Cuando la miel muere

Hanni Münzer · Capítulo 10 de 64

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Cuando la miel muere

Capítulo 7

 

EL DOCTOR NO regresó hasta primera hora de la mañana, pálido, cansado y con una oscura barba incipiente. Había sido efectivamente un parto de una criatura que venía de nalgas, lo cual significaba una enorme fatiga para cualquier médico, pero después de todo nunca tan intensa como para la madre parturienta.

Por este motivo, el asunto del fracasado alzamiento no lo volvieron a mencionar hasta el día siguiente; el doctor, después de apenas dos horas de sueño, había tenido que presentarse en su consulta mientras su esposa seguía reposando. Ahora se encontraban los dos en el comedor durante el almuerzo conjunto.

Para disgusto de su esposa, Gustav no mencionó apenas ese asunto sino que desapareció de inmediato tras la lectura obligatoria del periódico Münchner Neueste Nachrichten. El amigo de Gustav, Fritz Gerlich, trabajaba en él desde 1920 como redactor jefe.

Como es natural, el intento de golpe de Estado y la búsqueda del fugitivo eran la noticia de la primera plana de aquel día. Justo al lado del editorial saltaba a la vista el retrato del golpista. Pero Elisabeth no lo descubrió hasta después de que su marido levantara el periódico para leer en las páginas interiores y la imagen apareciera por completo detrás.

Ella se enfadó un poco porque le dedicaba más atención a la lectura que a la comida, por no hablar de su encantadora presencia. Se había arreglado hoy especialmente para él y tenía un aspecto verdaderamente cautivador; Ottilie la había ayudado a ponerse su vestido azul a medida que realzaba a la perfección sus delicados contornos.

Ahora que había reconocido al personaje de la fotografía, sabía cómo podía atraer la completa atención de su esposo.

Con su voz melódica exclamó por encima del periódico:

—Mira, ahí está, Gusti, ahí, en la primera página, el hombre con el que me topé anoche en casa de Helga. De verdad que no entiendo el bombo que le da todo el mundo a ese hombre. Yo lo encontré absolutamente soso. E imagínatelo, ¡ni siquiera estaba afeitado! Un hombre bajito. Ottilie tampoco tiene buena opinión de él. Verdaderamente habría que prestar más atención a la voz de las gentes del pueblo porque tienen olfato para estas cosas.

El efecto buscado fue sensacional. Gustav se estremeció como si le hubieran disparado un tiro. El periódico se le escurrió de los dedos. En el intento de volver a agarrarlo con un rápido movimiento de la mano golpeó su taza de café prácticamente llena y cayó de la mesa.

Félix, el perro salchicha que como siempre aguardaba impaciente debajo de la mesa, aulló y se marchó de allí de un salto, y dos días más tarde aún seguía oliendo a café. Gustav, sin embargo, parecía no haberse enterado del percance ni de la desgracia del perro. Se quedó mirando a Elisabeth por encima de la mesa.

—¡Por todos los cielos, Elisabeth! ¡Espero que no le hayas dicho a Ottilie que viste ayer a ese hombre!

Gustav pensó con horror en la lengua de Ottilie, siempre preparada para hacer correr cualquier noticia. ¿Qué ocurriría si se hacía público que su esposa se había topado con Hitler en persona? ¡Eran inimaginables las consecuencias que podía tener eso en estos tiempos revueltos! Se puso a pensar con intensidad en el número de personas que sabían que su mujer era amiga íntima de Helga Putzinger. Gustav vio en su mente ya a una docena de policías de Kahr entrando precipitadamente en su casa.

La vinculación especial de Bubi Putzinger con Adolf Hitler era suficientemente conocida. ¡Bubi había convertido a Hitler en el padrino del pequeño Egon! Gustav sabía que Putzinger creía en el futuro político de aquel hombre y promovía al totalmente implicado excabo austríaco. Así logró en poco tiempo introducir a Hitler en la élite burguesa de Múnich que financiaba la política del otrora sintecho vienés con generosas donaciones del partido y egoístas segundas intenciones. Bubi iba ejerciendo cada vez más el rol de portavoz de prensa oficioso de Hitler. Incluso se pavoneaba de haber sugerido a Hitler la idea de los desfiles con antorchas porque él mismo había experimentado en su época de estudiante en Harvard lo imponentes y efectistas que podían llegar a ser.

