Cuando la miel muere

Hanni Münzer · Capítulo 49 de 64

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Cuando la miel muere

Capítulo 46

 

MARLENE REGRESÓ CINCO minutos después, tan pálida como un difunto y con una expresión de asco en el rostro que alarmó a Déborah.

—¿Qué pasa? —preguntó asustada.

—Mi archienemigo está abajo, eso es lo que pasa. ¡Maldita sea! ¡Que ese cabrón tenga que aparecer justo en este momento…!

Tal como era su costumbre, Marlene no se subió al ascensor sino que utilizó las escaleras. Una escalinata señorial conducía al vestíbulo desde el primer piso. Su pie había pisado apenas el último escalón de la escalera revestida de una alfombra de color rojo carmesí, cuando un grupo de hombres, unos vestidos de uniforme y otros de civil, inundó el vestíbulo a través de la puerta giratoria. En su centro nadaba un hombre espigado con un parche en el ojo y un abrigo negro de piel.

Marlene lo reconoció al instante. Era Hubertus von Greiff. «¡Cabronazo! ¿Qué haces tú aquí?», murmuró ella en voz baja, y su siguiente pensamiento fue huir de allí. Ese deseo se volvió prácticamente irresistible, de modo que tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para no ceder a él.

Como era habitual, «el ojo», como lo llamaba todo el mundo independientemente de si eran admiradores o enemigos, estaba rodeado de una pandilla de jóvenes guapos, sus perros de presa personales. Algunos se distribuyeron de inmediato en el vestíbulo del hotel, y dos de ellos estaban ya repantigados en los dos sillones orejeros frente a la chimenea. Esa desenvoltura era pura simulación. Su misión prioritaria era tantear el entorno.

En Berlín habían corrido algunos rumores malintencionados acerca de las preferencias sexuales de Greiff; sin embargo, no parecían haber perjudicado lo más mínimo su carrera hasta el momento.

Greiff era un hombre de las SS y el número dos de la Policía Secreta del Estado, la Gestapo. Y era un viejo conocido de Marlene, en el peor de los sentidos. Solo su crueldad era aún mayor que su ambición, tal como Marlene había tenido ocasión de comprobar en sus propias carnes.

En una reacción de reflejos, al aparecer Greiff ella se ocultó tras el mismo acebo en el que ya Déborah había encontrado refugio. Quedaba descartado por completo que pudiera abandonar el hotel ahora. Ciertamente había una salida trasera, pero para acceder a ella tenía que salir de su escondrijo y bajar una planta más con el ascensor. Ella había cambiado de aspecto y cargaba con algunos kilos más de peso. Su larga cabellera morena era ahora rubia y corta, tenía las cejas depiladas y teñidas también de rubio, y tenía los labios pintados. No obstante, veía a Greiff capaz de reconocerla pese a los cambios en su aspecto. No debía correr el más mínimo peligro y tenía que librarse inmediatamente de la cámara y de los valiosos carretes.

Tampoco podía quedarse escondida eternamente detrás de una planta porque ese mero hecho levantaría sospechas. La primera persona que utilizara el ascensor o las escaleras se daría cuenta. De hecho se estaba acercando ya una señora mayor con una estola de piel de zorro, seguida muy de cerca por un chófer uniformado que sostenía una montaña de cajas sujetándolas con la barbilla.

No se le ocurrió nada mejor que meter rápidamente la cámara y los carretes en la tierra del acebo con la esperanza de que no quedaran dañados. Al menos la tierra estaba mullida y seca.

«Dios mío, haz que no rieguen esta planta en las próximas horas», rezó Marlene con todo fervor y respiró muy hondo con la intención de henchirse de valor desde su interior. Se levantó, se alisó la falda y dio un paso. Dio la espalda al vestíbulo y estaba poniendo ya el pie en el segundo escalón cuando una voz dijo detrás de ella:

—Disculpe, señora mía. Creo que esto es de usted.

Marlene fue capaz de evitar el estremecimiento y se giró despacio y femeninamente. Al pie de la escalera se encontraba uno de los jóvenes perros de presa de Greiff tendiéndole un guante blanco estampado de flores. Debió de caérsele al sacar la cámara del bolso de mano.

—Muchas gracias, joven —respondió ella con educación y ya se disponía a darse la vuelta de nuevo en dirección a la escalera cuando volvió a sonar otra voz a sus espaldas.

