Cuando la miel muere
Capítulo 52
A FINALES DE octubre, a las cinco de la madrugada, apareció de pronto Déborah ante ella. Llevaba unos sencillos pantalones de lana, una chaqueta y una gorra con visera.
Marlene no daba crédito a sus ojos.
—¿Tú? —preguntó con incredulidad.
Déborah se arrojó impetuosamente con todo su cuerpo encima de ella, exclamó «¡oh, Marlene!» entre sollozos y lloró en los siguientes minutos sin tapujos.
Marlene se alegró de verla mucho más de lo que había supuesto. Tuvo que obligarse a no levantar el brazo para acariciar la espalda de Déborah. Se abstuvo de mostrar las habilidades recién adquiridas. Sin embargo, giró la cabeza con un movimiento apenas perceptible. En el vano de la puerta estaba Osman. No parecía muy contento. Déborah se tranquilizó finalmente. Se secó las lágrimas con la manta de Marlene y se irguió.
—¡Mírate, pobrecita!
—¿Cómo has venido aquí, dime, Déborah?
—Con Osman, por supuesto.
Déborah se quitó la chaqueta y la arrojó encima de la camilla.
—Ya lo veo, pero Osman me dijo la última vez que hablamos que Brunnmann te había encerrado en la casa de Múnich, ¿no es así?
—Ya estaba cansada de tanto encierro. Desde que Osman me informó de que vivías y de que estabas aquí, en el hospital en Cracovia, supe que tenía que verte. Así que durante estos meses he estado interpretando el papel de la arrepentida. ¿Para qué estudié artes escénicas sino para poder utilizar esas técnicas también en la vida real? Albrecht se lo tragó y esta vez me ha traído con él.
—No me lo creo. Es un tipo demasiado listo.
—Cierto. En realidad no tengo permiso para salir del hotel. Albrecht está de viaje con el gobernador de Cracovia, un tal Otto-no-sé-qué-no-sé-cuántos. Frente a la suite tiene apostado a un estúpido soldadito de plomo. He salido por la ventana.
Déborah se mostraba visiblemente contenta por la hazaña.
—¿Te ha alojado Albrecht en la planta baja? —preguntó Marlene en tono incrédulo.
—No, en la segunda planta, pero me fijé en la fachada. Es un viejo castillo con muchos salientes en los muros. Un juego de niños. Lo probé dos veces antes. También pude regresar de nuevo escalando. Hoy le comuniqué a Osman mi propósito. Él me esperaba abajo y me ha traído aquí en el coche. Y ahora cuéntame cómo te han ido las cosas a ti.
—No hay mucho que contar. Estoy aquí tumbada todo el día deseando en vano morir o volverme loca. Mi única amiga ha sido una araña, pero desde hace un tiempo anda desaparecida. ¿Osman? —exclamó dirigiéndose a él—. ¿Podrías cerrar la puerta, por favor, y vigilar que no venga nadie?
Osman asintió con la cabeza. Nada más cerrarse la puerta, exclamó Marlene:
—¡Vamos, Déborah, rápido! Ayúdame, voy a intentar levantarme.
—¿Qué?
Déborah puso una cara de no estar segura de haber oído bien.
—Me pasó en primavera. De pronto sentí un cosquilleo en el dedo gordo del pie. ¡Era una araña que se arrastraba por encima de mi pie! Comenzó así. Entretanto voy recuperando cada vez más sensaciones en el cuerpo, pero todavía tengo muy poco músculo. De todas formas quiero volver a sentir el suelo a mis pies. ¡Hace ya tanto tiempo desde la última vez!
Marlene deslizó las piernas por el borde de la camilla con mucho esfuerzo y apretando bien fuerte los labios, de modo que ahora le colgaban un poco por encima del suelo.
—¡Pero… esto es increíble! ¡Puede que vuelvas pronto a caminar! —dijo Déborah con alegría. Le pasó un brazo a Marlene por debajo de los hombros para que se apoyara en ella. Con mucho cuidado se dejó deslizar Marlene por el borde. Sus pies tocaban el suelo por primera vez en más de dieciocho meses. Fue una sensación grandiosa, ya no esperada. Ahora concentró todo su peso en las piernas y se desprendió a medias del soporte de Déborah. Sin embargo, sus piernas estaban demasiado débiles para sostenerla. Antes de que se le doblaran las piernas, se dejó caer de nuevo en la camilla. Era un comienzo. ¡Si tuviera a alguien con quien poder practicar!
—¡Tienes que practicar! —dijo Déborah en ese momento.
—Sí, pero las cosas no se hacen solas. Me bastaría un par de muletas.
—Te las proporcionaré. Esto de aquí es un hospital, ¿no?
—¿Y cómo las voy a ocultar aquí, dime, listilla?
—Sobornaré a la enfermera, tengo suficiente dinero y joyas.
