Cuando la miel muere

Hanni Münzer · Capítulo 59 de 64

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Cuando la miel muere

Quinta parte

 

EL PRESENTE

Felicity y Martha

Capítulo 56

 

Roma, mayo de 2012

FELICITY PLEGÓ SU ordenador portátil conmocionada. Había estado leyendo la mitad del día y toda la noche. A su madre le dijo algo acerca de un trabajo científico que debía leer.

Pero su madre estaba ya demasiado ocupada clasificando y pegando más recortes de periódico como para prestar atención a la actividad de Felicity. Después de desayunar le comunicó a Martha que iba a salir un ratito a estirar las piernas al fresco, y desde el vestíbulo llamó por teléfono al padre Simone. No dio con él en ese momento y le dejó el recado en el contestador. A continuación salió a la Via della Conciliazione. La recibieron el ruido y el tráfico matutino de la gran ciudad.

Felicity caminó a lo largo de la calle en dirección a la plaza de San Pedro. Apenas había avanzado unos metros cuando sonó su teléfono móvil. Era el padre Simone.

—Buon giorno, signorina Felicity, soy yo. ¿Cómo están usted y su madre?

—Por el momento estoy bien, gracias. He leído todo, y tenía usted razón, padre. Esta historia es increíble, sencillamente inconcebible. Y estoy muy contenta de que mi abuela la haya redactado en forma de novela. No sé si yo habría sido lo suficientemente fuerte como para leer sus palabras en la forma de un diario personal. De tanto en tanto tenía que decirme varias veces a mí misma que se trataba de una novela, para poder seguir leyendo. Estoy hecha un verdadero lío, me ha afectado profundamente esa historia, pero también me ha enfurecido de alguna manera. Tengo un poco de miedo sobre cómo va a encajar mi madre todo esto. Si a mí me indigna de tal manera… Ella es, ¿cómo decirlo?, mi madre no es una persona muy estable.

Felicity se interrumpió como si hubiera hablado demasiado.

—Me parece que entiendo lo que trata usted de expresar. Como padre espiritual no me son extrañas las almas heridas. Me ha llamado la atención que su madre… no parece muy dada a mostrar sentimientos maternales. Ahora sabemos que la madre de usted creció sin cariño materno, signorina Felicity. Un niño percibe cuando su madre no lo ama. Por ello le resulta tan difícil a su madre aceptar o transmitir el cariño, porque ella misma no lo experimentó de niña. Déborah, la abuela de usted, se cerró a todos los sentimientos. Es comprensible porque ella misma experimentó un sufrimiento inimaginable y se sumergió en el peor abismo del mal del que son capaces los seres humanos. ¿Qué alma no saldría dañada en una situación así? Es la física del mal que sigue causando efecto en nuestros días y que ha influido en las generaciones posteriores, como en su madre y en usted. Me parece que su madre no se considera a sí misma digna de ser amada, y que le ha transmitido a usted ese sentimiento de insuficiencia. Pero me parece que estoy comenzando a «sacerdotear», como diría mi amigo, el padre Lucas. Tengo que hacer algunas cosas todavía esta mañana, pero me pasaré a verlas esta tarde. Entonces hablaremos juntos con su madre, signorina Felicity. Hasta entonces no le dé demasiadas vueltas a las cosas. Verá que el destino se ha portado bien con ustedes. ¡Arrivederci!

FELICITY REGRESÓ AL hotel con su madre.

—El padre Simone acaba de llamarme. Me ha dicho que vendrá esta tarde a primera hora.

—¿Significa eso que ya ha acabado la traducción? —preguntó su madre con agitación.

—Sí, eso es, pero…

—¿Pero qué?

—Me ha advertido que es una historia muy triste. Me ha dicho que nos preparemos para algunas cosas fuertes.

Felicity meditó si debía ser algo más concreta, pero lo dejó estar.

