombres —le dice a su hermana Antígona— y que en poder estamos de quienes pueden darnos esos mandatos y otros todavía más duros». No piensa, pues, rebelarse contra las leyes, el destino ha querido que las cosas fuesen así. Antígona, por el contrario, está más cercana de la postura de Coco: la pobre chica flaca y morena a quien nadie tomaba en serio en la familia será la que acabará irguiéndose sola frente al mundo.
Coco aceptó el encargo no sólo porque el tema era fascinante sino porque Picasso pintaba el telón. Desde que lo conoció en casa de Misia, esperaba la oportunidad de competir con él.
Para vestir a la protagonista, ordenó a una de sus empleadas que tricotase una túnica con lana cruda y motivos de tinajas griegas marrones y negras. Se ocupó también de los otros personajes para los que, además de túnicas, confeccionó joyas, diademas y máscaras. La producción funcionaba como una cooperativa: los actores hacían de tramoyistas, cosían los trajes, barrían el teatro y pintaban los decorados. Coco asistía con frecuencia a los ensayos; esperaba entre otras cosas que Cocteau elogiase su creación. Pero no lo hacía, sólo parecía fascinado por el telón de Picasso, una gruesa tela con fondo violeta y azul. Ella interpretaba ese silencio (quizá sólo fuera una distracción por parte del director) como un desaire hacia su talento y creatividad.
Coco le preguntó un día si la gente olvidaría su vestuario cuando acabaran las representaciones. Dijo: no permito que continuéis con los ensayos hasta que no tenga la respuesta a esta pregunta.
A Cocteau se le acabó la paciencia. Su voz salió como el ruido de una botella de cristal cascada contra una roca: ¡tenemos tan sólo una semana para acabar los ensayos y nos vienes con vanidades personales! El rostro de La Flaca se contrajo. Se arremangó las faldas y subió al escenario hecha un basilisco. Aquello era demasiado. Cogió del brazo a la actriz protagonista y tiró del hilo de su túnica. En cinco minutos deshizo toda su labor. Cocteau la llamó egoísta. Coco se marchó iracunda, ante la estupefacción y la animosidad de todos.
Aun así Cocteau volvió a encargarle la túnica dos o tres días después, jurándole y perjurándole que era la única capaz en el mundo entero de confeccionar aquel vestuario. La Flaca ya se había serenado y le gustaron las súplicas. El estreno fue un fracaso. Lo único que la prensa tuvo a bien elogiar fue el vestuario de Coco. A los pocos días, la revista Vogue fue a hacerle una entrevista a su taller de la calle Cambon. Su despacho se llenó de periodistas, y La Flaca estaba pletórica de satisfacción, como un sapo.
¿Cree usted —le preguntaron— que sus vestidos siempre estarán de moda? La moda no está sólo en los vestidos —fue su respuesta—. La moda está en el aire, la trae el viento, se presiente, se respira, está en el cielo y el asfalto. La moda es un estado de ánimo.
La nueva consulta de Julian Jurié estaba en uno de los bulevares que iban de la Ópera a Madeleine. El portal y la escalera de acceso al primer piso eran elegantes, de mármol ajedrezado, aunque no tan fastuosos como los de la consulta anterior. Aquella sobriedad le resultó más agradable.
Siéntese, le dijo Jurié. O mejor, no. No se siente. Póngase de rodillas. Coco miró a su alrededor: diplomas enmarcados (habría más de diez), gruesos volúmenes perfectamente encajados en las estanterías, polvo, un jarrón con flores, pétalos de rosa sobre la mesa de cristal. Se acordó de otra tarde en que la flor no era más que eso, cáliz o corola. Pétalos no.