La frialdad de esa voz hizo que se estremeciera al instante:

—Disculpe, señora mía. ¿La conozco a usted de algo?

Marlene recapituló sus posibilidades a la velocidad del rayo. Apenas habían transcurrido cuatro años desde su último encuentro en Berlín. Al contrario que por aquel entonces, cuando yacía sucia, desnuda y con heridas sangrientas en la celda, hoy era el fiel retrato de una dama alemana. ¿La había reconocido a pesar de todo?

—No creo que tenga ese placer, ¿señor…? —dijo ella con el matiz exacto en la voz para dar a entender que su interlocutor había carecido de la cortesía debida a una dama alemana.

Él se inclinó apenas y dijo con todo el sentido del deber:

—Hubertus von Greiff. A sus pies. —A continuación dirigió despacio la mirada desinhibida de abajo arriba y se fijó atentamente en cada detalle del aspecto de ella. Valoró sus elegantes zapatos franceses, las medias de seda, el traje de chaqueta azul con el broche de plumas de pavo, su sombrero y sus discretas joyas de adorno. Con seguridad conocía ahora su precio. Finalmente, Greiff se detuvo en el rostro de ella. El ojo que le quedaba perforó los de ella, dividió la retina y el músculo ocular, penetró directamente en el cerebro de ella y exploró allí en busca de pensamientos aviesos.

Marlene se le resistió y puso una mezcla perfecta de asombro y de extrañeza en la modulación de su voz al decir:

—Se lo ruego, señor Von Greiff —dijo ella con más valentía de la que realmente poseía—. Haga el favor de disculparme.

Se obligó a sí misma a ascender despacio los escalones con la mano en la baranda, como si no tuviera prisa ninguna. Todo ese tiempo percibió cómo la mirada de él le perforaba la espalda como una llama.

—NO NOS QUEDA mucho tiempo —dijo Marlene a borbotones y a toda velocidad—. No sé si Greiff me ha reconocido. Si es así, mandará inmediatamente que me busquen, o quizá ya lo haya hecho. Me voy a largar por detrás, por la entrada de los proveedores. ¡Escúchame ahora con toda atención, Déborah! Tuve que librarme de la cámara y de los carretes. Están en el acebo que está a la derecha mirando al ascensor. Tienes que recuperarlos sin llamar la atención. Nos encontraremos después en la cafetería Cyganeria. Te estaré esperando ahí todo el día. Tráemelos allí. Si yo no estuviera, eso significaría que me ha sucedido algo. En ese caso, llévale tú la cámara a Pavel. ¿Lo has entendido todo?

—Sí, sí, por supuesto. Pero ¿por qué crees que será más fácil para mí que para ti?

—Porque Greiff no obstaculizará el paso a la novia de Albrecht Brunnmann.

—¡Pero si no me conoce de nada!

—¡Ya lo creo que sí! Créeme, conoce a todas y cada una de las amantes de los peces gordos. Trabaja así. Toda información es una información útil para él. Tu fotografía hace mucho tiempo que está en el cajón de su escritorio. Y ahora tengo que irme. Espera más o menos una hora y entonces muévete. Que tengas suerte.

Marlene le dio un beso de despedida en la mejilla y luego abrió despacito la puerta. No se veía a nadie en el pasillo. Se deslizó afuera sin hacer ruido.

DÉBORAH SE QUEDÓ tensa tratando de percibir sonidos inhabituales como ruido de botas pesadas o exclamaciones, pero en el hotel todo seguía su curso acostumbrado. Parecía que Marlene había logrado huir.

Déborah se vistió con todo esmero. Se decidió por un vestido negro muy ceñido con una flor blanca en la solapa. Después de que sus dedos nerviosos se cargaran el primer par de medias de seda, renunció conscientemente a ponérselas. Además sentía mucho calor. El sol de la mañana brillaba a través de las ventanas con forma de arco y había caldeado a conciencia la habitación.

Mientras Déborah se ponía sin cuidado los zapatos de tacón de media altura, reflexionó sobre cómo actuar a continuación. ¿Cómo podía arrodillarse junto al acebo y sacar la cámara del tiesto sin llamar la atención de nadie? Apenas había formulado esta frase hasta el final cuando se quitó los zapatos de un tirón y sacó del armario unos botines con cordones. Con un cordón suelto tenía la excusa para arrodillarse junto a los acebos. Remataba su atuendo un gran bolso negro de mano. «¿Escalera o ascensor?», fue lo siguiente que pensó, y se decidió por la escalera. Desde ella dispondría de una mejor visión panorámica sobre el vestíbulo.