—De verdad, Felicity —replicó su madre arrancando otro trozo de cinta adhesiva para unir dos pedazos de papel—, con tu abuela estoy ya preparada para todo. Me parece que su vida fue una mentira total. Entretanto me pregunto incluso si yo soy hija suya. Nunca me proporcionó la sensación de que yo lo era. Era muy inconstante e inestable, y casi nunca paraba por casa. Y cuando lo hacía, enseguida quería volver a marcharse. Prefería llevar esa vida insana de intérprete de piano en clubes nocturnos y en bares antes que estar con su familia. A pesar de todo, yo la amaba, pero ella no quería mi amor. En algún momento lo entendí, pero desde entonces el amor estuvo ya siempre para mí relacionado con el dolor. Encontré consuelo y apoyo en la religión. Por eso me hice monja. En el convento tenía un sitio fijo en la vida, una comunidad a la que pertenecía. Eso era lo que yo siempre había deseado. Tuve que encontrarme primero con tu padre para entender que el amor no le hace a uno sufrir forzosamente. Él me enseñó que la vida puede ser mucho más. No sé si puedes entenderlo, Felicity, pero la mayor parte de mi vida me he sentido desgarrada interiormente.

Felicity escuchó a su madre con creciente asombro. Era la primera vez que su madre se le abría de esa manera. Martha, que de pronto se sintió avergonzada, interrumpió su actividad. Sus miradas se encontraron y cada una contempló el asombro en los ojos de la otra. Sin embargo, hubo más cosas en ese instante. Fue un momento del reconocimiento mutuo, un plano más profundo de la comprensión. Se consolidaba el acercamiento frágil que se había perfilado ya hacía algunos días, y superaba paso a paso la distancia de toda una vida que había separado a madre e hija.

Felicity no pudo evitar pensar en las palabras del padre Simone al teléfono, sobre lo que había dicho acerca del amor y de las repercusiones de la física del mal. Había dado en el clavo y se había expresado de una manera similar a su madre. Lo que su madre acababa de revelarle súbitamente, ¿era la explicación que ella había estado buscando inconscientemente durante toda su vida? ¿Por qué ella misma, Felicity, había tenido siempre la sensación de que su madre guardaba una cierta distancia respecto de ella, como si demostrar cariño fuera para Martha Benedict un sentimiento de debilidad? Ciertamente había cumplido a conciencia sus obligaciones como madre, se preocupó de que comiera lo suficiente y de que fuera bien vestida, controló sus deberes y la exhortó a tener ordenada la habitación. Hasta la rebelión adolescente de Felicity, se llevó consigo a su hija a la iglesia varias veces a la semana, y al menos una vez al mes hacía que se confesara, hasta que aquello le pareció excesivo incluso al padre Pescatore. Pero por más que se esforzaba Felicity, era incapaz de recordar una única vez en su vida en la que su madre la hubiera tomado en brazos.

Cuando cumplió los quince años, Felicity, con la fuerza que le proporcionaba el apoyo de su padre, se negó en redondo a seguir acompañando a su madre a la iglesia. Por ese apoyo le estaba infinitamente agradecida.

Aunque su madre solo cumplía sus obligaciones sin emociones visibles o sin una calidez auténtica, Felicity tenía, sin embargo, el mejor padre del mundo.

Pero su abuela había dejado muy sola a su madre. Por primera vez, Felicity percibía que la comprendía y sintió el deseo de abrazar a su madre. Al mismo tiempo era lo suficientemente sincera para reconocer que ella misma había cometido errores. Había actuado irreflexivamente, peor aún, había sido demasiado cómoda aceptando como inamovible la relación con su madre, se instaló en el letargo y prefirió el silencio al diálogo. Sí, ella tenía su parte de responsabilidad, había sido muy introvertida durante demasiado tiempo y con esa actitud había herido deliberadamente incluso a Richard. Nunca se había visto a sí misma con tanta claridad. Hizo un movimiento hacia su madre, pero esta había vuelto a refugiarse en su propio mundo buscando con afán la otra mitad de una fotografía. Se había desvanecido el momento del acercamiento.