Fue hace muchos años, tal vez treinta. Su hermana y ella recogían margaritas en el campo. Me-quiere-no-me-quiere-me-quiere, ¿les quería su madre? Era septiembre. Empezaba a hacer frío y en el umbral de las casas relucían las piernas de las viejas de pueblo, los ojos encandilados por el sol. Los perros también. No-me-quiere. A Coco su madre no la quería. Abrió la palma de la mano y los pétalos cayeron al suelo. El tallo. El viento los arrastró. También se llevó su miedo.
—¿Ha dicho usted que me arrodille?
Ese día había entrado por la puerta de la consulta con la intención de mentir como una bellaca. Ya le hablaría de las flores sin pétalos más adelante. De esas cosas que el viento se llevó, que de vez en cuando volvían. De momento necesitaba que alguien la escuchase, retomar las sesiones poco a poco. Le daba vergüenza pensarlo, pero ella estaba allí para eso, pagar para ser escuchada. Aunque ese día, hablar, lo que se dice hablar, no pudo.
—De rodillas —volvió a oír.
Sin saber muy bien por qué, dócil como esa niña que arrancaba pétalos treinta años atrás, Coco obedeció. Plantó las dos manos en el suelo y a continuación las rodillas y las piernas. Ahora saque la lengua y déjela colgar, prosiguió el doctor, respire profundamente haciendo un ruido ronco cada vez que expulse aire. Husmee en torno las patas de los muebles, gire sobre sí misma. Piense que tiene hocico, garras, pelo, olor, orine. Orine si tiene ganas. Piense que su vida es…
—¿Perra? —preguntó Coco.
—Perra —contestó Jurié— y que usted es un perro; no lo dude ni un segundo.
Por una vez en su vida, Coco se dejó llevar. Durante media hora, sin entender muy bien qué sentido tenía ser perro, pero entendiendo muy bien en qué consistía ser perro. Cuando terminó de jadear y frotarse la espalda contra el suelo, se orinó abundantemente sobre las bragas y las medias. Se sentía bien; hacía mucho que no se sentía tan bien.
Durante cuatro o cinco meses, ante la atenta mirada del doctor y antes de ir a la calle Cambon a atender su negocio, se ponía a cuatro patas, jadeaba, se orinaba, en fin, se «dejaba llevar» haciendo de perro. Pero no sólo de perro; también de gato, de elefante, de rinoceronte, o de lo que le venía en gana ese día. ¿Cuándo voy a hablarle de mis problemas?, preguntó La Flaca una mañana, jadeante. Esto es una terapia psicoanalítica, ¿no? Y la gente, en las terapias, habla de los problemas, ¿no es así? No tenga usted tanta prisa, le decía el otro, todo esto le servirá para más adelante. Me equivoqué con usted, creí que su cascarón era más blando; pero ahora vamos por buen camino, o al menos eso creo.
Cuando llegaba a la boutique, Coco se arrancaba la ropa mojada y la vergüenza. Se sentaba frente al espejo a arreglarse las pestañas y a empolvarse los pómulos. Allí, rodeada de sus cosas, volvía a encontrarse bien. Sus telas, sus dedales, sus alfileres, sus tijeras ordenadamente dispuestas en una bandejita de nácar, el olor a rosas de las clientas. Cosas que la envolvían y la reconfortaban. Un rinoceronte, pensaba. Eso es lo que he sido hoy, y a continuación salía al pasillo a embestir a sus empleadas.
Poco a poco, por esa maravillosa cualidad que posee todo espíritu humano para ahuyentar de la conciencia lo desagradable y hacer que el sentimiento doloroso se desvanezca, fue sintiéndose mejor. Consiguió que el fantasma de Erny no estuviera en su cabeza a todas horas —algo que sólo Dimitri, muy esporádicamente, había conseguido, como el día que trajo la vaca—, y en poco tiempo empezó a no recordar. Se puede vivir no recordando.
