Coco
Capítulo 11
Lo sabía y había estado engañándose a sí misma como una niña, como también sabía que la bala que venía hacia ella (¿cuántos minutos tardaría en llegar?) la mataría.
Esa noche las pupilas de Erny decían a gritos: no quiero perderte pero resulta que me voy a casar con la hija de un lord inglés porque tú no tienes clase ni categoría para ser mi esposa.
En el pasillo alfombrado del Ritz, 1, 3, 7, junto al ascensor que no llega y el rostro todavía incierto de su asesina, la bala, la velocidad, Coco vuelve a oírlas gritar (eran unas pupilas pequeñitas que se alzaban al cielo describiendo tres o cuatro círculos, verdes, y gritaban).
Por las calles de París pululaban las mujeres con galgo y pecho plano, y existía la libertad de sentarse y de estar de pie a capricho; ella, Madame de…, era ya admirada por el uso de las telas tejidas, y su nuevo estilo deportivo había demostrado plenamente su valía. Por aquel entonces, se le iban afilando las facciones del rostro, salía a la luz su orgullo y sarcasmo, despuntaba su genio inventivo, su rabia destructora.
La moda se dejaba llevar por la simplicidad, modelos de quita y pon, vestidos que no sólo no estaban cerrados, sino que ni siquiera tenían cierre (al menos un verdadero cierre, pensó Coco cincuenta y tres años después), vestidos chemise idénticos por delante y por detrás. El Viejo Continente, las naciones, París, estaban exhaustas, pero la gente reivindicaba el placer y la trasgresión, la frivolidad. La gente quería olvidar la guerra, quería disfrutar.
Poco a poco, en los hogares se introducían la batidora, el frigorífico, el secador de pelo, se recuperaban los abanicos de plumas, se difundían las boquillas, los chales de noche de piel de leopardo o mono, la radio, el jazz y el charlestón, y las pupilas de Erny no cesaban de hablar. Surgían los colores rugientes del fauvismo. Bajo la égida de Cocteau, jóvenes alegres e ingeniosos como Raymond Radiguet, Jean Hugo, Satie, Aragón, Bretón, Tzara, Brancusi, Picasso, Paul Morand y Picabia almorzaban todos los sábados en un restaurante de la plaza de la Madeleine. Allí discutían sobre temas que posteriormente causarían las máximas polémicas entre el público y allí una revista de estudiantes, fundada por Marcel Raval, se convirtió en Les Feuilles Libres. Se introducía el futurismo y los pijamas de crep de China, y las pupilas decían Diana. Decían Diana Lister Wyndham, veinticuatro años, viuda, una mujercita dulce y de buen talante —todo lo contrario a Coco—, conductora de ambulancias e hija de lord Ribblesdale.
Cincuenta y un años después La Flaca rebusca en su memoria como si se tratase de un viejo arcón atravesado de telarañas. La noticia del compromiso de su novio ¿qué le había hecho sentir? En realidad, no sintió nada.
En su memoria no hay huella de rabia, ni ira, ni vértigo, ni amargura, ni celos, ni miedo. No se sintió traicionada, o repudiada, insignificante, pequeña. Simplemente no sintió. O sí sintió; sintió algo parecido al chasquido de las ramas dobladas por el viento, se dice —en el Hotel Ritz al levantar un momento la vista para contemplarse en el espejo del pasillo (empequeñecida, casi calva, sus manos reducidas a unos cuantos huesecillos, espantosa y magnífica)—, algo parecido al crujir de las hojas secas en el suelo, un lejanísimo fluir de aguas subterráneas, tal vez… el murmullo de la tierra caliente.
Hacía ocho años que convivía con Erny y cuando éste le dijo que no se casaba con ella sino con otra, casi una niña, que había conocido en el curso de una visita a la primera línea de fuego de Arras no sintió más que un murmullo. A veces Misia criticaba esa aspereza, esa indiferencia (indiferencia no, distanciamiento) ante la gente y las cosas del mundo. Le decía: ¡llora!; llora de vez en cuando, te vendría bien llorar. ¡Llora y que el agua arrastre! Pero Coco no lloraba. Nunca más amaría tanto a una persona como para que le hiciera daño perderla. En lugar de dejar fluir el agua, ella levantaba diques, barreras. Cuando Erny le dijo que iba a casarse con otra, ella se levantó y fue hasta el pasillo. La señora Desboutin seguía allí, tumbada, castañeando de dientes. Coco la levantó. Le dijo: ea, ya pasó; ya te dije que lo que necesitas es una ocupación.
