Cuando la miel muere

Hanni Münzer · Capítulo 58 de 64

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Cuando la miel muere

Capítulo 55

 

Roma, octubre de 1945

HACÍA CUATRO MESES del final de la desdichada guerra que había arrasado Europa. La corriente había depositado en sus orillas indescriptibles historias de sufrimiento y de miseria: hombres, mujeres y niños, que además de sus escasas pertenencias rescatadas llevaban consigo una carga pesada, crónicas de muerte y de terror, fijadas para siempre en su memoria. Era una masa de gentes desarraigadas, personajes consumidos y ocupados en reunir los escombros de sus vidas para reordenarlos. El consuelo y la clemencia solo podían existir en el olvido, y así daban la espalda al pasado, seguían la senda perpetua de la esperanza y se aferraban a la última verdad de la vida, el futuro.

No obstante, a estas personas las envolvía ya una tímida alegría. Eran conscientes de su suerte al haber sobrevivido al apocalipsis.

PERO ESA MUJER joven que avanzaba a duras penas por la calle no sentía esa confianza en una nueva vida, no percibía las ansias de un nuevo comienzo. El futuro no valía para ella. No canjearía ya nunca ese pagaré de la guerra denominado «esperanza». Estaba atrapada en su propia guerra. La llevaba consigo, y su funesta semilla iba creciendo en ella.

Había perdido a todas las personas que habían significado algo en su vida. Ni siquiera había podido salvar a su hermano, a pesar de haberlo dado todo por él. Había fracasado. La suerte había estado siempre de parte de Brunnmann.

La víspera del día que Marlene iba a salvar a Wolfgang, apareció de pronto Albrecht y se la llevó con él. Luego cayeron las bombas y la casa de la Prinzregentenplatz quedó completamente destruida. Albrecht no le contó hasta los últimos días de la guerra que Wolfgang había muerto en el bombardeo, para seguir utilizando al hermano como medio para ejercer presión hacia la hermana. Y además le delató como quien no quiere la cosa que él cargaba con Gustav, el padre de ella, sobre su conciencia, y había mandado detener a Leopold, a su propio hermano, porque sus actividades comenzaban a ponerle en peligro, a él y a su carrera. Él, Albrecht, se ocupaba de la logística de la solución final, ¡y su hermano andaba escondiendo y salvando a judíos! Él y los suyos habían perdido la guerra, pero su victoria sobre Déborah era absoluta. Luego, Albrecht la encerró y la abandonó.

En algún momento, Déborah se dio cuenta de que la persona que la vigilaba se había largado. Se liberó ella misma, y una patrulla estadounidense la encontró pocos días después en Garmisch muerta de hambre.

¡Para asombro suyo se enteró de que Marlene la estaba buscando!

Pocos días después del final de la guerra, su amiga apareció por la tienda de campaña de un capitán estadounidense en Múnich. Marlene ayudó a los americanos en la identificación de criminales nazis. Albrecht Brunnmann estaba en lo más alto de la lista. Marlene fue en persona a Garmisch y recogió a Déborah. Marlene se enteró también por su amiga de que a Leopold lo había detenido la Gestapo justo enfrente de su casa.

Además de esto, Marlene la puso al corriente de que la pista del teniente coronel de las SS, Albrecht Brunnmann, conducía a Italia, pero no quiso darle más detalles. Al contrario, intentó persuadir a Déborah de que se olvidara de su loco plan de venganza porque Albrecht Brunnmann tendría su castigo justo. Marlene se había enterado entretanto de que los americanos planeaban organizar un tribunal de guerra en Núremberg, en el que se expondrían al mundo a todos los peces gordos del nacionalsocialismo. La humillación de ser tratado como a un delincuente sería mayor castigo para Brunnmann que una muerte rápida, argumentaba ella.

Fue en vano. No hubo manera de disuadir a Déborah de su propósito. Además estaba convencida de que Marlene había matado a Greiff. Albrecht así lo había insinuado tras la muerte de aquel. Déborah puso a su amiga contra la pared, pero Marlene no quiso admitirlo, tan solo se deslizó una sonrisa apenas perceptible por su rostro. A Déborah la enfureció que Marlene hubiera logrado su venganza, pero que quisiera impedirle llevar a cabo la suya. Las dos amigas se separaron enfrentadas. Déborah se marchó de allí a la mañana siguiente.

