Cuando la miel muere
Capítulo 47
EL UNIVERSO SE detuvo. Déborah se sentía extrañamente desprendida, como si respirara fuera de su cuerpo a la búsqueda del mundo.
Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había transcurrido. Oyó gritos y gemidos, pero todos los sonidos eran sordos, como enguatados. El olor a fuego y a carne quemada le provocó náuseas.
Déborah tenía arcadas y creía que iba a ponerse a vomitar. Además no podía respirar apenas porque cargaba algo pesado sobre la caja torácica, algo de lo que tenía que acordarse. Sin embargo, todavía no era capaz de pensar con claridad.
Tenía un objeto de contornos duros debajo de la cadera y le presionaba causándole dolor. Intentó moverse con cuidado. Imposible. Aquel peso pesado encima del pecho la mantenía literalmente clavada al suelo. Entonces percibió algo blando que le hacía cosquillas en la cara, algo familiar que sin embargo no cuadraba del todo allí. Entre todos los olores terribles que seguían expandiéndose a su alrededor, ascendió a su nariz el soplo apenas perceptible de una fragancia fresca.
Una luz perturbadora se encendió súbitamente en su mente. Déborah gritó asustada:
—¡Marlene!
Vacilante, como un motor que no quiere arrancar, fue recuperando el entendimiento, y con él llegaron también las preguntas. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué había sucedido?
—Ahí hay dos mujeres. ¡Ahí, detrás de la mesa! Ayudadme —exclamó una voz muy cerca de ella, y luego Déborah volvió a sumergirse en la negrura.
LA LUZ DOLÍA. Ella podía verla incluso a través de los párpados cerrados. No quería abrir los ojos, pero allí estaba aquella voz penetrante que quería obligarla a hacerlo. ¿Por qué no la dejaban dormir un ratito más en paz? Anhelaba la calma y el silencio. Alguien le agarró la mano y le tomó el pulso.
—Está despertando —dijo una segunda voz.
«No», pensó Déborah. «No estoy despertando. Dejadme. No quiero ir a la escuela. Estoy enferma».
—¿María? ¿Puedes oírme? Despierta.
De nuevo esa voz penetrante. Abrió los ojos de mala gana, todo a su alrededor estaba borroso, como sumergido en la niebla. Todas las voces sonaban raras. Se preguntó a sí misma si se debía al zumbido de su cabeza. De todas formas, algo no encajaba con las voces que sonaban como si hablaran bajo el agua. También le dolían los oídos. ¿Qué les pasaba a sus oídos? Se llevó las manos a la cabeza instintivamente.
Se las pararon a medio camino.
—Está bien —dijo la segunda voz, una voz femenina que hablaba con fuerte acento polaco—. Pronto volverá a estar bien. Eso le viene de la violencia de la explosión. Tiene afectados los tímpanos, pero puede decirse que ha tenido muchísima suerte, una conmoción cerebral y algunas costillas contusionadas, pero nada más. Pronto podrá volver a ponerse en pie de nuevo.
Déborah había escuchado a medias. «¿Puedo seguir durmiendo ahora?», pensó y volvió a cerrar los ojos. Flotaba y deseaba disfrutar de esa sensación un rato más todavía. Pero sus facultades intelectuales sacudieron el entumecimiento de su mente, le trajeron a la conciencia la palabra «explosión», y ese recuerdo acertó en ella con virulencia. «¿Marlene?», quiso preguntar, pero solo acertó a proferir un jadeo ronco. La garganta le ardía como un fuego.
—Eso se debe a la intoxicación por el humo —aclaró una de las dos voces y le acercó a los labios un vaso de agua con un frescor maravilloso. Déborah tomó algunos sorbos y asintió con la cabeza a la dispensadora en señal de agradecimiento. Era una matrona robusta, ya algo mayor, con una gigantesca verruga en la barbilla que parecía colgar directamente sobre la cara de Déborah. Déborah pudo reconocer con toda claridad los tres pelos hirsutos negros que salían de ella.
—Marlene… mi amiga. ¿Qué le pasa? —susurró. Albrecht le contestó desde el otro lado de la cama:
—Está aquí cerca. Ha resultado mucho más perjudicada que tú en el atentado de la cafetería. Cuando os encontraron, ella estaba encima de ti. Probablemente te resguardó así de lo peor. A ella se le ha clavado una esquirla grande de cristal en la espalda. Los médicos no creen que vaya a poder caminar nunca más. Lo siento. Duerme ahora un poco. Regresaré esta noche.