Menos mal que estaba Julian Jurié para contarle aquello del crujido de las hojas y el murmullo de la tierra. Menos mal que estaba para contarle, ¡qué inocente había sido!, que ella había tenido sospechas de que su mismísima amiga Misia era la amante de Erny cuando en realidad éste estaba comprometido con la hija de un lord. ¡Pobre Misia, su mejor amiga, y ella con esos pensamientos! ¿Cómo que no siente nada?, le preguntó Jurié. Vamos a ver. Pero no me cuente eso. Vamos a comenzar desde el principio. Hábleme de su madre. Pero ahora de verdad. ¿Se da cuenta de que todavía estamos como en la primera consulta?
—¿Pero y qué tiene que ver mi madre con el murmullo de la tierra?
«Madre», «madre», «madre», una palabra acartonada. Recordar, mirar atrás, no era muy distinto que descubrir; suponía ir sacando ropas zurcidas y mocos de bebé, cabellos enmarañados, botones y cacharros, un tenderete ambulante de discusiones y tortazos al sol, polvo y un aroma a leche hervida. Aquel día llamó a Jurié y le pidió que adelantasen la sesión. No aguantaba ni un segundo más esa sensación de no sentir, de no ser dueña de sí misma.
Pero cuando el psicoanalista le pidió que hablara de su madre, Coco no pudo. No supo. Los labios no se abrieron. A su cabeza volvían todas esas imágenes punzantes. Sabía —porque un día, un tío suyo se lo había contado de visita en el internado de los Cevernios— que siguiendo el margen del río Lot, su madre había descendido por los bosques, saltando cercados y recorriendo huertos de manzanos, tilos y uva espina en dirección a Bort-du-Cogny, el pueblo vecino, a buscar al jeta de su padre. Estaba embarazada de ocho meses, y tuvo que hacer el camino de las hoces a pie, un lugar de tierras calizas donde sobrevolaban los buitres. Era de noche cuando llegó a los guijos. Los pies le sangraban, tenía las ropas rasgadas, el bosque crujía.
Jeanne llegó a la taberna. Junto a la puerta, una mujer desplumaba una gallina vieja. Dijo: Está ahí dentro, y siguió desplumando la gallina. Ella esperó bajo la luna antes de entrar, el corazón latiendo a toda velocidad.
Su tío le había contado eso, que esperó bajo la luna, lo de las plumas rojas de gallina y que el corazón latía a toda velocidad.
Pero ahora esas palabras repetidas eran un velo interpuesto entre madre e hija. «Madre», «madre»; «madre» estaba revestida de un ropaje artificial de valles, tierras calizas, chasquidos y ropas rasgadas.
Sólo cincuenta y un años después, mientras esperaba a que la bala se introdujera en sus carnes en un lujoso hotel de la capital, se dio cuenta de lo valiente que había sido su madre. Su padre era un cretino, sí, siempre lo fue y no tuvo ni siquiera necesidad de disimularlo.
Ernest Capel, su honorable gentleman inglés, sí disimulaba. Vaya si lo hacía. Porque en realidad no había sido más que un hombre de pacotilla. Todo lo que en él siempre le había parecido bueno, sólido, acabado, se había venido abajo con la noticia de su amorío secreto y su casamiento. Él, se dijo Coco, que siempre había aspirado a ser impecable y digno, justo en la aspereza mundana, en lo más rudo de la realidad, había jugado sucio. Él, que parecía tener necesidad de separarse —incluso físicamente— de los demás y de las cosas, de meterse en el water-closet para estar limpio (de alma y culo) ahora estaba embarrado hasta las orejas. En realidad no era mejor que su propio padre que bebía cervezas en la mugrienta taberna del pueblo. Pero acaso era esa suciedad lo que siempre atrajo a Coco.
