Coco
Capítulo 21
El Silver Ghost de llantas azules conducido por Alonso, el chófer, entró por el este de París. Atravesó los distritos pobres de Belleville y Ménilmontant, junto al Pare des Buttes Chaumont, la Porte des Lilas, el cementerio de Pére-Lachaise y pasó por callejuelas de adoquines; Coco, acurrucada en el asiento trasero, vio las flores que crecían entre los escombros, la leña apilada para las hogueras, las fachadas románicas y los ojos grises y precisos como postigos de gente invisible que espiaba tras las cortinas de encaje.
Amanecía y las tiendas de ultramarinos abrían sus puertas: en el interior, acodados sobre el mostrador de zinc, uno o dos hombres con mono azul y gorra de tela piden un vin blanc para empezar el día, o una mujer pregunta si hay leña, café o carbón, también un niño con una cántara metálica compra leche para su madre. Es la hora en que los relojeros, tallistas, canasteros, ebanistas y marmolistas se ponen a trabajar en sus locales diminutos y pestilentes, bajo una bombilla colgada de un cable; la hora en que comienza el suave zumbido de la máquina de coser de los sastres; la hora en que el carnicero corta y reserva la mejor tajada de su entrecot para que el cliente más rico se lo pague au prix fort.
Por la Place de l’Étoile llegaron a la orilla derecha, y recorrieron los Campos Elíseos muy despacio, dejándose llevar por el ronroneo suave de los plátanos, casi a oscuras. Los letreros luminosos estaban prohibidos y las farolas apagadas de forma arbitraria, a causa del recorte en el consumo de electricidad. En la plaza de la Concordia reinaba una rara serenidad; los primeros oficiales con bigote y mejillas encendidas, y junto al Obelisco, sentados en una terraza, algún que otro civil alemán coqueteando con muchachitas francesas. Con la mano derecha alzaban las jarras de cerveza.
En el número 15 de la plaza Vendôme, en lo alto del Ritz, ondeaba una esvástica. Al entrar, se acercó el administrador para decirle a Coco que, de no tener un ausweisse alemán, tendría que presentarse ante el Kommandantur.
—¿Sucia como voy?
Su suite estaba ocupada, pero consiguió que le dejaran otra para asearse y cambiarse antes de ir a ver al comandante al que convenció de sus buenas intenciones sin grandes esfuerzos, con lo que consiguió quedarse en el hotel. La mayoría de las casas de alta costura habían cerrado; Schiaparelli y Mainbocher habían huido a Estados Unidos. Pero en París permaneció Lucien Lelong que, como presidente de la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne, consiguió que la alta costura quedara exenta de racionamiento y no se trasladara a Berlín o Viena. Así se mantuvo viva la creatividad parisina.
Sin la obligación de trabajar La Flaca se aburría mortalmente y, sobre todo, se encontraba muy sola. Durante el día era esclava de la misma rutina: levantarse, asearse un poco, desayunar calabacín en tostadas y turnedó con salsa bearnesa, y ordenar las cartas de su madre que seguía guardando en el pecho. Después de comer bajaba a sentarse a los salones del hotel para espiar a los alemanes que bebían whisky, los ojillos azogados en las órbitas. Atrincherada en sí misma, exploraba un mundo hosco en el que ya no se reconocía. Echaba de menos sus momentos de gloria estentórea, las entrevistas, el calor de la gente que se congregaba en las puertas de la calle Cambon, cinco, diez o doce personas ahí donde ahora no había nada, afluían de todas partes para verla, un hervidero de curiosos que quería sentirla, tocarla, palparla.
Cuando esto ocurría, hace veinte años, ella no tenía necesidad de afecto. Y es que, pensó, así es la naturaleza humana, que da su simpatía con mayor facilidad a los que menos la demandan. ¿Se acordaría alguien de que ella era Madame de…? Un día, mientras almorzaba junto a la galería, vio pasar a un grupo de oficiales, el ministro de Asuntos Extranjeros Von Ribbentrop y sus secuaces, susurró alguien desde otra mesa, entre los cuales se destacaba un hombre alto, rubio y de aspecto aristocrático, vestido de paisano. Coco le observó durante un rato desde la ventana, mientras él y los otros charlaban (o más bien ladraban) estrepitosamente en corro a la puerta del Ritz. Cuando terminó de comer sacó del bolso un espejito y el carmín para retocarse los labios. No eres vieja, se dijo, todavía no eres vieja. Se frotó los labios, se palpó el pecho (las cartas seguían ahí), y se dirigió a la salida con intención de «cazar» a aquel alemán.
