Coco

Cristina Sánchez-Andrade · Capítulo 25 de 25

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Coco

Capítulo 24

 

Como otras veces, fue incapaz de leer las cartas de su madre. Ni siquiera ahora, a punto de ser asesinada. No; ya había descartado a un par de personas: Meg la Larga criaba malvas, Misia también. La Desboutin, si es que aún vivía, era demasiado mayor, al menos quince años más que ella. Con motivos para odiarla, motivos para matarla ¿quién quedaba? Rebaté. ¿Era Lucienne Rebaté, su fiel dependienta convertida en premiere d’atelier su asesina? ¿Marie? ¿Dónde andaba Marie? Sin saber por qué, le vino a la mente otro asesinato, el de Kennedy, y también un vestido rosa ensangrentado que ella había confeccionado para Jacqueline, su querida esposa, que no se lo quiso quitar «para que todo el mundo viera lo que habían hecho a Jack». Para Coco, Jacqueline tenía un espantoso mal gusto y había difundido ese mal gusto por toda Norteamérica.

La Flaca aceptó el fracaso de su desfile como se acepta un día de mal tiempo: con resignación. Ya se había entregado demasiado al enfado y a la irritación, era tiempo de vivir. Pero vivir ¿cómo? Sola, sola consigo misma, sola para beber champán, sola para abrir los regalos, para reír, para disfrutar de una buena comida y dar gracias a Dios por ella, para recibir el año nuevo, para abrazar y ser abrazada, para morir. Ésa era la verdadera derrota, su derrota interior.

El teléfono sonó una mañana clara y luminosa de octubre de 1963, el cielo abriéndose en pedazos, cuando Coco miraba por la ventana de su suite. Se precipitó sobre él: alguien le anunciaba que su amigo Jean Cocteau había muerto. ¡Otro más!, se dijo. La última vez que le había visto estaba desintoxicado. Pero era cierto que últimamente era otro manojo de nervios como ella: no tenía un minuto de quietud, se levantaba y se sentaba una y otra vez, iba y venía, cerraba un postigo o abría una puerta.

La Flaca colgó el teléfono e inmediatamente marcó el número de Serge Lifar, que por entonces estaba en París. Le pidió que la acompañara al funeral y después lo invitó a cenar en el Ritz, una cena opípara en honor de Jean Cocteau.

—¿Jean, poeta? —rebuznó Coco, haciendo grandes esfuerzos por pinchar una patata con la mano temblorosa—. No me hagas reír. Los poetas auténticos fueron Supervielle y Reverdy. Cocteau no descubrió nada en su vida. Dame cualquiera de sus libros y en un abrir y cerrar de ojos te encuentro los versos que robó a otros… De todos modos: ¡brindemos por los muertos!

En los postres, desternillándose de risa, se acordaron del día en que los fifis vinieron a por ella, cuando él estaba escondido en el armario. Lifar quiso saber qué tal andaba Coco de amantes, ya que se rumoreaba por París que era lesbiana y andaba enrollada con la modelo Marie-Héléne Arnaud.

—¡Hay que estar mal de la chola! —exclamó ella—. Un diente de ajo como yo y encima un ajo viejo, ¿de dónde saca esas ideas la gente?

Pero Lifar seguía empeñado en que sus modelos eran demasiado guapas para poder resistirse y en que una mujer como ella no podía estar sola: sí, dijo ella haciendo temblar con un tintineo insoportable la cuchara contra el plato, mis chicas son guapas, muy guapas, por eso hacen ese trabajo. Si tuvieran una pizca de seso, dejarían de hacerlo. Y chasqueando los dedos (ha perdido peso, pensó Lifar, y se le caen los anillos) para que el camarero le trajera la cuenta, concluyó:

—Finita la commedia, mi amigo Serge, para mí se han terminado tanto los hombres como las mujeres. No me hacen falta.

Mentía. Durante los años siguientes, los últimos de su vida, Coco no deseó otra cosa con más intensidad que estar rodeada de gente. Seguía yendo a trabajar —el trabajo era su medicina contra la soledad— pero los fines de semana se le hacían eternos. Para llenar el vacío de los domingos, o bien veía la televisión (resplandor en los ojos, como el amor, una especie de lejanía), o iba a las carreras de caballos de Longchamp, Auteuil, Vincennes, a oler la hierba y a recordar sus años de juventud. Incluso se compró una potrenca a la que llamó Romántica, porque los animales, decía, son mucho más afables que las personas. Pero no fue lo único que compró. También compraba la amistad, y ahora no le importaba de quién fuera.