Erny le explicó que se casaba, pero que en modo alguno quería perderla y esperaba que todo siguiera igual. Y todo siguió igual, aunque ahora Coco sabía lo que era no sentir.
Tampoco sintió nada después de ensañarse con la señora Desboutin sin motivo alguno. A la mañana siguiente, recordando la petición de Misia, La Flaca fue a ver a la Desboutin a su habitación. Durante un rato, mientras la otra permanecía inmóvil frente a ella —las manos entrelazadas sobre el regazo, los ojos bajos, el rictus grave—, estuvo dando vueltas, fisgoneó sus cosas con desprecio, abrió armarios y cajones delante de ella, hojeó los libros que había sobre el pequeño secreter, pasó ostentosamente el índice por los muebles para ver si había polvo. Era como si buscase una excusa para humillarla. Por fin, al levantar una carpeta sobre la mesilla de noche, se apercibió de que la Desboutin escondía un buen número de recortes de periódicos y revistas, Marte Claire, Vogue, Harper’s Bazaar, con fotos suyas: saliendo de un restaurante con Erny, trabajando en su taller, presentando el desfile primavera-verano.
Dijo señalando el montón de recortes (podría haber dicho cualquier otra cosa): exijo una explicación.
La Desboutin bajó la cabeza y se mantuvo muda, buscando las palabras. Luego, con un nudo en la garganta, explicó que guardaba todo aquello allí porque sentía una gran admiración por ella, siempre la había sentido. Desde los tiempos en que trabajaba en la Casa Grampayre supo que la joven Coco tenía un potencial y talento extraordinarios, además de autoridad y necesidad de perfección, un orgullo y un carisma fuera de lo normal, hasta un olor (¡el olor de sus axilas era ideal, casi divino!) y ahora aprovechaba para decírselo porque nunca había tenido la oportunidad… Bueno, sí la había tenido pero… en fin… si era sincera, no había podido. No había podido porque la envidia, que a menudo disfrazamos con moralidad o modestia excesiva, y la bilis también, hacen un nudo en la garganta. Ella siempre habría deseado no haber pasado por esta tierra como una más, convertirse en una diseñadora famosa, revolucionaria, una diseñadora capaz de devolver la libertad al cuerpo de las mujeres de su época, pero ahora que era vieja, había comprendido que el talento no es algo que desciende de los cielos un buen día, se cultiva, sí, pero hay que nacer con él: porque se triunfa con lo que no se aprende.
No podía evitar recortar sus fotos, siempre, desde que Coco dejó la Casa Grampayre lo había hecho, tenía un dossier con aproximadamente quinientos recortes suyos, cuando quiera, mademoiselle, se los muestro, seguro que hay alguno que usted no conoce…
Coco la escuchó con una arrogancia insolente (las aletas de la nariz palpitándole un poco, la frente plegándose en disgusto) y, a continuación, cuando la otra esperaba no menos que un abrazo ante esa explosión de amargura y sinceridad, la abofeteó.
Tampoco sintió nada, acaso grima, cuando volvió a ver a Marcel Mercy, el novio de Lucienne a la salida del Gaieté Lyrique. Era una noche de abril, tibia y reluciente, Coco asistía a la representación de Parade junto con Misia y el gnomo Sert. Picasso había pintado para la ocasión el telón que combinaba de manera original los elementos cubistas con la representación figurativa realista. Consistía en un enorme cuadro compuesto por un grupo de personas ante un fondo de bambalinas: arlequín, torero, pareja de amantes, marinero, moro y acróbata. Aunque la imagen era plana, el espectador alejado experimentaba una sensación de espacio que armonizaba muy bien con los efectos cubistas. El teatro estaba atiborrado, gentes de todo tipo, de la mejor sociedad, de la peor, la esposa del príncipe Sixto de Borbón-Parma, la duquesa de Doudeauville, chicas con aspecto de muchacho, burgueses advenedizos y artistas de vodevil. Al comenzar la función, Misia, Sert y Coco se alzaron y comenzaron a aplaudir desde su palco. Entonces, de entre el público se elevó un clamor sordo y unos silbidos. Alguien dijo: «Picasso, cerdo alemán». Era la manera de castigarlo por la venta de La familia de saltimbanquis.