A ello, no cabe duda, contribuían ciertas cosas, recursos, costumbres ejecutadas de manera inconsciente, como ir al salón de belleza a charlar. Como había sido costumbre durante más de diez años, los martes a las tres y diez tenía su cita en Millat (o en Egipto, se decía cuando entraba por la puerta). La historia de su marido arqueólogo seguía flotando por ese ambiente de secadores y rizos, olores, pintauñas y cabellos tintados, tan viva como siempre o más, pues la muerte de lord Carnavon (consecuencia de la picadura de un insecto, resultado a su vez de la maldición de los faraones por haber profanado la tumba de Tutankamon) añadía un elemento morboso de gran interés al conjunto.
Todos los martes, Coco se veía obligada a desvelar ante una decena de señoras cuáles eran los sentimientos de la viuda de un hombre célebre y cómo ventilaba su vida ahora que su marido no estaba junto a ella. De hecho, no le resultó nada difícil. Aparte de la higiene de uñas, cabellos y músculos, lo que hacía ahí era una higiene de nervios. La muerte de Erny estaba tan presente que no tenía ni que reflexionar sobre las palabras que salían como dardos de su boca (pérdida, duelo, vacío, miedo, culpabilidad…). Su discurso, aderezado por alguna que otra lagrimita, era muy convincente pero, a veces, cuando salía del local, pensaba de sí misma que era una pobre tonta. Estaba pagando a un psicoanalista, quizás a uno de los más caros de París, para nada. Porque si en algún sitio encontraba alivio a su tensión nerviosa era en el salón de belleza Millat, ante unas señoras a quienes el morbo alimentaba como un buen plato de albóndigas.
Lo que Coco no sabía es que con esa mentira, con esa doble vida tan terapéutica, sólo se estaba engañando a sí misma (¡qué inocente era pensando que no la reconocían!). Las señoras que iban a Millat sabían perfectamente quién era Mademoiselle de…
El 21 de enero de 1924 moría Lenin a los cincuenta y cuatro años; le sucedía Stalin. El hecho tuvo repercusiones en la vida parisina: la Revolución no tenía visos de fracasar, y los pocos miembros de la aristocracia que quedaban en Rusia se vieron obligados a emigrar. Muchos acabaron instalándose en París y tuvieron que buscar empleo. En el Fleurs, por ejemplo, se contrató al conde Koutousov como portero, él que había sido gobernador de Crimea. En la boutique de Coco había varias chicas rusas, princesas y muchachitas de la alta sociedad que atendían a las clientas riendo tontamente, aunque a veces daban algún consejo interesante. La hermana de Dimitri, una joven de grandes ojos lujuriosos, se hizo sombrerera. Pero La Flaca no contrataba a estas personas para humillarlas o envanecerse. Lo hacía porque le resultaban útiles, sobre todo cuando las enviaba como representantes de su casa a fiestas, cenas o cócteles. Gracias a ellas estaba al corriente de todo lo que acontecía en la brillante sociedad parisina sin tener que trasnochar. La princesa Feodorovna se ocupaba de pinchar los alfileres para los arreglos y de dar conversación. No era muy bella ni, desde luego, demasiado inteligente, pero verla levantarse del taburete que utilizaba para apoyarse mientras sujetaba un dobladillo, como si su propia falda tuviese una cola de varios metros que deslizar sobre el mosaico, bien valía un salario.
En cierta ocasión, esta princesita de cuento de hadas llamó a la puerta del despacho de Coco. Ésta ultimaba el diseño de un traje de chaqueta sin cuello, ribeteado, con un ojal para todos los botones y una falda simple y elegante que quería mostrar en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales, en el espacio que se había reservado a los diseñadores. Feodorovna entró y prorrumpió en llanto. Sollozó durante un buen rato, sin poder levantar la cabeza. Cuando La Flaca, colmada su paciencia, quiso saber a qué se debía su infelicidad, la Feodorovna le explicó (el rímel de los ojos hacía ríos y meandros que desembocaban en las comisuras de la boca) que tenía una deuda con un magnate del petróleo persa al que se veía obligada a entregarse los martes y jueves. Coco le preguntó que a cuánto ascendía la deuda. Me hace ponerme un liguero rojo y bailar desnuda para él. Luego me toca las tetas y me pide…
—¿Cuánto le debes? —interrumpió Coco.