La corriente humana se movía por las callejuelas de Trastévere, el barrio de Roma, al que había dado su nombre el río Tévere, el Tíber. La mujer joven se dejaba llevar por ella. Algunos de aquellos personajes iban con paso rápido y diligente y la empujaban cuando pasaban a su lado, felices de haberse deshecho de los obstáculos de la guerra. Otros, en cambio, avanzaban a paso lento, eran recién llegados como ella, flacos y con la cara pálida, marcados por la privación y el miedo ante la incertidumbre.

La mujer joven conocía el camino. Ponía un pie por delante del otro, igual que había hecho desde hacía casi tres meses día a día, hora tras hora. Quizá ahora no con tanta precisión y seguridad como al comienzo de su viaje. Le dolían los pies, había perdido uno de sus zapatos, más bien se le había salido simplemente del pie después de haberse ido desprendiendo de él poco a poco.

No le interesaba ninguno de los personajes afligidos; en esos días laboriosos del nuevo renacer, cada cual solo tenía sitio para uno mismo en sus planes de futuro y en su corazón.

Igual que muchos otros, también la mujer joven mantenía la cabeza gacha con la mirada en el adoquinado que en su día colocaron los esclavos de otro imperio, ya muy atrás en el tiempo.

La guerra, como toda guerra llevada hasta su fin en absurda analogía por las civilizaciones precedentes, había reducido los deseos de los supervivientes a las necesidades más elementales de la existencia humana, un techo sobre la cabeza, la siguiente comida caliente y trabajo para poderse ganar ambas cosas.

El horizonte propio estaba reducido a uno mismo; la atención estaba dirigida al eje propio. Solo con el paso del tiempo, con el paulatino distanciamiento de los sucesos traumáticos, la perspectiva de las personas volvería a ensancharse.

Pasaría todavía un tiempo hasta que los antiguos modelos de conducta despertaran a una nueva vida y hasta que detrás de cada deseo satisfecho esperara un deseo aún mayor no satisfecho.

LA MUJER JOVEN había llegado al final de su trayecto, en la Via della Conciliazione. Se fundió entre la multitud de aquellos que se repartían preferentemente entre peregrinos y clero, cerca ya de su meta.

Ambos grupos representaban el legado habitual de la guerra y reflejaban también su destino personal; todos estaban representados, desde los demacrados y andrajosos hasta los bien alimentados y bien vestidos.

Con un brillo febril en los ojos, la mujer clavó la mirada en la plaza de San Pedro enfrente de ella. No percibía la impresionante avenida de columnas que rodeaban la plaza, ni tampoco la basílica de San Pedro que a la luz del sol de esa última hora de la tarde se abovedaba con su imponente cúpula contra el cielo mortecino.

Toda su atención estaba concentrada en los muros de la Ciudad del Vaticano. En ella había encontrado refugio el hombre que era el motivo y la meta de su viaje, el hombre que le había quitado todo, su familia, su amor, su dignidad.

El padre del hijo que llevaba por debajo del corazón. ¡Cómo odiaba a ese hijo! El hijo de un asesino de masas. El hijo de él. No el suyo.

Igual que innumerables veces antes, se llevó la alargada mano por dentro del abrigo raído, los dedos flacos palparon aquel lugar por debajo del pecho en el que custodiaba su tesoro. Una sensación de alivio y de confianza le recorrió el cuerpo nada más palpar los contornos familiares de la pistola. La había conseguido, junto con la información acerca del lugar de residencia de aquel hombre, en trueque con el último objeto de valor que todavía le quedaba, el anillo de rubí de su madre.

El peso tranquilizador de la pistola la había acompañado como una promesa durante su viaje agotador, la promesa de vengarse. Vengarse por todas las vidas que él había destruido. Vengarse por su propia vida. Por su humillación. Por sus tormentos.

Vengarse por la vida que le estaba creciendo dentro.

Ella estaba allí para matarlo.