Diaguilev, que asistía a casi todas las representaciones, había querido demostrar al público que el ballet ruso podía renovarse. Además de incorporar ruidos de máquina de escribir, disparos de pistola y sirenas de barco, Satie había escrito una partitura con algo parecido al ragtime.
Marcel Mercy vio entrar a Coco vestida con un traje de crep negro y cuello blanco y un collar de muchas vueltas. Durante hora y media la esperó fuera, fumando un cigarrillo tras otro. La abordó a la salida, mientras Misia y Sert charlaban con Diaguilev. Coco lo reconoció al instante. Miró a un lado y a otro y se acercó a preguntarle en un susurro: ¿qué hace usted aquí?
Mercy fue al grano: ¿No me dijo usted algo de unos apartamentos nuevos en París?
Ella le miró de arriba abajo.
—Veo que ha entrado usted en razón —dijo—. Venga a verme mañana a mi taller de la calle Cambon —y acto seguido le dio la espalda.
Buscó a Diaguilev que estaba esperándola con ojos tiernos y una corbata de lunares sujeta a la camisa con un broche, sonriente, oliendo a rosas del Caribe. Le dijo que lo sentía, que de ese ballet no había entendido nada.
Tampoco sintió nada; acaso un hilillo de pena dulce, cuando Lucienne Rebaté la telefoneó a los tres días para decirle que su novio se había comprado con la herencia de un familiar un apartamento nuevo y que en una semana se reuniría con él. Habían decidido casarse. Coco le dio la enhorabuena, pero también le dijo que tuviera cuidado, que aunque las intenciones del chico parecían buenas, tuviera en cuenta que estaba dejando casa y empleo por alguien a quien no conocía tanto, y que podía repetirse la historia del chico de la playa. No se preocupe, fue la respuesta de Rebaté. Esta vez será muy distinto.
Nada. Ni lástima real, ni superioridad, ni repulsión cuando Lucienne Rebaté llegó a la calle Cambon el seis de marzo, una mañana límpida, grillos en los rincones de las calles, hecha un mar de lágrimas. Coco estaba ocupada cambiando los botones de una chaqueta, alzó los ojos, y a través de la ventana la vio avanzar en dirección a la puerta de la boutique, agarrada a su maletita, fea, congestionada por el llanto. Giró la cabeza de un lado a otro, escupió un trozo de hilo y siguió con lo que estaba haciendo.
Al cabo de un rato, la tenía sentada frente a ella. Lo primero que dijo Rebaté al verla fue: me ha vuelto a pasar, señora. He venido hasta aquí, dejando atrás todo lo que usted me ofreció, mi novio me ha dejado plantada. Ahora me doy cuenta de que los hombres son todos iguales. Coco la abrazó y luego la tomó de las manos.
Resultó que Lucienne había ido a la calle Saint-Placide como había convenido con su novio. Había llamado a la puerta dos o tres veces y al ver que no abría nadie habló con una vecina. Ésta le explicó que Marcel se había marchado hacía unas semanas a un apartamento nuevo (al oír apartamento nuevo, Coco sí sintió algo: una extraña y cruel satisfacción, pero ¿era satisfacción?, sí, satisfacción), y que no había dejado ningún mensaje ni para ella ni para nadie.
—Bueno, mujer —dijo La Flaca—, ya encontrarás a otro hombre mejor que ese sinvergüenza.
Rebaté, que tenía la vista fija en el suelo, alzó la cabeza. Dijo muy lentamente: No. Han pasado ya veintinueve años. Ahora quizá vendrán otros treinta, tal vez otros treinta, sólo Dios lo sabe con certeza. Yo ya no busco a ningún hombre.