Y anteayer en la cervecería Bürgerbräukeller, es decir, en mitad del airado golpe de Estado, había conseguido celebrar una rueda de prensa espontánea para los reporteros extranjeros allí presentes, particularmente estadounidenses. Esa información se la suministró a Gustav por la mañana un paciente que había tenido un desagradable encontronazo nocturno con una pandilla de fugitivos de la SA.

ELISABETH, FELIZ DE haber conquistado la atención ilimitada de su esposo, volvió a informarle entre gorgoritos sobre su breve encuentro en la casa de los Putzinger. Al hacerlo no pudo resistir la tentación de adornarlo todo con la teatralidad innata en ella alargando aquel encuentro casual, enfatizando la actitud cautelosa de Helga y destacando la valentía de esta:

—Bueno, qué valor tiene, Gusti. A mí seguramente me habría paralizado el miedo al encontrarme de noche frente a tantos hombres sucios. —Cuando terminó su informe y dio a entender a su marido con una sonrisa la ilusión que le hacía haberse encontrado súbitamente en el centro de un acontecimiento importante, este tuvo que hacer grandes esfuerzos por mantener la calma. Con mucho gusto habría sacudido a su esposa como a un ciruelo. Al fin y al cabo, los golpistas estaban armados, eran extremadamente peligrosos y se les estaba persiguiendo muy de cerca. Y por este motivo serían capaces de cualquier cosa. Elisabeth, la famosa soprano, podría haber acabado perfectamente como su rehén. Sin embargo, a Elisabeth no se le habrían pasado jamás estos pensamientos por la cabeza.

Ese fue el instante en el que se apoderó por primera vez de Gustav el temor de haberse sobrevalorado un poco en su rol de profesor Higgins de la obra Pigmalión.

Desde un principio, Gustav fue consciente de las alegres debilidades de Elisabeth, que ciertamente poseía un alma bella pero que requería todavía de una cuidadosa modelación, una tarea para la cual él se había sentido llamado. Sin embargo, Elisabeth no era Eliza, la florista.

Gustav se formuló ahora la pregunta tardía de si no se había casado con una niña eterna de veintitrés años. Exteriormente era una maravillosa joven, pero por dentro era una persona de una inocencia conmovedora, una niña pequeña que quería que la amaran y la elogiaran. Él colocó todo su amor en el platillo de la balanza para no dejarse arrastrar por adjetivos como crédula o incluso insensata en relación con la criatura verdaderamente encantadora que tenía a su lado.

Y tal como solía ocurrir, aunque indirectamente corriera el peligro de descubrir una cualidad negativa en su esposa, a quien amaba con ternura, no tardaba nada en relativizar esa cualidad encontrando él mismo una justificación para ella, diciéndose a sí mismo que estaba claro, que Elisabeth se había pasado prácticamente toda su existencia en el aislado mundo de la música. Ella vivía alejada y apartada de todo, casi como en el interior de una bola de nieve. Ese lugar lo había elegido ella misma, lo compartía con las partituras y las creaciones de maestros del pasado cuya inspiración ella ponía en el aquí y en el ahora. Era el arte de la intérprete Elisabeth el que insuflaba vida a la música. El brillo de su voz era el que otorgaba inmortalidad a las melodías de los compositores.

Gustav, que para no perturbar su propia paz interior enfocaba con una luz halagadora la conducta de Elisabeth, recordó cómo ella establecía siempre una relación de todo con la música, ya fuera para las nimiedades de la vida o para los sucesos relevantes que dejaban huella en la existencia.