Pero antes de llegar a la puerta, un camarero la detuvo. Le traía un sobre en una bandeja de plata: para usted, mademoiselle.
—¿Para mí? —dijo Coco que lo último que esperaba en ese momento era recibir una carta de nadie.
Y de pronto, se sintió dominada por una extraña euforia. Esa carta cambiaría su vida. ¡Oh, sí!, se dijo dando unas palmaditas al aire. Ahí estaba su salvación en esos momentos de aburrida guerra. Así que se la arrebató al camarero y la abrió con dedos temblorosos, muy rápido, casi a zarpazos, rasgando el sobre, Mi querida vampira. Inmediatamente buscó el remite. No tenía, daba igual; siguió leyendo:
Mi querida vampira:
Me cerró usted la puerta en las narices y no pude decirle lo que a
continuación le escribo. Espero que disfrute leyendo.
Es usted una vampira. Por si no lo sabía, es usted una vampira que
durante toda su vida se ha dedicado a «extraer» lo mejor de las personas para sí, para lograr sus fines de manera egoísta y saciar su ambición sin dar absolutamente nada a cambio.
Pero la entiendo: es incapaz de querer, el miedo a entregarse, a que las
personas la hagan sufrir más de lo que ya ha sufrido durante su infancia.
Le diré algo más, muy brevemente, para no abrumarla con sermones
como hace usted. Se trata de la libertad, palabra que usted siempre tiene a flor de labios y con la que pretende aleccionarnos a todos.
Porque resulta curioso lo ciego que uno puede estar cuando decide
estarlo: no hay persona menos libre que usted.
Yo también estoy segura de que volveremos a encontrarnos en algún
momento de nuestras vidas.
Atentamente,
Su doncella Marie
Por las venas de La Flaca corría hielo. Rompió la carta en cuatro pedazos y se lanzó a la carga por la puerta principal del hotel. Tenía ganas de llorar, ¡ah!, pero no lo haría. Se contuvo (puta, Marie; ¡con todo lo que había hecho por ella!). Porque ahora que sabía hacerlo, llorar era vulgar. Como el racionamiento, la depresión, la miseria y el miedo, la escasez de combustible, los sabañones y las hemorroides, las cañerías que se congelan, revientan y dejan escapar un agua sucia y vieja, el odio: la guerra era vulgar. Y ella podía ser cualquier cosa menos vulgar. Resentida, solitaria, vieja, vampira. Pero nunca vulgar. Vio al alemán y acto seguido giró sobre sí misma, presa de una timidez que la hizo volver a entrar en el hotel con gesto lento y grave. Pero salió de nuevo. Trotando como una jirafilla hasta el grupo de alemanes, preguntó a aquel de aspecto aristocrático si quería tomar una copa con ella en su suite del hotel. Así, sin más.
Hans Gunther von Dincklage hablaba correctamente francés porque había sido agregado de la embajada alemana en la calle de Lille. Cuando entró en la habitación de Coco echó un vistazo a su alrededor y luego se quedó inmóvil junto a la puerta.
—Pero siéntese —dijo Coco.
El alemán volvió a lanzar miradas a su alrededor.
—Es que no hay sillas —dijo, y añadió—: ni mesas, ni lámparas, ni libros, ni cama.
—¿Y qué más da? —repuso La Flaca—. ¿No se ha parado usted a pensar que lo esencial no son las mesas, ni las sillas, ni las lámparas ni la cama? Siéntese de todas formas.