Albrecht se levantó. Como despedida le apartó de la cara un largo mechón negro y se fue.
—¿Cuánto hace que estoy aquí? —preguntó Déborah con una voz extrañamente ronca que no parecía ser la suya.
—Desde ayer.
—¿Puedo ver a mi amiga?
—Claro que sí, pero no hasta mañana. Ahora duerma.
Le dieron algunos sorbos más de beber. El agua tenía un gusto amargo. La enfermera encajó la colcha en la camilla con movimientos enérgicos a derecha e izquierda de ella, y la dejó sola.
Los ojos de Déborah quedaron inundados de lágrimas. Pobre Marlene. De nuevo le sobrevino un cansancio plomizo. Probablemente el sabor amargo del agua se debió a la presencia de un somnífero.
Déborah durmió varias horas profundamente y sin sueños hasta que Albrecht regresó por la noche. Trajo un cesto con fruta fresca, bombones y también la buena noticia de que el médico había autorizado a Déborah a dejar el hospital al día siguiente, con la condición de que se cuidara y que reposara durante un tiempo. Albrecht se despidió pronto indicándole que para él eran un horror los hospitales y las enfermedades y que se pasaría a buscarla mañana a eso del mediodía.
La enfermera de la verruga entró en la habitación, y a Déborah no se le pasaron por alto sus miradas deseosas de fruta y de bombones.
—Puede quedarse usted con todo eso si me lleva ahora mismo a ver a mi amiga —dijo Déborah. La mujer la miró radiante de alegría y de agradecimiento, como si le hubiera prometido una saca de oro, y la ayudó a descender de la camilla de hierro.
Déborah se sentía bastante insegura sobre sus piernas y estaba mareada, pero la enfermera la condujo firmemente agarrada. Al cabo de un rato dejó de oscilar bajo sus pies el piso de linóleo gris. Guiada por la enfermera, entró en la habitación de Marlene, o mejor dicho, en la enfermería. Un olor a vómitos, orina y cosas más graves salió a su encuentro.
Déborah comprendió los privilegios de que disfrutaba gracias al elevado rango de Albrecht. Marlene compartía habitación con al menos veinte mujeres más. En algunas camillas había incluso dos mujeres con las cabezas en cada uno de los extremos y con los pies no especialmente limpios puestos en la pequeña almohada de la otra. De todos modos, a Marlene le había tocado le mejor cama de atrás, cerca de la ventana. A Déborah le costó resistirse al impulso de abrirla para permitir la entrada de aire fresco.
Pero entonces, la visión de Marlene dejó todo lo demás en un segundo plano; conmocionó a Déborah hasta la médula. Su amiga vitalista yacía inmóvil como una madonna sobre un colchón raído que apenas merecía ese nombre. Le habían enyesado por completo el cuello y tenía el resto del cuerpo atado a la cama. Su cara parecía alargada y demacrada. Marlene sonrió con una sonrisa triste cuando Déborah apareció en su campo visual.
—¡Vaya! —dijo con una voz ronca similar a la de Déborah—. Se acabaron para mí las acrobacias en la cama, me temo. Estoy bien acabada.
—No digas eso —replicó Déborah desvalida y buscó una silla. No había ninguna. Así que se inclinó hacia Marlene y le agarró una mano. Marlene le habló entonces entre susurros de lo esencial.
—¿Qué ha ocurrido con la cámara? ¿La tienes?
Déborah puso unos ojos como platos con expresión de horror. ¡La cámara! En el transcurso de los acontecimientos se había olvidado completamente de ella. Marlene se puso un tono todavía más pálido.
—¡Vete! No te preocupes por mí. Ve y entérate qué ha ocurrido con tus cosas. Si el bolso ha desaparecido, solo podemos esperar que no haya ido a parar a las manos equivocadas. Vuelve después y me lo cuentas.
Déborah regresó a su habitación todo lo rápido que su estado le permitía. El cesto con las golosinas había desaparecido. Examinó toda la habitación pero no encontró las prendas que llevaba ayer, ni su bolso de mano.