A cambio de una suculenta cantidad, el hotel puso a su disposición una doncella personal, Céline, para darle las medicinas (sedol contra la artrosis), vestirla y hacer el aseo de su habitación, aunque también para hacer el aseo de su alma porque le servía de interlocutora muda sobre la que «verter» su malestar y su resentimiento. Cualquiera que sea la edad de la mujer, le decía, joven, vieja, madre, amante… lo que quieras, Céline, la mujer que no es amada es una mujer inútil; se muere y el hecho no supone absolutamente nada.

Y como sufría de sonambulismo, también pagaba a otras dos personas, un mayordomo y un mozo de las maletas que debían permanecer en su habitación durante la noche. La arrullaban con sus voces mientras se entretenían jugando a las cartas para que La Flaca no franqueara la puerta de su habitación (desde su cama, ella encontraba alivio con la sola visión de las manos, las manos de los que jugaban).

—¿Quién ha hablado? —decía de pronto con un temblor de labios, semiincorporada sobre el lecho.

—Yo no —murmuraba el mayordomo.

—Yo tampoco —decía el mozo de las maletas.

—¡Has sido tú! —decía Coco sin referirse a nadie en concreto, y volvía a desplomarse sobre la cama.

Al Ritz le pareció bien que siempre estuvieran allí esas dos personas después de que una noche saliera al pasillo en camisola de dormir y comenzara a tocar en todas las puertas gritando a voz en cuello: ¡Hi, ha, fo, fan, aquí huele a espárragos! ¡Otra vez huele a espárragos en el Hotel Ritz!

El mayordomo que jugaba a las cartas acabó siendo algo más que mayordomo. Era casi cuarenta años menor que ella y estaba casado, pero a La Flaca le gustaban sus mejillas redondas y arreboladas de hombre de pueblo, su buen humor, su olor a boñiga, que la llamara de usted y Madame de… Por las noches, cuando se quedaban solos, ella le decía que se quitara la librea y se sentara a su lado. Le decía: ¡sírveme una copa, mayordomo, que la vejez da sed! Le hablaba de su vida, le daba las llaves de su caja fuerte para que le contara los billetes, lo llevaba a las carreras de caballos, le compraba regalos para su mujer. A veces lloraba en su presencia.

Cuando no se acercaban a ella por su dinero, lo hacían por la historia de su vida. Coco se dedicaba ahora de manera obsesiva a la alta costura. Lilou, su secretaria de prensa, debía estar a su disposición para acompañarla a comer al mediodía y llevarla de vuelta al Ritz; incluso a veces se quedaba en el salón hasta que su jefa se dormía. A veces la secretaria intentaba conversar con ella y le contaba cosas de su vida privada. Pero la otra cortaba por lo sano: cállese; me aburre usted, me aburre a muerte, Lilou, con sus felices historias de mujercita casada. Otras veces, la misma Coco le pedía que le hablara, que le hablara de cualquier cosa. Pero en general todo le aburría. Odiaba a los otros, odiaba la vida y se odiaba a sí misma. Odiaba los domingos porque no podía atravesar la calle Cambon y zambullirse en la preparación de su nueva colección. Cuando no trabajaba, era una anciana.

Un día se presentó en su taller un productor de Broadway que pretendía hacer un espectáculo sobre ella financiado por Paramount Pictures: sería mitad musical, mitad película y se llamaría Coco. A La Flaca, ahora escasa de agasajos, le pareció muy bien: siempre he soñado con esto, dijo. Preguntó entonces quién haría su papel.

—Hepburn —le dijo el productor.

Coco dijo que Audry era perfecta.

—Audry no —le corrigió el productor—: Katharine.

Ella montó en cólera: Katharine era más vieja que matusalén. Exigió que el espectáculo recrease su etapa de juventud y su primer amor, de otro modo no daría su consentimiento. El productor cedió, pero al final hizo lo que le dio la gana. El argumento de la obra —y así se anticipó a la prensa— era el de una mujer que se había sacrificado durante toda su vida en aras de su independencia personal, aunque a costa de pagar un precio: la soledad.

El estreno de Coco estaba programado para finales de diciembre y en Nueva York ya estaba todo preparado. La Flaca asistiría al estreno en Broadway y para ello se había confeccionado un vestido de lentejuelas, pero a medida que se acercaba la fecha se sentía más y más débil, incluso le costaba respirar. Poco antes de Nochebuena, y con motivo del espectáculo, le hicieron una entrevista para la televisión francesa. Se trataba de entrevistas a una serie de mujeres famosas entre las que estaban María Callas, Gracia de Mónaco, Marlene Dietrich y Françoise Sagan. Estar en ese programa le parecía sencillamente maravilloso y durante un día entero se sintió hinchada como un pavo de felicidad y orgullo.