Pero Coco era infinitamente generosa —un pozo de virtudes—, y aunque ya había buscado a alguien para sustituirla en Biarritz, en concreto a su hermana Antoinette, que andaba muy necesitada de un cambio de aires, iba a ver qué podía hacer por ella. Jefa y empleada fueron a comer juntas al Fleurs. Comieron una sopa de tomate y calabacín, y, después de mucho llorar, Lucienne se interesó por su relación con Erny. Coco, que estaba a punto de decir que bien, que todo iba muy bien (ante sus subordinados ella siempre permanecía impasible, fuera del escarnio de la vida, la vida era una ducha que salpicaba a los otros), de pronto encontró un motivo para coincidir con Rebaté en que todos los hombres eran igual de canallas. Le contó lo de su compromiso con la hija del lord, una enfermera a la que apenas conocía. Al día siguiente, Lucienne Rebaté volvió a coger el mismo tren que la había llevado a París, esta vez en dirección a Biarritz, la nariz pegada al cristal de la ventana; nunca, nunca más confiaría en un hombre. Coco la había vuelto a contratar, pero por un sueldo más bajo, pues tenía un gasto más, el sueldo de su hermana. Dos semanas después, Lucienne llamaba a Coco para contarle que Marcel había ido a buscarla con nuevas promesas y que había intentado ponerla en su contra, a ella, a Coco, con la absurda historia de que mademoiselle le había sobornado.
Cuando Misia se enteró de lo ocurrido, aulló de felicidad.
—Eres peor que yo —le dijo.
Coco también le contó que, a pesar de que las cosas seguían exactamente igual entre Erny y ella, había decidido cambiarse de casa.
Entonces Misia le habló de un ático que un amigo había tenido que dejar precipitadamente. Se trataba de un almacén de té de 1870, uno de los primeros locales portuarios parisinos reconvertidos en residencia a principios del siglo XX. El ático de dos pisos, con vistas extraordinarias al Sena y al Trocadero, llevaba varios años abandonado cuando lo ocupó el propietario actual. Se trataba de un doble espacio con pilares de hierro colado, que en el nivel principal tenía una cocina, alrededor de la cual se situaban el recibidor, la escalera, una galería acristalada, la chimenea y la sala de estar con espléndidas vistas. Pero lo que realmente impresionó a Coco fue el vestíbulo art nouveau de la planta baja: en el dintel de la puerta había letras estilizadas que titulaban la casa y un tímpano triangular decorado con relieves geométricos y angulosos. Había hojas de hierro, amapolas de vidrio, lirios, sauces llorones, algas y crines de follaje, libélulas y huesos de gaviota desplegados por los muros, barandillas y techos de modo que al entrar en el edificio uno parecía estar sumergiéndose en el olor profundo, amargo y fecundo de la tierra.
Misia también le facilitó una doncella polaca de pueblo, muy esmerada y discreta, Marie, que había estado a su servicio durante mucho tiempo y de la que ahora tenía que prescindir. Pero Misia no hacía todo eso por amistad. Quería algo a cambio.
¿Qué quería Misia teniendo, como tenía, todo el dinero del mundo? Pues nada más (y nada menos) que la caja de latón de la Desboutin.
Quería contemplar las fotos de los oficiales pringadas de papas, una vez; luego la devolvería a su sitio, la propietaria no tendría por qué enterarse de nada. Lo cierto es que en esta nueva etapa, Coco no sabía qué hacer con ella. Estrenaría piso y criada en un par de semanas; la Desboutin rondando por la nueva casa no sería más que un estorbo. Cedió ante el ruego de Misia y al día siguiente buscó la caja de latón en el dormitorio de la Desboutin. Tuvo que emplear una buena media hora en hacerlo porque la muy pájara la había escondido en un falso forro de la maleta, donde también guardaba corpiños y sostenes de encaje. La Flaca sacó los corpiños, las medias y unos trajes grises anticuados, y los extendió sobre la cama antes de volver a guardarlos; todo estaba apolillado.
A mediodía le entregó a Misia la caja envuelta en un saco y volvió a recogerla unas horas más tarde. Misia dedicó la tarde entera a contemplar a los oficiales; y lo pasó en grande. Los había bigotudos y lampiños, jóvenes y viejos, gordos y flacos, unos veinte, todos estaban pringosos de besos y papas. La Desboutin no se enteró.