Si su joven esposa probaba por ejemplo un nuevo plato en un restaurante y este le gustaba especialmente, podía suceder que prorrumpiera en un estallido de entusiasmo delante de los demás y que exclamara sin rubor: «¡Oh, se deshace con tanta ligereza y delicadeza en la lengua, sabe a Vivaldi!». El temperamento de Elisabeth era burbujeante como el champán.

Inolvidables eran para él las semanas de luna de miel que pasaron en el mar Báltico. El clima era crudo, el viento soplaba tormentoso, las nubes se habían apilado en el cielo con un color gris amenazador. Los demás paseantes dieron la vuelta a toda prisa y se retiraron para tomar una taza de té muy caliente con ron. Sin embargo, Elisabeth quiso permanecer a toda costa en la orilla del mar que había divisado por primera vez ese día. Se soltó del abrazo de Gustav y se precipitó hacia el mar rugiente, un diminuto punto de contraste con el horizonte imponente. Se desprendió a toda velocidad de sus botines, se quitó el vestido y casi se tira de cabeza al mar si el hombre con quien acababa de desposarse no se lo hubiera impedido en el último momento.

Con un fervor cuyo sonido seguía llegándole a él hoy hasta la médula, ella extendió los brazos y exclamó con su carita mojada vuelta al mar: «¡Es esto! Sí, debió de ser justo esto. ¿Lo percibes? ¿Puedes sentirlo, Gustav? La obertura del mundo recién creado. Es Tristán e Isolda, es pasión y amor, tormenta y energía. ¡Es lo incierto de las fuerzas de la naturaleza!».

Sus botines iban ya surcando las olas hacia nuevas orillas.

PERO ELISABETH TAMPOCO era ingenua ni tan ajena al mundo como daba la impresión de ser: tenía una sensible alma de artista que ciertamente se consumía por la música y que trataba de sustraerse a casi todo lo que no estaba en consonancia con su tono interior, pero disponía también de un fino olfato para las personas.

Durante un tiempo Elisabeth, se tomó un descanso en sus conciertos para disfrutar de las ventajas y de las libertades de una mujer casada. No obstante, seguía ejercitando la voz igual que antes con la disciplina severa de la cantante de escuela, y al cantar se acompañaba ella misma al piano.

Gustav, que también se desvivía por su trabajo de médico, mostraba desde siempre una gran comprensión por todos aquellos que se dedicaban a su oficio con amor y fervor. De ahí que no titubeara un solo instante en aprobar que su esposa recibiera una invitación para actuar en La Scala de Milán en febrero de 1924 para cantar el papel de Violetta en La Traviata de Verdi. El papel de Alfredo iba a interpretarlo el famoso tenor italiano Benjamino Gigli. Los ensayos comenzaban a mediados de enero y a Elisabeth le hacía muchísima ilusión. El de Violetta era uno de sus papeles favoritos.

Su muy temprano éxito, inhabitual para una soprano, no se lo debía únicamente a su excelente voz y a su hermosa y exótica presencia, sino sobre todo a su modo de actuar. A pesar de su juventud, Elisabeth era ya una actriz consagrada, a quien los críticos otorgaban una expresividad cautivadora.

LA ARTISTA, NO obstante, se demoraba todavía en Múnich y se ejercía en la partitura de la esposa recién casada para quien lo único importante es el bienestar de su marido. Al cabo de tres meses de matrimonio ya había aprendido un poco a leer en el semblante de su esposo.

Elisabeth se dedicaba a esta tarea completamente nueva en su vida con el mismo afán con el que estudiaba un nuevo papel en el canto. Así que se devanaba los sesos pensando si debía llamar a la puerta de su consulta después del café de la tarde o si tal vez su esposo prefería seguir consultando un ratito más sus escritos médicos, o si estaba animado para dar un paseo o con el humor suficiente para ir de noche al cinematógrafo, por el que Elisabeth sentía una pasión especial. Justamente estaban echando Der böse Geist Lumpaci Vagabundus con el actor y cantante Hans Albers, una película que ella quería ver sin falta.