Mientras los periodistas y la gente del equipo del programa bebían champán para celebrar la Navidad, ella se limitó a quedarse sentada en un sillón de ante, lugar en donde se desarrollaría la entrevista. Lo primero que dijo antes de que el periodista le lanzara la primera pregunta fue que tenía pensado hablar mucho, como una vieja.

El entrevistador quiso saber por qué.

—Porque me aterra tener que escuchar a los demás —le miró de arriba abajo—, escucharle a usted si es que tiene pensado ponerse a largar. Si un día me muero, sé que será de aburrimiento.

Habló sobre muchas cosas, pero a medida que iba avanzando la entrevista que duró dos horas y media, sus respuestas se iban haciendo más ácidas y concisas: empezaba a sentirse mal. Estaba cansada —no un cansancio común, sino algo parecido al dolor—, y aquel periodista y su equipo de tontos que celebraban la Navidad con champán, la enervaba. Empezó a sentir miedo. Pero ¿de qué? No lo sabía. Simplemente lo tenía, como se tiene un dolor de huesos. Así que pasó de las largas parrafadas a las respuestas tajantes, alentando el relámpago en sus palabras.

Sobre la moda:

—La moda ha quedado reducida a una cuestión de falda corta o falda larga. La alta costura está acabada porque está en manos de hombres a los que no les gustan las mujeres.

Sobre los críticos de moda:

—Lo primero que tendrían que hacer es ir a la escuela y aprender a cortar una pieza de tela.

Sobre Pierre Cardin:

—Un chico muy simpático de verdad, en serio. En cuanto a lo que hace, será el final de la moda.

Sobre Paco Rabanne, que utilizaba en sus diseños materiales como el aluminio y el plástico:

—El metalúrgico.

Sobre Cristóbal Balenciaga:

—Es el único que se salva.

Sobre el tiempo libre:

—Lo detesto; lo detesto tanto como las casitas en el campo junto al lago con sus cisnes apestosos.

Sobre los amigos:

—Siempre tratan de sacarte dinero.

Sobre sus empleadas:

—Me roban.

Sobre sus modelos:

—¿Le parece divertido tener que arrodillarse delante de chicas jóvenes? Pues mire, ni siquiera huelen bien.

Sobre la soledad:

—Sería capaz de hacer subir al policía de la esquina para no estar sola.

Sobre la vida:

—Una carrera de mil metros cuya meta es la tumba.

Sobre la muerte:

—No temo a la muerte; temo a la insignificancia.

Al terminar la entrevista pidió que la llevaran al hotel. Subió sola en el ascensor, casi sin aliento, recorrió el pasillo y entró en su suite. La esperaba Céline para inyectarle sedol y ayudarla a hacer las maletas para viajar a Broadway. Volvió a salir; miró el espejo del pasillo: no había nadie espiándola, menos mal.

Decidió que no iría en avión sino en barco. Pero una semana antes de la fecha programada sufrió un ataque de apoplejía que le dejó el brazo derecho paralizado. No podía existir para ella peor humillación que aquélla. Por retorcidas que tuviera las manos, su trabajo dependía de ellas.

Los periodistas se enteraron y rodearon el hotel en el momento en que la conducían, semiinconsciente, al Hospital Americano de Neuilly. Por la calle, en la camilla, se protegía el semblante como podía. Profería quejidos de vez en cuando. De pronto dijo: todavía es temprano, ¡lárguense!

Cuando se despertó en la habitación del hospital echó un vistazo a su alrededor. Se encontró con un cura en la cabecera de su cama.

Le agarró fuertemente de un brazo y farfulló: no soy mala; lo que ocurre es que llevo una contradicción dentro de mí.

Pasó la Nochebuena sola, viendo televisión y comiendo ostras con la mano en el pecho, donde guardaba las cartas de su madre, porque Céline le había suplicado que ese día, al menos ese día, se lo diera libre para pasarlo con su familia.

Los siguientes días, hasta Nochevieja, se sintió algo mejor. Brindó con el mayordomo y el mozo de las maletas con el mejor champán del Ritz, pero sin esperar a que dieran las doce porque estaba cansada y aburrida.

A las seis de la mañana del día siguiente, sintió la caricia de una bala fría rozándole la oreja y abrió los ojos de golpe.

Media hora más tarde, murió.

Alguien la vio atusándose el cabello y colocándose la ropa frente al espejo del pasillo que ella misma se había hecho instalar para espiar a sus emuladores. Tenía una pistola en la mano.

Terminaste Coco

Cristina Sánchez-Andrade

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