La terapia psicoanalítica seguía su curso. Coco ya no hablaba de sus tías malvadas, de hecho, sólo hablaba del tiempo y las mariposas. Un día Jurié, el eterno lacónico, abrió la boca. Sólo se permitía hablar cuando lo que tenía que decir era más valioso que el silencio: usted no alberga odio contra la gente como me dijo un día, sino miedo. Miedo ante la posibilidad de que su imagen llegue algún día a depreciarse. Su corazón necesita calor como todos los demás. Añadió: ¿acaso se avergüenza de ser y sentir como una mujer? ¿Una mujer como todas las demás? Calor, se dijo Coco a la salida. Calor es lo que te hace falta a ti, majadero.
Ese día, al entrar en casa se encontró a la señora Desboutin sentada en el sofá junto a su maletita de cuero cuarteado. La comisura derecha de los labios parpadeaba ligeramente. ¿Qué hacía ahí su maleta? Coco miró a su alrededor. La casa estaba sin ordenar. No reinaba el olor habitual a productos de limpieza, a veces mezclado con olor a guiso de carne. Las sábanas revueltas, el suelo sin barrer. Sobre la mesa todavía los restos de la cena y en el salón yacían los objetos por el suelo. Coco la regañó y aprovechó para decirle que esto no podía seguir así, que, como sabía, ella la había tratado muy bien, pero había llegado el momento de que se buscase otro lugar. Veo que tienes la maleta hecha, aprovecha y márchate. Márchate hoy.
—Falta una —dijo la otra ignorando el discurso.
Coco se desentendió de la mujer y se concentró en buscar una revista en la que recordaba haber visto un traje de tweed, que le había dado una idea para alguno de los modelos de su nueva colección. Finalmente la encontró en el cuarto de baño. Se tumbó en su dormitorio y estuvo hojeándola durante un rato. Cuando volvió al salón, la Desboutin seguía en el mismo sitio. Al levantar la vista, La Flaca volvió a oír:
—Falta una.
La señora Desboutin permanecía inmóvil, la piel exhalando un terrible olor a rancio, las manos entrelazadas sobre el regazo.
—Falta una ¿qué? —le replicó con insolencia.
La Desboutin rebuscó en su maleta, lanzó vestidos y pañuelos al aire, hasta que sacó la caja de latón.
—Una foto —dijo.
Al ver la caja, Coco se estremeció. Echó pestes contra Misia, la muy cretina, ¿por qué diablos había decidido quedarse con una foto? Ahora la mirada de la Desboutin le inspiraba pavor.
—Había veinte —dijo con mucha calma— y ahora hay diecinueve; falta la del oficial del Séptimo. —Añadió con voz temblorosa—: El Séptimo de la Caballería Ligera.
Coco replicó que probablemente se trataba de un error, que tal vez alguien la había encontrado tirada y se la había llevado, o que quizá no tenía veinte sino sólo diecinueve y que el oficial del Séptimo nunca había existido, pero la Desboutin no entraba en razón. Repetía que había veinte y no diecinueve y sacó todas las fotos de la caja, las barajó, volvió a meterlas en la caja y las sacó de nuevo. Su rostro se crispaba. Era evidente que el tema de las fotos era de una importancia más que vital para ella; también que se iba a montar la de san quintín si no conseguía la que faltaba. Inesperadamente la Desboutin cerró la caja y la metió en la maleta.
Se dirigió a la puerta y antes de salir dijo:
—Usted me odia, aunque se empeñe en no tener tiempo para ello. Añadió:
—Pero ahora yo también a usted.
Desapareció por la puerta, en silencio, con su maleta cuarteada y su caja de galletas atada con una cuerda, palpándose un bolsillo en busca de un pañuelo con que limpiarse los mocos. La Flaca giró en redondo para volver a su habitación y cuando pasó por el pasillo, se encontró a sí misma contemplándose en el espejo: le había salido una cana, vaya por Dios. Sin más miramientos, se la arrancó. ¿Dónde estaba la foto? Esa misma tarde, La Flaca fue a ver a Misia. Después de mucho insistir, ésta tuvo que confesar que no había podido evitar quedarse con el oficial del Séptimo, que era increíblemente atractivo. Coco le pidió la foto. Tenía miedo de que la Desboutin volviera.