No se trataba de asuntos revolucionarios, por supuesto, pero servían para llevar una apacible vida, una vida que estaba restringida en concreto al estado de ánimo de los hombres. Con sus atenciones, Elisabeth demostraba, no obstante, que había entendido a la perfección que su vida no representaba ninguna sesión continua donde al final caía el telón y se cosechaban ovaciones y ramos de flores.

Así que Elisabeth, con una férrea voluntad, se conminó a dar los primeros pasos vacilantes para salir de las sombras que la música arrojaba sobre ella y conceder mentalmente a su Gustav una importancia pareja.

ANTES DE QUE Elisabeth encontrara a su Gustav —una colega se lo había recomendado a causa de un constipado que no quería acabar de curarse del todo—, había tenido poco contacto con hombres y tampoco había sentido ninguna necesidad en este sentido. Dedicaba todo su pensamiento y todo su tiempo a la música; el talento era ciertamente un requisito, pero la capacitación y el saber había que ganárselos con mucho trabajo duro.

Y había otro motivo más para su reserva: había aprendido de su madre que se podía amar desmedidamente a una persona y estar sin embargo la mayor parte del tiempo muy triste e infeliz.

Elisabeth no quería sufrir preocupaciones, ella deseaba una vida feliz y alegre. Deseaba sentirse viva, cantar, bailar, tocar y viajar a tierras lejanas. Era joven.

Y entonces apareció Gustav, un maravilloso hombre, alto y moreno, que continuamente andaba haciendo o diciendo cosas impresionantes y que poseía unas manos más bellas y sensibles que todos los pianistas de este mundo. Gustav había encendido en ella aquella melodía desconocida y embriagadora que desde ese momento sonaría todos los días en su alma.

GUSTAV HABÍA RECONQUISTADO entretanto su periódico y el habla, pero no así su acostumbrada paz anímica. Le largó a Elisabeth una conferencia muy seria cuya quintaesencia se desvaneció con rapidez en la cabeza de su esposa. Pero como contenía muchas palabras como peligroso, tener cuidado, no salir nunca más sola, etcétera, Elisabeth comprendió muy bien sus repercusiones prácticas. Aquello significaba que Gustav ¡estaba a punto de limitar su libertad personal!

Eso no le gustó nada a Elisabeth, quien ya había aprendido a apreciar su nuevo estatus de mujer casada con la autonomía que ello conllevaba.

En calidad de becaria menor de edad, en el Mozarteum no tenía apenas libertad de movimiento. En los primeros pasos de su carrera, el cuerpo docente colocó a un observador a su lado, a quien el consejo de la fundación había escogido para que vigilara todos sus movimientos. Ese hombre la siguió, efectivamente, a todas partes. Esto le resultó muy molesto a ella, sobre todo porque despedía un olor verdaderamente desagradable con su mísero traje y Elisabeth tenía que llevar consigo permanentemente una buena provisión de perfume. De todos modos, tras sus primeros éxitos se reunieron otros fondos que permitieron que su madre, María, que únicamente percibía una pequeña renta como viuda de guerra, la acompañara en adelante como dama de compañía.

Su madre, temerosa de Dios, nunca llegó a entender el excitante e inquieto mundo de la ópera al que había ido a parar su hija. Vestida con una falda larga y un chal de lana, esperaba tras los bastidores como los decorados de una función olvidada. Contemplaba con incredulidad a las muchas personas que pasaban rápidamente a su lado en los entreactos sin prestarle atención, con maquillajes chillones y a menudo con muy poca ropa. Sin embargo, nunca salió de sus labios una palabra de censura, admiraba a su hija y disfrutaba de la silenciosa felicidad de estar unida a ella.

Así pues, cuando el asunto giraba en torno a sus libertades personales, Elisabeth reaccionaba con intensidad. Verdaderamente no faltaba mucho para que la primera pelea enturbiara esa reciente felicidad matrimonial.