Llamó a la enfermera y le preguntó por sus cosas, pero ella solo supo decirle que el elegante señor de los bombones había dado orden de quemar sus prendas sucias. «La señora no llevaba nada más consigo», acabó de decir la enfermera. Se marchó y dejó a Déborah profundamente preocupada por el paradero de su bolso. O bien se lo habían robado in situ o bien aquí, en el hospital, lo cual era probablemente lo mejor que podía ocurrir, pues de haberla robado cualquier ladrón, solo le importaría su valor económico y no se le pasaría por la cabeza revelar los carretes.
Pero también podría haber sido Albrecht quien se la hubiera llevado, o se la habían entregado a él como objeto personal de ella. Pero de ser así le habría preguntado antes que de dónde había sacado la cámara. ¿O no? ¿O habían confiscado todas las cosas que habían encontrado en la cafetería? Seguramente estarían investigando el atentado. La mejor posibilidad era que la cámara hubiera sido destruida en la explosión o al menos que se hubiera echado a perder por el calor. ¿Cuánto calor podía soportar una cámara o el material fotográfico? Déborah no tenía ni la menor idea.
De pronto cayó en la cuenta del objeto doloroso debajo de su cadera. Estaba casi segura de que debía de tratarse de su bolso de mano. Dondequiera que estuvieran ahora la cámara y el segundo carrete, si estaban intactos y habían ido a parar a las manos equivocadas, eso significaba que habrían descubierto su jugada y esta acabaría mal.
De una manera u otra, todos sus esfuerzos habían caído en saco roto. Estaban de nuevo como al comienzo, y Marlene se quedaría paralizada probablemente para el resto de su vida. Se le pasó Jakob por la cabeza. ¡Tenía que contactar con él a toda costa! ¡Jakob sabría con toda seguridad lo que había de hacerse!
Regresó donde Marlene, que la estaba esperando con impaciencia, y le transmitió la deprimente noticia. Sin embargo, su amiga hacía rato que contaba ya con ella.
—Bueno. Entonces no podemos hacer otra cosa que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos —dijo en una voz tan baja que solo Déborah pudo oírla—. Si Albrecht o la Gestapo tiene tu bolso, de eso nos enteraremos enseguida. ¡Escúchame bien! Si alguien te pregunta acerca de la cámara, tienes que poner una cara de asombro total y hacer como si no supieras nada. Hazte la niña tonta e ingenua. A los nazis les gusta considerar tontas a las mujeres, así que compórtate como una tal. ¿Me oyes? No es necesario que muramos las dos. De mí ya no queda demasiado entero, ya ves, y a ti incluso te creerán. ¡Presta toda tu atención a lo que voy a decirte ahora, y memorízalo porque tu vida depende de ello! Si las cosas se ponen muy mal, declararé que os drogué ayer a ti y a Albrecht, que a continuación inspeccioné la cartera de él y que fotografié sus documentos. Que debido a la llegada de Greiff te puse a escondidas dentro del bolso la cámara y el carrete y que induje a alguien a robártelo más tarde en la cafetería, pero no pudo hacerse por el atentado. Eso explicaría por qué se encontraba la cámara en tu bolso. Tienes que hacer como si no supieras nada de nada, y sobre todo tienes que mostrarte completamente indignada, Déborah. Al fin y al cabo, tu supuesta amiga te ha utilizado y te ha engañado. Es una cuestión de vida o muerte que te comportes como te digo. ¿Puedo estar segura de que lo harás así?
—Pero… eso es una cobardía. ¡No puedo hacer que recaiga en ti toda la culpa! —respondió Déborah agitada.
—¡Shhh! —hizo Marlene—. No alces la voz. Eso no tiene nada que ver con la cobardía, chérie —dijo con dulzura—. Al contrario. Eso exige mucha valentía por tu parte. Es importante que sigas comportándote de una manera completamente normal frente a Albrecht. ¡Pero estate al tanto! Cuando la situación se haya tranquilizado un poco, tienes que intentarlo de nuevo. Ve donde Pavel —siguió diciendo entre susurros—. Él te facilitará otra cámara para intentarlo de nuevo. —Marlene se interrumpió exhausta.
Déborah se quedó sorprendida ante la voluntad inquebrantable de ella. Su amiga yacía en la camilla con los miembros destrozados, sin saber si volvería algún día a caminar de nuevo, y ya estaba planeando la próxima acción.
—Eres increíble, ¿lo sabes?
—Eso no me ayuda ahora en nada, pero de todas formas, merci. Vuelve a tu habitación y regresa mañana temprano. Tengo que dormir ahora.