—No la tengo —dijo Misia—. Te juro por mi padre que la he perdido. La escondí en el cajón de las bragas y ahora ha desaparecido…
Como había ocurrido cuando rompió con Liébard, las relaciones con Erny siguieron como si nada. Coco le contó que había decidido cambiarse de apartamento y él la ayudó con el traslado. Por el perfume que había usado un día concreto, o por los zapatos que escogía, sabía que había visto a la enfermera, pero ninguno de los dos hablaba del tema. Era como si la vida de aquel hombre antes del compromiso, Ernest Capel, el rico empresario y jugador de polo con aroma a cueros y orines, el amigo de Clemenceau, hubiera sido un sinvivir. Por fin había encontrado su lugar en la vida. Había llegado el momento y Ernest Capel debía casarse con alguien de su condición social, por lo menos la hija de un lord, formar una familia; una suerte de intuición le decía a Coco que tenía que comprenderlo.
Un domingo, ya instalada en su nuevo apartamento, sonó el teléfono. Era su hermana Antoinette. Estaba bien; ella y el notario habían pensado volver a intentar tener un hijo un poco más adelante, cuando él consiguiera romper definitivamente con su mujer, que ya estaba al tanto de la relación. Hacía muy buen tiempo; la playa estaba abarrotada y había pensado encargar tres rollos más de tela para nuevos trajes de baño… Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Por fin Antoinette soltó lo que había querido decirle desde el viernes por la tarde: Lucienne Rebaté había recibido un día una llamada de teléfono, al parecer de una mujer. Después de hablar un buen rato, colgó y comenzó a llorar. Al día siguiente recogió sus cosas y se marchó.
—Se llevó todo el dinero, las ganancias de seis meses que teníamos preparadas para ingresar en el banco.
¿Su abnegada y sobria Rebaté cogiendo sus cosas y marchándose? ¡Robándole! Le dijo a su hermana (aunque ni ella misma era capaz de creerlo) que probablemente necesitaba descansar un poco, que ya volvería cuando recapacitara. Pero incluso Antoinette sabía que no lo haría. Coco colgó el teléfono y se encogió de hombros: Pues vaya, se dijo volviendo a posar la vista en el Sena y soltó un largo suspiro.
Durante un rato estuvo contemplando el río, pensando en quién colocaría en lugar de Lucienne, pues Antoinette no podría con todo sola. Su apartamento estaba situado entre el puente Sully, en el extremo oriental de la Île Saint-Louis y el puente de la Concorde y tenía vistas a un remanso donde el cauce se ensanchaba. Desde su terraza se oía un lejano griterío, se olían las algas del río y las flores del otro lado, y se podía ver cómo navegaban las barcazas y las lanchas rápidas. Durante un rato se dejó llevar, observando caer la tarde en las cortinas que pasaban de rojas a amarillas, de amarillas a grises y luego a negras. Por un momento (sólo fue una fracción de minuto) se sintió dichosa. Orgullosa de poder estar contemplando un hermoso paisaje desde un lugar al que había accedido por mérito propio, orgullosa de tener un nombre en el mundo de la moda, orgullosa de haber cumplido con una misión. Pero fue sólo un átomo de segundo porque la felicidad parecía asfixiarla.
La felicidad, como la desdicha, era difícil de soportar, una soga atada al cuello. De pronto, al ver que dos barquitos se rozaban ligeramente, volvió a golpearle la intuición. La intuición de que algo lamentable iba a ocurrir ahora que su vida era hermosa.
Y así fue; aunque si hubiera adivinado lo que iba a suceder en unos meses, no se habría quedado sentada en el sillón hasta la puesta del sol, hasta que su doncella polaca se acercó con la bandeja de la cena.
Erny y Diana Lister Wyndham se casaron el 7 de septiembre. La boda se celebró en la capilla privada del castillo de Beaufort, mansión de un general en Invernesshire, en el corazón de Escocia. Aunque Coco supo desde el principio que no iba a ser invitada, abrigó siempre la esperanza de que un día sonaría el timbre y alguien aparecería con la invitación.
Incluso meses después de casados, ella pensaba que aún le llegaría la invitación (se ha debido de extraviar, se decía de vez en cuando, encogiéndose de hombros).