Marlene no quedó muy convencida. Ella pensaba en el médico y en que quizá sería el momento ya de confiar en él. Entretanto habían estrechado su relación aún más. Igual que Déborah era como una hija para Osman, ella parecía haberse convertido en una para el doctor Hondl. Ya había escrito y enviado por ella dos cartas para su abuela. Las envió a la dirección de Brandeburgo que la abuela había citado en su carta. No sabía si estas habían llegado a su destino. No obtuvo ninguna respuesta. Probablemente las había interceptado Greiff. Si era ese el caso, entonces una de dos, o no sabía que el doctor Hondl la había ayudado a redactarlas, o estaba a la espera de nuevas cartas de las que sacar algo de provecho para él.
—¿Cómo anda la guerra? —preguntó ahora.
—Leopold dice que no hay ninguna victoria final a la vista —dijo Déborah encogiéndose de hombros—. Cada vez hay más bombardeos con aviones sobre las ciudades por parte de los británicos, y en Múnich hay ahora muchos refugiados. Leopold dice que los americanos nos bombardearán también dentro de poco, y que entonces la cosa se pondrá seria.
—¿Quién es Leopold?
—El hermano mayor de Albrecht. Viene a casa a vernos de vez en cuando. Pero no se tragan uno al otro. Creo que Leopold esconde a judíos. Si es verdad, encajaría con su personalidad. Albrecht hace siempre aquellas cosas que no le gustan a Leopold, y a la inversa sucede lo mismo. Pero Leopold no cuenta absolutamente nada al respecto, te lo puedes imaginar. Es algo que solo puedo suponer, pero me parece que Albrecht le habrá puesto los puntos sobre las íes, digo yo.
—Suena interesante lo de ese hermano. Parece como si hubieras elegido al hermano equivocado.
—Leopold es cura, no hay nada que buscar en él, pero a mí me gusta mucho.
—Por cierto, tuviste mucho valor al querer atacar a Greiff. Lo sé por Osman.
Déborah se puso de pronto muy seria y se le entristecieron los ojos.
—Vi a Jakob colgado en el patio de armas, completamente mutilado, y Greiff no hacía más que reírse. ¡Se estaba riendo! ¡Ese cabrón! Quería que viera a Jakob así, y me esperó a propósito. Entonces me pudo la situación. Osman lo impidió. Después me quedé completamente rota y quise matarme. Mira esto… —Déborah se arremangó el jersey y le mostró a Marlene las cicatrices en las venas—. Osman me salvó. Me puso una nota de papel dentro del puño en la que ponía: «Tienes que vivir. Por venganza». Tiene razón. Vivo para la venganza. Un día mataré a Albrecht y a Greiff. ¡Lo juro!
—¡No! —exclamó Marlene con dureza—. ¡Greiff es mío!
Se originó una pausa muy corta. Marlene vio que Déborah abría la boca para replicar algo, pero entonces se lo pensó mejor. Sin embargo, su silencio era igual de locuaz que lo que Marlene podía leer en sus ojos: «¿Cómo vas a hacerlo así? ¡Ni siquiera puedes mantenerte en pie por ti sola!».
Déborah se pasó la mano por los brazos con gesto de confusión. La mirada de Marlene siguió sus movimientos. Se había asustado al verla, no tanto por las cicatrices de las muñecas sino por la cantidad de cortes recientes que se había practicado. Eso rayaba ya casi en la autodilaceración. Las uñas de los dedos de la chica estaban roídas hasta mostrar la carne. A Marlene le pareció casi como si Déborah pretendiera autodestruirse porque solo soportaba su vida de esa manera. De ahí que a Marlene le pareciera también que la alegría de Déborah era impostada. Tuvo por verdadera la alegría que mostró al verla, pero no el resto. Déborah seguía desempeñando un papel. Igual que había interpretado el papel de la arrepentida ante Brunnmann, ahora estaba dándoselas de chica normal. Verdaderamente era una buena actriz. Sin embargo, Marlene había visto el abismo en los ojos de ella.
—Tus brazos tienen una pinta horrible —dijo ahora—. ¿No tienes más remedio que hacerte eso realmente?
Déborah se bajó de nuevo las mangas del jersey con un movimiento enérgico.
—Sí, me hace bien. Hay personas que por lo visto tienen que emborracharse, a mí me va bien practicarme cortes. Además cicatrizan siempre. Leopold quería enviarme al médico, pero yo no quiero. No entiendo por qué a todo el mundo le parece algo tan malo. Hasta mi hermano me regaña y se lo ha contado a Leopold. Ese chivato enano. ¿A quién hago daño? —dijo con porfía—. ¿Por qué andan metiéndose siempre con estos cuantos cortes?
—Te hace daño a ti, Déborah.
—No te preocupes, yo me encuentro bien. Pero dime, anda, ¿cómo es que estás aquí?
Marlene soltó una carcajada seca.
—En realidad lo que quieres es saber por qué no estoy muerta igual que Jakob. La respuesta es muy simple. Greiff quiere que yo siga viviendo en este estado. Sabe que es el peor castigo para mí. Por ello me cuidan aquí relativamente bien. Créeme, he deseado centenares de veces poder morir.
—Siento no haber logrado regresar contigo aquel día —dijo Déborah a toda velocidad—. Albrecht me mandó volver inmediatamente a Múnich con Osman. Incluso hizo enviar a otro hombre más para la vigilancia.