Transcurrió la hora, y ella se puso en marcha.

«A VECES HAY que tener simplemente suerte», pensó Déborah apenas cinco minutos después, arrellanada con alivio en el asiento acolchado de un taxi.

Todo había sucedido con increíble sencillez. El vestíbulo estaba sorprendentemente vacío, con excepción de dos recién llegados vestidos de civil que estaban rellenando sus papeles, y nadie le prestó atención. Así que echó mano a la cámara y a los carretes casi de inmediato y los deslizó en su bolso con habilidad y discreción a partes iguales.

Cuando llegó a la cafetería Cyganeria miró a su alrededor con atención pero no pudo ver a Marlene por ninguna parte y eso la dejó consternada.

El local estaba lleno a rebosar, como siempre; el nivel de ruido era insoportable para su oído sensible, y las transpiraciones de las personas, unidas al humo de los cigarrillos y de los puros habanos, estuvieron a punto de aturdirla. No le gustaba mucho ese sitio, pero Marlene había dicho que la guarida del lobo era el lugar más seguro para ellas.

Al entrar fijaron inmediatamente la vista en Déborah varios grupos de oficiales haciéndole señas para que se acercara a sus mesas. Ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír y pidió a una de las camareras que le reservara la siguiente mesa para dos que quedara libre. Apenas se había acomodado algunos minutos después en el rincón de la izquierda cuando Marlene entró en la cafetería.

Déborah se sintió tan aliviada al verla que tuvo que hacer esfuerzos para no levantarse de un salto y correr hacia ella. Como un comportamiento así habría sido poco propio de una dama y también muy imprudente, se conformó con hacerle una señal discreta con la mano.

Marlene atravesó todo el local, replicó a varios saludos y se rio con el comentario chistoso de uno de los hombres. Llegó a la mesa de Déborah, la besó en la mejilla y pidió de inmediato dos copas de champán y un café moca. Déborah tenía delante ya una taza vacía. Las dos mujeres juntaron las cabezas entre risas, como si intercambiaran algún cotilleo de mujeres, y Déborah dijo:

—Los tengo. ¿Cuándo quieres que te los dé?

—Aquí no. Hay demasiados ojos. Luego vamos las dos juntas al lavabo. ¿Te ha seguido alguien?

—No. Al taxista le hecho dar un rodeo extra.

Marlene se rio ruidosamente, como si Déborah acabara de contarle algo extremadamente gracioso. Llegó el champán y brindaron las dos. Para un observador eventual, las dos damas no hacían más que intercambiar sandeces.

—¿Por qué te has retrasado tanto? —quiso saber Déborah y dio unos sorbos a su copa.

—Porque a mí, a diferencia de ti, sí me han seguido. El tío era bueno, no había manera de quitármelo de encima.

—¿Y cómo te has deshecho de él finalmente?

—Bueno, lo he matado.

A Déborah estuvo a punto de escurrírsele de las manos la copa de champán. Se quedó mirando a su amiga con gesto de estupefacción.

—Por eso tengo que desaparecer ahora mismo. Nos vemos hoy por última vez. No me mires así. Componte. Uno de los amigos de Ernst nos está mirando.

Marlene alzó la copa hacia él con una sonrisa, y Déborah hizo lo mismo de manera automática.

De pronto la expresión en el rostro de Marlene se transformó. La sonrisa se le resbaló de la cara como si alguien la hubiera extinguido con un movimiento.

Se levantó despacio y lo que vio pareció llenarla de profundo horror. Déborah la miró asustada. De pronto, Marlene tiró la mesa al suelo, empujó a Déborah por detrás para ponerla a cubierto y se arrojó con todo el largo de su cuerpo encima de ella. Todo eso transcurrió en cuestión de unos pocos segundos. La mente de Déborah no disponía apenas de tiempo para procesar la extraña forma de proceder de Marlene, cuando una violenta explosión sacudió los cimientos de la cafetería. Déborah creyó que se le desgarraba el cuerpo por el dolor, y perdió instantáneamente la conciencia.