—Treinta mil francos —fue la respuesta de la princesa, y volvió a bajar la cabeza.
La Flaca sabía que prestar dinero a un ruso era lo menos acertado del mundo. Pese a ello, al final de la tarde, abrió el cajón de la recaudación y se lo dio. Le dijo: el dinero no es bello sino cómodo. La rusa le lanzó una sonrisita vacía, levemente canalla, y esa noche Coco durmió con la conciencia tranquila.
Una semana más tarde, Feodorovna invitó a Coco a su apartamento. La princesa vestía un traje largo de diseño con un collar de perlas de imitación que le llegaba hasta el talle. La salita en donde la recibió estaba iluminada con una luz muy tenue, anaranjada. En un velador había caviar servido en hielo, varias botellas de vodka y unos hombres vestidos de zíngaros que tocaban balalaicas. Lo primero que preguntó La Flaca es si había pagado al magnate.
—No —respondió la otra mientras le servía un poco de vodka.
Coco miró a su alrededor.
—¿Y todo esto? —le increpó.
—¿Qué esperaba? —dijo la princesa—. Me sentía tan triste que tuve que comprarme unas cuantas cosas…
Como era de esperar, La Flaca no volvió a ver los treinta mil francos. Poco después se enteró de que Feodorovna había cambiado al magnate persa por otro checo, mucho peor que el anterior.
En cuanto a Dimitri, simplemente se cansó de él. En concreto se cansó de que sólo estuviera alegre y encantador cuando estaba seguro de que su placer sería gratuito. Ella le había costeado el veraneo, las salidas, las cenas, los hoteles y la ropa, los caprichos, la vaca y hasta la alfalfa de la vaca. Cuando acabó el verano se dio cuenta de que había estado comprando el bienestar de un hombre durante casi medio año. Para él todos los días eran una fiesta. Una noche del mes de octubre, mientras cenaban en un restaurante de París, Coco se plantó. Cuando pusieron la factura sobre la mesa, ella se la pasó a Dimitri, que le echó un vistazo por encima, enarcó las cejas, la miró sin inmutarse y se palpó los bolsillos. Se me ha olvidado la cartera, tuvo la desfachatez de decir. Y a continuación: paga tú, he olvidado la cartera. La Flaca cerró los ojos y dijo que no con un gesto de la cabeza. Entonces no hay nada que pagar, sentenció Dimitri. Uno se levanta y simplemente se va.
Y así hicieron. Coco se juró a sí misma que ésa era la última vez que lo invitaba.
La Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales fue todo un éxito. Desde 1912 se había planeado una exposición internacional que expusiera los productos franceses salidos de las casas de diseño, a la que concurrieron como invitados los países europeos para mostrar sus adelantos en materia de diseño y decoración. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial impidió que esta exposición se llevara a cabo cuando estaba previsto, en 1915. Finalmente, la muestra se ubicó en el Grand Palais, en 1925. En el pabellón había varias puertas de acceso, entre ellas la Puerta de la Concordia, la Puerta de Honor con fuentes de agua congelada trabajadas en vidrio por René Lalique entre muñecas cubistas de tamaño natural, y el Gran Arco triunfal de la reja de Edgard Brandt compuesta por líneas curvas de diversos grosores que mostraban elementos vegetales estilo art déco. Las lámparas eran obra de Giacometti. Para conectar el pabellón con el otro lado del río Sena, el puente Alejandro III, que había sido inaugurado en la exposición de 1900, fue decorado por Maurice Dufrene. Este puente parecía salido de un cuento de hadas, pues la iluminación que recibía en diversos colores hacía que los muros asemejasen un tapiz de piedras preciosas de gran tamaño. Estaba flanqueado por las boutiques individuales que exponían las creaciones destinadas a gente adinerada. Allí estaba la tienda de Coco, que colocó en el escaparate su última colección de joyas, unas piezas desmontables que podían lucirse de diferentes formas, como un brazalete que podía convertirse en diadema o una sortija que podía transformarse en broche. La rusa Sonia Delaunay se dio a conocer en esta exposición experimentando con tejidos compuestos con colores puros y luminosos y formas geométricas de aspecto vibrante. Nadie quedó indiferente.