—No te preocupes, yo quería…
—Pero fíjate, llevo encima la cápsula que me pediste que te llevara —la interrumpió Déborah—. No te lo vas a creer, seguía estando pegada debajo del armario de las toallas del hotel.
Déborah hurgó en el bolsillo del pantalón y se la tendió a Marlene.
Marlene se la quedó mirando perpleja. Ahí estaba, la solución a sus sufrimientos. Tan cerca. Sin embargo, no estuvo tentada de tomarla ni un segundo. Negó con la cabeza.
—No, consérvala para mí.
—Bien —dijo Déborah y se guardó la cápsula de nuevo en el bolsillo—. Entonces deberíamos pensar ahora cómo podemos sacarte de aquí.
Marlene volvió a negar con la cabeza.
—No, no te expongas a más dificultades, Déborah. Lo mejor es que regreses ahora con Osman al hotel antes de que alguien te vea conmigo.
—¡Pero yo te quiero ayudar! ¿Y qué pasa con las muletas que puedo procurarte?
—Déjalo estar, Déborah. Aquí hay un médico que ya me ha ayudado varias veces. Voy a confiarle mi situación. Es mi única posibilidad si quiero aprender a andar otra vez.
Déborah no pareció quedar convencida, pero se puso la chaqueta.
—Volveré mañana. Albrecht estará por lo menos dos días de viaje. ¿Puedo hacer alguna cosa por ti? ¿Transmitir un recado a alguien, por ejemplo?
Esta vez, Marlene no tuvo fuerzas para hacerla desistir. Sonrió incluso.
—¡Ah, quien fue espía un día, lo es toda la vida! No, nada de recados, pero si vas a venir realmente mañana, tráeme un periódico, por favor.
DÉBORAH ESCALÓ EL muro y entró en la suite por la ventana.
—Mira por dónde. Justo así me lo había imaginado yo. La hija de la gata, ratones mata. A las mujeres se os adivinan fácilmente las intenciones.
Albrecht estaba sentado en el sillón con las piernas cruzadas. Su cara era totalmente inexpresiva. La de Déborah, en cambio, no. Se le quedó mirando consternada. No faltó mucho para que sus piernas cedieran bajo ella. Se dirigió a él con pasos torpes.
—Albrecht, yo…
—¡Cállate! Me has decepcionado muchísimo, María. Te traigo conmigo y tú me engañas a las primeras de cambio. Mis dudas se han confirmado. Apenas me voy y tú te vas corriendo donde esa Kalten, ¡una espía judía! Y eso a pesar de que te lo había prohibido expresamente. Dime, ¿qué quieres que piense?
Déborah se arrojó sobre las rodillas de él.
—Pero Albrecht, ella es mi amiga. No me creo que sea una espía.
—Eso ya lo vimos en su momento. Las pruebas son evidentes. Además, el asunto de la culpabilidad es insignificante. Para mí solo cuenta que has contravenido mis órdenes. Y que has implicado también a Osman en ese asunto. Lleva cincuenta años sirviendo a mi familia, y ahora no tengo más remedio que despedirlo. ¡Por tu culpa! Esta vez estoy seriamente enfadado contigo, María.
Déborah se asustó.
—Osman no tiene nada que ver, yo… —quiso comenzar ella a defenderlo, pero Albrecht le cortó la palabra.
—Cierra la boca, no quiero oír hablar más de esto. Claro que es culpable. Me ha desobedecido no menos que tú. Osman sabía exactamente que no debía llevarte al hospital sino traerte derechita al hotel. Voy a enviarle al frente del este y así servirá al führer. Ya no deseo sus servicios.
—Por favor, Albrecht, no hagas que Osman expíe por algo que he hecho yo. Solo ha venido para cuidar de mí.
—Y ahora, silencio. La cosa está decidida y él se encuentra ya de camino al frente. Desnúdate y échate en la cama, María. Voy a castigarte. —Fue en ese momento cuando Déborah se dio cuenta de que las manos de Albrecht jugueteaban con su látigo para perros.
—¡No, Albrecht, no quiero!
Déborah se escapó de él y se dirigió de vuelta a la ventana.
—¿Te piensas que me interesa algo lo que quieres o no quieres? Pero bueno, también puedo pedirle al soldado de la puerta que entre y te sujete.
Albrecht se levantó y se encaminó hacia la puerta. Déborah se subió rápidamente al alféizar y descubrió abajo a otro hombre de las SS en posición. La vía de escape estaba cerrada.
Oyó a Albrecht reírse a sus espaldas. Fue esa risa la que casi la movió a dejarse caer simplemente, pero entonces atravesó su mente el recuerdo de su hermano pequeño. ¡No tenía más que diez años! No podía dejar a Wolfgang solo. ¡Les había prometido a sus padres que lo protegería!
Se deslizó por el alféizar y se dio la vuelta despacio. La mano de Albrecht estaba agarrando el picaporte. Él no dijo nada, solo se la quedó mirando. Déborah comenzó a desnudarse. No temía al dolor, pero sí a la humillación.