Finalmente optaron por bajar a la recepción, a pesar de que Coco habría preferido quedarse en su celda monacal porque abajo, en los salones, llegaba el olor a espárragos trigueros de la cocina y eso le irritaba. Mientras tomaban un gin, él le explicó que pertenecía a la aristocracia de la Baja Sajonia y que su madre era inglesa. Aquella purasangre fue más que suficiente para Coco. El amor era un buen pasatiempo en tiempos de guerra. Aunque él era doce años menor, se gustaron lo suficiente para convertirse en pareja.
La Flaca cumplió cincuenta y ocho años el verano de 1941, año en que la guerra europea se transformó en guerra mundial. En diciembre, mientras cenaba los exquisitos platos hechos con ingredientes del mercado negro en compañía de Hans y otros alemanes que hablaban francés, como el jefe de Propaganda Gerhard Heller, y el funcionario de la Wehrmacht Ernst Junger y Misia, Sert y el bailarín Lifar —que como ella pensaban que para sobrevivir había que hacer negocios con los alemanes, algo mucho más saludable que engrosar las filas de una Resistencia que atraía a jóvenes de escasa formación, o a colaboradores ávidos por borrar un pasado sospechoso—, recibieron la noticia de que Japón había atacado Pearl Harbor. Unos días después, el aburrimiento llevó a Coco a idear un plan; un plan que le haría pasar a la historia, pensó tumbada en la cama de su habitación, mientras deshojaba una de las flores frescas que disponían cada mañana en un jarrón.
No se me recordará como duquesa, pero tal vez sí como intermediaria de la paz entre los Aliados y el Eje. Nunca le había interesado gran cosa la política, pero ¿qué otra cosa había en esos tiempos sino política? Citó en su suite a su nuevo amante Von Dincklage para convencerle de que en el alto mando alemán tenía que haber forzosamente personas que creyeran que el ataque de Hitler a la Unión Soviética era una locura y que la provocación de Japón al atacar Pearl Harbor, que había provocado la entrada de Estados Unidos en la guerra, una bravuconada aún mayor.
Ella, dijo echándose un vistazo a las uñas recién limadas por la manicurista, era amiga del primer ministro británico, Winston Churchill, a quien conocía «a la perfección». Coincidía con él en gustos: sol y lujos, cruceros por el Mediterráneo y carreras de caballos, explicó con gran afectación. Habían compartido almuerzos y cenas en La Riviera y Dowing Street. Estaba segura de que le recibiría sin ningún problema. Y sabía que el inglés tampoco estaba nada conforme con esa maldita guerra que estaba acabando con los privilegios y tradiciones de su querida Gran Bretaña. Por tanto, su plan consistía en entrevistarse con Churchill en algún lugar seguro para convencerle de que escuchase a algún miembro del alto mando alemán y negociara un acuerdo. Von Dincklage la escuchaba con perplejidad mientras La Flaca se paseaba de un lado a otro de la habitación imaginando la conversación y las respuestas de Churchill.
—¿Acaso no interesa a todo el mundo acortar la guerra, salvar millares de vidas?
—Pues tiene usted toda la razón del mundo —dijo ella que diría Winston, imitando el gesto de su mano al sacudir la ceniza de su puro.
—Pero Churchill ha prometido sangre, lucha, sudor y lágrimas al pueblo británico… —la interrumpió Von Dincklage, que empezaba a conocer a La Flaca e intuía que no iba a desistir fácilmente de este nuevo entretenimiento— y proclamó en Casablanca su doctrina contra la paz negociada. Además… aunque seáis buenos amigos, bueno pues, no creo que el primer ministro británico tenga ahora mucho tiempo para verse con…
Pero Coco consiguió que el alemán convenciera a uno de los jefes pertenecientes a las SS, el comandante Walter Schellenberg, que desde 1941 ostentaba el cargo de jefe en funciones del servicio secreto extranjero, de que la enviara en «misión de paz».