Pero igual que ocurría con la música, la espontaneidad era un don divino con el que también contaba. Elisabeth era una maestra en esta disciplina. Siguiendo un impulso súbito, se puso en pie de un salto, rodeó la mesa en dirección a su esposo y le echó los brazos al cuello. Con la cabecita pegada a la mejilla de él, dijo con un arrullo de voz:

—¡Ay, queridísimo mío, no hablemos más de esas cosas horribles! «Las repeticiones solo mejoran algo cuando se está ejercitando uno», dice siempre mi agente. Al fin y al cabo no tengo la culpa de que ese Hudler quisiera ir a la casa de Helga. Mira, te prometo de veras que nunca más volveré a salir sin el acompañamiento del larguirucho de Hans. ¿Te parece bien?

Gustav aspiró el aroma dulce de su piel, su mente dispersa registró que ella había vuelto a olvidarse del apellido correcto de ese hombre, y rindió las armas.

Un beso en la mejilla de su esposo acabó por amansar completamente las olas, pero, a pesar de todo, Gustav se sintió obligado a añadir acto seguido:

—Está bien, Elisabeth, pero no te olvides de que me has prometido no decirle a nadie que estuviste ayer en la casa de Utting. Y ni una sola palabra a Ottilie, por supuesto. Hablaré con Helga. Entenderá que esas cosas me parezcan peligrosas en estos tiempos revueltos. Sobre todo mientras ese Hitler se halle fugado. Menos mal que Helga te presentó con mi apellido. — Entonces se le pasó algo más por la cabeza—: Dime, ¿se dio cuenta de algo el chófer?

Donde otros adoptaban una pose de pensador, Elisabeth se limitó a arrugar su encantadora nariz.

—Creo que no. Estoy bastante segura de que el automóvil encaró el patio de la hacienda una vez que esos señores ya habían entrado en el vestíbulo. En el mejor de los casos habrá visto sus nucas. No tienes que preocuparte para nada por él, mi Gusti. ¿Quieres que te toque alguna pieza al piano?

TAN SOLO UN día después, el 11 de noviembre, Ottilie entraba precipitadamente en la cocina. Bertha estaba junto a los fogones, Hans estaba sentado a la mesa e intentaba arreglar el mango flojo de una sartén.

—¡Jesús santo! —anunció Ottilie con un tono triunfal las novedades que se había traído desde el mercado semanal—. Ya lo han pillado, al fino señor Hitler. Estaba escondido donde los Putzinger, en Utting, en las afueras. Se lo han llevado en pijama y batín de la casa del señor. Lo que habría dado por ver esa escena, el señor Putzinger le saca por lo menos medio metro y es más corpulento que ese esmirriado. Fue un inspector de Utting con treinta policías de Múnich. No sé por qué necesitaron tantos policías para ese tontorrón de pacotilla. —Ottilie propinó un cariñoso coscorrón a Hans y añadió—: Ahora ya puede abrigarse bien tu hermano Franz. Ojalá encierren a esos dos tontos en la misma celda, y así podrán desfilar y cantar juntos.

La política en general y ese Hitler en particular pasaron rápidamente a un segundo plano. Pocos días después quedó comprobado que Elisabeth esperaba un hijo, y eso a pesar de que el doctor sabía en realidad cómo prevenirlo.

Los novios hablaron durante la boda sobre el asunto de los niños con una franqueza desacostumbrada en aquella época, pues el doctor conocía los miedos y los padecimientos de una parturienta y también las complicaciones de un parto.

De ahí que se pudiera tildar de moderno al doctor cuando defendía la opinión de que una madre debía determinar ella misma el número de sus hijos así como el momento en que se sentía con la suficiente responsabilidad para tenerlos.

La pareja había planeado conscientemente para más adelante su deseo presente de tener hijos. Sin embargo, todo el mundo sabe que a veces las cosas suceden de manera distinta a como fueron planeadas.

Y por consiguiente, Milán, La Traviata y Violetta quedaban aparcados por el momento.