También estaban las boutiques de Jeanne Lanvin, de Worth, de Callot o de Madeleine Vionnet. Paul Poiret optó por una presentación más aparatosa, más acorde con su extravagante personalidad de satenes, lamés de plata y oro y tafetanes de terciopelo: montó su taller en tres embarcaciones flotantes con atractivos y suntuosos interiores.
Coco odiaba esas muestras monstruosas. Odiaba el gentío ocioso y fisgón, el ruido, la competencia, los representantes pesados a los que espantaba con la mano alzada. Detestaba estar diez horas metida en el mismo cuchitril, la palabrería, la falsa amabilidad. Encima tuvo que soportar los comentarios sobre las charlas de Madeleine Vionnet —e incluso asistir a alguna— sobre el «corte al bies» que acababa de lanzar al mundo de la moda. Muchos lo veían como una revolución, pero para Coco era una mamarrachada, y tenía que morderse la lengua para no decirlo. Durante casi una semana, Madeleine Vionnet reunió a estilistas de todo el mundo para hablarles de laterales descosidos, desperdicios en la tela y dolores de cabeza. Cortar el crespón rosalba o la seda líquida contra la dirección de los hilos no era tan fácil. Había trucos, como el de utilizar telas sin pelo, trama o estampado; o hilvanar las piezas con el agregado de unas tirillas de papel de molde en los bordes; o cortar los trozos un poco grandes para evitar el «chupado de caderas». El toque maestro era que proporcionaba al material una gran elasticidad: los pechos, la cintura y las caderas recuperaban protagonismo, puesto que la tela se fruncía precisamente en estos puntos para después caer en pliegues de aspecto natural.
Sin embargo, y por todo ello, si quería estar en el mundo de la moda, aquella muestra era algo por lo que La Flaca tenía que pasar. Además, siempre se aprendía algo nuevo. En un puesto pequeño, por ejemplo, se exponía un nuevo invento, «utilísimo para el mundo de la moda», decían que se había popularizado a partir del momento en que la Armada estadounidense lo solicitó para ciertas prendas utilizadas en los vuelos. Se trataba de dos tiras, con dientes de metal o plástico en uno de los bordes, que servían para unir piezas de tela y que ahorraban el trabajo de cada mañana de embutir algo así como una veintena de botones en sus correspondientes ojales, o cerrar un sin fin de corchetes y corchetas desde la cintura hasta el cuello, además de hacer al menos tres lazos. Era una cremallera.
Otro día, almorzando con un inglés de mostacho y bombín, un conocido representante de una casa de modas inglesa, recibió una oferta muy tentadora. Desde hacía tiempo, el inglés era consciente de que muchas mujeres de su país viajaban a París expresamente para comprar la ropa de mademoiselle. Cierto, dijo Coco. Entre mis clientas más destacadas hay muchas mujeres inglesas. A cambio de una cantidad que pactarían más adelante, él le propuso abrir una tienda en Londres, en el lujoso barrio de Mayfair. Él sabía que había un local de unos trescientos metros cuadrados y, además, estaba muy acostumbrado a hacer de intermediario en este tipo de negocios. También dijo: como sabe usted se avecina una gran crisis mundial, y usted, como todo el mundo, necesita estar preparada. ¿Crisis?, pensó Coco. ¿Qué crisis?