Y así se hizo. A principios de otoño de 1943, un automóvil de las SS estacionó en la puerta del Hotel Ritz para conducir a Madame de… hasta la embajada británica en Madrid, lugar donde se sabía que estaría Churchill durante unos días. La Flaca mostraba tal seguridad en sí misma y en la empresa que iba a desempeñar que nadie consideró preciso avisar al primer ministro británico de la llegada de la francesa. Von Dincklage viajó con ella. Al llegar a Madrid —árido, vacío, desierto, horizontal— después de tres días y medio de tortuoso viaje, La Flaca pidió que la llevasen directamente a la embajada británica situada en una calle cercana al Paseo de la Castellana. Los funcionarios ingleses no vieron con muy buenos ojos que un alemán y una francesa pidieran permiso para entrar en la embajada, y no pudieron evitar la risa cuando Coco exigió que Winston Churchill la recibiera de inmediato, que era su amiga. Sin embargo, ante su insistencia, le prometieron que a la hora del almuerzo, cuando el primer ministro acabara de despachar, le harían llegar su mensaje.
La Flaca cogió su maleta y se cambió en un cuarto de baño de la embajada. Para la ocasión había traído un vestido negro escotado y unas perlas de imitación Romanov. Antes de salir se echó un vistazo en el espejo: espantosa y magnífica, se dijo, una mujer de verdad. Durante tres horas estuvo esperando junto a Von Dincklage en una calurosa salita de la embajada, contándole a éste acaloradamente (tanto o más que la calefacción) lo bien que conocía las costumbres británicas, porque había estado a punto — no aceptó— de convertirse en la tercera duquesa de Westminster. Le contó que, de haber querido, habría podido ser la mujer más rica de Francia, porque el duque le decía: toma, nenita, coge todos esos Rembrandts, esos Frans Hals son tuyos.
Por fin, entró en la habitación un funcionario de la embajada preguntando qué era exactamente lo que querían. Von Dincklage se puso en pie y comenzó a explicar que venían de París y que la señorita, bueno, la señora, traía una propuesta de paz, es decir, apenas sabía qué decir porque al escucharse sentía una vez más que estaban haciendo el ridículo. En ese momento, Coco le hizo callar con un gesto. Dijo enrollándose el collar de perlas entre los dedos y mirándole con cara de esto-lo-arreglo-yo:
—Simplemente dígale al primer ministro Churchill que Madame de… está aquí.
Volvieron a esperar, aunque esta vez tan sólo dos minutos durante los cuales permanecieron en silencio. El mismo funcionario abrió la puerta.
—Dice el primer ministro que no conoce a nadie con ese nombre.
Entonces Von Dincklage y Coco se miraron de hito en hito. El rostro del alemán traslucía cansancio, entumecimiento y una chispa de desengaño. Intentó decir algo, pero al abrir la boca sólo salió un soplo, algo parecido al bufido de un animal. Coco fue la primera en reaccionar.
—¡Mira qué bien! —dijo—. ¿Vamos a pasarnos la vida mirándonos como un par de gatos?
Cuando regresó a París y le contó a Misia lo sucedido, ésta rompió a reír como una posesa. Decía: misión de paz, misión de paz, y parecía descuajeringarse. A La Flaca, irritada por esa risa demente, le palpitaban las orejas. No esperaba que su amiga de toda la vida reaccionara así ante algo tan serio. Se acordó de aquel personaje de su infancia: el dueño del ultramarinos que se fue a París a ver la Torre Eiffel y a defender a Dreyfus, y miró a Misia con desprecio. Y es que aquello era demasiado. Aquella carcajada hacía que el rencor aflorase a su piel como un herpes latente. Ya le había perdonado muchas cosas a esa tonta polaca, ¡demasiadas!: ahora no tenía nada que perder y esbozó una sonrisa con los ojos. Dos días después, las autoridades alemanas se presentaron en casa de Misia para arrestarla por su origen judío.
Cuando, el 26 de agosto de 1944, París entero se lanzó a la calle para ovacionar la entrada triunfal de las tropas de De Gaulle, Coco y Lifar aplaudieron el desfile y aclamaron a los vencedores. Von Dincklage había desaparecido de escena.
Quince días más tarde, muy temprano, aparecieron en el Ritz dos jóvenes con brazaletes de las FFI y revólveres en el cinto. Llamaron a la puerta de la habitación de La Flaca y pidieron que les acompañase. Ésta preguntó a orden de quién estaban.
—Del Comité de Purgas —fue la respuesta.